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Tortuga astuta y zorro confundido

El Santuario del Deshonor y el Susurro del Cristal

La ausencia de Ron Molan en la mansión Henituse era un fenómeno que Deruth solía recibir con una mezcla de alivio y una inquietud punzante. Ron se había marchado a una aldea vecina para resolver un asunto de suministros que requería su ojo clínico, dejando al Conde con una libertad que, en teoría, debería haber aprovechado para ponerse al día con la administración del territorio. Sin embargo, el silencio de la mansión solo servía para amplificar el eco de las palabras de Ron en su cabeza.

"Se está transformando en un receptáculo, mi señor. Un agujero hecho solo para ser llenado".

Deruth estaba en sus aposentos privados, con la puerta asegurada por el pesado cerrojo de hierro. El sol de la tarde se filtraba débilmente, pintando el suelo de un ámbar polvoriento. Se sentía inquieto. Sus manos temblaban ligeramente mientras intentaba leer un informe sobre la producción de mármol, pero sus ojos no veían las cifras. Solo veía las manos de Ron, recordaba el peso de su cuerpo y, sobre todo, la sensación de plenitud que solo el dolor y la invasión de su mayordomo le proporcionaban.

Se puso en pie, su respiración volviéndose errática. El Conde Henituse, el hombre respetado por sus súbditos, se dirigió hacia un pequeño compartimento oculto tras un panel de madera tallada en su armario. Allí, dentro de una caja de terciopelo azul, descansaban los instrumentos de su propia perdición: los juguetes que Ron había dejado para él, o que él mismo había adquirido en un arrebato de necesidad vergonzosa.

—Solo un poco... —susurró Deruth para sí mismo, su voz sonando extraña en la habitación vacía—. Solo para calmar la tensión.

Se despojó de sus ropas nobles con una urgencia que rayaba en la desesperación. Quedó desnudo frente al gran espejo, observando las marcas que Ron había dejado en sus muslos y caderas apenas dos noches atrás. Eran recordatorios lívidos de su pertenencia. Se sentó en el borde de su cama de dosel, con las piernas abiertas, y llevó una mano a su entrepierna.

Su miembro estaba blando, casi retraído, tal como Ron se burlaba. Deruth recordó las palabras de degradación, la idea de que su masculinidad era inútil sin el mando del asesino. Con un gemido, llevó dos dedos a su boca, humedeciéndolos con saliva, y luego los bajó hacia su entrada.

El contacto inicial le hizo soltar un jadeo. Estaba sensible, su cuerpo recordaba demasiado bien la invasión. Comenzó a masajearse, estirándose con una lentitud que era a la vez tortura y alivio.

—Ah... Ron... —gimió, cerrando los ojos.

No era suficiente. Sus dedos eran demasiado familiares, demasiado suaves. Buscó en la caja y sacó un dildo de cristal, similar al tapón que solía portar, pero más largo y curvado. Con manos temblorosas, aplicó un aceite perfumado y comenzó a introducirlo. El frío inicial del cristal le hizo arquear la espalda, sus dedos apretando las sábanas de seda.

Poco a poco, Deruth comenzó a moverse sobre el juguete. La sensación de ser llenado, incluso por un objeto inanimado, le provocaba un vértigo excitante. Se imaginaba que era Ron quien lo sostenía, que era el asesino quien dictaba el ritmo. Sus gemidos se volvieron más ruidosos, perdiendo el control que tanto se esforzaba por mantener en público. Estaba entregado a su propia lujuria, un Conde reducido a un animal herido que buscaba consuelo en su propia humillación.

—¡Ron! ¡Por favor... más profundo! —gritó al aire, su cuerpo sacudiéndose mientras el cristal golpeaba su próstata con una rítmica crueldad.

Estaba tan sumergido en su propio mundo de placer y autodesprecio que no escuchó el suave clic del cerrojo. No escuchó los pasos silenciosos que se deslizaban sobre la alfombra como una sombra acechando a su presa.

