Truth
El Vértice del Deseo y la Memoria de la Piel
El sol de la tarde en Hollywood Arts se filtraba a través de las ventanas del salón de actuación, creando motas de polvo que bailaban en el aire como pequeñas hadas indiferentes al caos emocional que bullía en el interior de Adhara. Había pasado una semana desde aquel primer encuentro en el remolque, y la dinámica entre los tres se había vuelto una cuerda tensa, afinada al punto de la ruptura, pero extrañamente armoniosa.
Adhara se encontraba en el escenario, sola, practicando un monólogo que Sikowitz le había asignado. Sentía dos pares de ojos clavados en su nuca desde la penumbra de las butacas. Sabía que eran ellos. No necesitaba mirar para reconocer el aura posesiva de Jade y la presencia cálida y magnética de Beck.
—...y si el cielo se cae —recitó Adhara, con la voz quebrándose en el punto exacto de la emoción—, espero que me encuentre de pie, mirando hacia arriba, sin miedo a ser aplastada por la luz.
Un aplauso lento y rítmico rompió el silencio del aula vacía. Jade emergió de las sombras, caminando por el pasillo central con esa seguridad depredadora que la caracterizaba. Llevaba unas botas militares nuevas y sus tijeras colgaban de un cinturón de cuero, brillando bajo la luz artificial.
—Demasiado melodramático —sentenció Jade, subiendo al escenario con la agilidad de un felino—. Aunque esa última parte... la de no tener miedo a la luz... eso me ha gustado. Tienes agallas, estrellita.
Beck apareció detrás de ella, con las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero y una sonrisa que parecía contener todos los secretos del mundo.
—Yo creo que estuvo perfecta —dijo Beck, deteniéndose a un metro de Adhara—. Tienes una forma de proyectar la vulnerabilidad que hace que cualquiera quiera... rescatarte.
Adhara se giró hacia él, entornando sus ojos pardos con una pizca de esa coquetería que había aprendido a usar como un arma.
—¿Y tú quieres rescatarme, Beck? —preguntó ella, bajando la voz.
—Él quiere muchas cosas —intervino Jade, colocándose justo detrás de Adhara, tan cerca que su aliento frío rozó la nuca de la castaña—. Pero yo soy la que decide quién necesita rescate y quién merece quedarse en el naufragio.
Jade extendió una mano y rodeó la cintura de Adhara, atrayéndola hacia su cuerpo. La diferencia de contextura era evidente; Adhara era suave, con curvas que parecían hechas para ser moldeadas, mientras que Jade era puro ángulo y tensión.
—Estás temblando —susurró Jade al oído de Adhara—. ¿Es miedo o es que te gusta que te acorrale frente a tu "héroe"?
—No es miedo —respondió Adhara, girando la cabeza para mirar a Jade a los ojos—. Es que todavía no me acostumbro a que seas tan... directa.
Beck se acercó más, cerrando el círculo. Ahora los tres estaban en el centro del escenario, rodeados por una escenografía de cartón que representaba una ciudad en ruinas, lo cual resultaba irónicamente apropiado para la tormenta sensorial que estaban viviendo.
—Jade no sabe lo que es la sutileza —comentó Beck, pasando sus dedos por el brazo de Adhara, desde la muñeca hasta el hombro—. Pero yo sí. Y sé que este juego de miradas en los pasillos nos está matando a los tres.
—Él tiene razón —dijo Jade, soltando a Adhara pero sin alejarse—. El pequeño experimento del remolque nos dejó con ganas de más. Y yo odio las cosas inconclusas.
Adhara miró a ambos. Su introversión luchaba contra el deseo de pertenecer a ese torbellino. Se sentía como una intrusa en un templo sagrado, pero un templo que la había invitado a entrar y a profanar sus altares.
—¿Qué es lo que quieren de mí? —preguntó Adhara, con una sinceridad que desarmó por un momento la coraza de Jade—. No soy como ustedes. No soy ruda, no soy una estrella de cine... solo soy yo.
Beck le tomó la cara con ambas manos, obligándola a mirarlo. Sus ojos eran profundos y empáticos, pero ardían con una necesidad que Adhara empezaba a reconocer como suya propia.
—Eres exactamente lo que no sabíamos que necesitábamos —dijo Beck—. Jade es el fuego que quema y yo soy la tierra que sostiene. Tú... tú eres el aire que hace que el fuego respire y que la tierra no se vuelva piedra.
—Qué poético, Oliver —se burló Jade, aunque sus ojos brillaban de una forma distinta—. Pero tiene razón. Eres el equilibrio, Adhara. Y me irrita lo mucho que me gusta cómo encajas entre nosotros.
Jade se acercó y, con una delicadeza que rara vez mostraba, apartó un mechón de pelo de la cara de Adhara.
—Esta noche no iremos al remolque —anunció Jade—. Iremos a mi casa. Mis padres no están y tengo un cuarto oscuro para revelar fotos que es perfecto para... ciertas actividades artísticas.
—¿Fotos? —preguntó Adhara, intrigada.
