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Tachero pet

El peso de la corona y el sabor de la verdad

La luz del día siguiente en Nueva York tenía una claridad hiriente. Wilson Watson se encontraba en la parte trasera de un SUV negro, viendo cómo los rascacielos de Manhattan se deslizaban como gigantes de acero a través de la ventanilla. A su lado, su padre, Marcus, no dejaba de hablar por teléfono, gestionando entrevistas, contratos de patrocinio y la narrativa del "regreso triunfal" de su hija a la universidad para su último año antes del Draft de la WNBA.

—Sí, Wilson está enfocada —decía Marcus con esa voz de barítono que no admitía réplicas—. Lo de anoche fue solo un tropiezo del equipo. Ella demostró por qué es la mejor. No, no habrá comentarios sobre... los incidentes en la cancha. Nosotros nos dedicamos al baloncesto, no a la política social.

Wilson sentía que el aire en el vehículo se agotaba. Cada vez que su padre decía "nosotros", ella sentía que una soga se apretaba alrededor de su garganta. Cerró los ojos y, de inmediato, el fantasma de Caitlin Clark apareció tras sus párpados. Podía sentir todavía el calor de su piel, el rastro de sus dedos en su espalda y, sobre todo, la decepción en su voz cuando la llamó cobarde.

—Papá, detén el coche —dijo Wilson de repente. Su voz era baja, pero tenía una vibración nueva, algo que Marcus no reconoció de inmediato.

—Estamos llegando al aeropuerto, Wilson. No tenemos tiempo para paradas.

—He dicho que detengas el maldito coche —repitió ella, elevando el tono.

Marcus colgó el teléfono, sorprendido. Miró a su hija como si fuera una extraña. La joven que siempre asentía, la que bajaba la cabeza ante sus sermones, lo miraba ahora con unos ojos encendidos, una mirada que recordaba demasiado a la de Caitlin en la banda.

—¿Qué te pasa? —preguntó Marcus, haciendo una señal al conductor para que se detuviera en un lateral de la Quinta Avenida—. ¿Es por lo que dije anoche? Wilson, entiendo que esas chicas son tus compañeras, pero tienes que entender que tu imagen...

—Mi imagen es una mentira —lo interrumpió Wilson, abriendo la puerta del coche antes de que este se detuviera por completo—. Y estoy harta de vivir en ella. No voy a ir al aeropuerto. No voy a volver a casa contigo.

—¿Y a dónde crees que vas? —Marcus bajó del coche tras ella, ignorando los cláxones de los taxis—. Tienes entrenamientos, tienes una reputación que mantener. ¡Wilson!

—Voy a buscar lo que tú me quitaste hace tres años —respondió ella sin mirar atrás, perdiéndose entre la multitud de peatones que inundaba la acera.

Wilson caminó durante casi una hora, dejando que el frío de la mañana le despejara la mente. No tenía un plan, pero sabía que sus pies la llevaban a un solo lugar. El hotel donde se alojaban las estrellas de la WNBA estaba rodeado de fans y cámaras, pero ella conocía las entradas de servicio. Gracias a su estatus de "prodigio", los guardias la dejaron pasar sin preguntar.

Llegó a la suite de Caitlin con el corazón en la mano. No llamó con timidez esta vez. Golpeó la madera con la fuerza de quien reclama una deuda.

Cuando la puerta se abrió, Caitlin no llevaba el traje de la noche anterior. Vestía unos pantalones de yoga y una camiseta de entrenamiento de los Indiana Fever. Al ver a Wilson, su ceja se elevó, pero no hubo sorpresa en su rostro. Solo una expectativa silenciosa.

—Has tardado menos de lo que pensaba —dijo Caitlin, apoyándose en el marco de la puerta—. ¿Tu padre sabe dónde estás o tengo que esperar a que la seguridad del hotel me informe de un altercado en el pasillo?

—No me importa dónde esté mi padre —respondió Wilson, entrando en la habitación y cerrando la puerta con un golpe seco—. No me importa el Draft. No me importa lo que piensen en Carolina del Sur.

Caitlin se cruzó de brazos, observándola con esa mirada analítica que desarmaba a cualquier defensa en la liga.

—Palabras valientes, Watson. Pero las palabras son baratas en este negocio. Lo que importa es lo que haces cuando las luces se apagan y no hay nadie para aplaudirte. O para juzgarte.

—Lo que hice anoche... —Wilson dio un paso hacia ella, acortando la distancia—. Lo que hicimos... no fue un error. Y no fue solo adrenalina. Me he pasado tres años intentando convencerme de que soy lo que mi padre quiere que sea. Me he pasado tres años odiándome cada vez que veía una foto tuya en las noticias.

Caitlin suspiró y caminó hacia el ventanal que daba a Central Park. El sol iluminaba su perfil, resaltando la madurez y la dureza que los años de competición profesional habían grabado en ella.

—Sé lo que es tener el peso del mundo sobre los hombros, Wilson. Sé lo que es que cada movimiento que haces sea analizado por millones de personas. Pero yo nunca me escondí. Nunca dejé que nadie dictara quién debía amar o cómo debía vivir.

