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Marcas de propiedad y el eco de un nombre
La luz de la mañana se filtraba por las rendijas de las persianas, dibujando líneas doradas sobre el desorden de la habitación. Dana despertó lentamente, sintiendo el peso reconfortante de Yan sobre ella. Él no se había movido ni un centímetro durante la noche; su brazo derecho rodeaba su cintura con una firmeza que incluso en sueños resultaba posesiva, y su rostro estaba hundido en la curvatura de su cuello.
Dana intentó removerse con suavidad, pero el agarre de Yan se tensó de inmediato. Un gruñido bajo y ronco vibró contra su piel, y ella sintió el roce de los labios de él buscando calor.
—No te vayas —murmuró Yan, su voz cargada de la pesadez del sueño y de esa necesidad hormonal que parecía no agotarse nunca—. Todavía es temprano.
—Yan, tengo clase en una hora —susurró ella, aunque no hizo un esfuerzo real por soltarse. El calor de su cuerpo era demasiado tentador—. Y tú tienes ese entrenamiento con el equipo.
Yan levantó la cabeza lo justo para mirarla. Sus ojos, generalmente afilados y alertas, estaban entornados, dándole un aspecto peligrosamente vulnerable y atractivo. Sin decir una palabra, se inclinó y mordisqueó suavemente el hombro de Dana, justo donde la clavícula se unía al cuello.
—No me importa el entrenamiento —dijo él, subiendo la mano por el costado de Dana hasta acariciar la curva de su pecho—. Me importa que anoche te quedaste dormida antes de que terminara de decirte todo lo que quería.
Dana soltó una risa suave, sintiendo cómo el deseo volvía a encenderse en su vientre. Yan era insaciable.
—Dijiste lo suficiente, Yan. Dijiste que eras egoísta y que me querías solo para ti. No es algo nuevo.
Él se incorporó sobre sus codos, quedando por encima de ella. El edredón resbaló, dejando a la vista su torso marcado y las cicatrices leves que solo añadían a su aura de masculinidad ruda. Su mirada se volvió intensa, recorriendo el rostro de Dana con una fijeza que la hacía sentir desnuda incluso bajo las sábanas.
—Lo digo en serio, Dana —dijo él, y esta vez no había rastro de sueño en su voz—. Ese tipo del mensaje... el del proyecto. ¿Cómo se llama?
Dana suspiró, poniendo los ojos en blanco mientras una sonrisa divertida jugaba en sus labios.
—Se llama Mateo, Yan. Es solo un compañero de clase. Estamos haciendo un análisis sobre macroeconomía. Nada que deba preocuparte.
—Mateo —repitió Yan, y el nombre sonó como un insulto en su boca—. No me gusta cómo suena. No me gusta que tenga tu número. No me gusta que piense que puede escribirte a las once de la noche.
—Él no sabe que estoy contigo —respondió ella, acariciando los hombros tensos de Yan para intentar relajarlo—. Y aunque lo supiera, es solo trabajo.
Yan se inclinó, atrapando sus labios en un beso corto pero cargado de una posesividad que le cortó el aliento. Cuando se separó, sus ojos brillaban con un matiz oscuro.
—Entonces asegúrate de que lo sepa hoy —sentenció él—. O mejor aún, deja que yo te lleve a la facultad.
—Yan, no seas ridículo. Tu coche es demasiado llamativo y todos saben quién eres. Si apareces allí conmigo, el concepto de "amigos con derechos" se va a ir por la ventana en cinco segundos.
—A la mierda el concepto —gruñó él, bajando las manos para sujetar las muñecas de Dana contra el colchón—. Estoy harto de que juguemos a que esto no es nada. Me vuelves loco, Dana. Me paso el día pensando en quién te mira, en quién te habla, en quién intenta tocar lo que es mío.
Dana sintió un escalofrío. La intensidad de Yan siempre estaba al borde de lo abrumador, pero había algo en su forma de reclamarla que la hacía sentir deseada de una manera que nadie más había logrado. Sin embargo, no podía dejar que él tomara el control total.
