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Cristal y Canales: El Bautismo de Ámsterdam

El frío de Ámsterdam golpeaba contra los cristales del gran ventanal, pero dentro del ático, el aire era denso, pesado y cargado de un aroma a madera nueva, pintura fresca y el perfume embriagador de Pascalle. Habían pasado meses desde aquellas noches en la República Dominicana, meses de aeropuertos, hoteles y miradas furtivas tras las cámaras. Pero hoy era distinto. Hoy no estaban de paso. Las llaves sobre la encimera de mármol confirmaban que aquel refugio frente al canal Prinsengracht era, por fin, suyo.

Sandra observaba el reflejo de las luces de la ciudad sobre el agua oscura mientras sostenía una copa de vino tinto. Pascalle apareció tras ella, moviéndose con esa elegancia líquida que solo una bailarina profesional posee. No hacía ruido al caminar; era como una sombra cálida que se filtraba bajo la piel.

—¿En qué piensas, Sandra? —preguntó Pascalle, rodeando su cintura con los brazos y apoyando la barbilla en su hombro—. Pareces estar en otro mundo.

—Pienso en que esto es real —respondió Sandra, girándose en sus brazos para buscar sus ojos oscuros—. En que ya no tenemos que hacer las maletas mañana por la mañana. En que este suelo es nuestro, y estas paredes también.

Pascalle sonrió, una expresión cargada de una picardía que Sandra conocía bien. Sus dedos empezaron a juguetear con los botones de la camisa de seda de la presentadora.

—Entonces, si la casa es nuestra, tendremos que inaugurarla como se merece, ¿no crees? —susurró Pascalle, su voz bajando una octava—. He oído que las casas nuevas no tienen alma hasta que se llenan de gemidos.

—Siempre tan poética para el vicio, Pascalle —rio Sandra, aunque su respiración ya empezaba a alterarse—. ¿Qué tienes en mente?

—Quiero estrenar esta alfombra de lana —dijo la bailarina, señalando la enorme pieza de color crudo que ocupaba el centro del salón, frente a la chimenea encendida—. Y quiero aprovechar que mis músculos están especialmente elásticos hoy. He estado ensayando una coreografía nueva... pero creo que tú me vas a ayudar a terminarla.

Pascalle se alejó un par de pasos, despojándose de su jersey de cachemira con un movimiento fluido. Bajo la luz tenue de las llamas, su cuerpo era una obra maestra de definición y gracia. Sandra dejó la copa sobre una mesa auxiliar, hipnotizada por la visión.

—Ven aquí —ordenó Sandra, su tono de presentadora autoritaria aflorando, pero esta vez cargado de un deseo incontenible.

Se encontraron en el centro de la alfombra. Pascalle empujó suavemente a Sandra hacia atrás hasta que esta quedó sentada y luego recostada. La bailarina se colocó encima, pero no de forma convencional. Aprovechando su flexibilidad asombrosa, se posicionó de manera que sus cuerpos quedaran entrelazados como una enredadera.

—¿Te acuerdas de lo que me dijiste en la isla? —preguntó Pascalle, mientras empezaba a besar el cuello de Sandra—. Que te encantaba cómo me movía.

—Me vuelve loca —admitió Sandra, cerrando los ojos mientras sentía las manos de Pascalle despojándola de su ropa con una urgencia experta—. Eres como el agua, Pascalle. Te adaptas a cada rincón de mi cuerpo.

—Hoy voy a ser fuego, Sandra.

Pascalle se deshizo de lo que quedaba de su ropa y se situó entre las piernas de Sandra. Pero en lugar de buscar la penetración inmediata, bajó la cabeza. Su lengua, caliente y decidida, empezó a trazar un camino de fuego por el abdomen de Sandra, deteniéndose en el ombligo antes de seguir descendiendo.

—¡Oh, Dios, Pascalle! —exclamó Sandra, arqueando la pelvis—. No me hagas esperar.

—Shh... —susurró la bailarina contra su piel—. Una buena función necesita un prólogo largo.

