Tortuga dorada y Zorro de acero
El Trono de Sombras y el Domador de Bestias
El despacho del Conde Henituse ya no olía solo a sándalo y cera vieja; ahora, el aroma predominante era el del papel de alta calidad, el vino tinto de cosecha propia y, de manera persistente, el té de limón amargo que siempre humeaba sobre el escritorio. Deruth Henituse, ahora un hombre en la plenitud de su madurez, no era el joven vacilante que una vez tembló bajo la mirada de su mayordomo. Su espalda era recta, sus hombros anchos y su mirada poseía la profundidad de un lago que esconde monstruos bajo su superficie tranquila.
Ron Molan, por su parte, parecía haber hecho un pacto con el tiempo. Aunque las líneas alrededor de sus ojos eran más profundas y su cabello era de un gris plata impecable, su vitalidad seguía siendo la de un depredador en su punto álgido. Se movía por la habitación con la misma elegancia silenciosa, ajustando una cortina, moviendo un candelabro, siempre un paso por detrás, siempre vigilante.
—Joven maestro, su postura ha decaído tres milímetros en la última hora —comentó Ron, acercándose al escritorio con una tetera de porcelana—. El peso del condado es grande, pero no debería permitir que afecte su porte.
Deruth no levantó la vista del documento que estaba firmando. Sus dedos, adornados con el anillo del sello condal, se movieron con una confianza absoluta.
—Ron —dijo Deruth, su voz ahora más profunda y resonante—, deja de medir mi columna y sírveme el té. Y asegúrate de que esté menos amargo que el anterior. Mi paciencia ya tiene suficiente hiel con los informes de los territorios del sur.
Ron esbozó esa sonrisa benigna que solía usar para desarmar a sus víctimas. Se inclinó sobre el escritorio, invadiendo el espacio personal de Deruth con una familiaridad que habría hecho que cualquier otro noble llamara a la guardia.
—Un toque de amargura mantiene los sentidos alerta —susurró Ron, su rostro a escasos centímetros del de su señor—. Aunque, si el Conde desea algo más dulce, siempre puedo ofrecerle... otras distracciones.
Ron extendió una mano enguantada y, con una lentitud deliberada, rozó el cuello de Deruth, justo donde el pulso latía con fuerza. Era un gesto cargado de una coquetería peligrosa, una forma de recordarle quién lo conocía en la intimidad de la alcoba.
Deruth finalmente dejó la pluma. No se tensó, ni se alejó. En su lugar, giró la cabeza lentamente y atrapó la muñeca de Ron con una fuerza sorprendente. Sus ojos marrones, antes llenos de dudas, ahora brillaban con un dominio frío.
—Ron —dijo Deruth, apretando el agarre hasta que escuchó el leve crujido del cuero del guante—, ya no tengo dieciocho años. Tus juegos de seducción y tus intentos de desestabilizarme han pasado de ser fascinantes a ser... predecibles.
El mayordomo arqueó una ceja, su sonrisa ensanchándose.
—¿Predecibles, mi señor? Creía que disfrutaba de nuestra pequeña danza.
—Disfruto de tu lealtad, Ron. Disfruto de tu eficiencia —Deruth soltó la muñeca de Ron y se reclinó en su silla, observándolo como un rey observa a un súbdito rebelde pero valioso—. Pero hoy no. Tengo una reunión con los emisarios del Reino de Caro en una hora, y no permitiré que me distraigas con tus celos mal disfrazados sobre la delegación que trae a varias damas nobles.
Ron se irguió, recuperando su postura profesional, aunque sus ojos dorados brillaban con una chispa de irritación.
—No son celos, mi señor. Es simplemente que la seguridad del Conde es mi prioridad. Las delegaciones extranjeras son nidos de espías y... tentaciones innecesarias.
—Basta —cortó Deruth, señalando la puerta—. Ve a preparar el salón de recepciones. Y Ron, si vuelves a interrumpir una sesión de trabajo con tus manos donde no deben estar antes de que yo lo autorice, te enviaré a supervisar las minas de mármol durante un mes. Personalmente.
Ron guardó silencio por un momento, evaluando la seriedad en el rostro de su amo. En los últimos años, el equilibrio de poder había cambiado. Deruth ya no era la presa; era el domador. Había aprendido que para mantener a un hombre como Ron Molan a su lado, no podía ser simplemente su objeto de deseo, debía ser su superior indiscutible.
