Tu guardaespaldas
Cenizas de Lealtad
El humo en el pasillo del teatro era denso y sabía a ozono y alfombra quemada. El estruendo de la primera explosión seguía zumbando en los oídos de Nick, pero su instinto, forjado en los peores callejones de Distrito Forestal, había tomado el control absoluto. Su mano apretaba la de Judy con una firmeza que buscaba transmitirle una seguridad que él mismo no sentía.
—No te sueltes, Judy —ordenó Nick, su voz cortando el caos ambiental—. Mantén la cabeza baja y respira a través de la tela de tu vestido si el humo se vuelve demasiado espeso.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella, su voz temblorosa pero decidida mientras sorteaban un pedazo de moldura que había caído del techo—. Las salidas principales estarán bloqueadas por la multitud o por tus... "compañeros".
—Exactamente —respondió Nick, deteniéndose en una esquina para observar el rellano de la escalera—. Ir por la puerta principal es entregarte en bandeja de plata. Vamos hacia el muelle de carga. Hay una salida de emergencia que da directamente al callejón trasero. Mi coche está a dos manzanas de allí.
Bajaron los escalones de tres en tres. El vestido de seda amatista de Judy, antes un símbolo de elegancia y estatus, ahora era un estorbo que ella misma desgarró por un costado para poder moverse con mayor agilidad. Nick no pudo evitar una chispa de admiración al verla; la coneja melancólica del invernadero estaba siendo reemplazada por una criatura de pura voluntad.
Al llegar a la planta baja, el calor aumentó. A través de las puertas batientes que daban al gran salón, Nick pudo ver el resplandor de las llamas. El pánico era total. Los guardias de seguridad de los Hopps, con sus uniformes impecables ahora cubiertos de hollín, intentaban organizar una evacuación que parecía más una estampida.
—¡Allí está! —gritó una voz profunda y rasposa.
Nick se tensó. Giró la cabeza y vio a tres lobos emergiendo de entre las sombras del pasillo técnico. No eran guardias de la mansión. Llevaban equipo táctico ligero y máscaras de filtrado. Eran de la Organización. Eran sus "hermanos de armas".
—Wilde, ¿qué demonios haces? —preguntó el lobo que iba a la cabeza, un tal Fang, cuya mirada gélida se fijó en la mano de Nick unida a la de Judy—. El plan era que la llevaras al punto de extracción sur después de la detonación. Te estás desviando de la ruta.
Nick dio un paso al frente, colocando a Judy parcialmente detrás de él. Su mano libre se deslizó hacia la pistola de pulso que llevaba oculta.
—El plan ha cambiado, Fang —dijo Nick con una calma que ocultaba el rugido de su corazón—. Ha habido demasiadas mentiras en este contrato. No voy a entregarla para que la usen como moneda de cambio en una guerra que ustedes mismos financiaron con su padre.
Fang soltó una carcajada seca que sonó como huesos chocando.
—Vaya, vaya. El zorro cínico ha desarrollado conciencia. O peor aún, se ha enamorado de la presa. Es una lástima, Wilde. Eras el mejor infiltrado que teníamos. Pero nadie es indispensable.
El lobo levantó su arma, pero Nick fue más rápido. El disparo de pulso eléctrico impactó en el pecho de Fang, derribándolo instantáneamente en medio de una lluvia de chispas azules. Los otros dos lobos no tardaron en reaccionar, pero Judy, en un movimiento que Nick no vio venir, lanzó un pesado extintor que colgaba de la pared hacia los pies de los atacantes.
—¡Ahora, Nick! —gritó ella.
Nick disparó al extintor. La nube de polvo químico blanco estalló, cegando momentáneamente a los perseguidores. Sin perder un segundo, Nick rodeó la cintura de Judy con un brazo y la impulsó hacia la puerta de carga.
Salieron al aire gélido de la noche del Distrito Forestal. El contraste entre el infierno del teatro y la oscuridad del callejón les hizo jadear. La lluvia, que antes era una melodía melancólica en los cristales de la mansión, ahora era un azote frío que les empapaba el pelaje.
—Corre, zanahorias —susurró Nick, sin soltarla.
Corrieron por el laberinto de callejones, esquivando contenedores de basura y charcos de agua aceitosa. Nick sentía la adrenalina quemando sus venas. Había cruzado la línea. Ya no había vuelta atrás hacia su antigua vida de estafas y espionaje corporativo. Había traicionado a la organización más peligrosa de Zootopia por una coneja que apenas conocía hacía un mes. Y lo más aterrador era que no se arrepentía.
