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Tortuga astuta y zorro confundido

El Banquete de las Sombras

La puerta de la habitación principal del Conde se cerró con un chasquido sordo, un sonido que marcó el fin de la realidad exterior y el comienzo de un mundo donde los títulos no tenían peso, solo las sensaciones. El aire en la alcoba estaba cargado con el aroma del incienso de sándalo y el calor residual de la chimenea, pero lo que realmente hacía vibrar la atmósfera era la mirada depredadora de Ron Molan.

Ron no se movió de la puerta de inmediato. Observó a Deruth, quien permanecía de pie junto a la cama, deshaciéndose lentamente de su chaqueta de terciopelo. El Conde estaba inusualmente pálido, pero sus mejillas ardían con un rubor que delataba su anticipación.

—Se ve muy ansioso, mi señor —dijo Ron, su voz arrastrándose como un cuchillo sobre seda—. ¿Es que el juego de hoy ha despertado apetitos que no puede controlar solo?

Deruth dejó caer la chaqueta al suelo y se desabrochó los primeros botones de su camisa de seda blanca. Sus manos temblaban ligeramente, pero sus ojos estaban fijos en el mayordomo con un desafío ardiente.

—Sabes perfectamente lo que has despertado, Ron —respondió Deruth, su respiración empezando a acelerarse—. Llevas todo el día rozándome, susurrando órdenes en mi oído bajo la apariencia de consejos... Me tienes al borde del abismo.

Ron se acercó con pasos lentos y deliberados. Cada paso parecía una sentencia. Cuando llegó frente a Deruth, no lo besó. En su lugar, agarró el cabello castaño del Conde con una fuerza repentina, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo la vulnerabilidad de su garganta.

—Entonces, si quiere caer, yo me encargaré de que la caída sea inolvidable —susurró Ron cerca de su oído—. Pero recuerde, en esta habitación, usted no es el Conde. Usted es mío.

—Soy tuyo... —gimió Deruth, cerrando los ojos mientras el tirón en su cuero cabelludo enviaba una chispa de dolor y placer directamente a su entrepierna—. Haz lo que quieras conmigo, Ron. Rómpeme si es lo que necesitas.

Ron soltó un gruñido bajo y posesivo antes de estrellar sus labios contra los de Deruth. Fue un beso hambriento, lleno de lengua y dientes, una invasión que Deruth recibió con un gemido de garganta profunda. Las manos de Ron bajaron hacia la camisa de Deruth, arrancando los botones restantes con un desprecio absoluto por la fina tela.

En un movimiento experto, Ron empujó a Deruth hacia atrás sobre la cama. El Conde cayó sobre las sábanas de seda, su pecho subiendo y bajando con violencia. Ron se situó sobre él, pero antes de continuar, sacó un pañuelo de seda negra de su bolsillo.

—Sus ojos —dijo Ron con una sonrisa gélida—. Quiero que se concentre únicamente en lo que le hago sentir.

—Por favor... —suplicó Deruth, aunque no sabía si pedía la venda o el contacto de Ron.

Ron le vendó los ojos con firmeza, sumergiendo a Deruth en una oscuridad donde cada roce se multiplicaba por cien. Sin previo aviso, Deruth sintió un dolor agudo en su pecho. Ron había atrapado uno de sus pezones entre el pulgar y el índice, retorciéndolo con una crueldad que hizo que el Conde soltara un grito ahogado.

—¡Ah! Ron... duele...

—¿Duele? —Ron bajó la cabeza para lamer el pezón maltratado, antes de morderlo con fuerza—. Pensé que le gustaba que fuera honesto, mi señor. Mi honestidad es afilada.

Las manos de Ron descendieron para despojar a Deruth de sus pantalones y ropa interior, dejándolo completamente expuesto al aire frío de la habitación y a la mirada insaciable del asesino. Ron se tomó un momento para observar la erección de Deruth, que goteaba pre-seminal, y luego bajó su mano para rodearla con firmeza.