Pascalle se entregó a la tarea de lamerla con una devoción casi religiosa. Usaba la punta de la lengua para juguetear con el clítoris de Sandra, alternando presiones y succiones que hacían que la presentadora se retorciera sobre la alfombra. El sonido de los labios de Pascalle, el roce húmedo y los jadeos de Sandra creaban una atmósfera de intimidad eléctrica.

—¡Ahí! ¡Justo ahí! —gritó Sandra, sus dedos enredándose en el cabello oscuro de Pascalle—. ¡Eres increíble, de verdad!

—Dime cómo te sabe, Sandra —dijo Pascalle, deteniéndose un segundo para mirar a la presentadora con los ojos brillantes de lujuria—. Dime qué sientes cuando te hago esto.

—Siento que me deshago —respondió Sandra con la voz rota—. Siento que no hay nada más en Ámsterdam, ni en el mundo, que tu boca.

Pascalle volvió al ataque, esta vez con más intensidad. Usaba sus dedos para abrirla más, permitiendo que su lengua llegara a lo más profundo, saboreando cada gota de la excitación de Sandra. La presentadora sentía que el suelo desaparecía bajo ella. La flexibilidad de Pascalle le permitía ángulos que Sandra ni siquiera había imaginado, manteniendo una presión constante que la llevaba al borde del abismo.

—¡Me voy a venir! ¡Pascalle, ya! —suplicó Sandra, su cuerpo temblando violentamente.

Pascalle no se detuvo hasta que Sandra colapsó en un orgasmo largo y profundo que la dejó sin aliento, con los músculos de los muslos todavía vibrando por el esfuerzo.

Pasaron unos minutos de silencio, roto solo por el crepitar de la leña. Pascalle se incorporó, todavía a horcajadas sobre las piernas de Sandra, y le dedicó una sonrisa llena de triunfo.

—Eso ha sido solo el bautismo —dijo la bailarina—. Ahora viene la inauguración de verdad.

Sandra, recuperando el aliento, se incorporó sobre sus codos.

—¿Más? Me vas a matar, Pascalle.

—No —replicó ella, tomándola de las manos para que se sentara frente a ella—. Vamos a hacer algo que requiere que confíes en mi elasticidad.

Pascalle guio a Sandra para que ambas quedaran sentadas, enfrentadas. Luego, con un movimiento que dejó a Sandra boquiabierta, Pascalle abrió las piernas en un ángulo de casi ciento ochenta grados, invitando a Sandra a hacer lo mismo pero entrelazándose. Era la posición de las tijeras, pero llevada a un nivel técnico que solo una profesional podía mantener con comodidad.

—Mírame —ordenó Pascalle, entrelazando sus dedos con los de Sandra—. Siente cómo encajamos.

Al cerrar el espacio entre ellas, sus sexos quedaron pegados, húmedos y calientes. La fricción era directa, hueso contra hueso, piel contra piel. Sandra soltó un jadeo al sentir el contacto eléctrico de sus clítoris rozándose con cada pequeño movimiento de cadera.

—Es... es perfecto —susurró Sandra, asombrada por la sensación de plenitud—. Te siento tan cerca.

—Muévete conmigo, Sandra —le pidió Pascalle, empezando un vaivén rítmico—. Usa mis piernas como apoyo. No tengas miedo de tirar de mí.

Empezaron a balancearse en una danza lenta y circular. La flexibilidad de Pascalle permitía que el contacto fuera total, sin huecos, una presión constante que hacía que chispas de placer recorrieran la columna de Sandra.

—¡Oh, sí! —gimió Sandra, echando la cabeza hacia atrás—. Pascalle, esto es... es mucho más intenso que cualquier otra cosa.

—Es el ritmo de la entrega, Sandra —dijo la bailarina, aumentando la velocidad del roce—. Siente cómo nuestras energías se mezclan. No somos dos mujeres, somos una sola vibración.

Los gemidos se volvieron más constantes, una sinfonía que competía con el viento que soplaba fuera, en el canal. Sandra se aferraba a los brazos de Pascalle, maravillada por la fuerza y la resistencia de la bailarina. Cada vez que Pascalle empujaba hacia adelante, Sandra respondía con la misma intensidad, creando un bucle de placer que amenazaba con consumirlas.

