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Tortuga astuta y zorro confundido

El Filo del Deseo y la Calidez de las Sombras

El invierno se cernía sobre el territorio Henituse con una elegancia gélida, cubriendo los jardines con un manto blanco que silenciaba el bullicio habitual de la servidumbre. Dentro de la mansión, sin embargo, el calor de las chimeneas creaba una atmósfera de falsa calma. Deruth Henituse, sentado en su sillón favorito, observaba cómo los gemelos, Cale y Rok Soo, jugaban en la alfombra bajo la atenta mirada de Beacrox.

Pero sus ojos no tardaron en desviarse hacia la figura que permanecía de pie junto a la puerta, inmóvil como una estatua de obsidiana. Ron Molan.

Habían pasado semanas desde aquella confrontación en el despacho, y la tensión entre ambos se había convertido en un hilo invisible, tenso y vibrante, que se enredaba en cada una de sus interacciones. Deruth se sentía extrañamente revitalizado. El luto por Jour seguía ahí, un rincón suave y triste en su corazón, pero la presencia de Ron era algo diferente: era un desafío, un recordatorio de que aún estaba vivo y de que era un hombre con deseos propios.

—Ron —llamó Deruth, su voz cortando el silencio con una suavidad deliberada.

El mayordomo se materializó a su lado en un parpadeo.

—¿Sí, mi señor?

—Los niños parecen cansados. Beacrox puede llevarlos a sus habitaciones. Me gustaría que te quedaras un momento más. Tengo algunos documentos legales que requieren una segunda mirada... una mirada más "afilada".

Ron asintió, su sonrisa profesional no flaqueó, pero sus ojos se entrecerraron ligeramente.

—Como desee, Conde. Beacrox, acompaña a los jóvenes maestros.

Una vez que la habitación quedó en silencio, solo perturbada por el chasquido de la leña ardiendo, Deruth se levantó. No fue hacia su escritorio, sino hacia el ventanal que daba al jardín nevado. Sintió la presencia de Ron detrás de él, a una distancia que desafiaba el protocolo pero que se había vuelto su nueva norma.

—Dime, Ron —comenzó Deruth, sin girarse—, ¿alguna vez te has sentido como si estuvieras esperando algo que sabes que te destruirá, pero aún así no puedes evitar desearlo?

Ron guardó silencio un momento. Sus manos, ocultas tras la espalda, se cerraron en puños.

—En mi antigua vida, mi señor, esperar era a menudo la parte más letal del trabajo. Pero lo que usted describe suena más a... una entrega voluntaria.

Deruth se giró lentamente. La luz del fuego proyectaba sombras alargadas sobre su rostro, resaltando la madurez de sus facciones y el brillo travieso de sus ojos. Se acercó a Ron, invadiendo su espacio personal con una confianza que habría hecho temblar a cualquier otro noble.

—¿Y tú, Ron? ¿Te estás entregando? —Deruth extendió una mano y, con una audacia que sorprendió incluso a sí mismo, trazó la línea de la mandíbula de Ron con el pulgar—. He notado cómo me miras cuando crees que no me doy cuenta. No es la mirada de un sirviente. Ni siquiera es la mirada de un guardaespaldas.

Ron sintió que la sangre rugía en sus oídos. El contacto de la piel de Deruth era cálido, casi febril contra su propia frialdad. El instinto de asesino le gritaba que tomara el control, que sometiera esa mano, que reclamara lo que se le estaba ofreciendo de forma tan descarada.

—Usted se divierte poniéndome a prueba —respondió Ron, su voz descendiendo a un registro peligrosamente bajo—. Pero debe tener cuidado. Un cazador puede ser muy paciente, pero cuando decide atacar, no deja espacio para el arrepentimiento.

Deruth soltó una risita suave, un sonido que vibró en el pecho de Ron.

—No busco arrepentirme, Ron. Busco... honestidad.

El Conde se acercó aún más, hasta que sus pechos casi se rozaron. Podía oler el aroma cítrico del té que Ron siempre preparaba, mezclado con un rastro metálico que parecía emanar de la misma piel del hombre. Era una combinación embriagadora.

—Me gusta cuando pierdes esa máscara de anciano bondadoso —susurró Deruth contra los labios de Ron—. Me gusta el hombre que se esconde debajo. El hombre que quiere ver cómo lloro.

Ron se tensó violentamente. Sus ojos se oscurecieron, las pupilas dilatándose hasta casi devorar el iris. ¿Cómo lo sabía? ¿Tan evidente era su deseo oscuro? La imagen de Deruth, con los ojos empañados y el rostro enrojecido por algo más que la pena, cruzó su mente con la fuerza de una ejecución.

