Tu guardaespaldas
Entre Sombras y Secretos
La luz del amanecer se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo del salón, bañando la estancia en un tono ámbar que hacía que los lujos de la mansión Hopps parecieran aún más irreales. Nick Wilde no había pegado ojo en toda la noche. Se había mantenido en su puesto, una estatua de vigilancia silenciosa, mientras Judy dormía en el sofá frente a la chimenea. La tormenta había amainado, dejando tras de sí un silencio que resultaba más inquietante que el trueno.
Él la observó un momento más antes de que ella despertara. Se veía tan frágil, tan ajena a los negocios turbios que, según sus superiores, su padre manejaba con puño de hierro. Nick sintió un nudo en el estómago. En su bolsillo, el teléfono encriptado vibró con una insistencia sorda. Era un mensaje de "El Jefe".
*«Progreso. El tiempo corre, Wilde. No te distraigas con la mercancía».*
Nick apretó los dientes y guardó el dispositivo. "La mercancía". Así era como veían a Judy. Una pieza de ajedrez, un medio para un fin.
—¿Nick? —La voz de Judy era apenas un susurro cargado de sueño. Se incorporó lentamente, frotándose los ojos con el dorso de sus pequeñas patas—. Te has quedado toda la noche.
—Es parte del servicio de lujo, zanahorias —respondió él, recuperando instantáneamente su máscara de cinismo encantador—. Además, no podía dejar que los fantasmas de esta mansión te molestaran. Son muy territoriales con los sofás cómodos.
Judy esbozó una pequeña sonrisa, una que no llegó a ser triste por primera vez en días.
—Gracias. Hacía mucho tiempo que no dormía... sin sentir que tenía que estar alerta.
Nick desvió la mirada, sintiendo el peso de su propia traición.
—Bueno, no te acostumbres. Hoy tu padre tiene esa gala benéfica en el Distrito Forestal. Mi trabajo será evitar que los fotógrafos te cieguen y que los aburridos hombres de negocios te maten de tedio.
Judy se puso de pie, estirando su pequeño cuerpo. Su expresión se ensombreció al mencionar a su padre.
—La gala. Otra oportunidad para que Stu Hopps muestre su trofeo más preciado antes de guardarlo de nuevo en la caja fuerte. ¿Vendrás conmigo, verdad?
—A tres pasos de distancia, como siempre —afirmó Nick—. Pero antes de eso, tu padre quiere que "inspeccione" el perímetro de su despacho. Dice que ha notado irregularidades en el sistema de seguridad.
Nick no perdió el brillo de sospecha en los ojos de Judy. Ella era inteligente, demasiado para su propio bien.
—Mi padre no confía en nadie, Nick. Si te deja entrar en su despacho, es porque cree que puede controlarte. Ten cuidado. Ese lugar... tiene paredes que escuchan.
—Soy un zorro, Judy. Las paredes son mi hábitat natural —bromeó él, aunque por dentro sus sentidos estaban en alerta máxima.
Unas horas más tarde, Nick se encontraba frente a la puerta de roble macizo del despacho de Stu Hopps. El aire en esa parte de la casa era diferente; era frío, cargado de un olor a tabaco caro y a papel viejo. Nick entró con la excusa de revisar los sensores de movimiento, pero sus ojos verdes escaneaban cada rincón buscando la caja fuerte biométrica de la que le habían hablado.
Stu Hopps estaba sentado tras su escritorio, revisando unos documentos con una expresión de absoluta indiferencia.
—Wilde —dijo el conejo mayor sin levantar la vista—. Mi hija parece haberle tomado cariño. Es inusual en ella. No la decepcione.
—Hago mi trabajo, señor Hopps —respondió Nick, moviéndose hacia una de las esquinas para fingir que revisaba un cableado—. La seguridad de la señorita Judy es mi única prioridad.
—Eso espero. Porque si algo le sucede, o si descubro que su lealtad no es tan sólida como sus referencias sugieren... —Stu levantó la vista, y Nick vio en esos ojos la misma determinación implacable que hacía de los Hopps la familia más poderosa de la ciudad—, descubrirá que un conejo con recursos puede ser mucho más peligroso que cualquier depredador que haya conocido en las calles.
—Entendido, señor.
Nick aprovechó un momento en que Stu salió para atender una llamada privada. Sus dedos se movieron con una agilidad experta. Sacó un pequeño dispositivo de interferencia y lo colocó tras un cuadro de un paisaje bucólico. En menos de diez segundos, había clonado la señal de la cerradura electrónica. El acceso estaba casi garantizado, pero necesitaba la huella dactilar de Stu o una muestra de su retina.
