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El vals de las máscaras de cristal

El Gran Salón de la Agencia DOS no olía a oficina. Olía a una mezcla obscena de champán caro, orquídeas importadas y el ozono seco que desprendían las cámaras de los cientos de periodistas agolpados tras los cordones de terciopelo. Las luces de las arañas de cristal colgaban como dagas de luz sobre la élite de la ciudad, un mundo que X había diseñado para ser pacífico y que ahora parecía una pecera de tiburones vestidos de etiqueta.

X se ajustó el cuello de su traje negro, que le quedaba ligeramente grande y se sentía como una armadura de cartón. A su lado, Smile era una montaña de energía contenida, embutido en un esclóquing que amenazaba con estallar ante el menor suspiro.

— Mantén la calma, Smile —susurró X, frotándose los ojos con cansancio real—. Solo somos personal de apoyo contable. Estamos aquí para vigilar los números del contrato, nada más.

— ¡Mis instintos de guerrero están gritando "emboscada", hermano! —respondió Smile en un susurro que probablemente oyeron en la cocina—. Mira a ese tipo. Klaus no es un consultor, es un imán de carisma. ¡Está absorbiendo todo el oxígeno de la sala!

En el centro de la pista, Klaus von Reinherz era el sol. Vestía un esmoquin blanco inmaculado que resaltaba su piel bronceada y sus ojos de un azul casi irreal. A su lado, Liu Yuwei, la mujer que una vez fue Queen, lucía un vestido de seda carmesí que caía sobre sus curvas como sangre líquida. Pero había algo diferente en ella. Su porte, siempre rígido y autoritario, parecía haber cedido un milímetro. Sus mejillas tenían un rubor que no era maquillaje.

Klaus le sostenía la mano con una delicadeza que rozaba la adoración. Se inclinó hacia su oído, ignorando los flashes que estallaban a su alrededor.

— Eres la eficiencia hecha mujer, Yuwei —le susurró Klaus, con una voz que vibraba como un violonchelo—. En Alemania decimos que la perfección es un mito, pero al verte, entiendo que simplemente no habían buscado en el lugar adecuado.

Yuwei bajó la mirada, un gesto que X nunca le había visto hacer. Ella, la mujer que había comandado ejércitos, la que no parpadeaba ante la destrucción, estaba sonrojada.

— Solo cumplo con mi deber para con la Agencia —respondió ella, aunque su voz carecía de la frialdad habitual—. Los términos de la unión estratégica son beneficiosos para ambas partes.

— Oh, los términos son secundarios —dijo Klaus, trazando un círculo invisible en la palma de la mano de ella con el pulgar—. Lo que me importa es la sinergia. La forma en que tu voluntad y la mía podrían moldear este mundo gris en algo dorado.

X, observando desde las sombras de una columna, sintió una punzada de algo que se negaba a llamar celos. Era una náusea profunda, un rechazo visceral del sistema ante un código intruso.

— X, mira —dijo Smile, su voz perdiendo toda traza de humor—. Se están acercando al podio.

El director de la Agencia, un hombre que X recordaba vagamente como un burócrata de bajo nivel en la antigua realidad, tomó el micrófono.

— Damas y caballeros, esta noche no solo celebramos una unión comercial. Celebramos una unión de visiones. Es un honor anunciar el compromiso oficial entre nuestra Directora Ejecutiva, Liu Yuwei, y el Coordinador General, Klaus von Reinherz.

El salón estalló en aplausos. X sintió que el suelo se inclinaba. Queen no lo miró. Sus ojos estaban fijos en Klaus, quien en ese momento la tomó por la cintura y la atrajo hacia él.

— ¿Un compromiso? —X dio un paso adelante, olvidando su papel de contable invisible—. Ella no... ella no puede.

— ¡X, espera! —Smile lo detuvo, poniéndole una mano pesada en el pecho—. Si sales ahora, lo arruinarás todo. Mira a Nice y a Lucky. Están aplaudiendo como si estuvieran poseídos.

Era cierto. Nice, el estoico protector, y Lucky Cyan, la astuta estratega, estaban en primera fila, con los ojos vidriosos y sonrisas automáticas. No eran ellos. Eran cáscaras vacías llenas de la luz de Klaus.

De repente, un par de guardias de seguridad con uniformes de la Agencia DOS se acercaron a X y Smile.

— Caballero, hay una discrepancia en los libros de la auditoría de la sala 4 —dijo uno de ellos, con una voz monótona—. El Director solicita su presencia inmediata para una aclaración técnica.

— ¿Ahora? —X frunció el ceño—. Soy el jefe de contabilidad, puedo verlo mañana.

