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Sinfonía de Agua y Helechos en la Vera

El aire de Candeleda tenía un matiz muy distinto al de la República Dominicana. Aquí, el calor no era pegajoso ni cargado de salitre, sino seco, con un aroma profundo a jara, tomillo y tierra calentada por el sol de Castilla. La casa de campo, una construcción de piedra y madera integrada perfectamente en la falda de la montaña, se alzaba como un refugio inexpugnable. No había cámaras, no había concursantes al borde del colapso, ni guiones que seguir. Solo el silencio de la Sierra de Gredos y el sonido lejano de un arroyo.

Sandra salió al porche vestida únicamente con una bata de seda negra que se abría con cada paso. El sol de la tarde empezaba a caer, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras. A unos metros, la piscina de piedra natural parecía un espejo de agua oscura, aislada del resto del mundo por una hilera de robles y helechos gigantes.

—Es el silencio lo que más me impresiona —dijo Sandra en voz alta, aunque sabía que Pascalle estaba justo detrás de ella.

Sentir las manos de la bailarina rodeando su cintura fue una respuesta inmediata. Pascalle apoyó la barbilla en el hombro de Sandra, dejando que su respiración cálida le acariciara la oreja.

—Aquí no tenemos que escondernos de nadie —susurró Pascalle—. Ni siquiera de nosotras mismas. En la isla siempre había esa tensión de "quién nos está mirando". Aquí... aquí solo nos mira la montaña.

Sandra se giró entre sus brazos. Pascalle ya estaba en bikini, o más bien, en una mínima expresión de tela que dejaba poco a la imaginación. Su cuerpo, esculpido por años de danza, brillaba bajo la luz dorada del atardecer.

—¿Te apetece un baño? —preguntó Sandra, desatando el cinturón de su bata—. El agua debe de estar perfecta.

—Solo si prometes que no vamos a nadar largos —respondió Pascalle con una sonrisa traviesa, mientras observaba cómo la seda negra caía a los pies de la presentadora, dejando al descubierto su piel pálida y elegante.

Caminaron descalzas sobre la piedra tibia hasta el borde de la piscina. Sandra fue la primera en sumergirse, soltando un suspiro cuando el agua envolvió su cuerpo. Se giró para ver a Pascalle, que la observaba desde arriba con una intensidad que hacía que el aire volviera a chisporrotear, igual que en aquellas noches en el Caribe.

—Ven aquí —ordenó Sandra, extendiendo una mano.

Pascalle se lanzó con la gracia de una sirena, emergiendo a pocos centímetros de Sandra. El agua salpicó sus rostros, y durante un momento, se quedaron simplemente flotando, mirándose a los ojos, dejando que la paz del entorno las empapara. Pero la paz, en su relación, siempre era el preludio de la tormenta.

—¿Sabes en qué estoy pensando? —preguntó Pascalle, acercándose hasta que sus pechos rozaron el pecho de Sandra bajo el agua.

—En que este lugar es demasiado tranquilo para nosotras —aventuró Sandra, rodeando el cuello de la bailarina con sus brazos.

—Exacto. Me gusta el contraste. La casa señorial, la montaña eterna... y nosotras rompiendo todo ese decoro.

Pascalle rodeó la cintura de Sandra con sus piernas, sujetándose al borde de la piscina con una mano mientras con la otra empezaba a acariciar el rostro de la presentadora. Sus dedos, húmedos y hábiles, bajaron por el cuello de Sandra hasta perderse bajo la superficie del agua.

—¡Ah! —exclamó Sandra, arqueando la espalda cuando sintió que Pascalle encontraba su centro con una precisión quirúrgica—. Estás... estás muy impaciente hoy.

—Llevamos tres horas de viaje en coche, Sandra. Tres horas viéndote conducir, viendo cómo se movían tus manos en el volante... —Pascalle mordió el lóbulo de la oreja de Sandra— ¿Tienes idea de lo que eso me hace?

—Demuéstralo —desafió Sandra, su voz volviéndose ronca—. No hay guion, Pascalle. Haz lo que quieras conmigo.

Pascalle no necesitó que se lo repitieran. Sus dedos empezaron a moverse rítmicamente bajo el agua, creando una corriente de placer que contrastaba con el frescor del baño. Sandra apoyó la cabeza en el borde de piedra, cerrando los ojos y dejando que el sonido del agua chapoteando rítmicamente contra las paredes de la piscina se convirtiera en el metrónomo de su excitación.

—Mírame, Sandra —pidió Pascalle, aumentando la velocidad—. Quiero ver tus ojos cuando te toco. Quiero ver cómo te olvidas de que eres la mujer que tiene el control.

