Volver al resumen

Tu guardaespaldas

El Eco de las Cenizas

La noche en Zootopia nunca había sido tan oscura. El deportivo de Nick se deslizaba por las arterias secundarias de Sahara Square, sorteando las dunas artificiales y las palmeras de neón que parpadeaban bajo la lluvia incesante. El silencio dentro del habitáculo era denso, interrumpido únicamente por el zumbido del motor y el goteo constante del agua que caía del pelaje de ambos.

Nick mantenía la vista fija en el retrovisor, buscando cualquier destello de luces rojas y azules o, peor aún, los faros negros de las camionetas blindadas del sindicato. Sus manos, habitualmente firmes y seguras, apretaban el volante con una tensión que hacía que sus garras marcaran el cuero.

—Tenemos que cambiar de coche —dijo Nick, rompiendo finalmente el silencio—. Este modelo es demasiado reconocible. En cuanto Stu Hopps dé la voz de alarma, todas las cámaras de la ciudad buscarán este chasis.

Judy, que había estado mirando por la ventana con la mirada perdida, se enderezó. Su vestido amatista estaba ahora manchado de grasa y hollín, y su oreja derecha tenía un pequeño corte que apenas empezaba a cicatrizar.

—Mi padre no llamará a la policía de inmediato —comentó ella con una voz que sonaba extrañamente gélida—. No puede permitirse que el ZPD husmee en el teatro antes de que sus propios equipos de limpieza eliminen las pruebas del "Proyecto Madriguera". Si lo hace, se arriesga a que alguien como Bogo encuentre lo que tú encontraste.

Nick la miró de reojo, sorprendido por la lucidez analítica de la coneja.

—Conoces bien cómo juega él —observó Nick.

—He vivido en esa casa veintitrés años, Nick —respondió ella, y por primera vez, la melancolía en sus ojos fue reemplazada por una determinación feroz—. He visto a mi padre "solucionar" problemas desde que tengo memoria. Él no busca justicia, busca control. Y ahora mismo, yo soy el cabo suelto más grande de su carrera.

Nick giró bruscamente hacia un callejón lateral, deteniéndose detrás de una fila de contenedores de basura industriales. Apagó las luces pero dejó el motor en marcha.

—Escúchame, zanahorias —dijo él, girándose hacia ella—. El archivo que descargué... no es solo una lista de negocios. Es un seguro de vida. Pero solo funcionará si logramos desencriptar la segunda fase. Hay una clave biométrica que no pude clonar en el teatro.

Judy asintió, llevando una mano a su cuello, donde colgaba una pequeña medalla de plata que Nick no había notado antes.

—Es el colgante de mi madre —susurró ella, abriéndolo para revelar un microchip integrado—. Mi padre siempre decía que era una reliquia familiar, pero una noche lo escuché discutir con su abogado. Este chip es la mitad de la clave. La otra mitad... la tiene él en su anillo de sello.

Nick dejó escapar un silbido bajo.

—Vaya, los Hopps realmente saben cómo guardar secretos. Entonces, la única forma de exponerlos es reunir ambas partes. Pero eso significa volver a acercarse a él.

—No —dijo Judy, clavando sus ojos amatistas en los verdes de Nick—. Significa que tenemos que ser más listos que él. Nick, tú conoces los bajos fondos. Sabes cómo se mueve el dinero sucio. Yo conozco los horarios de mi padre, sus debilidades y sus rutas seguras. Si trabajamos juntos...

—Si trabajamos juntos, probablemente terminemos en el fondo de los muelles de Canal District —interrumpió Nick con una sonrisa amarga—. Judy, no tienes idea de lo que es esa gente. Mi organización no se limita a despedir a los empleados que fallan. Borran existencias.

Judy extendió su pata y la puso sobre la mano de Nick. El contacto, aunque breve, fue suficiente para que el zorro relajara los hombros.

—Ya me borraron una vez, Nick —dijo ella suavemente—. Me borraron cuando me encerraron en esa mansión y me dijeron que mi único propósito era ser una heredera perfecta. Prefiero morir siendo una fugitiva que vivir siendo un fantasma.

Nick suspiró, derrotado por la lógica y el valor de la pequeña coneja.

—Está bien, zanahorias. Tú ganas. Pero primero, necesitamos ropa nueva, un refugio y curar esa oreja. Sé de un lugar en el Distrito Forestal, una vieja oficina de correos abandonada que el sindicato olvidó hace años. Es arriesgado, pero es lo último que esperarán.