—No soy tuya, Yan —le recordó con voz suave, aunque sus dedos se entrelazaron con los de él—. Acordamos que esto sería libre. Sin etiquetas.
Yan soltó una carcajada amarga y se inclinó hasta que sus narices se rozaron.
—¿Libre? Mírame a los ojos y dime que te sientes libre cuando estás conmigo. Dime que no sientes cómo te quemo la piel cada vez que te toco. No hay nada libre en esto, Dana. Estamos encadenados el uno al otro, y lo sabes.
Antes de que ella pudiera responder, el teléfono de Dana, que estaba sobre la mesita de noche, vibró. Yan fue más rápido. En un movimiento fluido, lo alcanzó y miró la pantalla. Su mandíbula se apretó tanto que Dana temió que se rompiera un diente.
—Es él otra vez —dijo Yan, su voz ahora era un susurro peligroso—. "Hola Dana, ¿nos vemos en la biblioteca antes de clase para repasar?".
—Yan, dame el teléfono —pidió ella, extendiendo la mano.
En lugar de dárselo, Yan lo dejó caer sobre la cama y se abalanzó sobre ella. Sus besos ya no eran suaves; eran marcas de guerra. Empezó a besar su cuello con una urgencia febril, succionando la piel delicada justo por encima del borde de lo que sería su camiseta.
—¿Qué estás haciendo? —jadeó ella, arqueando la espalda mientras sentía los dientes de él rozar su piel.
—Dejando claro a qué perteneces —respondió él entre besos—. Si vas a ir a esa biblioteca con ese tal Mateo, quiero que cada vez que te mires al espejo, o cada vez que él intente acercarse, vea esto.
Dana sintió un gemido escapar de sus labios. Sabía que debería detenerlo, que una marca en el cuello era un problema, pero la forma en que Yan la sujetaba, la forma en que sus hormonas parecían dictar cada uno de sus movimientos, la dejaba sin defensas. Él era una fuerza de la naturaleza, un hombre que no entendía de límites cuando se trataba de lo que deseaba.
—Vas a... vas a dejar una marca —logró decir ella, con la respiración entrecortada.
—Esa es la idea —murmuró Yan, separándose apenas unos milímetros para admirar su obra. Una mancha rojiza empezaba a florecer en la base del cuello de Dana—. Te ves hermosa marcada por mí.
Él continuó bajando, sus manos explorando cada parte de su cuerpo con una familiaridad que quemaba. Yan no era solo celoso; era hormonalmente dependiente de ella. Cada vez que estaban juntos, parecía que intentaba absorberla, fundirla con su propia existencia.
—Yan, por favor... —suplicó ella, aunque ni ella misma sabía si pedía que parara o que continuara.
—Dime que eres mía —exigió él, deteniéndose justo antes de besar el inicio de sus pechos. Sus ojos estaban fijos en los de ella, esperando la rendición total.
—Soy... soy tuya esta mañana —intentó negociar ella, pero Yan no aceptaba migajas.
—No, Dana. Dime que eres mía, punto. Sin condiciones. Sin "esta mañana".
La tensión en la habitación era tan espesa que casi se podía tocar. Dana lo miró, viendo la desesperación disfrazada de dominio en sus ojos. Sabía que Yan la amaba, a su manera retorcida y posesiva, aunque ninguno de los dos se atreviera a usar esa palabra.
—Soy tuya, Yan —susurró finalmente.
Esa confesión fue como echar gasolina al fuego. Yan la tomó con una pasión renovada, una mezcla de triunfo y deseo puro. Cada movimiento era una declaración de propiedad, cada jadeo una promesa de que no la dejaría ir fácilmente. En ese momento, la universidad, Mateo y el mundo exterior dejaron de existir. Solo importaba el ritmo de sus cuerpos chocando, el calor sofocante de la habitación y la forma en que Yan pronunciaba su nombre como si fuera una oración y una maldición al mismo tiempo.
