Truth
El Triángulo de Terciopelo y el Juego de las Sombras
El aire en el remolque de Beck se había vuelto tan espeso que se podía sentir en la piel, como una neblina de calor y electricidad estática. Adhara estaba sentada en el pequeño sofá, con las piernas recogidas, observando cómo Jade caminaba de un lado a otro con la elegancia de una pantera hambrienta. Beck, por su parte, estaba apoyado contra la encimera de la cocina, con los brazos cruzados y esa sonrisa de media luna que siempre parecía saber algo que los demás ignoraban.
—No sé si me gusta cómo nos miras, Adhara —dijo Jade, deteniéndose frente a ella. Sus ojos claros brillaron bajo la luz tenue de las lámparas de lava—. Parece que nos estás diseccionando, como si fuéramos un guion que aún no has terminado de escribir.
Adhara soltó una risita suave y se humedeció los labios. No retrocedió ante la mirada intimidante de la pelinegra; al contrario, se inclinó un poco hacia adelante, dejando que el escote de su vestido floral se acentuara sutilmente.
—No los estoy diseccionando, Jade —respondió Adhara con una voz que era puro terciopelo—. Solo trato de entender cómo es posible que dos personas tan... intensas, no hayan hecho arder este remolque todavía.
Beck soltó una carcajada ronca y se acercó al sofá, sentándose al otro lado de Adhara. El peso de su cuerpo hizo que ella se deslizara un poco hacia él, y Beck no perdió la oportunidad de pasar un brazo por el respaldo, rozando con sus dedos el hombro desnudo de la castaña.
—Tal vez estábamos esperando el combustible adecuado —comentó Beck, bajando el tono de voz hasta que se convirtió en una caricia—. Y tú tienes toda la pinta de ser altamente inflamable.
La tensión sexual era tan tangible que Adhara sintió un escalofrío recorrer su columna. Jade, al ver el contacto entre Beck y la nueva, no reaccionó con sus habituales tijeras o un ataque de celos destructivo. En su lugar, sus pupilas se dilataron y una sonrisa sádica, pero extrañamente coqueta, curvó sus labios.
—¿Inflamable? —Jade se arrodilló sobre el sofá, quedando cara a cara con Adhara, atrapándola entre ella y Beck—. Yo diría que es más bien una distracción peligrosa. Y sabes que odio las distracciones, Beck.
—Odias las distracciones que no puedes controlar, Jade —corrigió él, acercando su rostro al cuello de Adhara, respirando su perfume—. Pero creo que esta nos gusta a los dos.
Adhara cerró los ojos por un segundo, disfrutando del calor que emanaba de ambos lados. Era introvertida, sí, pero bajo esa capa de timidez latía una mujer que sabía perfectamente el efecto que causaba. Se giró ligeramente hacia Jade, quedando a escasos centímetros de su boca.
—¿Y quién dice que quiero ser controlada? —susurró Adhara, desafiando la mirada gélida de la pelinegra—. Quizás soy yo la que quiere ver hasta dónde son capaces de llegar ustedes.
Jade extendió una mano pálida y tomó el mentón de Adhara con firmeza. Sus dedos estaban fríos, un contraste violento con el calor que Beck desprendía desde el otro lado.
—Cuidado, estrellita —advirtió Jade—. Si juegas con fuego conmigo, no solo te quemas. Te conviertes en cenizas.
—Me gusta el gris —respondió Adhara sin pestañear.
Beck intervino, rompiendo el duelo de miradas al colocar su mano sobre el muslo de Adhara. El contacto fue eléctrico.
—Basta de amenazas —dijo Beck, su voz cargada de una urgencia que no intentaba ocultar—. Estamos aquí para "ensayar", ¿no? Sikowitz quiere realismo. Quiere que la tensión en el escenario sea tan real que el público se sienta incómodo.
