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Tachero pet

Sombras en el Madison: El retorno del fantasma

Tres años habían pasado desde que el nombre de Wilson Watson dejó de ser una promesa para convertirse en una obsesión nacional. Tres años en los que su cabello, antes corto y práctico para el juego, había crecido hasta caer en ondas oscuras sobre sus hombros, dándole una apariencia más madura, casi regia, que contrastaba con la tormenta que seguía rugiendo en su interior. A sus diecinueve años, Wilson era la reina indiscutible del baloncesto universitario, un fenómeno físico que promediaba treinta puntos por partido, pero que seguía esquivando las preguntas sobre su vida personal con una destreza gélida.

El Madison Square Garden bullía. El evento "WNBA Legends & Future" era el escenario perfecto para el reencuentro. Paige Bueckers y Azzi Fudd ya eran estrellas consolidadas en la liga, iconos de una generación que no pedía permiso para existir. Y Caitlin Clark, a sus veintiséis años, era la cara absoluta del baloncesto mundial, una veterana en su apogeo táctico y físico.

Wilson se ajustaba las rodilleras en el vestuario, evitando mirar hacia la puerta. Sabía que Caitlin estaba en el edificio. Sabía que, por contrato y por morbo mediático, Caitlin volvería a ser su entrenadora en este partido de exhibición.

—Te ves diferente, Watson —dijo una voz desde el umbral.

Wilson se tensó. No necesitaba girarse para saber quién era. El perfume cítrico y metálico la golpeó primero, desencadenando una cascada de recuerdos que había intentado enterrar bajo miles de horas de gimnasio. Se puso en pie, dejando que su larga coleta oscilara. Ahora era casi tan alta como Caitlin, y la diferencia de edad, aunque seguía ahí, se sentía menos como un abismo y más como un campo de batalla.

—El pelo largo me ayuda a ocultar mejor la cara cuando no quiero que me molesten —respondió Wilson, girándose finalmente.

Caitlin estaba apoyada en el marco de la puerta, vestida con un traje de lino gris que gritaba autoridad. Sus ojos azules recorrieron a Wilson con una lentitud que rozaba la insolencia. Había pasado mucho tiempo, pero la chispa de desafío seguía intacta.

—Sigues siendo igual de dramática —comentó Caitlin, entrando en el vestuario y cerrando la puerta tras de sí—. He estado viendo tus partidos. Tu tiro en suspensión ha mejorado, pero sigues jugando como si tuvieras algo que demostrarle a alguien que no está en la cancha. Tu padre sigue en la primera fila, supongo.

Wilson apretó los dientes. La mención de Marcus Watson siempre era una punzada.

—Mi padre es el motivo por el que estoy aquí —dijo Wilson, endureciendo la voz—. Y sí, está aquí. Y no, no ha cambiado de opinión sobre... nada.

—Qué desperdicio —susurró Caitlin, acercándose hasta quedar a escasos centímetros—. Tres años, Wilson. Tres años en los que podrías haber crecido, pero sigues siendo esa niña asustada que se esconde detrás de una coleta larga y de los prejuicios de un viejo amargado.

—No vine aquí para una sesión de terapia, Coach Clark —escupió Wilson, aunque su cuerpo traicionaba su firmeza, inclinándose inconscientemente hacia el calor de la mujer mayor—. Vine a jugar. Vine a demostrar que soy la próxima número uno del Draft.

Caitlin sonrió, una expresión depredadora que hizo que el estómago de Wilson diera un vuelco.

—Entonces demuéstralo. Pero recuerda una cosa: en mi equipo, si vuelves a bajar la cabeza cuando alguien muestra quién es de verdad, te sacaré de la pista yo misma. Paige y Azzi están ahí fuera, casadas, felices y siendo las mejores. ¿Vas a volver a avergonzarte de ellas? ¿O de lo que sientes cuando te miro?

Wilson no respondió. El silencio fue interrumpido por el silbato que anunciaba el inicio del calentamiento. Caitlin salió primero, dejando a Wilson con el corazón latiendo desbocado contra sus costillas.

El partido fue un espectáculo de alto nivel. Paige Bueckers manejaba los hilos del equipo contrario con una visión de juego que parecía telepatía, conectando constantemente con Azzi Fudd, quien lanzaba desde el perímetro con una precisión letal. Wilson, por su parte, era una fuerza de la destrucción. Atacaba el aro con una agresividad que rozaba lo imprudente, volcando el balón sobre defensoras más experimentadas y gritando tras cada canasta.

En la banda, Caitlin no dejaba de presionarla.

—¡Muévete, Watson! ¡No te quedes mirando! —gritaba Caitlin, moviéndose con una energía eléctrica—. ¡Usa ese físico! ¡Domina!