Nick volvió a poner el coche en marcha y salieron del callejón con cautela. Mientras cruzaban hacia la zona más frondosa de la ciudad, Judy se permitió descansar la cabeza contra el asiento. El cansancio empezaba a pasarle factura.

—Nick —murmuró ella con los ojos entrecerrados—, ¿por qué no me dejaste en el teatro? Habría sido más fácil para ti cumplir tu misión original. Podrías haber dicho que morí en la explosión y entregado los datos.

Nick apretó los dientes. El reflejo de las luces de la ciudad pasaba rítmicamente sobre su rostro.

—Porque ya estaba harto de las sombras, Judy —respondió él, casi en un susurro—. Durante diez años, he sido un zorro que no dejaba huellas. Pero cuando te conocí... cuando vi cómo pintabas en ese jardín, sola, sin que nadie te viera... me di cuenta de que yo también estaba solo. Y que, por primera vez, no quería estarlo.

Judy no respondió, pero Nick vio cómo una pequeña lágrima se deslizaba por su mejilla antes de que se quedara profundamente dormida.

Llegaron al Distrito Forestal cuando la niebla empezaba a subir desde el suelo, envolviendo los árboles gigantescos en un manto blanco. El refugio era un edificio de ladrillo cubierto de hiedra, oculto tras una densa vegetación. Nick cargó a Judy en brazos, sorprendiéndose de lo ligera que era, y la llevó al interior.

El lugar era austero: una mesa de madera, un par de sillas y un catre viejo en un rincón. Nick la depositó con cuidado y encendió una pequeña lámpara de queroseno. Luego, sacó su ordenador portátil y el dispositivo de descarga.

Pasaron las horas. Nick trabajaba frenéticamente, sus dedos volando sobre el teclado mientras intentaba romper los cortafuegos de la organización. Cada vez que encontraba un obstáculo, miraba a Judy, que dormía inquieta, y encontraba la fuerza para seguir.

A mitad de la madrugada, Judy se despertó de golpe, sobresaltada por una pesadilla.

—¡Papá, no! —gritó, incorporándose con la respiración agitada.

Nick estuvo a su lado en un segundo.

—Tranquila, zanahorias. Estás a salvo. Solo somos tú, yo y un montón de polvo acumulado.

Judy se tapó la cara con las manos, intentando controlar el temblor de su cuerpo. Nick se sentó en el suelo, junto al catre, dándole el espacio que necesitaba pero permaneciendo lo suficientemente cerca para que sintiera su presencia.

—Soñé con el invernadero —dijo ella finalmente, bajando las manos—. Pero no había flores. Solo había papeles quemados y la voz de mi padre diciendo que yo era una inversión fallida.

—Él no te merece, Judy —dijo Nick con una seriedad que rara vez mostraba—. Ninguno de ellos te merece.

—Tú tampoco deberías estar aquí, Nick —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Estás arriesgando todo por una coneja que apenas conoces. Ni siquiera sabes si soy "amable y dulce" como dicen los informes de seguridad. Tal vez soy una persona horrible bajo este vestido roto.

Nick soltó una carcajada suave, una que iluminó la habitación más que la lámpara.

—Zanahorias, he pasado un mes observándote. Sé que odias el té Earl Grey aunque lo bebas por cortesía. Sé que hablas con las plantas cuando crees que nadie te escucha. Y sé que tienes más agallas que todos los matones con los que he trabajado juntos. No eres una inversión, Judy. Eres... la razón por la que quiero dejar de ser un criminal.

Judy se deslizó del catre y se sentó en el suelo frente a él. La distancia entre ellos desapareció. El aire en la pequeña oficina de correos se volvió eléctrico, cargado de una tensión que nada tenía que ver con la persecución exterior.

—¿Lo dices en serio? —preguntó ella, su voz apenas un susurro.

—Nunca he hablado más en serio en mi vida —respondió Nick—. He pasado treinta y tres años huyendo de algo. Ahora, por primera vez, siento que estoy corriendo hacia algo. O hacia alguien.

Judy acortó el espacio final, rodeando el cuello de Nick con sus brazos y apoyando su frente contra la de él. Nick cerró los ojos, aspirando el aroma a lavanda y lluvia que emanaba de ella. En ese momento, las jerarquías de Zootopia no existían. No había depredadores ni presas, ni herederas ni espías. Solo dos almas que habían encontrado un refugio mutuo en medio de la tormenta.

—Prométeme que no me dejarás —dijo Judy contra su pelaje—. Pase lo que pase mañana cuando vayamos tras mi padre.