Llegaron al vehículo de Nick, un deportivo discreto pero con el motor modificado, escondido bajo una lona en un aparcamiento privado. Nick desactivó los sistemas de seguridad y prácticamente lanzó a Judy al asiento del copiloto antes de saltar al volante.
El motor rugió, un sonido potente que rompió el silencio de la noche, y salieron disparados hacia la avenida principal justo cuando las sirenas de los bomberos y la policía empezaban a inundar la zona.
Durante los primeros diez minutos, ninguno de los dos habló. El único sonido era el de los limpiaparabrisas rascando el cristal y el latido desbocado de sus pechos. Nick conducía con precisión quirúrgica, evitando las cámaras de tráfico y tomando rutas secundarias hacia las afueras de la ciudad.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó finalmente Judy. Su voz era pequeña, despojada de la adrenalina del escape. Estaba sentada encogida, abrazando sus rodillas, con el vestido amatista arruinado y el pelaje apelmazado por la lluvia.
Nick no apartó la vista de la carretera. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el volante.
—¿Hacer qué? ¿Salvarte de una explosión o arruinar mi carrera como el espía más guapo de la ciudad?
—No bromees ahora, Nick. Por favor —le suplicó ella, y él pudo ver por el rabillo del ojo que estaba temblando—. Me has mentido desde el primer segundo. Entraste en mi casa, en mi vida, con el único propósito de destruir a mi familia. Y de repente, decides que vas a ser mi héroe. No lo entiendo.
Nick soltó un suspiro largo y amargo. Redujo la velocidad al entrar en una zona boscosa menos transitada.
—No soy un héroe, Judy. Nunca lo he sido. Soy un superviviente. Y durante mucho tiempo, sobrevivir significaba no sentir nada por nadie. Tu familia... los Hopps son responsables de muchas cosas malas, es verdad. Pero cuando te vi en ese invernadero, leyendo ese libro viejo y mirando el mundo como si fuera una jaula de oro... vi algo de mí mismo en ti.
—¿Un zorro criminal y una heredera solitaria? —dijo ella con una mueca de incredulidad.
—Dos animales que no eligieron sus nombres, sino que fueron marcados por ellos —corrigió Nick, suavizando la voz—. Mi organización me dijo que eras una niña mimada. Pero eres la criatura más auténtica que he conocido en este nido de ratas llamado Zootopia. No podía dejar que te apagaran. No después de que tú... bueno, de que tú me hicieras recordar que todavía tenía algo parecido a un corazón.
Judy guardó silencio, procesando sus palabras. El coche se detuvo en un mirador apartado, desde donde se divisaban las luces lejanas de la ciudad, brillando bajo la lluvia como diamantes sobre terciopelo negro.
—Mi padre me buscará —dijo ella al cabo de un rato—. Y tu organización te buscará a ti. No tenemos a dónde ir, Nick.
—Lo sé —respondió él, apagando el motor—. Pero tengo los datos. Los que descargué en el teatro. No son solo pruebas contra tu padre, son pruebas contra el sindicato. Si logramos hacer llegar esto a las manos adecuadas... a alguien que no pueda ser comprado... podríamos limpiar el tablero.
—¿A quién? —preguntó Judy—. Mi padre tiene a la mitad del ayuntamiento en nómina.
—Hay un oficial en el ZPD —comentó Nick, recordando algunos informes—. Un búfalo llamado Bogo. Dicen que es tan terco como un muro de piedra y que odia la corrupción tanto como yo odio los trajes mal cortados. Si llegamos a él, quizás tengamos una oportunidad.
Judy se giró en el asiento para mirarlo de frente. La luz del tablero de instrumentos iluminaba sus ojos amatistas, que ahora no mostraban melancolía, sino una chispa de fuego nuevo.
—¿Por qué confías en mí ahora? —preguntó ella—. Podría quitarte el dispositivo y volver con mi padre. Podría decir que me secuestraste y que me rescataste, y él me creería. Volvería a mi jaula de oro y tú... tú estarías muerto.
Nick se inclinó hacia ella, rompiendo esa barrera de tres pasos que se había impuesto desde el primer día. El aroma a lavanda de ella estaba mezclado con el olor a humo, pero para él, seguía siendo lo único real en ese momento.
—Porque sé que no lo harás —susurró Nick, extendiendo una pata para acariciar suavemente la mejilla húmeda de la coneja—. Porque tú también quieres ser libre, zanahorias. Y porque, aunque me odies por haberte mentido, sabes que soy el único que te ve de verdad.
Judy cerró los ojos ante el contacto, dejando que una lágrima escapara. No se alejó. Al contrario, se inclinó hacia su mano, buscando ese calor que la mansión nunca le había dado.