— Es urgente, señor —insistió el guardia, colocando una mano sobre su funda—. Por favor, acompáñenos.

X miró a Queen. Klaus acababa de besarle la mano y ahora la guiaba hacia la pista de baile mientras la orquesta empezaba a tocar un vals lento. Ella parecía estar en un trance, dejándose llevar por el ritmo de aquel hombre perfecto.

— Ve, X —susurró Smile, poniéndose en guardia—. Yo me quedo aquí. Si ese rubio intenta algo raro, romperé el protocolo y la gala. Pero tú averigua qué está pasando en esa sala. Huele a distracción.

X asintió y siguió a los guardias. Mientras se alejaba por el pasillo alfombrado, el sonido del vals se volvía más tenue, pero la sensación de desastre inminente crecía en su pecho.

En la pista de baile, Klaus movía a Yuwei con una maestría absoluta. Cada giro, cada paso, estaba diseñado para que ella se sintiera protegida, valorada, amada.

— X te dejó sola, ¿verdad? —le susurró Klaus al oído, su aliento cálido rozando su cuello—. Te dejó en este mundo mediocre, rodeada de gente pequeña, mientras él se escondía en la grisura.

Yuwei se tensó, pero no se apartó. El nombre de X todavía era una herida abierta.

— Él creía que era lo mejor —murmuró ella, cerrando los ojos contra el mareo que empezaba a sentir—. Quería paz.

— La paz de los muertos —replicó Klaus con una sonrisa cruel que ella no pudo ver—. Tú mereces un reino, Yuwei. Mereces a alguien que no tenga miedo de tu fuerza. Alguien que no necesite borrar el mundo para sentirse seguro.

Klaus se detuvo en medio de la pista. Los fotógrafos se agolparon, los flashes creando una tormenta de luz blanca. Él tomó el rostro de ella entre sus manos, con una posesividad que disfrazó de ternura.

— Mírame —ordenó suavemente—. Olvida al contable. Olvida al hombre que te traicionó. Yo soy tu presente.

Klaus la besó. Fue un beso largo, coreografiado para la prensa, un sello de propiedad frente a todo el mundo. Yuwei quedó en shock, con los brazos caídos a los lados, sintiendo cómo su voluntad se disolvía bajo la presión de aquel hombre que parecía tener todas las respuestas.

— Ven —dijo Klaus, rompiendo el beso y rodeándola con su brazo—. Tenemos que hablar sobre los términos del contrato en Alemania. En privado. Necesito tu firma final antes de que la prensa se descontrole.

La guio fuera del salón, hacia los ascensores privados. Lucky Cyan intentó seguirlos con una carpeta, pero Klaus le dedicó una mirada rápida y ella se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra un muro invisible.

— Déjalos, Lucky —dijo Nice, apareciendo a su lado—. Los líderes necesitan su espacio.

Mientras tanto, X entró en la sala 4. Estaba vacía. No había libros, ni directores, ni discrepancias. Solo una habitación fría con paredes reforzadas.

— ¿Dónde está la auditoría? —preguntó X, girándose hacia los guardias.

La puerta se cerró con un chasquido electrónico. Los guardias no respondieron. Simplemente se quedaron allí, bloqueando la salida, con los ojos fijos en la nada. X se dio cuenta de la trampa. No querían matarlo, solo querían que no estuviera presente durante la "negociación" final.

— Abran la puerta —dijo X, y su voz recuperó el tono de autoridad que había tenido cuando reescribió la existencia—. Ahora.

— El señor Klaus ha solicitado privacidad —respondió uno de ellos—. Por favor, tome asiento.

X sintió una oleada de rabia, una emoción que no había sentido en años. El sistema que él mismo había creado estaba siendo usado en su contra. La pasividad que había cultivado se rompió como un cristal fino.

En la suite privada de la planta 50, Klaus cerró la puerta con llave. La habitación era lujosa, con ventanales que daban a toda la ciudad iluminada. En la mesa central había una botella de un licor ámbar y dos copas de cristal.

— Bebe un poco, Yuwei —dijo Klaus, sirviendo una copa generosa—. Has tenido una noche tensa. Necesitas relajarte antes de que revisemos los anexos del contrato.

Yuwei se sentó en el sofá de cuero, sintiéndose extrañamente pesada. Su cabeza daba vueltas. El beso, los flashes, las palabras de Klaus... todo parecía una neblina espesa. Tomó la copa y bebió. El líquido era dulce, pero tenía un retrogusto amargo, casi metálico.

— ¿Qué... qué tipo de contrato es este? —preguntó ella, intentando enfocar la vista en los papeles que Klaus dejó sobre la mesa—. Dijiste que Alemania quería integración tecnológica.