Sandra abrió los ojos, empañados por el deseo. Ver a Pascalle allí, con el cabello mojado pegado a la cara y esa expresión de determinación absoluta, la volvía loca.

—No tengo... no tengo ningún control cuando estás cerca —admitió Sandra entre jadeos—. ¡Sigue, por favor!

Pascalle introdujo un segundo dedo, explorando la humedad de Sandra que se mezclaba con el agua clorada de la piscina. La fricción era distinta, más fluida, pero no por ello menos intensa. Sandra empezó a moverse contra la mano de la bailarina, buscando más profundidad, más presión.

—¡Oh, Dios, Pascalle! —gimió Sandra, hundiendo sus uñas en los hombros bronceados de la otra mujer—. ¡Ahí! ¡No te muevas de ahí!

—Eres tan sensible aquí fuera —susurró Pascalle, besando el hombro de Sandra mientras su mano no dejaba de trabajar—. El aire de la sierra te sienta bien. Te pone la piel de gallina.

—Es el frío... y eres tú —respondió Sandra, su respiración volviéndose errática—. ¡Me voy a venir, Pascalle! ¡Ya!

Pascalle no se detuvo, sino que usó el pulgar para presionar el clítoris de Sandra con una fuerza rítmica que la llevó directamente al abismo. Sandra soltó un grito que rebotó en las paredes de piedra de la casa, un sonido de liberación pura que se extinguió en el aire tranquilo de Candeleda. Sus músculos se tensaron bajo el agua, y durante unos segundos, lo único que existió fue el latido desbocado de su cuerpo contra la mano de Pascalle.

Cuando las ondas del orgasmo empezaron a amainar, Sandra se dejó caer sobre el hombro de Pascalle, respirando con dificultad.

—Esto es... mucho mejor que cualquier plató de televisión —consiguió decir Sandra con una sonrisa débil.

—Y esto solo acaba de empezar —dijo Pascalle, separándose un poco para mirar a Sandra con una chispa de malicia en los ojos—. He traído algo de la casa. Está ahí, en la toalla.

Sandra miró hacia el borde de la piscina. Sobre una de las toallas blancas de algodón, descansaba un objeto de silicona negra que ya conocían bien de sus noches en el Caribe, pero esta vez venía acompañado de un frasco de aceite con aroma a sándalo.

—¿En la piscina? —preguntó Sandra, arqueando una ceja.

—En las escaleras —corrigió Pascalle, saliendo del agua con una agilidad que hizo que Sandra se quedara sin aliento al ver las gotas de agua resbalar por su espalda—. El agua es estupenda, pero quiero sentirte sobre la piedra. Quiero que el sol que queda nos caliente mientras yo te hago otras cosas.

Sandra la siguió, saliendo del agua como si estuviera hipnotizada. Pascalle extendió la toalla sobre los escalones anchos de piedra que entraban en la piscina, creando una superficie acolchada pero firme. Se sentó allí, invitando a Sandra a colocarse entre sus piernas.

—Túmbate —ordenó Pascalle, tomando el frasco de aceite.

Sandra obedeció, sintiendo el contraste del aire fresco de la tarde contra su piel mojada. Pascalle vertió un poco de aceite en sus manos, frotándolas para calentarlo, y empezó a masajear los hombros de Sandra. Pero el masaje no duró mucho en la zona superior. Pronto, las manos de la bailarina bajaron por el vientre de Sandra, extendiendo el aceite con movimientos circulares que hacían que la presentadora se retorciera de anticipación.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de este sitio? —preguntó Pascalle, mientras deslizaba sus dedos impregnados en aceite por los muslos de Sandra—. Que puedo oír cada uno de tus gemidos. En la isla, el mar a veces los tapaba. Aquí... aquí eres solo tú y mi oído.

Pascalle tomó el juguete negro, lubricándolo con el aceite de sándalo. El aroma penetrante se mezcló con el olor a pino de la sierra, creando una atmósfera embriagadora.

—Abre las piernas para mí, Sandra —pidió Pascalle con voz suave pero firme.

Sandra lo hizo, sintiéndose completamente expuesta bajo el cielo que empezaba a llenarse de estrellas. Pascalle encendió el vibrador, y el zumbido sordo pareció resonar en la piedra de la piscina. Cuando lo apoyó contra Sandra, el contraste de la vibración eléctrica con la quietud del campo fue casi demasiado para ella.

—¡Aah! ¡Pascalle! —gritó Sandra, agarrándose a los bordes de la toalla—. ¡Es demasiado fuerte!

