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Tortuga dorada y Zorro de acero

Lágrimas de plata y miel amarga

El carruaje de la familia Henituse avanzaba con un traqueteo rítmico sobre el camino empedrado que conducía al territorio vecino. El interior del vehículo era un espacio de lujo asfixiante, tapizado en terciopelo carmesí y perfumado con el suave aroma de la madera de cedro. Deruth estaba sentado frente a la ventana, observando cómo el paisaje del Condado Henituse se transformaba en colinas desconocidas. Frente a él, Ron Molan permanecía en un silencio absoluto, con las manos enguantadas descansando sobre sus rodillas y esa expresión de serenidad imperturbable que siempre lograba desquiciar a Deruth.

—Parece que el joven maestro está inusualmente callado hoy —comentó Ron, rompiendo el silencio con la suavidad de una navaja cortando seda—. ¿Acaso sigue pensando en la despedida de la señorita Thames?

Deruth no apartó la mirada del cristal. El recuerdo de Jour, con su vestido ámbar y sus palabras sobre las raíces y las flores, se sentía como una pintura que empezaba a desteñirse bajo la lluvia.

—Ella me dio una advertencia, Ron —respondió Deruth en voz baja—. Dijo que tuviera cuidado con las espinas.

—Un consejo sabio —coincidió el mayordomo, inclinando levemente la cabeza—. Las espinas son necesarias para proteger lo que es valioso. Sin ellas, cualquier mano descuidada podría arrancar la flor y dejarla marchitar en un jarrón olvidado. ¿No cree que es mejor estar rodeado de espinas que ser devorado por la negligencia?

—Depende de si las espinas te protegen del mundo o si te protegen de ti mismo —replicó Deruth, girándose finalmente para enfrentar a su sirviente—. Mi padre dice que los hombres como tú no aman, Ron. Dice que poseen.

Ron no se inmutó. Sus ojos se entrecerraron ligeramente, captando la luz tenue que se filtraba por las cortinas del carruaje.

—El Conde padre es un hombre de conceptos tradicionales —dijo Ron—. Para él, el amor es un contrato social, una alianza de sangre y tierras. Para mí, joven maestro, la posesión es la forma más pura de lealtad. Si algo me pertenece, cuidaré de ello con más ferocidad que si simplemente lo "amara". El amor es voluble; la propiedad es absoluta.

Deruth sintió un escalofrío. La honestidad brutal de Ron era lo que más lo atraía y lo que más lo aterraba. No había mentiras románticas en él, solo una devoción oscura y tangible.

—¿Y qué soy yo para ti, Ron? —preguntó Deruth, su voz apenas un susurro que competía con el ruido de las ruedas—. ¿Soy una propiedad? ¿Un juguete para tu entretenimiento? ¿O el amo al que juraste servir?

Ron se movió con una rapidez que el espacio reducido del carruaje no debería permitir. En un parpadeo, estaba arrodillado en el suelo, entre las piernas de Deruth, con las manos apoyadas en los brazos del asiento del heredero. El espacio personal de Deruth fue invadido por el aroma a limón y ese trasfondo metálico que siempre acompañaba al asesino.

—Usted es mi eje, joven maestro —susurró Ron, obligando a Deruth a mirarlo a los ojos—. Es el único ser por el que vale la pena mantener esta farsa de civilización. Si usted me ordena matar, mataré. Si me ordena morir, lo haré. Pero a cambio, exijo ser el único que habite en sus sombras. No permitiré que nadie más lo conozca en su vulnerabilidad.

—Eso es una prisión —dijo Deruth, aunque sus dedos se enterraron inconscientemente en el cabello canoso de Ron.

—Es un santuario —corrigió el mayordomo—. Y hoy, en la gala, quiero que recuerde eso. Habrá muchos nobles, muchas damas y caballeros que intentarán ganarse su favor. Verán al heredero astuto, al joven prometedor. Pero ninguno de ellos sabrá que su corazón late más rápido cuando yo ajusto su corbata.

Deruth cerró los ojos, rindiéndose al contacto. Ron tenía razón. La gala no era más que un teatro, y él era el actor principal, pero su único espectador real era el hombre que ahora le besaba los nudillos con una devoción que rozaba lo religioso.

Cuando llegaron a la mansión del territorio vecino, el despliegue de opulencia fue ensordecedor. Luces de cristal, música de cámara y el murmullo constante de la aristocracia llenaban el gran salón. Deruth, luciendo un traje de seda azul oscuro con bordados en plata, caminaba con la elegancia que se esperaba de su linaje. A su lado, un paso por detrás, Ron era la sombra perfecta.