—Porque tú eres Caitlin Clark —replicó Wilson con amargura—. Tú eres intocable. Yo soy solo una chica que todavía tiene que pedir permiso para respirar.

—No —Caitlin se giró bruscamente, sus ojos azules centelleando—. Eres intocable porque tú decides serlo. Eres la mejor jugadora de tu generación. Tienes el poder, Wilson. Solo que tienes demasiado miedo de usarlo porque sabes que, una vez que lo hagas, no habrá vuelta atrás. No podrás volver a ser la "niña buena" de Marcus.

Wilson sintió que las lágrimas acudían a sus ojos, pero esta vez no eran de tristeza. Eran de una rabia purificadora. Caminó hacia Caitlin y la agarró por los hombros, obligándola a sentir la fuerza de sus manos de atleta.

—Enséñame —suplicó Wilson—. Enséñame a no tener miedo. Enséñame a ser como tú.

Caitlin soltó una risa suave, una que no llegó a sus ojos.

—No quieres ser como yo, Wilson. Quieres ser tú misma. Y eso empieza aquí.

Caitlin la tomó del rostro, sus pulgares acariciando los pómulos de Wilson con una ternura que contrastaba con su aura de guerrera. El beso que siguió no fue como los anteriores. No hubo la urgencia desesperada del vestuario del Madison Square Garden, ni la furia del pasado. Fue un beso lento, exploratorio, un pacto sellado en el silencio de la suite.

Wilson sintió que el mundo exterior desaparecía. La homofobia interna, esa voz que siempre le susurraba que era una aberración, se vio sofocada por la realidad del cuerpo de Caitlin contra el suyo. La diferencia de edad, esos casi diez años de experiencia, se manifestaban en la forma en que Caitlin manejaba la situación: con una seguridad que guiaba a Wilson a través de sus propias dudas.

—Caitlin... —susurró Wilson contra sus labios.

—Shh —la calló la entrenadora—. No pienses. Por una vez en tu vida, deja de analizar la jugada y simplemente juega.

Caitlin la guio hacia la cama de sábanas blancas. Wilson, impulsada por un instinto que ya no intentaba reprimir, tomó la iniciativa. Despojó a Caitlin de su camiseta, admirando los músculos definidos de sus hombros y la cicatriz en su costado, un recordatorio de una cirugía pasada. Era un cuerpo de batalla, hermoso y resistente.

—Eres perfecta —dijo Wilson, su voz ronca por el deseo.

—Soy real, Wilson. Eso es mucho mejor que ser perfecta —respondió Caitlin, tirando de la joven hacia ella.

Wilson se hundió entre las piernas de Caitlin, sintiendo la humedad y el calor que la llamaban. Sus manos, expertas en controlar el balón a velocidades increíbles, se movían ahora con una delicadeza asombrosa. Cada vez que Caitlin soltaba un jadeo o arqueaba la espalda, Wilson sentía una oleada de triunfo. No era el triunfo de una canasta en el último segundo; era el triunfo de la autenticidad.

—Mírame, Caitlin —exigió Wilson, subiendo para besarla mientras sus dedos trabajaban con un ritmo implacable—. Dime que esto es real.

—Es lo más real que vas a tener en esta ciudad de mentiras —contestó Caitlin, envolviendo sus piernas alrededor de la cintura de Wilson, atrayéndola más, buscando ese contacto total que borrara las sombras de los últimos tres años.

El encuentro fue físico y emocional, una colisión de dos fuerzas de la naturaleza que finalmente habían dejado de luchar entre sí para luchar juntas. Wilson se entregó por completo, dejando que Caitlin tomara el control en los momentos en que su propia inseguridad amenazaba con volver. Caitlin, por su parte, se permitió ser vulnerable, dejando caer la máscara de "Coach Clark" para ser simplemente la mujer que había esperado años por este momento.

Cuando finalmente el clímax las alcanzó, fue como una explosión de luz. Wilson se desplomó sobre el pecho de Caitlin, escuchando el latido acelerado de su corazón. El silencio que siguió no fue incómodo; fue el silencio de la paz después de la guerra.

—¿Y ahora qué? —preguntó Wilson después de un rato, con la cabeza apoyada en el hombro de Caitlin.

Caitlin le acarició el cabello largo, desenredando algunos mechones con los dedos.

—Ahora, te duchas, te pones tu mejor ropa y bajamos al lobby.

Wilson se tensó.

—¿Al lobby? Mi padre estará allí. La prensa estará allí.

—Exacto —Caitlin se sentó en la cama, mirándola con una seriedad absoluta—. Si quieres estar conmigo, Wilson, si quieres esta vida, tienes que estar dispuesta a caminar a mi lado. No en las sombras de un vestuario o en una habitación de hotel. A mi lado. Frente a todos.

Wilson miró sus propias manos. Eran las manos que pronto firmarían un contrato profesional, las manos que cargarían con el futuro de una franquicia.

—Él me va a odiar —dijo Wilson, refiriéndose a su padre.

—Él ya odia la versión de ti que no puede controlar —replicó Caitlin—. Solo vas a darle una razón para dejar de fingir. ¿Estás lista para ser la villana en su historia para poder ser la heroína en la tuya?

