Tortuga astuta y zorro confundido
El Cáliz de la Devoción y el Sello de la Carne
La lluvia golpeaba con una cadencia hipnótica contra los ventanales del dormitorio principal, pero dentro de la alcoba, el único sonido que cobraba importancia era el roce de la seda contra el cuero y el jadeo rítmico de un hombre que había olvidado su nombre para convertirse en un altar.
Deruth Henituse estaba de espaldas sobre el colchón, con las piernas alzadas y abiertas de par en par, sostenidas en el aire por la fuerza bruta de Ron Molan. El mayordomo, todavía luciendo sus impecables guantes blancos que ahora contrastaban con la piel enrojecida de los muslos del Conde, lo observaba con una intensidad que trascendía la lujuria; era una mirada de propiedad absoluta.
—Mírate, Deruth —susurró Ron, su voz era un ronroneo peligroso que vibraba en el aire cargado de humedad—. Estás tan abierto, tan dispuesto... Pareces una flor que solo sabe florecer bajo la tormenta.
Deruth intentó responder, pero sus palabras se perdieron en un gemido cuando Ron bajó una mano para jugar con sus pezones. Los dedos enguantados, ásperos y firmes, retorcieron la carne sensible con una crueldad metódica.
—¡Ah! ¡Ron, por favor! —Deruth arqueó la espalda, su pecho subiendo y bajando con desesperación—. S-se siente... demasiado...
—Se siente como debe sentirse el cuerpo de una mujer, ¿no es así? —provocó Ron, inclinándose para morder el hombro de Deruth, dejando una marca que tardaría días en desvanecerse—. Tan reactivo, tan necesitado de ser marcado. Tu cuerpo ya no responde como el de un hombre, mi señor. Se ha vuelto blando, se ha vuelto... receptivo.
Ron no le dio tiempo a protestar. Tomó un dildo de cristal de la mesilla de noche, uno más grueso que el que Deruth había usado a solas, y lo introdujo de un solo movimiento fluido. El grito de Deruth fue ahogado por la mano de Ron, que cubrió su boca con firmeza.
—Shh... No queremos que los niños se pregunten por qué su padre suena como una perra en celo a estas horas —dijo Ron, moviendo el cristal con un ritmo que buscaba la próstata de Deruth con una precisión asesina—. Muévete para mí. Demuéstrame que este agujero es lo único que importa ahora.
Deruth obedeció, sus caderas moviéndose por instinto contra el juguete. Intentó llevar sus manos a su propio miembro, buscando el alivio que su cuerpo gritaba, pero Ron le propinó un golpe seco en las muñecas.
—No. Hoy no tocarás esa parte inútil de ti —sentenció Ron—. Tu placer no vendrá de ahí. Hoy te correrás como lo que eres bajo mi mando: un recipiente que solo conoce el éxtasis a través de la invasión.
Ron retiró el juguete y, sin previo aviso, obligó a Deruth a ponerse de rodillas frente a él. La erección de Ron era imponente, un testimonio de su propia oscuridad.
—Atrágate, Deruth —ordenó, sujetando el cabello del Conde con una mano y guiándolo—. Demuéstrame cuánto puedes soportar de tu dueño.
Deruth abrió la boca, recibiéndolo con una sumisión que le habría hecho llorar de vergüenza en cualquier otro contexto. Ron fue despiadado, empujando hasta el fondo de su garganta, forzando lágrimas de irritación y placer en los ojos del Conde. El sonido de la succión y los jadeos ahogados llenaron la habitación. Ron lo observaba desde arriba, disfrutando de la visión de la máxima autoridad del condado reducida a un acto tan básico de servicio.
Cuando Ron finalmente lo liberó, Deruth colapsó sobre las sábanas, con un hilo de saliva escapando de sus labios. Pero el descanso fue breve. Ron lo volteó de nuevo, esta vez dejándolo boca abajo, con las nalgas elevadas.
—Es hora de sellarte —dijo Ron, tomando un tapón anal de cristal con una base de rubí que brillaba como la sangre—. Quiero que sientas cada centímetro de mí, y luego quiero que guardes mi regalo dentro de ti hasta el amanecer.
Ron se posicionó y entró en él con una estocada que hizo que Deruth viera estrellas. El ritmo fue salvaje, una danza de poder donde el roce de las nalgas de Deruth contra los muslos de Ron creaba un sonido húmedo y rítmico. Ron lo golpeaba con una fuerza que hacía que el vientre de Deruth se sintiera lleno, pesado, casi como si estuviera siendo reclamado desde adentro hacia afuera.
—¡Ron! ¡Ron! —gritaba Deruth, sus manos arañando las sábanas—. ¡Me voy a... ah! ¡Siento que voy a estallar!