—No es demasiado —replicó Pascalle, bajando la cabeza para besar su abdomen—. Es exactamente lo que necesitas para desconectar de todo. Olvida el programa, olvida Madrid, olvida quién eres. Solo siente esto.

Pascalle empezó a jugar con las intensidades del juguete, alternando entre pulsaciones lentas y vibraciones constantes y potentes. Al mismo tiempo, usaba su otra mano para acariciar los pechos de Sandra, pellizcando sus pezones erizados por el frío y la excitación.

—¡Me vas a volver loca! —jadeaba Sandra, su cabeza moviéndose de un lado a otro sobre la toalla—. ¡Pascalle, mételo! ¡Quiero sentirlo dentro!

—Aún no —dijo Pascalle, disfrutando del tormento del placer que le estaba infligiendo—. Quiero que me lo pidas otra vez. Quiero que la Sierra de Gredos sepa cuánto me deseas.

—¡Por favor! —suplicó Sandra, elevando la pelvis en un gesto desesperado—. ¡Pascalle, te lo ruego! ¡Ahora!

Pascalle sonrió con suficiencia y, con un movimiento lento y deliberado, introdujo el juguete en Sandra. El llenado fue tan intenso que Sandra soltó un gemido largo y agudo, una nota de placer puro que pareció quedar suspendida en el aire de la tarde. Pascalle no se detuvo; empezó a mover el juguete hacia dentro y hacia fuera, combinando la vibración interna con el roce externo de sus propios dedos.

—¡Sí! ¡Así! ¡Más profundo! —gritaba Sandra, sus piernas temblando violentamente.

Pascalle se inclinó sobre ella, uniendo sus labios en un beso hambriento que sabía a agua y a deseo. El ritmo se volvió frenético. El sonido del vibrador, el jadeo de ambas y el roce de la piel aceitada crearon una sinfonía de lujuria en mitad de la naturaleza. Sandra sentía que estaba a punto de estallar, que su cuerpo no podía soportar más estímulos.

—¡Voy a... voy a...! —balbuceó Sandra, con los ojos en blanco.

—¡Hazlo, Sandra! ¡Dámelo todo! —exclamó Pascalle, aumentando la velocidad hasta el límite.

Sandra colapsó en un orgasmo devastador. Sus músculos se contrajeron con tanta fuerza que casi arrastra a Pascalle con ella hacia el agua. Fue una explosión de sensaciones que la dejó vacía, flotando en una nube de éxtasis mientras las últimas vibraciones del juguete recorrían su interior.

Pascalle retiró el objeto y se tumbó encima de ella, envolviéndola en un abrazo húmedo y cálido. Se quedaron así durante mucho tiempo, escuchando cómo sus respiraciones volvían a sincronizarse con el ritmo pausado del campo.

—¿Estás bien? —preguntó Pascalle al cabo de un rato, besando la punta de la nariz de Sandra.

—Estoy... en otro planeta —respondió Sandra con una risa floja—. Creo que me has dejado sin palabras, y eso en mi profesión es un problema.

—Aquí no necesitas palabras —dijo Pascalle, incorporándose un poco para mirar el cielo estrellado—. Aquí solo necesitas sentir.

Sandra se sentó, abrazando sus rodillas y mirando hacia la oscuridad del bosque que rodeaba la piscina. La casa de Candeleda, con sus luces cálidas encendidas en el interior, parecía un faro de seguridad.

—Gracias por traerme aquí —dijo Sandra con sinceridad—. Necesitaba esto. Necesitaba recordarme que hay un mundo fuera de los focos donde puedo ser simplemente yo... y estar contigo así.

—Siempre estaré contigo así, Sandra —prometió Pascalle, tomando su mano—. Ya sea en una villa de lujo en el Caribe o en una escalera de piedra en Ávila. Mi ritmo siempre buscará el tuyo.

Se levantaron de la piedra, recogiendo las toallas y el juguete. El frío de la noche empezaba a apretar, pero el calor que emanaba de sus cuerpos era más que suficiente para mantenerlas protegidas. Caminaron hacia la casa, abrazadas, sabiendo que la noche en la sierra no había hecho más que empezar. En el interior, la chimenea esperaba ser encendida, y las mantas de lana prometían un refugio igual de excitante que la piscina exterior.

Candeleda había sido testigo de una entrega absoluta, una comunión entre dos mujeres que habían encontrado en el aislamiento el escenario perfecto para su pasión. Y mientras cerraban la puerta de cristal tras de sí, el eco de sus gemidos parecía seguir flotando sobre el agua de la piscina, como un secreto guardado por los helechos y los robles de la Vera.