—Me gusta capturar la belleza antes de romperla —respondió Jade con una sonrisa sádica—. Y tú, estrellita, eres muy bella.
El trayecto a la casa de Jade fue silencioso, pero cargado de una expectativa eléctrica. Beck conducía, con una mano en el volante y la otra descansando sobre la rodilla de Adhara, quien iba en el asiento del medio. Jade, en el asiento del copiloto, no dejaba de observar el perfil de la castaña, como si estuviera memorizando cada curva de su rostro.
Al llegar a la imponente y algo lúgubre casa de los West, el ambiente cambió. Ya no estaban en el territorio neutral del instituto ni en el refugio bohemio de Beck. Este era el reino de Jade, lleno de sombras, arte macabro y un silencio que parecía amplificar los latidos del corazón.
—Bienvenidos a mi antro —dijo Jade, cerrando la puerta principal con un chasquido metálico que resonó en el vestíbulo.
Subieron las escaleras hasta una habitación al final del pasillo. Era un estudio de fotografía convertido en un santuario personal. Paredes negras, luces rojas tenues y cientos de fotografías colgadas de hilos, secándose. La mayoría eran imágenes perturbadoras: muñecas rotas, paisajes desolados y muchos retratos de Beck en momentos de introspección.
—Siéntate ahí —ordenó Jade, señalando una silla de madera antigua en el centro de la habitación.
Adhara obedeció, sintiéndose pequeña bajo la luz roja. Beck se quedó apoyado contra la pared, observando la escena con una intensidad que hacía que el aire vibrara.
Jade tomó su cámara profesional y empezó a rodear a Adhara. El clic del obturador era el único sonido en la estancia.
—No pose —mandó Jade—. Solo respira. Piensa en lo que sentiste en el escenario hoy. Piensa en el miedo a la luz.
Adhara cerró los ojos y dejó que su mente viajara. Pensó en la primera vez que vio a Beck y sintió ese tirón en el estómago. Pensó en la primera vez que Jade la acorraló y, en lugar de huir, quiso acercarse más.
—Eso es —susurró Jade, acercándose tanto que el lente de la cámara casi tocaba la mejilla de Adhara—. Abre los ojos.
Cuando Adhara los abrió, no vio la cámara, vio los ojos azules de Jade, que la miraban con una fascinación casi religiosa.
—Eres perfecta para esto —dijo Jade, dejando la cámara sobre una mesa—. Beck, ven aquí.
Beck se acercó y se colocó detrás de la silla de Adhara. Sus manos bajaron por los hombros de la chica, masajeando la tensión que se acumulaba allí.
—¿Sabes lo que más me gusta de ti, Adhara? —preguntó Beck al oído de ella—. Que no intentas ser otra persona. Eres introvertida, eres dulce, pero tienes una oscuridad que solo nosotros sabemos despertar.
Jade se arrodilló frente a Adhara, rodeando sus piernas con los brazos. La posición era de una intimidad abrumadora.
—Queremos que seas nuestra —dijo Jade, su voz perdiendo toda su dureza—. No solo por una noche. No solo para un ejercicio de Sikowitz. Queremos que seas el vértice de este triángulo.
Adhara sintió que el mundo se detenía. Miró a Beck, quien asintió con una sonrisa tierna, y luego a Jade, cuya mirada era una súplica disfrazada de orden.
—¿Y si me rompo? —preguntó Adhara con un hilo de voz.
—Entonces te pegaremos de nuevo —respondió Jade, besando la rodilla de Adhara a través de la tela de su vestido—. Pero con oro, como hacen los japoneses con la cerámica rota. Para que seas más fuerte y más bella que antes.
Beck se inclinó y besó la frente de Adhara, mientras Jade subía sus manos por sus muslos. El contacto era una sinfonía de sensaciones: el calor de Beck, la firmeza de Jade, y el deseo de Adhara que finalmente explotaba en su pecho.
—Acepto —susurró Adhara, y la palabra fue el detonante de todo.
Beck la levantó de la silla con una fuerza sorprendente y la llevó hacia el diván que ocupaba un rincón del estudio. Jade los siguió, desabrochándose la muñequera de tachuelas, sus ojos brillando con una determinación feroz.
Lo que siguió fue un baile de sombras y terciopelo. No era solo sexo; era una exploración de límites, una comunión de tres almas que se sentían fuera de lugar en cualquier otra parte. Beck era el guía, el que aseguraba que Adhara se sintiera segura, que cada roce fuera consentido y deseado. Jade era la tormenta, la que empujaba a Adhara a descubrir deseos que ni ella misma sabía que tenía, la que marcaba el ritmo con una intensidad que dejaba a la castaña sin aliento.
—Mírame, Adhara —pedía Jade entre besos que sabían a rebelión—. No cierres los ojos. Quiero que veas quién te está haciendo sentir así.
Y Adhara miraba. Miraba la belleza salvaje de Jade y la nobleza de Beck, y se sentía la mujer más afortunada del mundo por estar en medio de ese incendio. Sus manos recorrían la piel pálida de Jade y el torso firme de Beck, tratando de memorizar cada detalle, cada cicatriz, cada lunar.