—¡No te corras! —rugió Ron, apretando el cuello de Deruth para cortarle el aliento por un segundo—. ¡Aguanta! ¡Sé una buena hembra y recibe todo lo que tengo para darte!
En el clímax de la pasión, el cuerpo de Deruth reaccionó de una forma que nunca antes había experimentado. Bajo la presión constante y el estímulo abrumador, un chorro de fluido transparente brotó de él, empapando las sábanas en un squirting violento que dejó a Deruth temblando y sin aliento.
Ron soltó su propio clímax instantes después, llenando el interior de Deruth con ráfaga tras ráfaga de calor. El vientre del Conde se sentía abultado, cargado con la esencia del asesino. Sin perder un segundo, mientras Deruth todavía estaba en medio de las convulsiones del orgasmo, Ron introdujo el tapón anal, sellando el semen dentro de él.
—Ahí... —susurró Ron, colapsando sobre la espalda de Deruth—. Ahora eres mío por completo. Mi semilla, mi sello... todo dentro de ti.
El silencio que siguió fue denso, pero ya no era un silencio de tensión, sino de una extraña y profunda paz. La tormenta de lujuria y degradación había pasado, dejando paso a algo que ambos hombres, a pesar de sus máscaras, atesoraban más que el propio placer.
Ron se retiró lentamente y, con una suavidad que contrastaba violentamente con su comportamiento anterior, comenzó el ritual del cuidado posterior. No se marchó. No volvió a ser el mayordomo frío. Se quedó allí, en la cama, y comenzó a limpiar el cuerpo de Deruth con un paño humedecido en agua tibia que ya tenía preparada.
—¿Estás bien, amor mío? —preguntó Ron, su voz ahora cargada de una ternura genuina que solo Deruth conocía.
Deruth, todavía recuperando el aliento y sintiendo el peso del tapón en su interior, asintió débilmente y se acurrucó contra el pecho de Ron.
—Fue... intenso —logró decir Deruth, con una sonrisa cansada—. Siempre logras que olvide quién soy.
—Sé exactamente quién eres —dijo Ron, besando la frente de Deruth mientras lo envolvía en una manta de lana—. Eres el hombre que me dio un hogar cuando no tenía nada. Eres mi pareja, Deruth. Aunque juguemos a estos juegos de sombras y dolor, nunca olvides que cada marca que te dejo es un recordatorio de que te amo más allá de la razón.
Deruth ocultó su rostro en el cuello de Ron, aspirando el olor a cuero y té de limón que siempre emanaba de él.
—Lo sé —susurró el Conde—. Y yo te amo a ti, Ron. A pesar de que seas un monstruo... o quizás precisamente porque eres mi monstruo.
Ron acarició el cabello de Deruth con dedos expertos, deshaciendo los nudos con una paciencia infinita.
—Somos un par de viejos ridículos, ¿no crees? —rio Ron suavemente—. Actuando como jóvenes apasionados en medio de la noche, mientras nuestros hijos duermen en la habitación de al lado.
—No somos viejos —protestó Deruth con un rastro de su antigua altivez—. Somos... hombres con experiencia. Y mientras tú puedas hacerme sentir así, no me importa la edad que tengamos.
Ron lo estrechó más fuerte contra sí. En ese momento, en la penumbra de la habitación, no había un Conde ni un Mayordomo. No había un Asesino ni un Noble. Solo había dos hombres que habían sobrevivido a masacres, lutos y soledades, y que habían encontrado el uno en el otro un refugio sagrado.
—Mañana —dijo Ron, su voz volviéndose de nuevo ese susurro de confianza—, te prepararé el desayuno yo mismo. Y te aseguro que el té de limón será el más dulce que hayas probado.
—¿Incluso si tengo que caminar con este tapón puesto durante la reunión con los barones? —preguntó Deruth con una chispa de travesura en los ojos.
Ron sonrió, esa sonrisa que era mitad afecto y mitad amenaza.
—Especialmente entonces. Quiero que cada vez que sientas esa presión en tu interior, recuerdes este momento. Recuerdes que, sin importar cuántos nobles te rodeen, tú ya has sido reclamado.
Deruth cerró los ojos, sintiéndose seguro y amado de una forma que las palabras nunca podrían explicar. La relación entre ellos era un laberinto de contradicciones: cuidado y crueldad, respeto y degradación, amor y posesión. Pero para ellos, era la única forma de verdad que conocían.
—Buenas noches, Ron —murmuró Deruth, dejándose llevar por el sueño.
—Buenas noches, mi vida —respondió el asesino, velando el sueño de su señor, de su pareja, de su todo, mientras la lluvia seguía lavando los secretos del Condado Henituse bajo el manto de la noche eterna.