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El eco de la posesión y el filo del deseo
La biblioteca de la universidad era un santuario de silencio, interrumpido únicamente por el pasar de las hojas y el tecleo amortiguado de los portátiles. Dana se sentó frente a Mateo, quien ya tenía tres libros abiertos y una libreta llena de anotaciones. Ella, sin embargo, sentía que su cuerpo todavía vibraba. Cada vez que el aire acondicionado de la sala rozaba su cuello, el pequeño rastro de dolor y calor de la marca que Yan le había dejado le recordaba que, técnicamente, seguía bajo su dominio.
—Te ves... cansada, Dana —comentó Mateo, levantando la vista de sus apuntes. Sus ojos se detuvieron un segundo de más en el cuello de ella, donde el cabello se había desplazado ligeramente—. ¿Dormiste bien?
Dana forzó una sonrisa y se acomodó un mechón rebelde, aunque recordó las palabras de Yan: "Quiero que todos lo vean". Una parte de ella sentía una chispa de rebeldía, pero otra, mucho más oscura y profunda, disfrutaba de la idea de llevar el sello de Yan en público.
—No mucho, la verdad. El proyecto me tuvo despierta —mintió ella, abriendo su carpeta—. ¿Por dónde empezamos?
—Estaba revisando la curva de oferta, pero... —Mateo se interrumpió, frunciendo el ceño. Se inclinó un poco más sobre la mesa, bajando la voz—. Oye, tienes algo ahí. En el cuello. Parece una quemadura o...
—Es un golpe, Mateo. No es nada —lo cortó ella con rapidez, sintiendo cómo sus mejillas se encendían.
Justo en ese momento, el teléfono de Dana vibró sobre la mesa de madera. No fue un mensaje corto. Fue una videollamada. El nombre "Yan" brilló en la pantalla, acompañado de una foto de él sin camiseta, despeinado y con esa mirada de suficiencia que tanto la desarmaba.
Dana sintió un vuelco en el corazón. Sabía que si no contestaba, él sería capaz de aparecerse en la biblioteca en diez minutos. Yan no conocía el concepto de "esperar".
—Dame un segundo, tengo que atender esto —dijo ella, levantándose de la silla antes de que Mateo pudiera decir algo más.
Se alejó hacia el pasillo de las estanterías de historia, un lugar desierto donde las sombras de los libros antiguos la ocultaban. Aceptó la llamada. La imagen de Yan llenó la pantalla de inmediato. Estaba en su coche, con la respiración algo agitada y el cabello todavía húmedo de la ducha.
—¿Por qué has tardado tres tonos en contestar? —fue lo primero que salió de su boca. Su voz era un gruñido bajo, cargado de esa impaciencia hormonal que lo caracterizaba.
—Estoy en la biblioteca, Yan. Te dije que tenía que estudiar —susurró ella, mirando de reojo hacia el pasillo.
—Enséñamelo —ordenó él, ignorando su explicación.
—¿Qué? ¿El libro de macroeconomía?
—No te hagas la lista, Dana. Enséñame el cuello. Quiero ver si me has hecho caso y has dejado que se vea.
Dana suspiró, pero una sonrisa involuntaria tiró de las comisuras de sus labios. Giró la cámara del teléfono y apartó su cabello, revelando la marca rojiza y violácea que destacaba contra su piel pálida. Se escuchó un suspiro pesado al otro lado de la línea, un sonido casi animal.
—Maldita sea... —murmuró Yan, y Dana pudo ver cómo sus nudillos se apretaban contra el volante—. Te queda mejor de lo que recordaba. ¿El tal Mateo ya lo ha visto? ¿Se ha dado cuenta de que alguien más te ha estado reclamando toda la mañana?
—Yan, eres un enfermo —rio ella por lo bajo, aunque su pulso se aceleraba—. Se ha dado cuenta de que tengo "algo", pero no ha preguntado más.
—Más le vale. Si se acerca demasiado, si intenta tocarte para "ver qué es", júrame que me llamarás. No me gusta que estés ahí con él. Siento que me falta el aire si no sé exactamente qué estás haciendo.
—Solo estoy estudiando, lo prometo. En dos horas salgo.
—Estaré en la puerta —sentenció él—. No te vayas con nadie. No hables con nadie. Sal directo hacia mi coche. Si veo que te despides de él con un beso en la mejilla, Dana... te juro que lo siguiente que marcaré no será tu cuello.
La llamada se cortó abruptamente, dejando a Dana con el corazón martilleando contra sus costillas. La posesividad de Yan era una cuerda que se tensaba cada vez más, pero en lugar de asfixiarla, la arrastraba hacia un abismo de deseo que ella no quería evitar.