Cuando finalmente terminaron, ambos quedaron exhaustos, con la piel brillante de sudor y los corazones latiendo al unísono. Yan se dejó caer a su lado, pero no tardó ni un segundo en volver a abrazarla, pegando la espalda de Dana contra su pecho.
—No vas a ir a la biblioteca —dijo él, su voz recuperando ese tono posesivo pero ahora más tranquilo, casi satisfecho.
—Tengo que ir, Yan. No puedo suspender ese proyecto.
—Entonces ve —cedió él, sorprendiéndola—, pero lleva el pelo suelto. No quiero que escondas lo que te hice. Quiero que él lo vea. Quiero que todos lo vean.
Dana suspiró, sintiendo la marca en su cuello latir levemente. Sabía que iba a ser un día difícil, que tendría que lidiar con las preguntas y las miradas, pero al sentir los labios de Yan besando su nuca, supo que no le importaba tanto como debería.
—Eres imposible —dijo ella, cerrando los ojos.
—Soy tuyo —corrigió él—. Y tú eres mía. Ese es el único trato que importa de ahora en adelante.
Yan la apretó más fuerte, y por un momento, Dana se permitió creer que quizás las etiquetas no eran tan malas si significaban estar siempre en los brazos de alguien que la deseaba con tanta ferocidad. Sin embargo, sabía que esto era solo el principio. Los celos de Yan no se apagarían con una marca en el cuello, y su necesidad de ella solo crecería con cada encuentro.
—Mañana —dijo Yan de repente, justo cuando ella estaba a punto de levantarse—. Mañana no habrá universidad. Mañana te quedarás aquí todo el día.
—¿Ah sí? ¿Y quién lo ha decidido? —preguntó ella, girándose para mirarlo con una ceja levantada.
—Mis hormonas —respondió él con una sonrisa ladeada y peligrosa—. Y ellas siempre ganan, Dana. Siempre.
Ella no pudo evitar sonreír también. Sabía que él tenía razón. En ese juego de poder y deseo, las reglas las ponía el fuego que ardía entre ellos, un fuego que amenazaba con consumirlos a ambos si no tenían cuidado. Pero mientras Yan la mirara con esa intensidad, Dana estaba dispuesta a quemarse.
Se levantó de la cama, sintiendo la mirada de Yan recorriendo cada centímetro de su cuerpo desnudo. Se puso su blusa, dejando deliberadamente los dos primeros botones desabrochados, tal como él quería. Al mirarse en el espejo, vio la marca: un recordatorio carmesí de la noche y de la mañana.
—¿Satisfecho? —preguntó ella, señalando el moretón.
Yan se levantó también, caminando hacia ella con la gracia de un depredador. Se colocó detrás de ella, rodeando su cintura con sus brazos y apoyando la barbilla en su hombro, mirando su reflejo conjunto.
—Nunca estaré satisfecho contigo, Dana —susurró al espejo—. Ese es tu problema. Y el mío.
Dana salió del apartamento minutos después, sintiendo el aire fresco de la mañana en su rostro, pero el calor de Yan todavía impregnado en su piel. Sabía que en la biblioteca, Mateo la estaría esperando con sus libros y sus preguntas sobre economía, pero su mente estaba a kilómetros de distancia, atrapada en la habitación de un hombre que no sabía amar sin poseer.
Mientras caminaba hacia la facultad, se tocó la marca del cuello con la punta de los dedos. Una sonrisa involuntaria apareció en su rostro. Yan era un caos, un torbellino de celos y hormonas, pero era su caos. Y por mucho que intentara negarlo, esa cadena invisible que él mencionaba se sentía cada vez más como un hogar.
Al llegar a la entrada del campus, vio a Mateo a lo lejos, saludándola con la mano. Dana respiró hondo, se soltó el cabello para que cayera sobre sus hombros, pero no hizo nada por cerrar los botones de su blusa. Si Yan quería que el mundo supiera, ella no iba a ser quien lo contradijera. Al menos no hoy.
Porque en el fondo, Dana también era egoísta. Y quería que todos supieran que el hombre más intenso y peligroso de la ciudad solo perdía el control por ella.