—¿Así que lo sabe? —Ron finalmente rompió la distancia, rodeando la cintura de Deruth con un brazo de hierro—. Sabe que me imagino rompiendo esa compostura suya, Conde. Que quiero verle suplicar, no por su vida, sino por mi toque.

Deruth soltó un suspiro entrecortado. La fuerza de Ron era abrumadora, pero en lugar de miedo, sintió una oleada de calor que se asentó en su vientre.

—Entonces, ¿qué te detiene? —desafió Deruth, pasando sus brazos alrededor del cuello del mayordomo—. ¿Es el contrato? ¿Es el miedo a lo que piensen los demás? ¿O es que el gran Ron Molan tiene miedo de lo que siente por un simple conde de provincia?

Esa fue la chispa final.

Ron presionó a Deruth contra la pared cercana con una rapidez que le quitó el aliento. Sus manos, antes tan cuidadosas y serviles, ahora se movían con una urgencia posesiva. Una de ellas se enredó en el cabello castaño del Conde, forzándolo a inclinar la cabeza hacia atrás.

—No me tiente, Deruth —gruñó Ron, usando su nombre por primera vez sin títulos ni formalidades—. No tiene idea de lo que soy capaz de hacerle para obtener esas lágrimas.

—Pruébame —respondió Deruth, sus ojos brillando con una determinación que igualaba la de Ron.

Ron se inclinó y capturó los labios de Deruth en un beso que no tenía nada de tierno. Era un choque de voluntades, una batalla por el dominio que rápidamente se convirtió en algo más profundo. Deruth respondió con la misma intensidad, sus manos aferrándose a los hombros de Ron como si fuera su única ancla en medio de una tormenta.

El sabor de Deruth era dulce, como el vino que solía beber por las noches, pero había una nota de acero debajo, una fuerza de carácter que Ron encontraba irresistible. El mayordomo bajó sus besos hacia el cuello del Conde, mordiendo la piel sensible justo sobre la clavícula.

—Ah... —Deruth soltó un jadeo, su cuerpo arqueándose contra el de Ron—. Ron...

—Diga mi nombre de nuevo —ordenó Ron, su voz ronca de deseo—. Olvide al Conde. Olvide al mayordomo. Solo somos nosotros.

—Ron... —repitió Deruth, y esta vez, sus ojos se llenaron de lágrimas. No eran lágrimas de tristeza, sino de una sobrecarga sensorial, de una liberación que había estado esperando durante años.

Al ver el brillo líquido en los ojos de Deruth, Ron sintió que algo dentro de él se quebraba y se reconstruía al mismo tiempo. Era hermoso. Mucho más hermoso de lo que había imaginado en sus fantasías más oscuras. La vulnerabilidad de este hombre poderoso, entregada solo a él, era el trofeo más valioso que jamás hubiera tenido.

Ron detuvo sus movimientos por un segundo, observando el rostro de Deruth con una devoción que rayaba en lo religioso.

—Usted es... —comenzó Ron, su voz temblando ligeramente—, es lo único que me mantiene cuerdo en este mundo, mi señor. Y al mismo tiempo, es lo que más me hace perder la razón.

Deruth llevó una mano a la mejilla de Ron, limpiando una lágrima que se le había escapado.

—Entonces perdámosla juntos —dijo Deruth con una sonrisa suave—. No necesito un sirviente perfecto, Ron. Necesito al hombre que se quedó conmigo cuando todo estaba oscuro.

Ron cerró los ojos, apoyando su frente contra la de Deruth. En ese momento, el peso de sus pecados pasados, la masacre de su familia y la dureza de su vida como asesino parecieron desvanecerse ante la calidez del hombre en sus brazos.

—No sé qué es este sentimiento —confesó Ron en un susurro—. No es algo para lo que fui entrenado. Me hace sentir débil, y a la vez, capaz de matar a cualquiera que se atreva a mirarlo de la forma en que yo lo hago.

Deruth soltó una risa baja, acariciando el cabello de Ron.

—Se llama amor, Ron. Es un sentimiento complicado, a veces doloroso, pero es nuestro.

Ron se separó lo suficiente para mirar a Deruth a los ojos. El cinismo y la frialdad que solían definirlo habían sido reemplazados por una intensidad ardiente.

—Si es amor, entonces es el contrato más peligroso que he firmado —dijo Ron—. Porque no hay salida. No le permitiré irse, Deruth. Nunca.