—Maldita sea —susurró Nick—. Esto no va a ser tan fácil.
Al salir del despacho, se encontró con Judy en el pasillo. Ella lo estaba esperando, apoyada contra la pared con los brazos cruzados.
—¿Encontraste lo que buscabas, Nick? —preguntó ella. Su tono era neutral, pero había una chispa de desafío en su mirada.
—Solo un par de cables sueltos y un ego del tamaño de un elefante —respondió él con rapidez—. Tu padre es un hombre encantador, si te gusta el trato con bloques de hielo.
Judy se acercó a él, bajando la voz. Los pasillos de la mansión estaban llenos de sirvientes y otros guardias, pero en ese momento, parecía que solo existían ellos dos.
—No me mientas, Nick. Sé que no eres un simple guardaespaldas. Tienes una forma de moverte que no encaja con los tipos que mi padre suele contratar. Ellos son brutos; tú eres... un estratega.
Nick sintió que el suelo cedía bajo sus pies.
—Zanahorias, me halagas. Pero te aseguro que mi única estrategia ahora mismo es sobrevivir a esa gala sin que me pisen la cola.
Judy lo miró fijamente durante un largo segundo. Nick pudo ver la lucha interna en ella: la necesidad de confiar contra el instinto de protegerse. Finalmente, ella suspiró y le entregó un pequeño sobre.
—Si vas a estar en mi sombra, al menos hazlo con estilo. Es la invitación y el protocolo de seguridad. No quiero que cometas errores esta noche. Mi familia estará observando. Todos ellos.
—Estaré impecable —prometió Nick, tomando el sobre. Sus dedos rozaron los de ella, y por un instante, el mundo exterior desapareció.
La gala se celebraba en un antiguo teatro restaurado en el Distrito Forestal. El lujo era obsceno. Fuentes de champán, orquestas en vivo y los animales más influyentes de Zootopia luciendo joyas que podrían alimentar a un distrito entero durante un año.
Judy apareció vestida con un traje de seda color amatista que resaltaba el brillo de sus ojos. Nick, con su esmoquin negro, se sentía como un lobo infiltrado en un redil de ovejas de alta alcurnia. Se mantuvo a su lado, escaneando la multitud, pero su mente estaba en otra parte. Sus contactos le habían informado que esta noche, durante la gala, se realizaría una transferencia de datos clave desde la red privada de los Hopps. Él debía interceptarla.
—Pareces tenso —susurró Judy mientras aceptaba una copa de agua de un camarero—. ¿Es el traje o la compañía?
—Es el exceso de perfume —mintió Nick—. Me nubla el olfato. Quédate cerca, Judy. Hay mucha gente aquí que no me gusta.
—A mí tampoco me gustan, Nick. Son todos iguales. Sonrisas falsas y puñales escondidos.
De repente, un grupo de conejos corpulentos, primos de Judy, se acercaron para rodearla, apartando sutilmente a Nick. Era el momento. Nick aprovechó la distracción para deslizarse hacia el área de control técnico del teatro.
Se movió por las sombras con la elegancia de un fantasma. Al llegar al servidor central, conectó su dispositivo. Los datos empezaron a fluir: rutas de envío, contratos de tierras, transacciones bancarias... Pero entonces, algo llamó su atención. Un archivo etiquetado como "Proyecto Madriguera".
Al abrir una vista previa, Nick sintió que la sangre se le congelaba. No eran solo secretos comerciales. Eran registros de cómo la familia Hopps había estado financiando secretamente a la misma organización criminal para la que Nick trabajaba. Era un círculo vicioso. Su propia organización y los Hopps eran socios en las sombras, alimentando un conflicto falso para mantener el control de los precios en el mercado negro.
—No puede ser... —murmuró Nick—. Nos han estado usando a todos.
—¿Nick?
Él dio un salto, desconectando el dispositivo justo a tiempo. Judy estaba en la entrada de la sala de servidores. Su rostro estaba pálido y sus manos temblaban.
—¿Qué estás haciendo aquí, Nick? —preguntó ella, su voz apenas un hilo—. Mi padre dijo que habías ido a revisar las salidas de emergencia, pero... te seguí.
Nick guardó el dispositivo en su chaqueta, sintiéndose como el ser más vil del planeta.
—Judy, no es lo que parece.