Horas más tarde, los tres estaban tumbados en el diván, cubiertos por una manta de seda negra. El estudio estaba en silencio, salvo por el sonido de sus respiraciones acompasadas. Adhara estaba en el centro, con la cabeza en el pecho de Beck y la mano de Jade entrelazada con la suya.
—¿En qué piensas, estrellita? —preguntó Jade, con la voz ronca y cansada.
—En que mañana tenemos que ir a clase de canto —respondió Adhara con una pequeña risa—. Y no sé cómo voy a poder mirar a André o a Tori a la cara sin empezar a reírme.
Beck soltó una carcajada que vibró en el pecho de Adhara.
—Tori sospechará algo —dijo Beck—. Ella siempre cree que el mundo es una comedia musical, pero nosotros sabemos que es un drama experimental.
—Que sospeche lo que quiera —sentenció Jade, cerrando los ojos—. Mientras nosotros sepamos la verdad, el resto del mundo puede irse al infierno.
Adhara se sintió protegida. Por primera vez en su vida, su timidez no era una cárcel, sino un refugio al que solo ellos dos tenían la llave. Sabía que el camino no sería fácil. Sabía que habría celos, que habría peleas —porque Jade no sabía vivir de otra forma— y que habría momentos en los que se sentiría abrumada por la intensidad de ambos.
Pero al mirar la mano de Jade apretando la suya y sentir el brazo de Beck rodeándola, supo que no quería estar en ningún otro lugar.
—Oye, Jade —dijo Adhara después de un rato.
—¿Mmm?
—¿Me vas a enseñar a revelar esas fotos?
Jade abrió un ojo y la miró con una sonrisa que, por primera vez, era puramente amorosa, sin rastro de sadismo.
—Mañana, estrellita. Mañana te enseñaré cómo se detiene el tiempo.
El sol empezó a asomarse por el horizonte, tiñendo el cielo de Los Ángeles de un naranja sangriento. En el estudio de los West, tres jóvenes dormían finalmente, ajenos a las reglas de una sociedad que no entendía que el amor y el deseo no siempre vienen en pares.
Al día siguiente, entraron en Hollywood Arts de la misma forma que siempre, pero algo había cambiado en su forma de caminar. Había una complicidad en el aire, un secreto compartido que los hacía parecer intocables.
Tori Vega los vio pasar desde la escalera principal.
—¿No les parece que están... diferentes? —preguntó Tori a André y Robbie.
—Diferentes cómo, ¿Tori? —preguntó Robbie, mientras Rex ponía los ojos en blanco.
—No lo sé. Como si tuvieran una luz propia. O como si supieran algo que nosotros no.
André observó a Beck, quien le lanzó un saludo casual con la mano, y luego a Jade, que caminaba pegada a Adhara, con una mano rozando la de la castaña en cada paso.
—Se llama felicidad, Tori —dijo André con una sonrisa sabia—. Aunque en el caso de Jade, probablemente sea felicidad mezclada con ganas de morder a alguien. Pero sí, se ven bien.
Entraron al salón de Sikowitz y se sentaron en sus lugares. El profesor entró por la ventana, como de costumbre, pero se detuvo al verlos. Los observó durante unos segundos, con esa mirada loca que a veces parecía ver a través de las personas.
—Vaya, vaya —dijo Sikowitz, dejando su coco sobre la mesa—. Parece que el ejercicio de la semana pasada ha dado frutos inesperados. Adhara, sube al escenario.
Adhara obedeció, sintiendo las miradas de toda la clase. Ya no estaba nerviosa. Ya no era la chica bajita y rellenita que temía no encajar.
—Canta algo —pidió Sikowitz—. Lo que sea que tengas en el corazón ahora mismo.
Adhara miró hacia la tercera fila. Beck le guiñó un ojo. Jade asintió con la cabeza, con una expresión de orgullo que Adhara nunca había visto en ella.
Adhara empezó a cantar. No fue una canción de miedo, ni de soledad. Fue una canción sobre el poder de ser tres, sobre la belleza de las sombras y sobre cómo, a veces, para encontrar tu voz, necesitas que dos personas te enseñen a gritar.
Su voz llenó el aula, más potente y segura que nunca. Al terminar, el silencio fue absoluto. Incluso Jade parecía contenida, conmovida por la fuerza de la chica que habían decidido integrar en sus vidas.
—Impresionante —dijo Sikowitz, rompiendo el silencio—. Creo que hemos encontrado a nuestra nueva estrella.
Adhara bajó del escenario y regresó a su asiento. Beck le tomó la mano por un lado y Jade por el otro, bajo la mesa, ocultos a la vista de los demás.
—Te lo dije —susurró Jade—. Eres perfecta.
—Somos perfectos —corrigió Beck.
Adhara sonrió, sabiendo que este era solo el comienzo de una historia que desafiaría todo lo que Hollywood Arts creía saber sobre el arte y el amor. La tensión sexual seguía ahí, vibrante y peligrosa, pero ahora estaba apuntalada por algo mucho más fuerte: la certeza de que, en ese triángulo de terciopelo, cada uno había encontrado finalmente su hogar.