—Te lo prometo, zanahorias —respondió Nick, abrazándola con fuerza—. Ni el sindicato, ni los Hopps, ni toda la policía de la ciudad podrán apartarme de tu lado. Somos un equipo ahora.

Se quedaron así durante un largo rato, encontrando consuelo en el latido del corazón del otro. Pero la realidad volvió a llamar a la puerta cuando el ordenador de Nick emitió un pitido agudo.

—He entrado —dijo Nick, separándose con renuencia para mirar la pantalla—. Judy, mira esto.

En la pantalla aparecieron mapas de las granjas del sur, pero no eran cultivos ordinarios. Había planos de laboratorios subterráneos y registros de un compuesto químico llamado "Aulladores".

—¿Aulladores? —preguntó Judy, frunciendo el ceño—. Mi padre dijo que las granjas del sur estaban destinadas a la exportación de hortalizas orgánicas.

—Esto no es orgánico, Judy —dijo Nick, su voz volviéndose sombría—. Es un suero. Según estos registros, tu padre y mi organización han estado desarrollando una toxina diseñada para revertir el comportamiento de los depredadores. Quieren crear incidentes de "salvajismo" artificial para justificar una ley de segregación total.

Judy sintió que el mundo daba vueltas. El horror de la revelación era casi insoportable.

—¿Segregación? ¿Por qué querría alguien algo así?

—Control —respondió Nick con amargura—. Si los herbívoros tienen miedo, buscarán a un líder que los proteja. Tu padre se posicionaría como el salvador de Zootopia, mientras el sindicato se encarga de gestionar la seguridad privada y el mercado negro que surgiría del aislamiento. Es un plan perfecto. Y tú... tú ibas a ser la cara amable de ese nuevo orden. La heredera que "sobrevivió" a un ataque de depredadores salvajes.

Judy se puso de pie, sus patas temblando de rabia pura.

—No se lo permitiré. No dejaré que destruyan esta ciudad por su codicia.

—Entonces tenemos que movernos —dijo Nick, cerrando el portátil—. Si tenemos esta información, ellos ya saben que la tenemos. El sistema habrá enviado una alerta en cuanto rompí el último cortafuegos. Tenemos máximo una hora antes de que este lugar esté rodeado.

—¿A dónde vamos? —preguntó Judy, ajustándose los restos de su vestido y preparándose para la lucha.

Nick la miró con una chispa de orgullo en los ojos.

—Al único lugar donde mi padre y el tuyo no pueden tocarnos sin causar un escándalo internacional. Vamos al Ayuntamiento. Vamos a entregar esto en directo, en medio de la rueda de prensa que tu padre ha convocado para hablar sobre el "atentado" del teatro.

—Es un suicidio —dijo Judy, pero una sonrisa desafiante apareció en sus labios.

—Es una locura —corrigió Nick, ofreciéndole su pata—. Pero como dije, soy un zorro atrevido. ¿Vienes conmigo, zanahorias?

Judy tomó su mano con firmeza, entrelazando sus dedos con los de él.

—Hasta el final, Nick.

Salieron de la oficina de correos justo cuando las primeras luces del alba empezaban a teñir el cielo de un rojo sangre. El aire del Distrito Forestal era fresco, y por primera vez en años, Judy sintió que podía respirar de verdad. No sabía si sobrevivirían al día, ni si Zootopia volvería a ser la misma, pero sabía una cosa con absoluta certeza: ya no era la prisionera de los Hopps. Era la compañera de Nick Wilde.

Mientras subían al coche, Nick la miró una última vez antes de arrancar.

—Oye, Judy —dijo él—. Si salimos de esta... te debo una cena. En un lugar donde no haya cámaras, ni guardaespaldas, ni secretos.

—Acepto —respondió ella—. Pero yo elijo el postre.

—Hecho.

El deportivo rugió y salió disparado hacia el corazón de la ciudad. La batalla final por el alma de Zootopia estaba a punto de comenzar, y en el centro de todo, un zorro y una coneja se preparaban para derribar un imperio construido sobre mentiras. El destino los había unido por las razones equivocadas, pero ellos habían decidido quedarse juntos por todas las razones correctas.

A lo lejos, las torres del Ayuntamiento se alzaban como gigantes de cristal. Bajo su sombra, la verdad esperaba ser liberada, y Nick y Judy eran la única llave que quedaba en la cerradura. La melancolía había muerto; ahora, solo quedaba la esperanza, y era lo más peligroso que ninguno de los dos había sentido jamás.