Jade soltó el mentón de Adhara, pero no se alejó. Sus ojos bajaron a los labios de la castaña y luego a los de Beck.
—Realismo —repitió Jade, como si saboreara la palabra—. Me parece bien. Pero si vamos a hacer esto, lo haremos bajo mis reglas. Nada de sentimientos cursis, nada de promesas de "felices para siempre". Esto es arte, es deseo y es... un experimento.
Adhara asintió, sintiendo que el corazón le latía con fuerza contra las costillas.
—Acepto —dijo ella—. Pero con una condición.
—¿Cuál? —preguntó Beck, intrigado.
—Que no se detengan si empiezo a pedir más —respondió Adhara con una audacia que sorprendió incluso a Jade.
El silencio que siguió fue interrumpido solo por el zumbido del aire acondicionado del remolque. Beck miró a Jade, buscando esa confirmación silenciosa que solo ellos compartían después de años de relación volátil. Jade asintió lentamente, una chispa de curiosidad genuina reemplazando su desdén habitual.
—Trato hecho —sentenció Jade.
Beck fue el primero en moverse. Se inclinó y capturó los labios de Adhara en un beso que empezó siendo exploratorio, pero que rápidamente se tornó profundo y exigente. Adhara respondió con una avidez que dejó claro que su timidez era solo una máscara. Sus manos se enredaron en el cabello largo y oscuro de Beck, tirando de él con una suavidad que lo hizo gruñir contra su boca.
Mientras tanto, Jade no se quedó como una espectadora pasiva. Sus manos comenzaron a recorrer los hombros de Adhara, bajando por sus brazos hasta entrelazar sus dedos con los de ella. Jade se acercó al oído de la castaña, dejando besos húmedos en el lóbulo de su oreja.
—Besas mejor de lo que actúas —susurró Jade, su voz cargada de una envidia mal disimulada que se transformaba en deseo.
Adhara se separó de Beck jadeando, con los labios hinchados y los ojos brillantes. Miró a Jade y, sin decir una palabra, la rodeó por el cuello, atrayéndola hacia ella. El beso entre Jade y Adhara fue diferente: fue una lucha de poder, una colisión de dientes y lenguas que buscaba marcar territorio. Jade era ruda, posesiva, pero Adhara no cedía ni un milímetro, devolviendo cada mordisco con la misma intensidad.
Beck las observaba, su respiración agitada, sintiendo una satisfacción extraña al ver a su novia tan entregada a alguien que no fuera él. Se unió a ellas de nuevo, besando el hombro de Jade mientras su mano seguía acariciando la pierna de Adhara.
—¿Ves lo que te decía? —murmuró Beck contra la piel de Jade—. Es el combustible perfecto.
Los tres se hundieron más en el sofá, una maraña de extremidades, suspiros y palabras a medio decir. La dinámica de la pareja se estaba transformando en algo nuevo, algo que ninguno de los dos había experimentado antes. Jade, siempre tan territorial, parecía encontrar un placer perverso en compartir a Adhara con Beck, y Beck, siempre el pacificador empático, disfrutaba de ver a Jade perder el control por alguien más.
—Esto no es solo por la clase de Sikowitz, ¿verdad? —preguntó Adhara en un momento de calma, mientras recuperaba el aliento apoyada en el pecho de Beck, con la mano de Jade descansando sobre su cintura.
Jade soltó un suspiro largo, jugando con un mechón del cabello castaño de Adhara.
—Sikowitz es solo la excusa, estrellita —admitió Jade con una honestidad brutal—. Pero no te equivoques. Esto no significa que mañana vayamos a tomarnos de la mano en los pasillos y cantar canciones sobre la amistad.
—Lo sé —respondió Adhara, sonriendo—. Prefiero el secreto. El secreto tiene un sabor mucho más interesante.
Beck besó la coronilla de Adhara y luego miró a Jade.
—¿Crees que los demás se den cuenta? —preguntó él—. Tori tiene un radar para estas cosas.
