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Mareas de Fuego y Sal

La noche dominicana no daba tregua. El aire, cargado de una electricidad estática que parecía hacer vibrar las paredes de la villa, envolvía a Sandra y Pascalle en un abrazo asfixiante y delicioso a la vez. El eco del mar, rompiendo con fuerza contra los arrecifes, era el único testigo de la batalla de piel y deseo que se libraba sobre las sábanas de lino, ahora arrugadas y empapadas de sudor.

Sandra estaba tendida de espaldas, con el pecho subiendo y bajando en jadeos erráticos. Su cabello rubio se pegaba a su frente y a su cuello, y sus ojos, generalmente firmes y analíticos tras las cámaras, estaban nublados por una lascivia que la transformaba por completo.

—No sé cuánto más puede aguantar mi corazón, Pascalle —susurró Sandra, con la voz quebrada por el cansancio y el placer—. Me tienes vacía, me tienes entregada.

Pascalle, que estaba arrodillada entre las piernas de la presentadora, se lamió los labios con una lentitud que hizo que Sandra soltara un gemido involuntario. La bailarina tenía esa mirada felina, esa chispa de quien sabe que tiene el control absoluto del ritmo y la melodía del cuerpo ajeno.

—Todavía no te he dado todo lo que tengo guardado para ti, Sandra —respondió Pascalle, su acento francés dándole un matiz aterciopelado a cada palabra—. Una bailarina nunca termina su coreografía antes del gran final. Y tú... tú eres el mejor escenario que he tenido nunca.

Pascalle se deslizó hacia arriba, pero en lugar de besarla, se posicionó de una forma que dejó a Sandra sin aliento. Se colocó a horcajadas sobre el rostro de la presentadora, obligándola a mirar la perfección de su anatomía desde una perspectiva de absoluta sumisión.

—Cabalga sobre mí, Pascalle —suplicó Sandra, sus manos subiendo instintivamente para aferrarse a los muslos firmes de la bailarina—. Haz lo que quieras, pero no te detengas.

—Quiero que me sientas, Sandra. Quiero que me saborees hasta que no quede nada de mí que no hayas explorado —dijo Pascalle, bajando lentamente sus caderas hasta que su intimidad rozó los labios de Sandra.

Sandra no necesitó más órdenes. Abrió la boca para recibirla, usando su lengua con una maestría que hizo que Pascalle soltara un grito agudo que se perdió en el techo de la villa. La presentadora la devoraba con una urgencia casi desesperada, mientras Pascalle empezaba a moverse, cabalgando sobre su rostro con un ritmo frenético y circular.

—¡Oh, mon Dieu! —exclamó Pascalle, echando la cabeza hacia atrás, sus manos buscando apoyo en el cabecero de la cama—. ¡Sí, Sandra! ¡Justo ahí! ¡No pares, por favor!

El sonido de la succión, de la piel chocando contra la piel y de los gemidos guturales de Sandra llenó la estancia. Pascalle se movía con una agilidad asombrosa, bajando y subiendo, presionando su clítoris contra la lengua experta de la presentadora. Era una danza de poder y entrega donde los roles se desdibujaban en el calor del Caribe.

—¡Eres... eres increíble! —jadeó Pascalle, sintiendo cómo una presión insoportable empezaba a acumularse en su vientre—. ¡Sandra, me vas a romper! ¡Sigue, sigue!

Sandra, con las manos apretando los glúteos de Pascalle para mantenerla en su sitio, aumentó la intensidad. Podía sentir cómo el cuerpo de la bailarina empezaba a temblar, cómo sus músculos se tensaban hasta el límite. El aroma de Pascalle, intensificado por el calor y la excitación, la embriagaba, empujándola a ser más agresiva, más voraz.

—¡Me voy a venir! —gritó Pascalle, su voz rompiéndose en un tono que Sandra nunca le había oído—. ¡Sandra, voy a estallar! ¡Prepárate!

De repente, el cuerpo de Pascalle se arqueó de forma violenta. Sandra sintió una oleada repentina, un torrente de calor que la empapó por completo. El líquido cálido y dulce brotó de Pascalle con una fuerza que la dejó sin aliento, inundando su boca y mojando su rostro, sus hombros y las sábanas bajo su cabeza.

—¡Ah! —el grito de Pascalle fue eterno, un sonido de liberación pura que pareció detener el tiempo.

Sandra no se apartó. Al contrario, bebió de ella, disfrutando de la entrega total de la mujer que amaba. Los espasmos de Pascalle continuaron durante varios segundos, chorros intermitentes que seguían bañando a la presentadora mientras esta continuaba lamiéndola con ternura, saboreando el final de la tormenta.

Finalmente, Pascalle se desplomó hacia adelante, apoyando sus manos a los lados de la cabeza de Sandra, con el pecho jadeante y los ojos en blanco. El sudor goteaba desde su barbilla sobre el pecho de Sandra, mezclándose con los fluidos de su propio clímax.

—Has... has hecho que me desborde, Sandra —susurró Pascalle, su voz apenas un hilo de aire—. Nunca... nunca me había pasado con tanta fuerza.

Sandra, con el rostro todavía brillante y húmedo, sonrió con una satisfacción que le nacía del alma. Se lamió los labios, saboreando a Pascalle una última vez antes de hablar.

—Te dije que me tenías entregada —dijo Sandra, su voz ronca y cargada de emoción—. Pero verte así, rompiéndote en mis manos... es la imagen más poderosa que he visto en mi vida. Ni todas las cámaras del mundo podrían captar lo que acaba de pasar aquí.

Pascalle se dejó caer a su lado, buscando el calor del cuerpo de Sandra. Ambas estaban empapadas, el colchón era un mapa de su pasión, pero ninguna de las dos sentía la necesidad de moverse.

—Me has dejado vacía, Sandra Barneda —rio Pascalle suavemente, girándose para mirarla—. Literalmente.

—Es lo mínimo que te mereces por volverme loca cada vez que caminas —respondió Sandra, rodeándola con un brazo—. República Dominicana nos ha sentado demasiado bien, ¿no crees?

—Nos ha sentado como el fuego a la mecha —dijo Pascalle, apoyando la cabeza en el hombro de Sandra—. Pero no creas que esto ha terminado. Mañana, cuando el sol vuelva a salir, voy a encontrar la manera de devolverte cada una de estas sensaciones.

Sandra cerró los ojos, sintiendo el latido del corazón de Pascalle contra su costado. El calor seguía allí, el mar seguía rugiendo, y la humedad del Caribe envolvía su descanso.

—No espero menos de ti, mi bailarina —susurró Sandra antes de que el sueño, nacido de un cansancio bendito, empezara a vencerlas—. No espero menos de ti.

En la penumbra de la villa, el silencio volvió a reinar, pero el aire seguía oliendo a salitre, a deseo cumplido y a esa conexión inquebrantable que solo nace cuando dos almas se atreven a desnudarse por completo, sin guiones, sin hogueras y sin miedos, bajo el embrujo eterno del paraíso dominicano.