—¡Más rápido, por favor! —pedía Sandra, sus ojos fijos en los de Pascalle—. ¡No pares ahora!

—No voy a parar —respondió Pascalle entre dientes, su rostro transfigurado por el esfuerzo y el deseo—. Vamos a inaugurar cada rincón de esta alma nuestra.

La fricción se volvió casi dolorosa de lo placentera que era. El calor que emanaba de sus cuerpos era tal que el frío de Ámsterdam parecía un recuerdo lejano. Sandra sentía que estaba alcanzando un nuevo nivel de conexión, algo que iba más allá del sexo físico. Era una comunión de voluntades en su nueva casa.

—¡Voy a estallar! —gritó Sandra, sintiendo que el clímax se acumulaba en su vientre como una tormenta eléctrica.

—¡Hazlo conmigo! ¡Ahora! —exclamó Pascalle, apretando las manos de Sandra con fuerza.

Ambas alcanzaron el orgasmo al unísono, un estallido de sensaciones que las dejó paralizadas durante varios segundos, unidas por la fricción final y el grito compartido que resonó en el salón vacío. Se desplomaron la una sobre la otra, todavía entrelazadas, cayendo sobre la alfombra de lana.

El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio lleno, satisfecho. Sandra acarició la espalda sudorosa de Pascalle, sintiendo el latido desbocado de su corazón contra su pecho.

—Bienvenida a casa, Sandra —susurró Pascalle, besando su clavícula.

—Bienvenida a casa, mi amor —respondió Sandra, cerrando los ojos con una sonrisa de absoluta paz—. Creo que la casa ya tiene alma.

—Y un poco de humedad en la alfombra nueva —rio Pascalle, recuperando su tono bromista.

—Vale cada céntimo —dijo Sandra, girándose para quedar cara a cara con ella—. Sabes, nunca pensé que Ámsterdam pudiera ser tan cálida.

—Ámsterdam es lo que nosotras hagamos de ella —dijo Pascalle, acariciando el rostro de Sandra—. Y yo pienso hacer que cada noche aquí sea un estreno mundial.

Sandra la miró con adoración. La presentadora analítica y contenida había quedado fuera, en algún lugar entre los canales y la niebla. Aquí, dentro de esas paredes, solo existía la mujer que amaba a Pascalle sin restricciones.

—¿Sabes qué es lo más gracioso? —preguntó Sandra.

—¿Qué?

—Que todavía no hemos visto el resto de la casa. Solo conocemos el salón y esta alfombra.

Pascalle se incorporó sobre un codo, con una chispa peligrosa en la mirada.

—Bueno... el dormitorio tiene una cama con dosel que parece sacada de un cuento. Y el cuarto de baño tiene una bañera de mármol donde cabemos las dos perfectamente.

—¿Me estás sugiriendo que la inauguración no ha terminado? —preguntó Sandra con una ceja levantada y una sonrisa.

—Sandra Barneda, la noche es joven en los Países Bajos y yo soy una bailarina con mucha energía —dijo Pascalle, levantándose y ofreciéndole la mano—. ¿Me concedes la siguiente pieza?

Sandra tomó su mano y se puso en pie, sintiendo el cuerpo ligero y el corazón lleno.

—Toda la vida, Pascalle. Te concedo todas las piezas de mi vida.

Caminaron juntas hacia el dormitorio, dejando atrás el salón iluminado por las brasas. Fuera, Ámsterdam seguía su curso, con sus bicicletas cruzando puentes y sus barcos deslizándose por el agua fría. Pero dentro de aquel ático, el fuego seguía ardiendo, alimentado por una pasión que había sobrevivido a la distancia y al escrutinio público, y que ahora, por fin, tenía un lugar al que llamar hogar.

La inauguración estaba lejos de terminar. En cada rincón de aquella casa, en cada sombra proyectada por los canales, Sandra y Pascalle seguirían escribiendo su propia historia, una coreografía de amor y deseo que no necesitaba cámaras, solo la verdad de sus cuerpos y la libertad de sus almas en la ciudad de la tolerancia. Y mientras la puerta del dormitorio se cerraba, el eco de una risa y un susurro confirmó que, efectivamente, aquel ático ya no era solo una propiedad; era un santuario.