—Tan sensible —se burló Ron, moviendo su mano con una velocidad tortuosa—. ¿Cuántas veces ha pensado en mis manos haciendo esto mientras estaba sentado en sus aburridas reuniones de consejo?

—¡Cada... cada maldito segundo! —gritó Deruth, arqueando la espalda cuando las nalgadas comenzaron.

Ron empezó a golpear la carne tierna de los muslos y las nalgas de Deruth con la palma abierta. El sonido de los azotes llenaba la habitación, rítmico y violento. La piel de Deruth pronto se tornó de un rojo vibrante, ardiendo bajo el castigo.

—Más... más fuerte, Ron —rogó Deruth, el masoquismo floreciendo en su pecho como una flor oscura—. No me trates con cuidado... sé quién eres... enséñame al asesino.

—Usted es un hombre muy codicioso, Deruth —dijo Ron, deteniendo los golpes para introducir dos dedos en la boca del Conde—. Chupe. Quiero que aprenda el sabor de su propia sumisión.

Deruth obedeció con desesperación, envolviendo sus labios alrededor de los dedos de Ron, usando su lengua para lamerlos con una devoción casi religiosa. Mientras tanto, Ron usó su otra mano para verter un aceite esencial sobre el ano de Deruth. El líquido estaba frío, provocando un escalofrío en el Conde, pero pronto se volvió cálido bajo el frote de los dedos de Ron.

La preparación fue metódica. Ron estiró la entrada de Deruth con una eficiencia cruel, añadiendo un tercer dedo y moviéndolos en un patrón que hacía que Deruth perdiera el sentido de dónde terminaba él y dónde empezaba Ron.

—Por favor, Ron... ya... no puedo más —jadeó Deruth, sus caderas moviéndose involuntariamente buscando algo más sólido.

—Todavía no —sentenció Ron—. Primero, quiero verle alcanzar el límite sin que yo le toque allí abajo.

Ron se inclinó y comenzó a succionar los pezones de Deruth mientras sus dedos trabajaban dentro de él con una intensidad frenética. El contraste entre el dolor de los mordiscos y la invasión en su retaguardia fue demasiado. Deruth alcanzó su primer orgasmo sin que nadie tocara su miembro, su semen salpicando su propio abdomen mientras soltaba un llanto quebrado bajo la venda.

Ron observó las lágrimas correr por las mejillas de Deruth y sintió ese impulso sádico satisfacerse plenamente. Se despojó de su propia ropa con rapidez, revelando un cuerpo marcado por cicatrices de mil batallas y una erección imponente que latía con necesidad.

—Ahora —dijo Ron, quitándole la venda a Deruth para que pudiera ver lo que estaba a punto de suceder—, voy a reclamar lo que es mío.

Ron separó las piernas de Deruth y las subió a sus hombros, exponiendo completamente el núcleo del Conde. Sin más preámbulos, se impulsó hacia adelante, enterrándose de un solo golpe profundo.

—¡Aaaahhhhh! —El grito de Deruth fue desgarrador, una mezcla de agonía por la plenitud repentina y un éxtasis tan puro que sus ojos se pusieron en blanco—. ¡Ron! ¡Ron! ¡Me vas a partir!

—Está hecho para recibirme, mi señor —gruñó Ron, comenzando a moverse con estocadas largas y brutales que hacían que la cama chocara contra la pared—. Admita que nunca se ha sentido tan vivo como ahora, bajo mi peso.

—¡Sí! ¡Soy tuyo! ¡Rómpeme, úsame! —Deruth se aferraba a las sábanas, sus uñas clavándose en la tela mientras cada embestida de Ron golpeaba su próstata con una precisión quirúrgica.

Ron no tenía piedad. Sus manos volvieron al cabello de Deruth, tirando con fuerza para besarlo mientras sus cuerpos chocaban con un sonido húmedo y carnal. El ritmo era frenético, casi violento. Deruth sentía que sus sentidos se desvanecían, su mente reducida a nada más que el calor de Ron y la sensación de ser llenado.

—Voy... voy a... —balbuceó Deruth, sintiendo que un segundo orgasmo se acumulaba.