—Tori es una idiota —replicó Jade sin dudarlo—. Estará demasiado ocupada tratando de ser el centro de atención como para notar que nosotros hemos encontrado algo mucho más real en la oscuridad de este remolque.
Adhara se incorporó un poco, mirando a ambos con una expresión amorosa pero traviesa.
—¿Y qué pasará cuando el "experimento" termine? —quiso saber.
Beck le tomó la mano y se la llevó a los labios, besando sus nudillos con una ternura que contrastaba con la crudeza de los minutos anteriores.
—¿Quién dijo que tiene que terminar? —respondió él—. Mientras sigas siendo así de interesante, Adhara, creo que tenemos mucho que ensayar.
Jade se levantó del sofá, estirándose como un gato, y se dirigió a la pequeña nevera para sacar tres latas de refresco. Le lanzó una a Beck y le entregó otra a Adhara con una delicadeza inusual en ella.
—No te acostumbres a esto —advirtió Jade, aunque sus ojos decían lo contrario—. Pero mañana, después de la escuela, volverás aquí. No acepto un no por respuesta.
Adhara abrió su lata y tomó un trago largo, sintiendo que el frío del líquido la devolvía a la realidad. Miró a la pareja: Beck, con su aire de chico malo y corazón blando, y Jade, con su coraza de espinas y su fuego interno. Se dio cuenta de que había entrado en un mundo peligroso, pero no tenía ninguna intención de salir de él.
—Allí estaré —prometió Adhara.
El resto de la noche transcurrió entre risas bajas y anécdotas de Hollywood Arts. Adhara les contó cómo se sentía ser la chica nueva en una escuela llena de egos gigantescos, y Jade, por una vez, no se burló de sus inseguridades. Al contrario, le dio consejos —a su manera retorcida— sobre cómo sobrevivir a las divas del departamento de teatro.
—Si alguien intenta pasarse de lista contigo, solo mírale los zapatos y ríete —dijo Jade, recostada ahora en el suelo sobre una alfombra—. Nada destruye más la confianza de una actriz que pensar que su calzado es ridículo.
—Tomaré nota —rio Adhara.
Beck, que había tomado su guitarra, empezó a rasguear una melodía suave, una balada melancólica que llenó el remolque de una atmósfera casi onírica.
—Canta algo, Adhara —pidió Beck—. Sikowitz dijo que eras compositora. Déjanos oír lo que hay en esa cabecita tuya.
Adhara se puso nerviosa por un instante, su introversión volviendo a asomar, pero al ver la mirada expectante de Jade y la sonrisa alentadora de Beck, respiró hondo. Cerró los ojos y empezó a cantar una melodía que había escrito semanas atrás, sobre sentirse como una extraña en su propia piel.
Su voz era dulce, pero tenía una profundidad aterciopelada que dejó a Beck y a Jade en silencio absoluto. Era una voz que pedía ser escuchada, que exigía atención sin necesidad de gritar. Cuando terminó, el silencio en el remolque era sagrado.
—Vaya —susurró Beck, dejando la guitarra a un lado—. Eso fue... guau.
Jade no dijo nada, pero se acercó a Adhara y le puso una mano en el hombro, un gesto de reconocimiento que valía más que mil cumplidos.
—Tienes talento, estrellita —dijo Jade en voz baja—. Pero no dejes que el éxito se te suba a la cabeza. Todavía tienes que lidiar conmigo mañana.
Adhara sonrió, sintiéndose más segura de sí misma que nunca.
—Creo que puedo manejarlo.
Cuando finalmente llegó la hora de irse, Beck la acompañó hasta la puerta del remolque. El aire nocturno de Los Ángeles era fresco, y el cielo estaba despejado, permitiendo ver algunas estrellas que luchaban contra la contaminación lumínica.
—¿Estás bien? —preguntó Beck, deteniéndose en el umbral.