—Es una visión verdaderamente patética, mi señor.

Deruth se congeló. El grito se ahogó en su garganta y su corazón pareció detenerse por un segundo antes de galopar con una fuerza violenta. Abrir los ojos fue como despertar en una pesadilla deliciosa.

Ron Molan estaba de pie al borde de la cama, todavía con su abrigo de viaje puesto, observándolo con una expresión de absoluto desprecio y una chispa de diversión sádica que hacía que la sangre de Deruth se congelara.

—¡Ron! —Deruth intentó cubrirse, intentando sacar el juguete de su interior, pero el pánico hizo que sus movimientos fueran torpes—. Yo... yo pensé que volverías mañana...

Ron se acercó con una lentitud depredadora. No se quitó los guantes. Extendió una mano y atrapó la muñeca de Deruth, impidiéndole retirar el dildo de cristal.

—¿Pensó que podría satisfacerse solo? —preguntó Ron, su voz bajando a un susurro peligroso—. ¿Pensó que este agujero que yo mismo forjé podía ser profanado por su propia mano sin mi permiso?

—Lo siento... —sollozó Deruth, su cuerpo temblando incontrolablemente—. Estaba... estaba tan necesitado...

—Mírese —dijo Ron, obligándolo a mirar al espejo lateral—. Mírese, Conde Henituse. Abierto de piernas, usando un juguete como si fuera una ramera barata porque no puede soportar la ausencia de su dueño. ¿Es esto lo que queda del hombre que gobierna este territorio? ¿Un esclavo de su propio ano?

Ron dio un tirón brusco al juguete, sacándolo de golpe. Deruth soltó un alarido de puro vacío, su cuerpo arqueándose hacia el asesino.

—¡Ah! ¡No! ¡Ron!

—Cállese —ordenó Ron, dándole una bofetada sonora en el muslo que dejó una marca roja instantánea—. Usted no tiene derecho a pedir nada. Ha intentado robarme el placer de someterlo. Ha intentado actuar como si su cuerpo fuera suyo.

Ron se despojó de su abrigo y su chaqueta, pero mantuvo su camisa y sus guantes. Se posicionó sobre Deruth, atrapando sus manos por encima de su cabeza con una sola mano.

—Le voy a enseñar lo que sucede cuando intenta jugar solo —gruñó Ron—. Le voy a recordar que este agujero no le pertenece a usted, ni a ese trozo de cristal. Me pertenece a mí.

Sin más preámbulos, Ron se desabrochó y se introdujo en Deruth con una violencia que hizo que el Conde viera estrellas. No hubo preparación, no hubo dulzura. Fue una invasión cruda y absoluta.

—¡Aaaahhhhhhh! —Deruth enterró el rostro en la almohada, sus caderas sacudiéndose bajo el peso del asesino.

—Diga qué es lo que es —exigió Ron, golpeando el fondo de Deruth con cada estocada—. Dígalo, Deruth. ¿Qué es usted cuando yo no estoy?

—¡Nada! —gritó Deruth entre sollozos—. ¡No soy nada! ¡Soy tu perra! ¡Soy tu juguete!

—Exacto —Ron aumentó el ritmo, sus embestidas eran como martillazos contra el orgullo de Deruth—. Usted es una criatura castrada por su propia necesidad. Mírese, ni siquiera puede mantener una erección decente mientras lo follo. Se ha vuelto tan dependiente de la estimulación anal que su propia hombría se ha rendido. Es usted una hembra, mi señor. Una hembra que solo vive para ser preñada por mi desprecio.

—¡Sí! ¡Dímelo más! —Deruth estaba perdiendo la razón. La degradación de Ron, combinada con la fricción brutal de su carne, lo estaba llevando a un lugar donde el tiempo y el espacio no existían—. ¡Rómpeme, Ron! ¡Hazme olvidar que soy un hombre!

Ron se rió, una risa oscura que resonó en la habitación. Agarró a Deruth por la cintura y lo puso a cuatro patas, obligándolo a mirar hacia la caja de juguetes que todavía estaba abierta sobre la cama.