Regresó a la mesa, pero la concentración se había esfumado. Mateo intentaba explicarle algo sobre los mercados internacionales, pero ella solo podía pensar en el calor de las manos de Yan y en la forma en que sus ojos se oscurecían cuando estaba celoso.
—¿Estás bien? Estás muy distraída —dijo Mateo, cerrando su cuaderno—. Si quieres, podemos dejarlo por hoy y seguir mañana en mi casa. Es más tranquilo y...
—No —lo interrumpió Dana, quizá con demasiada contundencia—. No, mañana no puedo. Y hoy tengo que irme ya.
—Pero si acabamos de empezar...
—Lo siento, surgió algo.
Recogió sus cosas a toda prisa. Podía sentir la mirada de Mateo en su espalda, una mezcla de confusión y sospecha, pero no le importaba. Solo quería llegar a la salida. Al cruzar las puertas de cristal de la facultad, el sol de la tarde la golpeó, pero lo que realmente la hizo detenerse fue el rugido de un motor conocido.
El deportivo negro de Yan estaba aparcado justo en la zona de prohibido, bloqueando parcialmente el paso. Él estaba apoyado contra la puerta, con unas gafas de sol oscuras y una chaqueta de cuero que resaltaba sus hombros anchos. Varias chicas que pasaban por allí se detenían a mirarlo, pero él no les prestaba la menor atención. Sus ojos estaban fijos en la salida, buscándola.
Cuando vio a Dana, su postura se tensó. No se movió; esperó a que ella llegara hasta él, como un rey esperando a su súbdito, o un depredador a su presa. Detrás de ella, Mateo salió de la biblioteca, observando la escena con asombro.
Yan vio al chico. En un movimiento deliberado, rodeó la cintura de Dana con un brazo y la pegó a su cuerpo con una fuerza que le sacó un pequeño jadeo.
—Llegas tarde —dijo él, con la voz lo suficientemente alta para que Mateo lo oyera.
—Solo han sido cinco minutos, Yan —respondió ella, sintiendo el calor que desprendía el cuerpo de él.
Yan no respondió. En lugar de eso, se inclinó y besó la marca de su cuello frente a todo el mundo, dejando que sus labios se demoraran allí, marcando su territorio una vez más ante la vista de cualquier posible rival. Mateo, incómodo, desvió la mirada y comenzó a caminar en dirección opuesta.
—Sube al coche —ordenó Yan, abriéndole la puerta. Su tono no admitía réplicas.
En cuanto Dana se sentó y él rodeó el vehículo para entrar en el asiento del conductor, el ambiente cambió. El espacio cerrado del coche se llenó instantáneamente de su aroma y de una tensión eléctrica. Yan no arrancó de inmediato. Se quedó mirando al frente, con las manos apretando el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Dana, aunque sabía perfectamente la respuesta.
—Te estaba mirando —dijo Yan, girándose hacia ella. Sus ojos, ahora sin las gafas, brillaban con una mezcla de ira y deseo—. El tipo ese. Te estaba mirando como si tuviera derecho a algo. Me han dado ganas de bajarme y romperle la cara ahí mismo, delante de todos tus compañeros.
—Yan, solo es un compañero de clase. No ha pasado nada.
—Me da igual. No soporto que te miren. No soporto que compartas el mismo aire que otros hombres cuando yo no estoy presente para recordarles que eres mía.
—Dijimos que esto no tenía etiquetas, Yan. ¿Recuerdas? Amigos con derechos.
Yan soltó una carcajada seca y se inclinó sobre ella, atrapándola contra el asiento de cuero. El espacio era mínimo, y la cercanía de su rostro hacía que a Dana le costara respirar.
—¿Amigos? —repitió él, rozando sus labios con los de ella—. No me mires a la cara y me digas esa estupidez. Los amigos no se marcan la piel. Los amigos no se vuelven locos de celos si alguien les envía un mensaje. Lo que tenemos tú y yo es una enfermedad, Dana. Y yo no quiero curarme.
Él metió la mano por debajo de la falda de ella, subiendo con una lentitud tortuosa por su muslo. Dana soltó un suspiro tembloroso, cerrando los ojos.
—Yan... aquí no... —protestó débilmente.
—¿Por qué no? —murmuró él, besando su mandíbula—. Quiero que sientas lo que me haces. Quiero que sepas que mis hormonas están a punto de estallar solo por haberte tenido lejos dos horas. No voy a esperar a llegar a casa.
Él arrancó el coche con un movimiento brusco y condujo a toda velocidad hacia un callejón apartado cerca del parque, un lugar donde los árboles ofrecían una privacidad relativa. En cuanto detuvo el motor, no hubo palabras. Yan se abalanzó sobre ella con una urgencia que rozaba la desesperación.