Wilson respiró hondo. La homofobia que Marcus le había inculcado seguía allí, como un residuo amargo, pero al mirar a Caitlin, supo que el amor y la libertad eran antídotos mucho más potentes.

—Estoy lista —dijo Wilson con una firmeza que la sorprendió incluso a ella misma.

Se ducharon juntas, un momento de intimidad doméstica que se sintió más revolucionario que cualquier otra cosa. Wilson se vistió con un traje sastre azul marino que Caitlin le prestó, un poco grande en los hombros pero que le daba un aire de autoridad indiscutible.

Cuando bajaron al lobby del hotel, el caos fue instantáneo. Los flashes de las cámaras empezaron a dispararse y los periodistas se agolparon contra las cuerdas de seguridad. Marcus Watson estaba allí, hablando con un representante de la liga, y su rostro se transformó de la confusión a la furia pura cuando vio a su hija salir del ascensor caminando junto a Caitlin Clark.

No solo caminaban juntas. Caitlin tenía su mano apoyada en la parte baja de la espalda de Wilson, un gesto de posesión y apoyo que no dejaba lugar a dudas.

—¡Wilson! —gritó Marcus, abriéndose paso entre la multitud—. ¿Qué significa esto? Tienes un vuelo que sale en treinta minutos. ¡Suéltala ahora mismo!

Wilson se detuvo frente a su padre. Por primera vez en diecinueve años, no sintió el impulso de retroceder. Se irguió en toda su estatura, superándolo por unos centímetros, y lo miró directamente a los ojos.

—No voy a ir a ninguna parte contigo, papá —dijo Wilson. Su voz fue captada por los micrófonos de los reporteros que se estiraban para no perderse una palabra—. El tiempo de jugar bajo tus reglas se ha terminado.

—¿Te has vuelto loca? —Marcus bajó la voz, un siseo cargado de veneno—. Estás arruinando todo por lo que hemos trabajado. ¡Por una mujer! Estás tirando tu carrera a la basura por una perversión.

Wilson sintió que el brazo de Caitlin se tensaba a su lado, pero ella no dejó que la entrenadora interviniera. Esta era su batalla.

—No es una perversión, papá. Se llama ser honesta. Algo que tú no entenderías porque estás demasiado ocupado construyendo un monumento a tu propio ego —Wilson hizo una pausa, sintiendo el peso de la corona que finalmente se estaba poniendo—. Voy a entrar en el Draft. Voy a ser la mejor jugadora que esta liga haya visto jamás. Pero lo voy a hacer como Wilson Watson. La mujer que ama a quien quiere. No como tu marioneta.

Marcus levantó la mano, un gesto instintivo de agresión que nunca se había atrevido a ejecutar en público, pero se detuvo cuando vio a los guardias de seguridad del hotel y a las docenas de cámaras grabándolo todo.

—Si cruzas esa puerta con ella —dijo Marcus, su voz temblando de rabia—, no vuelvas a llamarme. No tienes padre. No tienes casa. No tienes nada.

Wilson sintió una punzada de dolor, un eco de la niña que todavía quería que su padre la quisiera, pero luego sintió la mano de Caitlin apretando la suya. El calor de esa unión fue suficiente.

—Entonces, supongo que este es el adiós, Marcus —dijo Wilson.

Se dio la vuelta, dándole la espalda al hombre que la había moldeado a través del miedo, y caminó hacia la salida del hotel. Caitlin la seguía de cerca, una presencia constante y protectora.

Al salir a la calle, el ruido de la ciudad las envolvió. Wilson se detuvo un momento, respirando el aire frío de Nueva York. Por primera vez en su vida, el aire no sabía a ceniza. Sabía a libertad.

—¿Estás bien? —preguntó Caitlin, mirándola con una mezcla de orgullo y preocupación.

Wilson sonrió, una sonrisa que iluminó su rostro de una manera que ninguna victoria en la cancha lo había hecho nunca.

—Nunca he estado mejor, Coach.

—Ya no soy tu Coach, Wilson —dijo Caitlin, rodeándole la cintura con el brazo mientras caminaban hacia un coche que las esperaba—. Ahora soy simplemente la mujer que va a ver cómo conquistas el mundo.

—¿Y tú? —preguntó Wilson—. ¿Qué vas a hacer tú?

Caitlin se detuvo y la besó frente a los últimos fotógrafos que las seguían, un beso que sería portada de todos los periódicos deportivos al día siguiente.

—Yo voy a encargarme de que nadie vuelva a intentar apagarte la luz —respondió Caitlin—. El juego apenas comienza, Watson. Y esta vez, jugamos para ganar.

Wilson Watson miró hacia el horizonte, donde el sol empezaba a ponerse sobre el Hudson. Sabía que el camino no sería fácil. Sabía que habría críticas, insultos y desafíos. Pero mientras caminaba de la mano de Caitlin, supo que ya no tenía que esconderse en las sombras. El peso de la corona ya no se sentía como una carga, sino como una armadura. Y con Caitlin Clark a su lado, Wilson Watson estaba lista para reclamar su trono.