—¿Le gusta este? —preguntó Ron, tomando una cuenta anal de metal frío mientras seguía embistiéndolo por detrás—. ¿O prefiere que use esto mientras lo lleno?

—Cualquier cosa... lo que quieras... —jadeó Deruth.

Ron introdujo las cuentas una a una mientras seguía moviéndose dentro de él. La sensación de plenitud era casi insoportable. Deruth sentía que su cuerpo iba a estallar. Estaba siendo estirado, usado y humillado de todas las formas posibles, y lo amaba. Amaba la forma en que Ron le quitaba cada onza de dignidad, dejándolo como un cascarón vacío que solo podía llenarse con la voluntad del asesino.

—Es usted tan patético —susurró Ron, tirando de las cuentas con un movimiento rítmico que sincronizaba con sus propias estocadas—. Un Conde que se corre por el dolor. Un noble que prefiere el sabor del acero y el cuero al de la seda. ¿Qué dirían sus hijos si vieran a su padre así? ¿Qué diría Rok Soo si viera lo mucho que le gusta que su mayordomo lo trate como a un animal?

—¡No... no se lo digas! —suplicó Deruth, aunque la idea de ser descubierto solo aumentaba su excitación.

—No se lo diré —dijo Ron, mordiendo el cuello de Deruth con fuerza, marcándolo como propiedad una vez más—. Pero usted lo sabrá. Cada vez que los mire a los ojos, recordará cómo suplicó por esto. Recordará cómo se masturbó pensando en mi desprecio. Recordará que, en el fondo, usted ya no es su padre. Es mi posesión.

Ron alcanzó su límite. Sus embestidas se volvieron espasmódicas y violentas. Agarró a Deruth por el cuello, apretando lo suficiente para que el mundo del Conde se volviera borroso.

—¡Reciba... mi... semilla... inútil! —rugió Ron.

El clímax de Ron fue una explosión de calor que pareció quemar las entrañas de Deruth. Al mismo tiempo, el Conde se corrió sin siquiera tocarse, su semilla manchando las sábanas de una forma que Ron se encargaría de recordarle como una señal de su debilidad femenina.

Se quedaron en silencio, el único sonido era la respiración agitada de ambos y el roce de la seda. Ron se retiró lentamente, disfrutando del sonido de succión que hizo el cuerpo de Deruth al soltarlo.

—Limpie este desastre —dijo Ron, recuperando su tono frío y distante mientras se vestía—. Y guarde esos juguetes. Si vuelvo a encontrarlo tocándose sin mi permiso, le aseguro que el castigo hará que lo de hoy parezca un juego de niños.

Deruth, todavía temblando y con las piernas abiertas, asintió débilmente.

—Sí, Ron... lo siento.

Ron se puso su chaqueta y se ajustó los guantes. Antes de salir, se detuvo en la puerta y miró hacia atrás. Deruth estaba allí, desnudo, manchado y roto, con la mirada de un hombre que había encontrado su verdadero propósito en la sumisión absoluta.

—Por cierto, mi señor —dijo Ron con una sonrisa afilada—, el asunto en la aldea se resolvió favorablemente. Mañana podremos retomar nuestras actividades normales. Asegúrese de poder caminar para entonces.

La puerta se cerró con un clic definitivo. Deruth se dejó caer sobre las sábanas, sintiendo el vacío que Ron siempre dejaba tras de sí. Cerró los ojos, saboreando el dolor en su interior y las palabras de degradación que todavía resonaban en sus oídos.

Era un Conde. Era un padre. Pero sobre todo, era la creación de Ron Molan. Y mientras el sol terminaba de ocultarse, Deruth Henituse sonrió en la oscuridad, sabiendo que, sin importar lo que hiciera, siempre habría una mano enguantada lista para recordarle su lugar en el mundo: a los pies de un asesino, en el santuario de su propio deshonor.