Tortuga dorada y Zorro de acero
Bajo el Embrujo de la Tinta y el Limón
El despacho del Conde Deruth Henituse —el actual jefe de la familia, un hombre de mirada cansada pero firme— siempre olía a sándalo y a cera vieja. Sin embargo, esa mañana, el aire parecía cargado de una electricidad diferente. Deruth, el joven heredero de cabellos castaños, permanecía de pie frente al ventanal, observando cómo las nubes se desplazaban sobre el territorio. Sus dedos, largos y elegantes, tamborileaban rítmicamente sobre el marco de madera.
—Joven maestro, su té está listo.
La voz de Ron Molan apareció de la nada, como siempre. No hubo pasos, no hubo el crujido de una tabla del suelo. Solo la presencia fría y reconfortante de la sombra que nunca lo abandonaba.
Deruth se giró. Sus ojos marrones se encontraron con la mirada impasible del mayordomo. Ron sostenía la bandeja con una mano, mientras que la otra permanecía oculta tras su espalda. La sonrisa benigna estaba allí, esa máscara perfecta que Ron usaba para el resto del mundo, pero que Deruth ya había aprendido a diseccionar.
—Gracias, Ron —dijo Deruth, acercándose al escritorio—. ¿Has enviado la nota a la señorita Thames?
—Por supuesto —respondió Ron, sirviendo el líquido ambarino con una precisión quirúrgica—. La señorita Jour se mostró... comprensiva. Aunque mencionó que es una lástima que el trabajo administrativo sea tan demandante para alguien tan joven.
Deruth suspiró, dejándose caer en la silla.
—Ella es libre, Ron. No entiende que las minas y los viñedos no se gestionan solos.
—Precisamente por eso, joven maestro, usted necesita rodearse de personas que comprendan el peso de su corona —añadió Ron, dando un paso hacia él para ajustar el cuello de su túnica—. Personas que no vean su posición como una carga, sino como su esencia misma.
El roce de los dedos de Ron contra la piel de su cuello hizo que Deruth contuviera el aliento. Era una caricia disfrazada de deber, un recordatorio táctil de quién era el que realmente cuidaba de él en la intimidad.
—Mi padre quiere verme esta tarde —comentó Deruth, intentando desviar la atención de la creciente agitación en su pecho—. Cree que he estado pasando demasiado tiempo encerrado en mis deberes. Quiere que asista a la cena de gala en el territorio vecino la próxima semana.
Ron entrecerró los ojos. El brillo depredador que Deruth tanto temía y deseaba apareció por un segundo antes de ser sepultado bajo la fachada de sirviente.
—El Conde es un hombre sabio —dijo Ron con un tono que sugería todo lo contrario—. Sin embargo, un viaje tan largo podría ser agotador. Quizás debería sugerirle que usted tiene asuntos más urgentes aquí. En casa. Donde yo puedo... velar por su descanso.
Deruth soltó una risa nerviosa.
—A veces olvido que eres un mayordomo y no mi guardián personal, Ron.
—Soy lo que usted necesite que sea, Deruth —susurró el hombre, rompiendo de nuevo la barrera del protocolo al usar su nombre—. Siempre y cuando no olvide a quién pertenece su lealtad.
La conversación fue interrumpida por un golpe seco en la puerta. El Conde Henituse entró sin esperar invitación. Era un hombre robusto, cuyo cabello castaño ya empezaba a mostrar hilos de plata. Sus ojos, similares a los de su hijo, recorrieron la habitación con una agudeza que Deruth a menudo subestimaba. Se detuvieron un segundo de más en la posición de Ron, demasiado cerca del heredero, y luego en el rostro ligeramente sonrojado de su hijo.
—Deruth —dijo el Conde, su voz resonando con autoridad—. Ron.
—Señor —Ron hizo una inclinación perfecta, retrocediendo dos pasos con una gracia fluida.