—Te odio por ser tan arrogante —murmuró ella, con una sonrisa débil asomando en sus labios—. Y te odio por tener razón.
—Es un comienzo —dijo Nick con una pequeña risa.
El silencio volvió a reinar, pero esta vez no era pesado ni incómodo. Era el silencio de dos fugitivos que acababan de quemar sus puentes y se encontraban en una isla desierta, el uno con el otro.
—Nick —dijo ella de repente, abriendo los ojos—. ¿Qué pasará cuando este mes termine? Nuestra "misión" de treinta días... ¿qué queda después?
Nick miró hacia el horizonte, donde las luces de Zootopia parecían más pequeñas y menos amenazantes.
—Después de esto, el tiempo ya no se mide en meses, Judy. Se mide en kilómetros. En cuánta distancia podemos poner entre nosotros y el pasado. Pero te prometo una cosa: no volverás a estar sola. A menos que tú lo decidas.
Judy tomó la mano de Nick entre las suyas. Sus pequeñas patas eran cálidas y suaves, un contraste absoluto con las garras ocultas de él.
—No quiero estar sola —confesó ella—. He pasado veintitrés años rodeada de gente y sintiéndome invisible. Contigo... aunque sea en un coche robado y huyendo de asesinos... siento que finalmente he empezado a vivir.
Nick sintió un nudo en la garganta. Sabía que el camino por delante sería sangriento y difícil. La organización no perdonaba las traiciones, y Stu Hopps no dejaría que su "trofeo" se escapara sin luchar. Pero mientras miraba a Judy, a la pequeña coneja que había resultado ser una gigante en espíritu, supo que valía la pena.
—Entonces, ¿cuál es el plan, señor guardaespaldas? —preguntó Judy, tratando de recuperar algo de su dignidad a pesar del estado de su vestido.
Nick puso en marcha el motor de nuevo. El rugido del coche fue su respuesta.
—El plan es el siguiente: vamos a entrar en la ciudad por el Distrito de las Celdas de Bioma, evitaremos los controles principales y buscaremos un lugar seguro para pasar la noche. Mañana, descifraremos el resto de los archivos del "Proyecto Madriguera" y prepararemos nuestra jugada.
—¿Y si nos atrapan antes?
Nick la miró de reojo, su característica sonrisa de medio lado volviendo a su rostro por primera vez con total honestidad.
—Si nos atrapan, zanahorias, te aseguro que será después de darles la pelea de sus vidas. Pero recuerda lo que te dije: soy un zorro. El atrevimiento viene en mi ADN.
Judy asintió, ajustándose el cinturón de seguridad.
—Y yo soy una coneja de las granjas —dijo ella con una determinación feroz—. No tienes idea de lo persistentes que podemos llegar a ser cuando algo nos importa.
El coche salió del mirador, perdiéndose en la neblina de la carretera. Atrás quedaba la mansión de mármol, las mentiras de una familia poderosa y la sombra de una organización criminal. Delante de ellos, se extendía la vasta y peligrosa Zootopia, una ciudad que ahora no era su hogar, sino su campo de batalla.
Nick Wilde, el depredador que se había convertido en protector, y Judy Hopps, la presa que había descubierto sus propias garras, se adentraron en la noche. El destino, ese que Nick pensó que no podía manejar, acababa de unir sus caminos de una forma que ningún contrato o misión podría haber previsto.
La verdadera tormenta no había hecho más que empezar, pero por primera vez en sus vidas, ninguno de los dos tenía miedo de mojarse. Porque en medio de la traición y el humo, habían encontrado algo mucho más valioso que los secretos de los Hopps: se habían encontrado a sí mismos en los ojos del otro.
—Nick —dijo ella mientras cruzaban el puente hacia el Distrito de Sahara Square—. Gracias.
—No me agradezcas todavía, zanahorias —respondió él, acelerando—. Todavía tenemos que ganar esta guerra.
—La ganaremos —afirmó ella, cerrando los ojos por un momento y apoyando la cabeza en el asiento—. Porque ahora tengo un motivo para luchar.
Nick la observó un segundo antes de volver a concentrarse en la carretera. El zorro y la coneja, una alianza imposible en un mundo de reglas estrictas, acababan de escribir la primera página de su propia historia. Una historia que no hablaba de dinero o estatus, sino de libertad, de valor y de ese sentimiento peligroso que Nick había jurado evitar, pero que ahora abrazaba con cada fibra de su ser.
La misión había muerto. El hombre que la ejecutaba también. Lo que quedaba era Nick, lo que quedaba era Judy, y un futuro que, por muy oscuro que pareciera, ahora les pertenecía solo a ellos.