Tachero pet
Entre el orgullo y las cenizas
El hotel de lujo en Manhattan se sentía como un mausoleo de cristal. Wilson estaba sentada frente a su padre en el restaurante de la planta superior, rodeada de manteles de lino blanco y cubiertos de plata que brillaban bajo una luz demasiado cálida. Marcus Watson cortaba su filete con una precisión quirúrgica, ajeno al hecho de que su hija apenas podía respirar.
—Has hecho lo correcto, Wilson —dijo Marcus, sin levantar la vista del plato—. Ese silencio en la cancha... demostraste clase. Demostraste que no eres parte de ese circo. En este mundo, para que te respeten como la mejor, no puedes dejar que te asocien con... desviaciones.
Wilson apretó los dedos debajo de la mesa, clavándose las uñas en las palmas. Cada palabra de su padre era como un ladrillo que sellaba la celda que ella misma había ayudado a construir.
—Eran mis compañeras, papá —susurró ella, aunque la voz le salió vacía.
—Eran un mal ejemplo —sentenció él, mirándola ahora con esos ojos que siempre habían sido su brújula y su condena—. Mañana volvemos a casa. Te graduarás, entrarás en el Draft como la número uno y serás la cara de la liga. Una cara limpia. Sin escándalos. Sin... esas cosas.
Wilson asintió, sintiendo una náusea que no tenía nada que ver con la comida. Se excusó diciendo que estaba agotada por el partido y subió a su habitación. Pero no se detuvo allí. Su cuerpo, movido por una inercia que su mente rechazaba, la llevó hacia el pasillo de las suites de los entrenadores.
Se detuvo frente a la puerta de Caitlin. El corazón le golpeaba las costillas con la fuerza de un balón contra el tablero. "Vete", se decía a sí misma. "Vuelve con tu padre, vuelve a ser la chica normal". Pero la imagen de Caitlin mirándola con decepción era una herida abierta que no dejaba de sangrar.
Llamó a la puerta. Una vez. Dos veces.
Caitlin abrió. Ya no llevaba el chándal de la liga, sino una bata de seda oscura. Tenía los ojos cansados y una copa de vino en la mano. Al ver a Wilson, su expresión se endureció instantáneamente.
—¿Qué haces aquí, Watson? —preguntó Caitlin. Su voz era un muro de hielo—. Creo que lo dejamos todo claro en el vestuario.
—Por favor —logró decir Wilson, y para su propio horror, sintió que la primera lágrima se escapaba—. Por favor, déjame entrar.
Caitlin suspiró, una mezcla de exasperación y algo que se parecía peligrosamente a la lástima, y se hizo a un lado. Wilson entró y escuchó el clic de la puerta al cerrarse. El sonido le pareció el fin del mundo.
—Vine a... vine a decir que lo siento —dijo Wilson, dándose la vuelta. Estaba temblando visiblemente—. Mi padre... él no entiende. Yo no puedo simplemente enfrentarme a él. Él es todo lo que tengo.
—No, Wilson —Caitlin dejó la copa sobre una mesa auxiliar y se cruzó de brazos—. Viniste aquí porque no puedes soportar que te vea como lo que eres ahora mismo: una cómplice de ese odio. Viniste a buscar una absolución que yo no te puedo dar.
—¡Es que no soy como ellas! —estalló Wilson, el llanto rompiendo finalmente todas sus defensas—. ¡Yo no soy lesbiana, Caitlin! Lo que pasó entre nosotras... fue una locura, fue la presión, fue... fue cualquier cosa menos eso. Yo no puedo ser eso. No puedo ser lo que mi padre odia.
Caitlin se acercó a ella, lenta, implacable. Se detuvo a centímetros de su rostro, obligando a Wilson a mirarla.
—¿Y qué es exactamente lo que odia, Wilson? ¿Odia que me desees? ¿Odia que anoche suplicaras que no parara? —Caitlin bajó la voz a un susurro cruel—. ¿O es que tú te odias tanto que prefieres vivir arrodillada ante un hombre que te repudiaría si supiera la verdad?
—¡Basta! —Wilson se derrumbó, cayendo de rodillas sobre la alfombra de la suite. Se cubrió la cara con las manos, sollozando con una desesperación que le desgarraba la garganta—. Por favor, basta. No puedo con esto. Me duele, Caitlin. Me duele todo el tiempo.
Caitlin no se movió para consolarla. Se quedó de pie, observando el colapso de la joven prodigio con una frialdad que ocultaba su propio dolor.
—Te duele porque estás intentando matar una parte de ti misma para que quepa en la caja de tu padre —dijo Caitlin—. Y lo peor es que vas a tener éxito. Vas a ser la mejor jugadora del mundo, vas a ganar campeonatos, y vas a estar muerta por dentro.