—No tengo intención de ir a ninguna parte —respondió Deruth, tomando la mano de Ron y besando los nudillos—. Ahora, creo que deberíamos ir a mis aposentos. Hay mucha "honestidad" que todavía tenemos que discutir.

Ron sonrió, pero esta vez no fue la sonrisa de un anciano, sino la de un hombre que había encontrado su tesoro y estaba dispuesto a protegerlo con garras y dientes.

—Como usted ordene, mi señor.

Caminaron juntos por los pasillos silenciosos de la mansión. Para cualquier observador casual, seguían siendo el Conde y su fiel mayordomo, manteniendo la distancia adecuada. Pero en la penumbra, sus manos se rozaban constantemente, un lenguaje secreto de promesas y deseos.

Al llegar a la habitación de Deruth, Ron cerró la puerta y echó el cerrojo con un clic definitivo. La habitación estaba iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba por las cortinas entreabiertas.

Deruth se sentó en el borde de la gran cama con dosel, observando cómo Ron se quitaba los guantes blancos, revelando las manos que habían quitado tantas vidas, pero que ahora solo deseaban sostener la suya.

—¿Sigue queriendo verme llorar, Ron? —preguntó Deruth, su voz llena de una provocación juguetona.

Ron se acercó, arrodillándose entre las piernas de Deruth y apoyando las manos en sus muslos.

—Más que nada en este mundo —admitió Ron—. Pero esta noche, quiero que esas lágrimas sean solo mías. Quiero que cada gemido y cada suspiro lleven mi nombre.

Deruth se inclinó hacia adelante, sellando su destino con un beso que sabía a entrega y a un nuevo comienzo.

—Entonces no me hagas esperar —susurró Deruth—. El Conde tiene muchas necesidades... y solo su mayordomo puede satisfacerlas.

Esa noche, el frío del invierno quedó fuera de los muros del Condado Henituse. Dentro, en la calidez de la alcoba principal, dos almas heridas y complejas encontraron un consuelo que ninguno de los dos creía posible. Ron Molan descubrió que su instinto de cazador podía transformarse en una pasión protectora, y Deruth Henituse aprendió que la fuerza no siempre reside en el control, sino en la capacidad de confiar en alguien lo suficiente como para mostrarse vulnerable.

A medida que las horas pasaban, las lágrimas que Ron tanto había deseado finalmente aparecieron, resplandeciendo bajo la luz de la luna. Pero no eran lágrimas de dolor, sino de una plenitud que desbordaba el corazón de Deruth. Y Ron, el asesino que nunca había conocido la paz, encontró su hogar en el ruego quebrado del hombre que amaba.

Al amanecer, cuando los primeros rayos de sol iluminaron la habitación, Ron permanecía despierto, observando el sueño tranquilo de Deruth. Se dio cuenta de que el sentimiento que no podía identificar al principio era ahora lo más claro en su vida. No era solo lealtad, no era solo deseo. Era una devoción absoluta.

Se inclinó y besó la sien de Deruth, un gesto de una ternura infinita.

—Buenos días, mi señor —susurró, aunque Deruth seguía dormido—. El té de limón estará listo en un momento. Pero primero... déjeme quedarme aquí un poco más.

Porque en el silencio de la mañana, Ron Molan finalmente entendió que no necesitaba ser solo un apoyo o una sombra. Podía ser el hombre que amaba al Conde, y eso era más que suficiente.

La relación entre ellos seguiría siendo un juego de sombras y luces, de provocaciones y lealtad inquebrantable delante de los demás. Cale y Rok Soo crecerían bajo la protección de un padre más feliz y un mayordomo cuya vigilancia era ahora doblemente feroz. Pero detrás de las puertas cerradas, la máscara caería, y solo quedarían dos hombres que habían encontrado el amor en el lugar más inesperado: el uno en el otro.

Deruth despertó poco después, encontrando la mirada de Ron fija en él. No hubo necesidad de palabras. La sonrisa que compartieron fue el contrato definitivo, uno que ni el tiempo ni la tragedia podrían romper.

—Ron —dijo Deruth, estirándose con una pereza satisfecha.

—¿Sí, Deruth? —respondió Ron, saboreando el nombre.

—Creo que hoy el té de limón me sabrá mejor que nunca.

Ron se rió, un sonido genuino y cálido.

—Haré que sea el mejor de su vida, mi señor. Después de todo, tengo que cuidar de mi posesión más preciada.

Y así, en el corazón del territorio Henituse, comenzó una nueva historia, escrita no con tinta, sino con la pasión y la lealtad de un Conde y su Asesino.