—Hijo, necesito hablar contigo a solas. Ron, puedes retirarte. Asegúrate de que los preparativos para el viaje de la próxima semana estén en orden.
Ron no vaciló.
—Como desee, señor Conde.
Antes de salir, la mirada de Ron se cruzó con la de Deruth. Fue un instante, un mensaje silencioso que decía: "No digas nada que me obligue a actuar". Luego, la puerta se cerró tras él.
El Conde Henituse caminó hacia el escritorio y se sentó frente a su hijo. El silencio se prolongó, volviéndose denso. El Conde tomó la taza de té que Ron había servido para Deruth, la olió y luego la dejó de nuevo en la mesa.
—Es un buen mayordomo —comentó el Conde finalmente—. Demasiado bueno, diría yo.
Deruth se tensó.
—Mi padre fue quien lo trajo, señor. Me dijo que su vida me pertenecía.
—Lo hice porque necesitaba a alguien capaz de protegerte en un mundo que se vuelve más peligroso cada día —el Conde suspiró, entrelazando sus dedos—. Los Molan son... gente particular. Tienen una lealtad que bordea la obsesión. Es una herramienta útil, Deruth, pero las herramientas afiladas pueden cortar la mano que las sostiene si no se tiene cuidado.
—No entiendo a qué se refiere —mintió Deruth, sintiendo que sus palmas empezaban a sudar.
—Te he observado, hijo. Te he visto alejarte de la señorita Thames. Te he visto buscar la aprobación en los ojos de ese hombre antes de tomar una decisión —el Conde se inclinó hacia adelante, su expresión volviéndose severa—. Eres el heredero de los Henituse. No puedes permitir que un sirviente se convierta en tu brújula moral, y mucho menos en algo más.
Deruth tragó saliva, sintiendo que el secreto que guardaba en lo más profundo de su ser estaba siendo expuesto capa por capa.
—Ron es solo un mayordomo, padre. Me ayuda con las tareas que Jour... que otros no comprenden.
—¿Es eso cierto? —el Conde se puso de pie, caminando hacia la puerta—. La juventud es una época de pasiones confusas, Deruth. Es fácil confundir la dependencia con algo más profundo. Pero recuerda esto: un Henituse siempre debe estar por encima de sus sombras. Si dejas que la sombra te envuelva, llegará un día en que no sabrás dónde terminas tú y dónde empieza él.
—Padre...
—No me interrumpas. Solo te daré un consejo. Disfruta de su servicio, pero no le entregues las llaves de tu voluntad. Los hombres como Ron Molan no aman, Deruth. Ellos poseen. Y tú no eres un objeto para ser poseído.
Cuando el Conde salió de la habitación, Deruth se sintió como si le hubieran quitado el aire de los pulmones. Las palabras de su padre resonaban en sus oídos como una sentencia. "Ellos no aman, poseen".
Esa noche, la lluvia comenzó a golpear los cristales de la habitación de Deruth. El joven heredero no podía dormir. Se encontraba sentado en su cama, con un libro abierto que no estaba leyendo, cuando la puerta de su balcón se abrió silenciosamente.
Ron entró, con la ropa ligeramente húmeda por la lluvia, pero manteniendo su compostura impecable. No traía té, ni documentos. Solo traía esa mirada intensa que siempre hacía que Deruth se sintiera pequeño y, al mismo tiempo, la persona más importante del mundo.
—Su padre es un hombre muy observador —dijo Ron, cerrando la puerta tras de sí.
Deruth se sobresaltó.
—¿Estabas escuchando?
—Es mi deber saber qué se dice de mí en esta casa —Ron se acercó a la cama. Se arrodilló, no por sumisión, sino para quedar a la altura de los ojos de Deruth—. Le ha advertido sobre mí, ¿verdad? Le ha dicho que soy peligroso. Que soy posesivo.
Deruth no pudo evitar temblar.
—Dijo que los hombres como tú no saben amar.