—Joven maestro Henituse, es un honor recibirlo —dijo el Marqués Stan, un hombre de ojos gélidos que evaluaba a Deruth como si fuera una pieza de oro en un tablero—. He oído grandes cosas sobre su gestión en las minas.

—El honor es mío, Marqués —respondió Deruth con una sonrisa diplomática—. Solo cumplo con mi deber hacia mi familia.

—Modesto, además de capaz —el Marqués hizo un gesto hacia un grupo de jóvenes nobles—. Debería unirse a nosotros. Mi hija ha estado muy interesada en conocer al hombre que ha estabilizado el comercio de mármol en el noreste.

Deruth sintió la mirada de Ron en su nuca. Era como un alfiler de hielo.

—Me encantaría —dijo Deruth, sintiendo una extraña rebeldía—. Ron, puedes retirarte a la zona de servicio. Estaré bien.

Ron hizo una reverencia profunda, pero antes de erguirse, sus ojos se cruzaron con los de Deruth. No había sumisión en ellos, sino una advertencia.

—Como desee, joven maestro. Estaré... cerca.

Las horas siguientes fueron un borrón de conversaciones triviales y bailes coreografiados. Deruth se encontró rodeado de atención. La hija del Marqués era hermosa y astuta, y por un momento, Deruth intentó convencerse de que esto era lo que quería. Una vida normal, una esposa noble, un futuro predecible. Intentó reírse de los chistes de los otros herederos, pero su mente no dejaba de buscar la silueta de Ron entre la multitud de sirvientes que se movían por los bordes del salón.

No lo encontraba. Y esa ausencia empezó a causarle una ansiedad creciente.

—¿Se siente bien, Lord Deruth? —preguntó la joven noble, tocando suavemente su brazo—. Parece distraído.

—Solo es el calor del salón —mintió él—. Si me disculpa, necesito un poco de aire fresco.

Deruth se escabulló hacia los balcones que daban a los jardines traseros. El aire nocturno era frío y reparador. Se apoyó en la barandilla de piedra, soltando un suspiro de alivio. El silencio de la noche era preferible al ruido incesante de la gala.

—Parece que el joven maestro ha tenido suficiente de la "luz" por una noche.

Deruth no se sobresaltó. Ya esperaba esa voz. Ron emergió de la oscuridad de una columna, con su uniforme impecable y una copa de vino en la mano.

—Me pediste que me retirara, Ron —dijo Deruth sin girarse.

—Y lo hice. Pero mi deber es velar por usted, y desde mi posición pude ver cómo esa joven tocaba su brazo. Una técnica de seducción bastante rudimentaria, si me permite decirlo.

—Ella solo estaba siendo amable —replicó Deruth, dándose la vuelta—. Algo que tú pareces haber olvidado cómo se hace.

Ron dejó la copa en la barandilla y se acercó, invadiendo de nuevo el espacio de Deruth. El brillo de las antorchas del jardín iluminaba su rostro, dándole un aspecto casi espectral.

—La amabilidad es para los extraños, Deruth —dijo Ron—. Con usted, prefiero la verdad. ¿Realmente disfrutó de su compañía? ¿O se sentía como si estuviera usando una máscara que le queda pequeña?

—Me sentía... normal —confesó Deruth, bajando la cabeza—. Por un momento, no era el heredero de un asesino o el juguete de un mayordomo. Era solo Deruth.

Ron soltó una carcajada baja y amarga.

—"Solo Deruth" no existe. Usted es el resultado de siglos de nobleza y de años de mi tutela. No puede deshacerse de lo que es solo porque una niña bonita le sonría. Usted pertenece a las sombras, joven maestro. Pertenece a este mundo de secretos y poder que nosotros dos hemos construido.

—¿Nosotros dos? —Deruth se rió con ironía—. Tú lo construiste, Ron. Tú me moldeaste. A veces me pregunto si alguna vez tuve una opción.

Ron extendió una mano y tomó el mentón de Deruth, obligándolo a mirarlo. Sus dedos estaban calientes esta vez, una presión firme que no permitía escapatoria.

—Usted siempre tuvo una opción. Podría haberme despedido hace años. Podría haberle dicho a su padre que me temía. Pero no lo hizo. Se quedó conmigo porque, en el fondo, usted tiene la misma oscuridad que yo. Usted disfruta de saber que hay un hombre capaz de destruir el mundo solo para que usted pueda dormir tranquilo.