—Mejor que bien, Beck —respondió ella, dándole un beso rápido en la mejilla—. Ha sido el mejor primer día de clases de mi vida.
—Y solo es el principio —aseguró él, guiñándole un ojo.
Jade apareció detrás de Beck, cruzada de brazos.
—Vete ya antes de que me arrepienta de ser amable —gruñó Jade, aunque había una chispa de diversión en sus ojos—. Y Adhara...
—¿Sí?
—Ponte ese vestido floral mañana. Me gusta cómo se ve cuando te pones roja.
Adhara soltó una carcajada y bajó los escalones del remolque, despidiéndose con la mano mientras caminaba hacia su coche. Podía sentir las miradas de ambos en su espalda, y sabía que, a partir de ese momento, su vida en Hollywood Arts sería cualquier cosa menos ordinaria.
Mientras conducía de regreso a su casa, Adhara no podía dejar de pensar en la forma en que Beck la miraba y en la intensidad de los besos de Jade. Había una tensión sexual que no se había resuelto del todo, una promesa latente de que lo que había ocurrido esa noche era solo el prólogo de una historia mucho más compleja.
Al día siguiente, el sol brillaba con fuerza sobre el campus de Hollywood Arts. Adhara caminaba por el pasillo principal, luciendo el vestido que Jade le había mencionado, sintiéndose más empoderada que nunca. Al llegar a los casilleros, vio a Beck y a Jade hablando con André y Tori.
—¡Hola, Adhara! —exclamó Tori con su habitual entusiasmo—. ¿Qué tal tu primer día ayer? Nos perdimos después de clase.
Adhara sintió la mirada de Jade fija en ella, un desafío silencioso. Beck le dedicó una sonrisa discreta, casi imperceptible para los demás.
—Estuve... ensayando —respondió Adhara con naturalidad, guiñándole un ojo a Jade sin que Tori se diera cuenta—. Beck y Jade fueron muy amables al ayudarme con el ejercicio de Sikowitz.
Jade soltó una risa seca, ajustando su mochila.
—Sí, "amables" es exactamente la palabra que usaría —comentó Jade con sarcasmo—. Pero Adhara tiene mucho que aprender todavía.
—Bueno, parece que tienes a los mejores maestros —dijo André, sin sospechar absolutamente nada—. Beck es el mejor actor de la escuela y Jade... bueno, Jade es Jade.
—Exactamente —asintió Adhara, sintiendo el roce accidental del brazo de Beck contra el suyo mientras caminaban hacia el aula—. Y estoy ansiosa por ver qué más tienen que enseñarme.
El grupo entró al salón de Sikowitz, donde el profesor ya estaba de pie sobre una mesa, bebiendo de un coco y murmurando algo sobre el teatro existencialista.
—¡Ah, mis tres mosqueteros de la tensión! —gritó Sikowitz al verlos entrar—. Espero que hayan aprovechado la tarde de ayer. Hoy vamos a llevar esa escena al siguiente nivel.
Jade se sentó en su silla habitual, con Beck a su lado, y Adhara se sentó justo detrás de ellos. Durante toda la clase, los intercambios de miradas y los roces accidentales continuaron, alimentando un fuego que ardía bajo la superficie de la normalidad escolar.
Adhara se dio cuenta de que el juego de las sombras apenas comenzaba. Entre la rudeza de Jade y la empatía de Beck, ella había encontrado su lugar, un espacio donde su introversión podía transformarse en audacia y donde el deseo no conocía reglas. Hollywood Arts era un lugar para artistas, pero para ellos tres, se había convertido en un escenario privado donde la realidad y la actuación se fundían en un abrazo de terciopelo.
Y mientras Sikowitz seguía gritando instrucciones sobre la importancia de la improvisación, Adhara escribió una sola frase en su libreta, una que resumía perfectamente su nueva realidad: "A veces, para brillar, necesitas perderte en la oscuridad de los mejores".