Durante un tiempo muerto en el tercer cuarto, la tensión estalló. Wilson llegó al banquillo jadeando, el sudor empapando su larga melena. Marcus Watson, desde su asiento privilegiado, le hizo una señal con el pulgar hacia arriba, pero Wilson solo tenía ojos para Caitlin, que la esperaba con la pizarra en la mano y una mirada que quemaba.

—Estás jugando para tu padre otra vez —siseó Caitlin, acercándose tanto que Wilson podía sentir su respiración—. Cada vez que encestas, lo miras a él. Deja de buscar su aprobación. Él no mete las canastas, las metes tú.

—¡Déjame en paz! —respondió Wilson en voz baja, pero cargada de veneno—. Estoy haciendo mi trabajo. Vamos ganando.

—Estamos ganando porque Paige está fallando tiros que normalmente no falla —replicó Caitlin—. Pero en cuanto ella se encienda, tu inseguridad nos va a costar el partido. Tienes miedo de brillar de verdad porque sabes que si brillas, él verá quién eres realmente.

—¡Tú no sabes quién soy! —exclamó Wilson, olvidando por un momento dónde estaban.

—Sé exactamente quién eres —dijo Caitlin, bajando la voz a un susurro peligroso—. Eres la chica que todavía sueña con mis manos sobre ella. Eres la chica que se odia por querer a una mujer. Y eres la chica que va a perderlo todo si no empieza a vivir por sí misma.

El partido se reanudó y, tal como Caitlin predijo, Paige y Azzi iniciaron una remontada épica. La conexión entre ellas era orgánica, libre de las ataduras y miedos que asfixiaban a Wilson. Al final, el equipo de Caitlin perdió por dos puntos tras un triple en el último segundo de Azzi.

El Madison Square Garden estalló en aplausos. Paige y Azzi se abrazaron en el centro de la pista, dándose un beso rápido que las cámaras captaron y proyectaron en la pantalla gigante. Wilson miró hacia la grada; su padre tenía una expresión de asco absoluto. Luego miró a Caitlin, que simplemente se dio la vuelta y caminó hacia los túneles.

Wilson no esperó a las entrevistas. Ignoró a su padre, ignoró a los periodistas y corrió hacia el vestuario de entrenadores. Entró sin llamar, cerrando la puerta con un estruendo.

Caitlin estaba de espaldas, quitándose la chaqueta del traje. Se giró lentamente, sin mostrar sorpresa.

—¿Vienes a quejarte de la derrota, Watson? —preguntó con una calma exasperante.

—Vengo a decirte que te odio —dijo Wilson, caminando hacia ella, con el cabello desordenado y los ojos brillando por la rabia y las lágrimas contenidas—. Te odio por hacerme sentir así. Te odio por tener razón. Te odio por ser tan jodidamente perfecta y libre mientras yo me ahogo.

Wilson la empujó contra la pared, tal como lo había hecho tres años atrás, pero esta vez no había duda en sus movimientos. Había una desesperación madura, un hambre que había crecido con cada día de ausencia.

—¿Te ahogas? —preguntó Caitlin, su voz firme a pesar de la presión contra la pared—. Pues aprende a nadar, Wilson. O deja que yo te enseñe.

Wilson la besó. No fue un beso de sumisión, sino un asalto. Sus labios se encontraron con una ferocidad que hablaba de años de negación. Caitlin respondió con la misma intensidad, sus manos subiendo por la espalda de Wilson, enredándose en su larga melena y tirando de ella para profundizar el contacto.

—No soy... no soy como ellas —jadeó Wilson contra la boca de Caitlin, la homofobia interna luchando su última batalla—. No puedo serlo.

—Mientes —susurró Caitlin, bajando una mano para apretar el muslo de Wilson—. Mientes cada vez que respiras. Mientes cuando dices que esto no es lo que quieres.

Wilson levantó a Caitlin, sentándola sobre el escritorio lleno de informes tácticos y botellas de agua. La diferencia de fuerza era ahora más evidente que nunca; Wilson era una atleta en la cima de su desarrollo físico, y Caitlin, aunque fuerte, se dejaba dominar por la potencia de la joven de diecinueve años.

—Dime que me quieres —exigió Wilson, sus manos trabajando febrilmente en la blusa de Caitlin—. Dime que no me has olvidado en estos tres años.

—Nunca te olvidé, pequeña cobarde —respondió Caitlin, arqueando la espalda cuando Wilson hundió el rostro en su cuello—. Pero no voy a decirte que te quiero hasta que tú te quieras a ti misma lo suficiente como para no esconderte.

Wilson gruñó, una mezcla de frustración y deseo. Desabrochó el pantalón de Caitlin con una urgencia que hizo que varios papeles cayeran al suelo. La penumbra del despacho solo estaba iluminada por la luz que se filtraba bajo la puerta, creando sombras largas sobre sus cuerpos entrelazados.