— Alemania quiere lo que yo quiero —dijo Klaus, sentándose a su lado, demasiado cerca—. Y yo quiero la llave de este mundo. X fue un aficionado. Borró los recuerdos, pero dejó las almas intactas. Dejó que personas como tú guardaran la chispa de la rebelión.

Klaus extendió una mano y le acarició el hombro, bajando lentamente hacia el escote del vestido. Yuwei intentó apartarse, pero sus músculos no respondieron. Sus extremidades se sentían como plomo.

— ¿Qué me has dado? —susurró ella, su voz apenas un hilo.

— Solo un inhibidor de voluntad —respondió Klaus, y su voz ya no era amable. Era fría, mecánica, carente de cualquier rastro de humanidad—. El mundo no necesita una Reina, Yuwei. Necesita una Administradora que obedezca. Y tú vas a ser esa pieza perfecta en mi maquinaria.

Se inclinó sobre ella, atrapándola contra el respaldo del sofá. Su mano se cerró sobre la mandíbula de ella con una fuerza innecesaria.

— X te amaba de una forma patética y débil —siseó Klaus—. Yo no te amo. Yo te necesito como un símbolo. Y una vez que firmes este contrato bajo mi influencia, el reinicio de X será anulado por una versión mucho más... permanente.

En la sala 4, X golpeaba la puerta blindada. No tenía armas, no tenía poderes activos en este mundo de hombres comunes. Pero tenía la memoria.

— ¡Smile! —gritó, esperando que su amigo estuviera cerca—. ¡Smile, sáqueme de aquí!

Fuera, en el pasillo, se oyó un rugido que no pertenecía a un contable. El sonido de metal retorciéndose y el impacto de cuerpos contra la pared resonaron a través de la puerta. Un segundo después, la cerradura electrónica estalló en mil pedazos y la puerta salió volando de sus bisagras.

Smile estaba allí, con la camisa del esmoquin hecha jirones y una vena latiendo violentamente en su cuello. Había despachado a cuatro guardias y parecía estar listo para derribar el edificio entero.

— ¡X! —gritó Smile, jadeando—. ¡Se la ha llevado! ¡Klaus se la ha llevado a las suites privadas! ¡He visto a Lucky Cyan llorando en el pasillo, parece que el efecto de ese tipo está empezando a darles náuseas!

X no esperó. Corrió hacia los ascensores, pero Smile lo detuvo.

— Las escaleras de emergencia, hermano. Klaus ha bloqueado los ascensores. ¡Toca día de cardio extremo!

Subieron los pisos de diez en diez, con una urgencia que quemaba los pulmones. X sentía cada flashback golpeándolo como un martillo: Queen riendo, Queen luchando, Queen mirándolo con desprecio en la oficina. "Eres un cobarde, X", le había dicho. Y tenía razón. Había sido un cobarde al intentar protegerla del dolor quitándole la realidad.

Llegaron a la planta 50. X pateó la puerta de la suite con una fuerza que nació del puro pánico.

Dentro, la escena era una pesadilla. Yuwei estaba semiinconsciente en el sofá, con Klaus inclinado sobre ella, sosteniendo una pluma estilográfica en una mano y sujetándole la mano de ella con la otra, forzándola a firmar un documento que brillaba con una luz azulada antinatural.

— ¡Suéltala! —rugió X.

Klaus se giró lentamente. No parecía sorprendido. Su rostro seguía siendo perfecto, pero sus ojos ahora emitían un fulgor gélido, una luz que no pertenecía a este mundo.

— El contable ha venido a auditar mis métodos —dijo Klaus, soltando la mano de Yuwei y poniéndose de pie con una elegancia aterradora—. Llegas tarde, X. El sistema ha reconocido mi autoridad. El mundo quiere un líder, no un fantasma que se esconde tras una fotocopiadora.

— No eres un líder —dijo X, caminando hacia él, ignorando el miedo que le atenazaba las entrañas—. Eres una anomalía. Una respuesta automática de la realidad ante el vacío que dejé. Pero este mundo es mío. Yo lo construí.

— Y yo voy a perfeccionarlo —respondió Klaus—. Empezando por eliminar al arquitecto.

Klaus se movió con una velocidad que el ojo humano no podía seguir. Lanzó un golpe que habría decapitado a cualquier hombre normal, pero Smile se interpuso, bloqueando el impacto con sus antebrazos. El choque de fuerzas hizo que las ventanas del ático estallaran hacia afuera.

— ¡Ve a por ella, X! —gritó Smile, sus músculos hinchándose hasta límites imposibles, su verdadera fuerza de héroe despertando ante la amenaza—. ¡Yo me encargo de este muñeco de porcelana!