—Entiendo, Conde Henituse —dijo Ron con una inclinación perfecta, esta vez sin rastro de burla—. Mis disculpas por mi... exceso de celo.
Cuando Ron salió de la habitación, Deruth soltó un suspiro contenido y se frotó las sienes. Amaba a ese hombre, con una intensidad que a veces lo asustaba, pero había aprendido que la única forma de no ser devorado por la obsesión de Ron era poner límites de hierro.
La reunión con los emisarios transcurrió sin incidentes, aunque Deruth podía sentir la presencia de Ron en las sombras del salón, una presión constante que mantenía a los visitantes en un estado de nerviosismo sutil. Al finalizar el día, Deruth se retiró a sus aposentos privados, sintiendo el cansancio en sus huesos.
Ron estaba allí, como siempre, esperando para ayudarlo a desvestirse. El ambiente era distinto al del despacho. Aquí, en la penumbra iluminada por el hogar, la tensión era más suave, pero no menos potente.
—Ha sido un día largo —comentó Ron, desatando los cordones de la túnica de Deruth—. Los emisarios parecían... impresionados con usted. Especialmente la baronesa.
Deruth soltó una risa baja mientras dejaba que Ron le quitara la pesada prenda.
—¿Otra vez, Ron? Pensé que habíamos dejado esto claro en el despacho.
—Solo observaba, mi señor —dijo Ron, sus manos ahora más suaves, moviéndose con una ternura que reservaba solo para estos momentos—. No puedo evitar notar cuando otros intentan mirar lo que es mío.
Deruth se giró bruscamente, quedando frente a frente con su mayordomo. Puso sus manos sobre los hombros de Ron, sintiendo la musculatura tensa bajo la tela negra.
—Ese es tu problema, Ron. Sigues pensando que soy algo que posees. Sigues intentando aislarme del mundo como si fuera una joya en una caja fuerte.
—¿Y no lo es? —susurró Ron, acercándose más, su aliento rozando los labios de Deruth—. Usted es el corazón de este territorio. Mi corazón.
Deruth tomó el rostro de Ron entre sus manos. Sus pulgares acariciaron las cicatrices casi invisibles que el tiempo y las batallas habían dejado en la piel del asesino.
—No, Ron. Soy tu Conde. Y tú eres el hombre que elegí para estar a mi lado. Pero si quieres seguir en este lugar, debes entender que yo decido cuándo se cierran las puertas. No tú.
Ron cerró los ojos, inclinándose hacia el contacto. En la intimidad, la máscara del mayordomo perfecto se desmoronaba, dejando ver al hombre que había perdido todo y que encontró su ancla en el joven pelirrojo que una vez fue su pupilo.
—A veces olvido que el niño que conocí ya no existe —confesó Ron en un susurro—. Ha crecido para ser un hombre más peligroso que yo, Deruth.
—He tenido al mejor maestro —respondió Deruth, antes de besarlo con una mezcla de pasión y autoridad.
El beso fue profundo, una reafirmación de su vínculo. Pero cuando Ron intentó llevar la situación más allá, empujando a Deruth hacia la cama con su habitual posesividad, Deruth lo detuvo con una mano firme en su pecho.
—Hoy no, Ron —dijo Deruth, con una sonrisa pequeña pero decidida—. Estoy cansado y mañana tengo que viajar temprano a la capital. Necesito dormir.
Ron se quedó congelado por un segundo, su instinto de cazador chocando con la orden directa. Sus ojos buscaron cualquier rastro de debilidad en Deruth, pero solo encontraron una voluntad inquebrantable.
—¿Me está rechazando, mi señor? —preguntó Ron, su voz cargada de una mezcla de incredulidad y deseo reprimido.
—Te estoy dando una orden —corrigió Deruth, sentándose en el borde de la cama—. Puedes quedarte aquí y vigilar mi sueño, o puedes ir a tu habitación. Pero no habrá más "distracciones" esta noche.
Ron guardó silencio, su pecho subiendo y bajando con pesadez. Finalmente, soltó un suspiro que era mitad rendición y mitad admiración. Se arrodilló frente a Deruth y le quitó las botas con una delicadeza extrema.
