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Tortuga dorada y Zorro de acero

Entre el terciopelo y la espina

El aroma de las flores de invierno inundaba el invernadero privado de la Condesa, un espacio de cristal y hierro forjado donde Jour Thames solía pasar sus mañanas antes de que la enfermedad o el cansancio la recluyeran. Pero en este tiempo, Jour aún era una presencia vibrante, aunque serena. Deruth entró con paso vacilante, sintiendo que el peso en su pecho era más difícil de cargar que los libros de contabilidad que Ron le obligaba a revisar cada noche.

Su madre estaba sentada frente a un caballete, pincel en mano. No pintaba paisajes, sino las intrincadas raíces de una planta que muchos considerarían una maleza.

—Las raíces son lo más importante, Deruth —dijo ella sin girarse, reconociendo el paso de su hijo—. Son lo que sostiene la belleza, aunque nadie las vea.

—Madre —Deruth se acercó y se sentó en un banco de piedra cercano.

—Pareces atribulado, hijo mío. Tu padre mencionó que has estado... distraído. Y Ron parece estar más vigilante que de costumbre.

Deruth entrelazó sus dedos. La mención del mayordomo hizo que su pulso se acelerara, una reacción que odiaba y amaba a partes iguales.

—Es sobre las personas, madre. Sobre cómo saber si lo que sentimos por alguien es... correcto. O si es simplemente una trampa que nos tendemos a nosotros mismos.

La mujer dejó el pincel y lo miró con esos ojos que parecían ver a través de las paredes del castillo.

—Te refieres a la señorita Thames —afirmó ella con una sonrisa suave—. Ella es como el viento de primavera, Deruth. Te hace sentir que el mundo es vasto y lleno de posibilidades. Es una buena mujer.

—Lo es —coincidió él, bajando la mirada—. Pero cuando estoy con ella, a veces siento que estoy actuando. Como si intentara ser el héroe de un cuento que no sé si quiero protagonizar. Y luego... está Ron.

El silencio que siguió fue denso. Deruth temía haber dicho demasiado, pero su madre no mostró sorpresa. Solo una tristeza infinita y comprensiva.

—Ron Molan es una sombra, Deruth. Y las sombras no existen sin una luz que las proyecte. Él se ha anclado a ti de una manera que va más allá del deber. Tu padre lo trajo para protegerte, pero Ron ha decidido que protegerte significa poseerte.

—Él dice que me pertenece —susurró Deruth, sintiendo el calor subir a su rostro—. Y a veces, cuando me mira, siento que tiene razón. Que no hay lugar en el mundo donde esté más seguro que bajo su vigilancia.

—La seguridad puede ser una jaula de oro, hijo —advirtió ella, acercándose para tomar las manos de su hijo—. Jour te ofrece un mundo donde puedes ser tú mismo, libre de las cargas del apellido. Ron te ofrece un mundo donde tú eres el centro, pero donde solo él tiene la llave. No te daré un consejo sobre a quién elegir, porque el corazón no entiende de razones. Pero te diré esto: no dejes que el miedo a la oscuridad de Ron te empuje hacia Jour, ni que el brillo de Jour te haga huir hacia las sombras de Ron. Sé honesto contigo mismo.

—¿Y si lo que descubro de mí mismo me asusta? —preguntó Deruth con voz quebrada.

—Entonces sabrás que eres un Henituse. Nosotros no tememos a la verdad, aunque sea amarga.

Deruth salió del invernadero con más dudas que certezas. Sin embargo, tenía una cita. Había aceptado encontrarse con Jour en los jardines traseros, lejos de la vigilancia constante del ala principal del castillo. O eso pensaba él.

Caminó por el sendero de piedras blancas hasta el cenador cubierto de hiedra. Jour ya estaba allí, luciendo un vestido de color ámbar que resaltaba su cabello rojizo. Ella sonrió al verlo, una sonrisa que era pura luz.

—Llegas tarde, joven maestro —bromeó ella, extendiendo una mano—. Empezaba a pensar que los papeles te habían tragado por completo.

—Lo siento, Jour. Estaba... hablando con mi madre.

Deruth tomó su mano. Era cálida, suave, real. Por un momento, el mundo de cuchillos ocultos y té con sabor a limón pareció una pesadilla lejana. Caminaron juntos por el jardín, hablando de viajes, de libros antiguos y de los misterios que Jour deseaba descubrir en las tierras del Este.

—Hay tanto por ver, Deruth —decía ella con entusiasmo—. Mi familia siempre ha tenido esta sed por lo desconocido. A veces siento que las paredes de las ciudades me asfixian. ¿No sientes tú lo mismo?

Deruth miró hacia el castillo, hacia la ventana de su despacho donde sabía, con absoluta certeza, que una silueta lo observaba.

—A veces —admitió él—. Pero mis raíces están aquí. El territorio, la gente... mi responsabilidad.

—La responsabilidad no tiene por qué ser una cadena —dijo Jour, deteniéndose frente a un rosal—. Mira estas rosas. Son hermosas, pero tienen espinas para protegerse. No dejan de ser flores por tener defensas. Tú eres igual. Eres fuerte, Deruth. Más de lo que crees.

Ella se inclinó y, con una audacia que lo dejó sin aliento, le dio un beso fugaz en la mejilla.

—Me gustas, Deruth Henituse. No porque seas un heredero, sino porque veo al hombre que intenta hacer lo correcto a pesar de las sombras que lo rodean.

Deruth sintió un vuelco en el corazón. Era una sensación limpia, dulce. Pero justo en ese momento, el crujido de una rama seca rompió el encanto.

—El aire de la tarde se está volviendo gélido, joven maestro. No querría que pescara un resfriado antes de la gala.