—No se corra todavía —ordenó Ron, apretando el cuello de Deruth con una mano, lo justo para aumentar la presión y retrasar el clímax—. He dicho que quiero verle llorar de placer, y aún no he terminado con usted.

Ron cambió la posición de Deruth, poniéndolo a cuatro patas. Desde atrás, la vista de las nalgas rojas y el ano contraído alrededor de su miembro hizo que Ron perdiera el último rastro de control. Se lanzó de nuevo, sus embestidas eran ahora cortas y rápidas, diseñadas para llevar a Deruth al borde de la locura.

—¡Ron, por favor! ¡Lléname! ¡Dame todo! —suplicó Deruth, con la cabeza enterrada en las almohadas, su vientre balanceándose con cada golpe.

Ron sintió que llegaba al límite. Agarró las caderas de Deruth con tanta fuerza que dejaría moratones con la forma de sus dedos. Con un rugido animal, Ron se empujó lo más profundo posible, sintiendo el cuello del útero de Deruth y descargando ráfaga tras ráfaga de semen caliente dentro de él.

Deruth se vino al mismo tiempo, sus gritos ahogados por las almohadas mientras su cuerpo sufría espasmos violentos. Se sentía lleno, estirado hasta el límite absoluto.

Ron no se retiró de inmediato. Se quedó allí, jadeando contra la espalda de Deruth, disfrutando de la forma en que el cuerpo del Conde temblaba bajo el suyo. Cuando finalmente se salió, un chorro de semen mezclado con lubricante escapó de Deruth, manchando las sábanas.

—Mírese —susurró Ron, girando a Deruth para que viera su propio vientre—. Está tan lleno de mí que parece que va a estallar.

Deruth bajó la mirada, viendo el ligero abultamiento en su bajo vientre provocado por la cantidad de fluido que Ron había depositado en su interior. Se sentía marcado, reclamado de una manera que ninguna ceremonia noble podría igualar.

Pero Ron no había terminado. De su mesita de noche, sacó un tapón anal de cristal negro, con una base ancha y una gema roja en el extremo.

—No quiero que desperdicie ni una gota de mi regalo —dijo Ron con una sonrisa maliciosa—. Va a guardar esto dentro de usted hasta que yo decida lo contrario.

—Ron... no... es demasiado —susurró Deruth, aunque sus piernas se abrieron voluntariamente.

—Shh. Un buen señor obedece a su mayordomo en estos asuntos —Ron empujó el tapón lentamente, forzando al semen a quedarse atrapado dentro de Deruth—. Así podrá sentirme en cada paso que dé mañana. Recordará quién es el dueño de este cuerpo.

Deruth soltó un último suspiro de rendición cuando el tapón se asentó, sellándolo. Estaba exhausto, dolorido y cubierto de los fluidos de ambos, pero nunca se había sentido más completo.

Ron se acostó a su lado, atrayendo el cuerpo exhausto de Deruth contra su pecho. Limpió las lágrimas que aún quedaban en el rostro del Conde con una ternura que contrastaba violentamente con la brutalidad de los momentos anteriores.

—¿Está satisfecho, mi señor? —preguntó Ron, volviendo a su tono de voz profesional, aunque con un matiz de posesión que nunca se iría.

Deruth se acurrucó contra el asesino, cerrando los ojos con una sonrisa débil.

—Más que satisfecho, Ron. Pero mañana... mañana quiero volver a ser el Conde.

Ron soltó una risa suave y oscura, besando la coronilla de Deruth.

—Mañana puede ser el Conde ante el mundo. Pero esta noche, y todas las noches que sigan, usted es simplemente el hombre que llora de placer en mis manos.

El silencio volvió a la habitación, solo roto por la respiración acompasada de ambos. Deruth se durmió sintiendo el peso del tapón y el calor de Ron, sabiendo que había encontrado a alguien que no solo soportaría su dolor, sino que lo transformaría en algo sagrado y oscuro. Ron, por su parte, mantuvo la guardia, velando el sueño del hombre que era su ancla, su presa y su único amor.