—Es usted un amo cruel, Conde Henituse —dijo Ron, levantando la vista para encontrar los ojos de Deruth.
—Y tú eres un sirviente incorregible —replicó Deruth, acariciando el cabello de Ron—. Pero parece que ambos estamos atrapados el uno con el otro.
Ron se puso de pie y ayudó a Deruth a meterse bajo las sábanas de seda. Luego, se dirigió a la chimenea para avivar el fuego antes de apagar las luces restantes. Se quedó de pie junto a la cama, una silueta oscura contra la luz mortecina de las brasas.
—¿Se quedará? —preguntó Deruth, ya medio dormido.
—Siempre —respondió Ron—. Alguien tiene que asegurarse de que el Conde no sea secuestrado por sus propios sueños de grandeza.
Deruth sonrió para sí mismo mientras cerraba los ojos. Sabía que Ron seguiría intentando sobrepasarse, que sus celos seguirían aflorando cada vez que una mujer como Jour Thames —quien ahora era solo una amistad lejana y respetuosa— o cualquier otro noble se acercara demasiado. Sabía que la posesividad de Ron era parte de su esencia, una marca de fuego que nunca se borraría.
Pero también sabía que él ya no era la víctima de esa obsesión. Había aprendido a canalizarla, a usarla como un escudo y, cuando era necesario, a ponerle un freno con la misma frialdad con la que Ron manejaba sus dagas.
A medianoche, Deruth sintió un peso ligero en el borde de la cama y una mano fría que se deslizaba entre sus cabellos con una ternura infinita. No abrió los ojos. No era necesario.
—Duerme, mi pequeño Conde —susurró la voz de Ron en la oscuridad—. Mañana el mundo volverá a intentar arrebatarte de mí, y yo volveré a demostrarles por qué nadie más tiene derecho a tocarte.
Deruth se acurrucó más en la almohada, sintiéndose extrañamente seguro. La jaula de oro que una vez temió se había convertido en su fortaleza, y el carcelero era ahora su guardián más leal. Había dominado a la bestia, no rompiendo su espíritu, sino convirtiéndose en lo único que la bestia respetaba más que a su propia naturaleza: un líder digno de su devoción.
Al alba, cuando los primeros rayos de sol tocaron los viñedos de los Henituse, Ron ya estaba de pie, con la bandeja de té y la ropa del Conde lista. Su rostro era de nuevo la máscara de mármol del mayordomo perfecto.
—Buenos días, joven maestro —dijo Ron, abriendo las cortinas con un movimiento fluido—. El carruaje estará listo en una hora. He incluido sus galletas favoritas para el viaje.
Deruth se incorporó, estirándose como un gato. Miró a Ron y vio el brillo de desafío que aún persistía en sus ojos.
—Gracias, Ron. Y espero que hayas empacado tu mejor traje. En la capital habrá muchas fiestas, y no quiero que mi sombra se vea... descuidada.
Ron hizo una reverencia, su sonrisa volviéndose un poco más afilada.
—No se preocupe, mi señor. Me aseguraré de que todos en la capital entiendan exactamente quién camina detrás de usted.
Deruth asintió, satisfecho. El equilibrio se mantenía. La lucha por el poder entre ellos era una guerra sin fin, una serie de batallas silenciosas ganadas con palabras, miradas y caricias. Y en esa guerra, Deruth Henituse finalmente había reclamado su trono, no solo sobre el condado, sino sobre el corazón oscuro del hombre que lo amaba de la única manera que un monstruo sabía hacerlo.
—Vámonos entonces —dijo Deruth, levantándose de la cama—. Tenemos un reino que impresionar y sombras que mantener a raya.
Ron lo siguió, con los ojos fijos en la espalda de su amo, sintiendo esa mezcla de frustración y orgullo que solo Deruth podía provocarle. El domador y la bestia salieron de la habitación, listos para enfrentar al mundo, unidos por una cadena que, aunque invisible, era más fuerte que el acero de cualquier espada.
Porque al final, Deruth Henituse había aprendido la lección más importante de todas: para gobernar a un asesino, uno debe estar dispuesto a ser su cómplice, su dueño y, sobre todo, su única razón para no dejar que el mundo arda. Y él estaba más que dispuesto a cumplir con ese papel.