Ron estaba allí, de pie bajo la sombra de un gran roble. Su postura era la de un sirviente impecable, pero sus ojos eran dos pozos de obsidiana que devoraban la escena. No miraba a Jour con odio; la miraba con la indiferencia con la que un depredador mira a una presa que no vale la pena cazar, pero que estorba en su territorio.

Jour se tensó ligeramente, su instinto de Thames advirtiéndole que el hombre frente a ellos no era un simple mayordomo.

—Señor Molan —dijo ella con cortesía distante—, solo estábamos dando un paseo.

—Un paseo que ha durado lo suficiente, señorita Thames —respondió Ron, caminando hacia ellos con una lentitud calculada—. El Conde padre requiere la presencia de su hijo para revisar los protocolos de seguridad del viaje. Es un asunto... vital.

Deruth soltó la mano de Jour, sintiéndose repentinamente como un niño atrapado en una travesura. La presencia de Ron anulaba la calidez que Jour había creado.

—Debo irme, Jour —dijo Deruth, intentando recuperar su compostura—. Gracias por el paseo.

—Cuidado con las espinas, Deruth —susurró ella, lanzando una mirada significativa a Ron antes de alejarse por el sendero opuesto.

Ron esperó a que ella estuviera fuera del alcance del oído antes de hablar. Se acercó a Deruth y, con un gesto posesivo, sacudió una hoja invisible del hombro del joven.

—Es una mujer encantadora —dijo Ron, su voz era un susurro peligroso—. Pero tan frágil. Un viento fuerte y se rompería. Usted, en cambio, está hecho para resistir tormentas.

—No tenías que interrumpir, Ron —replicó Deruth con un destello de irritación—. Estábamos hablando.

—Estaba marcando su territorio, joven maestro —corrigió Ron, apretando ligeramente el hombro de Deruth—. Y yo simplemente le recordaba que ese territorio ya tiene un guardián. ¿Le gustó su beso? ¿Fue lo suficientemente dulce para hacerle olvidar el sabor de la realidad?

Deruth se apartó bruscamente.

—¿Qué es lo que quieres de mí, Ron? Me das protección, me das lealtad, pero luego me asfixias. Mi madre tiene razón, me tienes en una jaula.

Ron sonrió, y esta vez no hubo rastro de la máscara benigna. Era la sonrisa de un hombre que había visto caer imperios y que no temía a nada.

—La libertad es una ilusión que la gente como la señorita Thames persigue porque no tienen nada más. Usted tiene poder. Tiene un nombre. Y me tiene a mí. ¿Realmente prefiere irse con ella a perseguir nubes, o prefiere quedarse aquí, donde cada uno de sus deseos es mi ley?

—Tú no eres mi ley, Ron. Eres mi sirviente.

Ron se rió entre dientes, un sonido seco y carente de humor.

—Soy el hombre que limpia la sangre de sus manos antes de que usted sepa que se ha manchado. Soy el que se asegura de que sus enemigos no lleguen a ver el amanecer. Soy la sombra que lo abraza cuando el mundo se vuelve demasiado brillante. Un sirviente no hace eso, Deruth. Un sirviente no ama el caos que usted intenta ocultar.

Ron dio un paso adelante, acorralando a Deruth contra el tronco del roble. La diferencia de altura y la intensidad de su presencia hicieron que Deruth se sintiera abrumado.

—Vaya a su habitación —ordenó Ron, aunque el tono era suave—. Báñese, quítese el aroma de esa mujer de la piel. Mañana partiremos hacia la gala. Y allí, le demostraré por qué ella es solo una distracción y por qué yo soy su destino.

Deruth quiso protestar, quiso gritar que él era el amo y que Ron no tenía derecho a hablarle así. Pero sus palabras murieron en su garganta cuando Ron inclinó la cabeza y lamió, con una lentitud agónica, el lugar exacto en su mejilla donde Jour lo había besado.

—Limpio —murmuró Ron, sus ojos brillando con una satisfacción depredadora.

Deruth huyó. Corrió hacia el castillo con el corazón martilleando en sus oídos, sintiendo la marca húmeda en su mejilla como un hierro candente. Entró en sus aposentos y cerró la puerta con llave, hundiéndose contra la madera.

"Mi madre dice que debo ser honesto", pensó, tocándose la mejilla con dedos temblorosos.

La honestidad era aterradora. Porque mientras el beso de Jour le había dado paz, el gesto de Ron le había dado una descarga de adrenalina y un deseo oscuro que lo consumía por dentro. Odiaba a Ron por su arrogancia, por su violencia, por la forma en que manipulaba su vida. Pero también sabía que, si Ron desapareciera mañana, él se sentiría vacío.

Se miró en el espejo. El joven heredero astuto estaba desapareciendo, dejando paso a alguien que empezaba a comprender que la lealtad de un asesino no era un contrato, sino una cadena de almas.

Esa noche, Deruth no pudo dormir. Se quedó mirando el techo, esperando el sonido de la puerta abriéndose, esperando la sombra que sabía que vendría. Porque Ron Molan no pedía permiso; él simplemente reclamaba lo que consideraba suyo.

Y en la oscuridad de la habitación, Deruth finalmente aceptó la verdad: prefería ser el prisionero de un demonio que lo conocía por completo, que el amado de un ángel que solo veía su superficie.

—Ven, Ron —susurró al aire vacío—. Ven y enséñame cuánto más puedes quitarme antes de que no quede nada de mí que no te pertenezca.

Desde el rincón más oscuro de la habitación, un par de ojos dorados brillaron en respuesta. La caza había terminado; la posesión acababa de comenzar.