Wilson se arrodilló entre las piernas de Caitlin. El contraste era hermoso: la piel joven y canela de Wilson contra la seda y la piel pálida de Caitlin. Wilson usó su lengua con una disciplina feroz, explorando a Caitlin con la misma atención al detalle con la que estudiaba los videos de los partidos. Quería marcarla, quería que Caitlin recordara este momento cada vez que viera a Wilson en la televisión.

—Wilson... —el nombre de la joven escapó de los labios de Caitlin como un ruego—. Por favor... no te detengas.

Wilson subió de nuevo, atrapando los labios de Caitlin mientras sus dedos continuaban el trabajo abajo, rítmicos y profundos. Sentía el poder vibrando en sus venas. Aquí, en la oscuridad, ella no era la hija de Marcus Watson. No era la estrella universitaria. Era simplemente una mujer poseyendo a otra, reclamando un territorio que siempre le había pertenecido.

—Mírame —ordenó Wilson, su voz ronca—. Mira lo que te hago.

Caitlin abrió los ojos, su mirada empañada por el placer extremo. Sus dedos se clavaron en los hombros de Wilson, dejando marcas que durarían días.

—Eres... eres increíble —jadeó Caitlin, justo antes de que el clímax la sacudiera por completo, obligándola a esconder el rostro en el hombro de Wilson para ahogar un grito.

El silencio que siguió fue denso, cargado de una pesadez eléctrica. Wilson permaneció abrazada a la cintura de Caitlin, respirando con dificultad. El conflicto interno seguía allí, esa voz que le decía que esto era pecado, que esto era una debilidad, pero por primera vez, esa voz era más débil que el latido de su propio corazón.

Caitlin se compuso, arreglándose la ropa con una elegancia recuperada, aunque sus labios estaban hinchados y su mirada era más suave. Acarició la mejilla de Wilson, retirando un mechón de pelo largo.

—Tu padre te está esperando fuera, Wilson —dijo Caitlin con una tristeza serena—. Y mañana, todo el mundo esperará que seas la jugadora perfecta.

—Lo sé —respondió Wilson, poniéndose en pie y ajustándose el uniforme—. Pero ya no sé si puedo seguir fingiendo.

—No tienes que decidirlo hoy —dijo Caitlin, levantándose del escritorio—. Pero el Draft es en unos meses. Si vienes a la liga, vendrás a mi mundo. Y en mi mundo, no hay espacio para las sombras. O caminas a la luz, o te quedarás sola en la pintura.

Wilson caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró a Caitlin una última vez.

—¿Me estarás esperando? —preguntó.

Caitlin sonrió, una sonrisa real, sin rastro de burla.

—Siempre he estado esperándote, Watson. Solo faltaba que tú llegaras a la cita.

Wilson salió al pasillo. Allí, al final del corredor, estaba Marcus Watson, con los brazos cruzados y una expresión de impaciencia.

—¿Dónde estabas? —preguntó su padre con dureza—. Tenemos una cena con los patrocinadores. Esos besos de esas chicas en la pista han arruinado el ambiente, pero tú vas a arreglarlo con una buena entrevista.

Wilson lo miró. Vio la rigidez, vio el prejuicio, vio la cadena que la había mantenido atada durante diecinueve años. Se tocó los labios, que aún sabían a Caitlin, y sintió el peso de su propia identidad despertando.

—No voy a ir a la cena, papá —dijo Wilson, su voz firme, proyectándose con la misma fuerza con la que pedía el balón en el poste bajo.

—¿Qué has dicho? —Marcus dio un paso adelante, sorprendido—. Wilson, no me hables así.

—He dicho que no voy —repitió ella, pasando por su lado sin detenerse—. Estoy cansada de jugar para ti. A partir de ahora, voy a jugar para mí.

Caminó hacia la salida, dejando a su padre con la palabra en la boca. Fuera, el aire de Nueva York era frío, pero Wilson se sentía arder. Sabía que la homofobia que le habían inculcado no desaparecería de golpe, que tendría que luchar contra sus propios demonios cada mañana frente al espejo. Pero mientras se alejaba del Madison Square Garden, con su largo cabello ondeando al viento, Wilson Watson supo que la verdadera victoria no se medía en puntos, sino en el valor de no volver a bajar la cabeza nunca más.

El camino hacia el Draft sería largo, y el escándalo sería inevitable, pero por primera vez en diecinueve años, Wilson no tenía miedo del resultado. Porque ahora sabía que, al final de la cancha, Caitlin Clark la estaba esperando. Y esta vez, Wilson no iba a fallar el tiro.