—¡No me mientas más! —exclamó ella, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. Vi el dispositivo. Vi cómo te movías. Eres un espía. ¿Para quién trabajas? ¿Para los lobos? ¿Para la mafia del Distrito Forestal?
Nick se acercó a ella, pero ella retrocedió, chocando contra la puerta.
—Escúchame, zanahorias. Sí, vine aquí con una misión. Me enviaron para destruirlos. Pero lo que acabo de encontrar... Judy, tu familia no es lo que crees. Pero mi organización tampoco. Todos son parte de lo mismo.
—¡Mientes! —Judy apretó los puños—. Mi padre es un hombre duro, pero nunca... él nunca haría algo ilegal. Él protege a esta ciudad.
—Tu padre protege su bolsillo, Judy. Y mi gente protege el suyo. Tú y yo somos solo peones en su juego.
Judy lo miró con una mezcla de odio y una tristeza desgarradora.
—Y yo que pensé... por un momento pensé que realmente te importaba. Que cuando me mirabas, veías a Judy, no a una Hopps.
—¡Te veo a ti! —rugió Nick, dando un paso adelante y tomándola por los hombros. Ella trató de soltarse, pero él la mantuvo firme, no con fuerza, sino con una urgencia desesperada—. Por eso sigo aquí. Si solo quisiera los datos, ya me habría ido. Pero no puedo dejarte en este nido de víboras, Judy. No ahora que sé que tu propia familia te está usando como escudo humano para sus crímenes.
Judy se detuvo, su respiración agitada golpeando el pecho de Nick. Sus ojos amatistas buscaron la verdad en los verdes de él. Lo que encontró no fue la astucia del zorro, sino el miedo de un hombre que acababa de descubrir que el mundo que conocía era una mentira.
—¿Qué quieres decir con escudo humano? —preguntó ella en un susurro.
—La organización para la que trabajo... tienen planeado un "incidente" para esta noche —confesó Nick, sintiendo que cada palabra era un clavo en su propia tumba—. Un ataque falso para justificar que tu padre aumente la seguridad militarizada en las granjas. Se supone que yo debía "rescatarte" para ganar su confianza absoluta y entrar en la caja fuerte principal. Pero el ataque no es tan falso como me dijeron. Van a usar explosivos reales, Judy. No les importa si sales herida, siempre y cuando el resultado político sea el mismo.
Judy se quedó sin aliento. El horror se reflejó en su rostro.
—¿Mi padre sabe esto?
—No lo sé —admitió Nick—. Pero no podemos quedarnos a averiguarlo. Tenemos que salir de aquí. Ahora.
En ese momento, un estruendo sordo sacudió el edificio. Las luces parpadearon y la alarma de incendios empezó a chillar. El pánico se apoderó del piso inferior; Nick podía oír los gritos de los invitados y el caos de los animales corriendo hacia las salidas.
—Ya empezó —dijo Nick, sacando una pequeña pistola de pulso de su tobillo—. Quédate detrás de mí, zanahorias.
—Nick... —Judy lo tomó de la manga, deteniéndolo un segundo—. Si salimos de aquí, si te ayudo... ya no habrá vuelta atrás. Serás un traidor para los tuyos, y yo seré una paria para los míos.
Nick la miró y, por primera vez en toda la noche, sonrió de verdad. Una sonrisa triste, pero llena de una determinación que no conocía fronteras.
—Nunca me gustaron mucho mis "suyos", de todos modos. Y tú... tú eres mucho más que un apellido, Judy Hopps. Es hora de que el mundo lo sepa.
—Entonces vamos —dijo ella, enderezando la espalda y recuperando esa chispa de valentía que Nick tanto admiraba—. Pero que conste que sigo muy enfadada contigo por lo de "zanahorias".
—Me lo recordará mientras corremos por nuestras vidas, señorita —respondió Nick.
Abrieron la puerta y salieron al pasillo lleno de humo. El mes de plazo de Nick apenas comenzaba, pero la misión original había muerto. Ahora, solo quedaba una nueva: sobrevivir al destino que ambos acababan de desafiar.
Mientras bajaban por las escaleras de servicio, Nick sintió que Judy le tomaba la mano. No fue un contacto accidental, sino un anclaje. En medio del caos, de las traiciones y de los secretos descubiertos, el zorro y la coneja se abrieron paso hacia la incierta libertad de la noche de Zootopia, dejando atrás el mausoleo de mármol para enfrentarse, juntos, a las sombras que ellos mismos habían decidido iluminar.