—Eres un monstruo —susurró Deruth, pero sus manos buscaron los hombros de Ron, aferrándose a él como a un naufragio.

—Su monstruo —corrigió Ron—. Y ahora, vamos a volver adentro. Terminará este baile, cumplirá con sus obligaciones, y luego regresaremos a casa. Donde podré recordarle, en la privacidad de sus aposentos, a quién le pertenece realmente cada suspiro que da.

El regreso al salón fue diferente. Deruth ya no intentaba encajar. Caminaba con una frialdad majestuosa, cumpliendo con los protocolos con una precisión mecánica. Su mente estaba en otro lugar, en la promesa implícita en las palabras de Ron.

Cuando finalmente regresaron al carruaje, pasada la medianoche, la tensión era insoportable. Apenas se cerró la puerta y el vehículo se puso en marcha, Deruth se lanzó hacia adelante, atrapando los labios de Ron en un beso desesperado. No fue un beso dulce como el de Jour; fue un choque de dientes y lenguas, un intercambio de poder y necesidad.

Ron respondió con una ferocidad contenida, sus manos recorriendo la espalda de Deruth, desabrochando los botones de su túnica con una destreza aterradora.

—Joven maestro... —gruñó Ron contra su cuello—, está siendo muy impaciente.

—Cállate —respondió Deruth, jadeando—. Solo... hazlo. Hazme olvidar que existe alguien más. Hazme olvidar que hay un mundo fuera de este carruaje.

Ron se separó lo suficiente para mirar a Deruth a los ojos. Había una llama de triunfo en su mirada dorada.

—Como desee, mi señor.

El viaje de regreso fue largo, pero para Deruth, el tiempo se detuvo. En la penumbra del carruaje, entre el aroma a limón y el calor de los cuerpos, Deruth aceptó su destino. Jour Thames era un sueño de lo que podría haber sido, una vida de luz y libertad que nunca le perteneció realmente. Ron Molan era su realidad, una cadena de terciopelo que lo mantenía atado a la tierra, a su deber y a su propia naturaleza oscura.

Al llegar al castillo de los Henituse, el sol empezaba a asomar por el horizonte. Ron ayudó a Deruth a bajar del carruaje. El joven heredero caminaba con una ligera rigidez, pero su mirada era más firme que nunca.

En el vestíbulo, el Conde padre los esperaba. Observó a su hijo, notando el desorden en su ropa y la mirada de posesión absoluta que Ron le lanzaba. El Conde suspiró, cerrando los ojos por un momento.

—Espero que la gala haya sido de tu agrado, Deruth —dijo el Conde con voz cansada.

—Fue educativa, padre —respondió Deruth, pasando por su lado sin detenerse—. He aprendido mucho sobre lo que realmente importa.

Ron hizo una inclinación perfecta ante el Conde antes de seguir a su hijo.

—Se lo advertí, señor Conde —susurró Ron al pasar junto a él—. Una vez que un Molan elige, no hay vuelta atrás.

El Conde se quedó solo en el gran salón, observando cómo las sombras de su hijo y del mayordomo se fundían en una sola mientras subían las escaleras. Sabía que el futuro de su linaje estaba asegurado, pero a un precio que él nunca se atrevió a pagar.

En sus aposentos, Deruth se dejó caer en su cama. Ron se acercó para quitarle las botas, moviéndose con la gracia de un depredador satisfecho.

—¿Está feliz ahora, joven maestro? —preguntó Ron, levantando la vista.

Deruth lo miró, sintiendo el peso de la jaula plateada que él mismo había ayudado a construir.

—No sé si la felicidad es la palabra, Ron. Pero al menos... ya no tengo miedo de la oscuridad.

Ron sonrió, una sonrisa genuina que mostró sus colmillos.

—Eso es todo lo que siempre quise escuchar. Ahora descanse. Yo estaré aquí cuando despierte. Estaré aquí siempre.

Deruth cerró los ojos, dejándose envolver por el silencio y la presencia asfixiante de su mayordomo. Sabía que afuera, el mundo seguía girando, que Jour Thames seguiría buscando misterios y que su padre seguiría gobernando con justicia. Pero dentro de esas paredes, en ese rincón del mundo que solo les pertenecía a ellos, Deruth Henituse era finalmente el rey de su propia sombra.

Y Ron Molan, el asesino que se convirtió en sirviente, se aseguró de que nadie, ni siquiera la luz del nuevo día, se atreviera a interrumpir el sueño de su posesión más preciada.