X corrió hacia el sofá. Tomó a Yuwei en sus brazos, sintiendo su cuerpo frío y tembloroso.

— Yuwei, mírame —le suplicó, sacudiéndola suavemente—. Soy yo. X.

Ella abrió los ojos con dificultad. La neblina azulada en sus pupilas empezó a disiparse al ver el rostro cansado y gris del hombre que odiaba y amaba por igual.

— X... —susurró ella, su mano buscando débilmente el rostro de él—. Él... él dijo que no volverías.

— He vuelto —dijo X, apretándola contra su pecho—. Y no voy a volver a borrarte. Lo siento. Siento haberte dejado sola en la oscuridad.

Klaus, forcejeando con Smile, soltó una carcajada que sonó como cristal rompiéndose.

— ¡Vuestra conexión es patética! —gritó Klaus, liberando una onda de choque que lanzó a Smile contra la pared—. ¡El destino ha elegido! ¡Yo soy el nuevo orden!

X se levantó, dejando a Yuwei en el sofá. Se giró hacia Klaus. Su camisa gris estaba empapada de sudor y polvo, pero su mirada había cambiado. Ya no era la mirada de un hombre que quería dormir. Era la mirada de quien ha aceptado que la paz es una lucha constante.

— El destino no elige nada —dijo X, y por primera vez en años, su voz resonó con el poder de quien puede doblar la realidad—. El destino es lo que yo decido que sea.

X extendió la mano hacia la mesa. La pluma estilográfica de Klaus se deshizo en polvo. El contrato de unión estratégica se prendió fuego espontáneamente, convirtiéndose en cenizas negras que flotaron en el aire.

Klaus retrocedió, su rostro perfecto empezando a agrietarse, literalmente. Pequeñas líneas blancas aparecieron en su piel, como si fuera una estatua de mármol sometida a demasiada presión.

— ¿Qué estás haciendo? —preguntó Klaus, su voz perdiendo su tono melódico—. ¡He sido generado por la necesidad del mundo! ¡No puedes borrarme!

— No voy a borrarte —dijo X, dando un paso adelante—. Voy a integrarte. Vas a ser lo que siempre debiste ser: nada.

X cerró el puño. El espacio alrededor de Klaus se contrajo. El "héroe perfecto" soltó un grito que no era humano, una frecuencia pura que hizo vibrar los cimientos de la Torre DOS. Por un instante, la luz azul de Klaus inundó la habitación, luchando contra la voluntad gris de X. Pero la voluntad de X no estaba sola.

Yuwei, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se puso en pie. Se tambaleó hasta llegar al lado de X y puso su mano sobre el hombro de él, tal como lo había hecho en el flashback, tal como lo había hecho en mil batallas olvidadas.

— No lo hagas solo —dijo ella, su voz recuperando su acero—. Nunca más.

El peso de la mano de Queen fue el ancla final. La luz de Klaus se colapsó sobre sí misma, desapareciendo en un destello silencioso. El salón quedó en penumbra, solo iluminado por las luces de la ciudad que seguía girando afuera, ignorante de que su "salvador" acababa de ser borrado de la ecuación.

Smile se levantó de entre los escombros de la pared, limpiándose la sangre de la nariz.

— ¡Eso... eso ha sido un entrenamiento de cuerpo completo! —dijo, intentando forzar una sonrisa, aunque sus ojos estaban llenos de alivio—. ¿Se ha acabado?

X miró a Yuwei. Ella seguía apoyada en él, respirando con dificultad, su vestido carmesí desgarrado y su orgullo herido, pero sus ojos estaban claros.

— No —dijo X, mirando hacia la ciudad—. Esto solo ha sido el primer fallo del sistema. El mundo está despertando, y no podemos volver a dormirlo.

Yuwei se apartó un poco, recuperando su porte de reina. Miró a X con una mezcla de amargura y respeto.

— Me debes una explicación, X —dijo ella—. Y una cena que no termine en un intento de golpe de estado global.

X esbozó una pequeña sonrisa, la primera sonrisa real en mucho tiempo.

— Mañana —dijo él—. Mañana compraremos el tóner. Y luego... luego hablaremos de cómo vamos a arreglar este desastre que llamamos paz.

Abajo, en la gala, la gente empezaba a despertar del trance, preguntándose qué había pasado con el hombre rubio y por qué se sentían tan cansados de repente. El mundo seguía siendo gris, pero en la planta 50 de la Torre DOS, tres sombras sabían que el color estaba a punto de regresar, y que esta vez, tendrían que luchar para que no fuera solo el rojo de la guerra, sino el de la vida misma.