Ron soltó una risa baja, un sonido que envió escalofríos por la espalda de Deruth. Extendió una mano y acarició la mejilla del joven, sus dedos estaban fríos por la lluvia, pero su tacto era extrañamente reconfortante.
—Su padre tiene razón en muchas cosas —susurró Ron—. No sé qué es ese "amor" del que hablan los poetas o la señorita Thames. Para mí, el amor es un concepto débil. Lo que yo siento por usted, joven maestro, es algo mucho más antiguo y oscuro. Es la necesidad de asegurar que usted respire, que usted mande, y que nadie más que yo tenga el privilegio de ver lo que hay detrás de esa máscara de heredero astuto.
—Ron... esto está mal —dijo Deruth, aunque sus manos se cerraron sobre la camisa húmeda del mayordomo, atrayéndolo más cerca—. Soy el futuro Conde. No puedo... no deberíamos...
—¿No deberíamos qué? —Ron se inclinó, su rostro a milímetros del de Deruth—. ¿No deberíamos ser lo que ya somos? Usted me pertenece, Deruth. Me pertenece desde el momento en que aceptó que yo fuera su sombra. Y yo le pertenezco a usted, porque no hay nadie más en este mundo que valga la pena proteger con mi vida.
Deruth cerró los ojos, dejando que la frente de Ron descansara contra la suya. El aroma a limón y lluvia lo envolvía. En ese momento, las advertencias de su padre, la luz de Jour Thames y el peso del condado desaparecieron. Solo quedaba el hombre que lo conocía mejor que nadie, el monstruo que lo amaba de la única manera que sabía hacerlo: aislándolo del resto del mundo.
—Mañana —susurró Deruth—, tendré que decirle a mi padre que iré a esa gala.
—Iremos juntos —corrigió Ron, su voz cargada de una promesa letal—. Yo estaré en las sombras, cuidando de que ningún otro noble se acerque demasiado. Y cuando volvamos, usted será solo mío otra vez.
Deruth asintió, rindiéndose finalmente a la posesividad de Ron. Sabía que estaba entrando en un laberinto del que no habría salida, pero mientras la mano de Ron estuviera sosteniendo la suya, no le importaba perderse en la oscuridad.
—Eres un hombre terrible, Ron Molan —repitió Deruth, las mismas palabras que había dicho en el baño, pero esta vez con un tono de aceptación definitiva.
—Y usted es el único que puede domesticar a este hombre terrible —respondió Ron, antes de sellar su pacto con un beso que sabía a té amargo y a secretos compartidos bajo la lluvia.
Fuera, en el pasillo, el Conde Henituse permanecía inmóvil frente a la puerta de su hijo. Había escuchado el murmullo de las voces, el silencio cargado de significado. Suspiró profundamente, apretando el pomo de la puerta pero sin llegar a girarlo.
—Hijo mío —susurró el Conde para sí mismo—, espero que seas lo suficientemente fuerte para sobrevivir a la lealtad de un asesino. Porque una vez que un Molan elige a su amo, ni la muerte puede separarlos.
El Conde se alejó, sus pasos resonando en la alfombra del pasillo. Sabía que no había vuelta atrás. Deruth había elegido su camino, y ese camino estaba pavimentado con la devoción sangrienta de Ron Molan. El futuro del Condado Henituse ya no estaba solo en manos de un heredero astuto, sino en las garras de una sombra que no permitiría que nada, ni siquiera la luz del sol, tocara lo que consideraba suyo.
En la habitación, Ron ayudó a Deruth a recostarse, cubriéndolo con las mantas con una ternura que contrastaba con la frialdad de sus ojos. Se quedó allí, sentado a un lado de la cama, vigilando el sueño de su joven maestro mientras la lluvia seguía cayendo, borrando las huellas de lo que alguna vez fue un joven con sueños normales, y dejando en su lugar a un hombre que gobernaría desde un trono custodiado por un demonio.