Wilson gateó hacia ella, agarrándose a la bata de Caitlin con manos desesperadas. Era una imagen patética, la gran Wilson Watson, la futura estrella de la WNBA, rogando como una niña perdida.
—Ayúdame —suplicó Wilson entre hipidos—. No me dejes así. No puedo volver a esa habitación y fingir que no pasó nada. No me odies, Caitlin. Por favor, no me odies.
—Yo no te odio, Wilson —Caitlin se agachó, tomando el mentón de la joven con firmeza, obligándola a ver la amargura en sus ojos—. Me das pena. Me das pena porque tienes todo el talento del mundo y nada de valor. Quieres mi cuerpo, quieres mi validación, pero te avergüenzas de mí. Te avergüenzas de lo que sentimos.
—No es vergüenza... es miedo —balbuceó Wilson—. Si acepto que esto es real, pierdo mi vida. Pierdo a mi familia.
—Ya los has perdido —sentenció Caitlin—. En el momento en que dejaste que ese hombre insultara a Paige y Azzi y bajaste la cabeza, dejaste de tener una vida propia. Ahora solo eres su trofeo.
Wilson hundió la cabeza en el regazo de Caitlin, llorando sin consuelo. Caitlin, a pesar de su rabia, no pudo evitar pasar una mano por el cabello corto de la joven. Era un gesto mecánico, desprovisto de la pasión de la noche anterior. Era el gesto de alguien que se despide de algo que ya se ha roto.
—Vete a casa, Wilson —dijo Caitlin en voz baja—. Vuelve con tu padre. Sigue siendo la chica perfecta. Sigue ocultando quién eres. Pero no vuelvas a mi puerta. No vuelvas a buscar calor en la cama de una mujer a la que no te atreves a defender a la luz del día.
—No me pidas eso —rogó Wilson, levantando la vista, sus ojos hinchados y rojos—. Necesito... necesito que me digas que todavía hay algo. Una oportunidad.
Caitlin se levantó, deshaciéndose del agarre de Wilson con una frialdad definitiva.
—La oportunidad la tuviste hoy en la cancha. Y elegiste el silencio.
Wilson se quedó en el suelo, sintiendo el vacío de la habitación expandirse a su alrededor. La homofobia que había cultivado durante años, ese asco hacia lo "diferente", ahora se había convertido en un veneno que la consumía desde dentro. Se odiaba por querer a Caitlin, se odiaba por no poder dejar de quererla, y se odiaba por ser demasiado cobarde para admitirlo ante el mundo.
Se levantó lentamente, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. El espejo de la suite le devolvió una imagen que apenas reconoció. No era la guerrera de la pintura, no era la líder que el país esperaba. Era una sombra.
—Caitlin... —intentó decir una última vez.
—Fuera —dijo Caitlin, dándole la espalda y mirando por el ventanal hacia las luces de Nueva York—. Que tengas una buena carrera, Wilson. Espero que el éxito valga el precio que estás pagando.
Wilson salió de la habitación. El pasillo estaba desierto. Caminó hacia el ascensor, sintiendo que cada paso la alejaba más de la persona que podría haber sido.
Al llegar a su propia habitación, encontró a su padre esperándola en la puerta. Marcus sonrió, una sonrisa de satisfacción y dominio.
—Te estaba esperando. Estaba pensando en tu entrenamiento de la semana que viene. Tenemos que trabajar en ese tiro tras bloqueo. No podemos permitirnos más distracciones como las de hoy.
Wilson lo miró. Vio al hombre que la amaba bajo condiciones imposibles. Vio al hombre que la destruiría si supiera que el perfume de Caitlin todavía estaba impregnado en su piel.
—Sí, papá —dijo Wilson, su voz sonando como una grabación—. Tienes razón. No más distracciones.
Entró en su habitación y cerró la puerta. Se metió en la cama, todavía vestida, y se tapó hasta la barbilla. El llanto volvió, pero esta vez fue silencioso, un goteo constante que empapaba la almohada. En su mente, volvió a ver a Paige y Azzi besándose en la cancha, libres, valientes, reales. Y luego se vio a sí misma, arrodillada en el suelo de una suite, rogando por un amor que no se atrevía a reclamar.
Wilson Watson lo tenía todo. El futuro, el talento, la fama. Pero mientras cerraba los ojos, solo podía sentir el frío de la soledad más absoluta. Había elegido el orgullo de su padre por encima de su propia verdad, y sabía, con una certeza que le helaba la sangre, que nunca dejaría de sufrir por ello. El baloncesto seguiría, los puntos vendrían, pero la Wilson que podía haber amado sin miedo había muerto esa noche en el Barclays Center, enterrada bajo el peso de un silencio que duraría toda la vida.