—Dilo otra vez —exigió él, mientras sus manos desabrochaban con torpeza los botones de la blusa de Dana—. Dime de quién eres.
—Tuya —jadeó ella, rindiéndose al fuego que siempre la consumía cuando él la tocaba de esa manera—. Soy tuya, Yan. Siempre soy tuya.
Él la besó con una ferocidad que le supo a sangre y a posesión. Sus manos recorrían cada rincón de su cuerpo como si estuviera tratando de grabarse en ella, de asegurarse de que no quedara ni un solo milímetro de su piel que no hubiera sido reclamado. El sexo en el coche fue rápido, intenso y cargado de una adrenalina que los dejó a ambos sin aliento, con los cristales empañados y el sonido de sus corazones resonando en el pequeño habitáculo.
Cuando el silencio regresó, Yan se quedó abrazado a ella, con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando sus latidos. Su respiración se fue normalizando, pero su agarre no se aflojó.
—No sé qué me has hecho —susurró él, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba—. Antes de ti, esto era fácil. Mujeres, sexo, adiós. Pero contigo... contigo siento que si te suelto, me voy a romper en mil pedazos.
Dana le acarició el cabello, sintiendo una punzada de ternura mezclada con el miedo a lo que estaban construyendo.
—Yan, esto se está volviendo muy complicado.
—Lo sé —respondió él, levantando la vista para mirarla con una intensidad aterradora—. Y se va a volver más complicado aún. Porque no voy a dejar que te vayas. Nunca. He decidido que este "trato" se ha acabado.
Dana frunció el ceño, sintiendo un nudo en el estómago.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que a partir de hoy, no hay más "amigos con derechos". No hay más mensajes de Mateos ni de nadie. Si quieres estar conmigo, es de verdad. Con todas las consecuencias. Con mis celos, con mi necesidad de tenerte cerca, con todo este caos que soy.
—¿Me estás pidiendo que seamos novios? —preguntó ella, casi sin aliento.
—Te estoy diciendo que eres mi mujer —corrigió él, con esa arrogancia posesiva que tanto la irritaba y la atraía a la vez—. Y que el próximo que te mire como lo hizo ese tipo hoy, se las verá conmigo de una forma que no olvidará.
Dana guardó silencio, procesando las palabras. Era lo que siempre había querido, pero también lo que más la asustaba. Estar con Yan significaba vivir bajo un volcán constante, una erupción de emociones y hormonas que nunca le daría un momento de paz.
—¿Y si te digo que no? —desafió ella, con una pequeña chispa en los ojos.
Yan sonrió de lado, una expresión depredadora y segura de sí misma. Se acercó a su oído y le dio un pequeño mordisco en el lóbulo antes de susurrar:
—No puedes decirme que no, Dana. Porque tu cuerpo me llama incluso cuando tu boca intenta alejarse. Porque esa marca en tu cuello dice más que cualquier palabra que puedas pronunciar. Eres mía, y lo sabes tan bien como yo.
Él puso el coche en marcha y comenzó a conducir hacia su apartamento. Dana miró por la ventana, viendo cómo las luces de la ciudad empezaban a encenderse. Sabía que su vida acababa de cambiar. Ya no había vuelta atrás hacia la supuesta libertad que habían pactado al principio.
Al llegar al edificio, Yan no esperó a que ella bajara. La tomó de la mano y la guio casi a rastras hacia el ascensor. En cuanto las puertas se cerraron, volvió a acorralarla contra la pared metálica.
—Esta noche —dijo él, su voz vibrando con una nueva promesa de intensidad—, voy a encargarme de que no puedas caminar mañana. No quiero que vayas a la universidad. Quiero que te quedes en mi cama, oliendo a mí, pensando en mí, siendo solo mía.
—Yan, tengo un examen... —empezó a decir ella, pero él la calló con un beso profundo y exigente.
—Al diablo con el examen. Yo soy tu única prioridad ahora.
Dana se dejó llevar, sintiendo cómo la cadena invisible de la que él hablaba se transformaba en algo mucho más real y tangible. Quizá era una locura, quizá era tóxico, pero en los brazos de Yan block, el peligro se sentía como el único lugar donde realmente quería estar.
Esa noche, bajo las sábanas de seda negra de su habitación, Yan cumplió su promesa. No hubo espacio para el descanso, solo para el eco de sus nombres pronunciados en la oscuridad y el roce incesante de dos almas que habían decidido arder juntas, sin importar las consecuencias.
Mientras la luna observaba desde lo alto, los celos de Yan se transformaron en una devoción absoluta, y la resistencia de Dana se desvaneció por completo. En ese rincón del mundo, los "derechos" habían muerto para dar paso a algo mucho más poderoso: una pertenencia que ninguno de los dos estaba dispuesto a romper.