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Un Cupido Maldito

Desafinando al Ritmo del Corazón

El aire acondicionado de la sala de karaoke zumbaba con una eficiencia envidiable, creando un microclima gélido que contrastaba con el bochorno pegajoso de las calles de Shinjuku. Suguru Geto, sentado en el centro del sofá de cuero sintético, observaba la pantalla táctil con la intensidad de quien está planeando un exorcismo de grado especial. A su izquierda, Shoko Ieiri ya había tomado posesión de la pandereta, golpeándola rítmicamente contra su muslo con una expresión de aburrimiento existencial. A su derecha, Satoru Gojo estaba de pie, examinando la bola de espejos del techo como si fuera un artefacto maldito de incalculable valor.

—Suguru, dime que este lugar tiene el nuevo sencillo de *Ichigo-chan* —pidió Satoru, ajustándose las gafas de sol que, por alguna razón, se negaba a quitarse incluso en la penumbra—. Si no puedo cantar pop de idols a todo pulmón, mi energía maldita se va a estancar. Y nadie quiere un Satoru estancado, créeme.

Suguru fingió revisar la lista, pero sus dedos se movían con una intención mucho más oscura. Había pasado la última hora seleccionando baladas melancólicas, duetos románticos y canciones de amor tan empalagosas que harían que a un grado especial le diera diabetes.

—Estoy buscando, Satoru, paciencia —respondió Geto con su voz más calmada y razonable—. Pero mira, he encontrado una sección de "Clásicos para Compartir". Shoko, tú eres buena con los tonos bajos, deberías ayudar a Satoru con esta.

Shoko exhaló una nube de humo —ignorando por completo el cartel de "Prohibido Fumar" que colgaba en la pared— y miró la pantalla de reojo.

—Si esperas que cante algo que involucre la palabra "siempre" o "amor", puedes ir devolviendo los micrófonos, Suguru —sentenció ella, aunque no soltó la pandereta—. Además, Satoru no canta, él grita con estilo.

—¡Qué crueldad! —Satoru se llevó una mano al pecho, fingiendo una herida mortal—. Mi voz es un tesoro nacional. Los Seis Ojos no solo sirven para ver el flujo de energía, también me permiten captar el tono perfecto... técnicamente.

—Entonces demuéstralo —dijo Suguru, pulsando finalmente el botón de "Confirmar" en una lista de reproducción que habría hecho sonrojar a una colegiala enamorada.

La primera melodía comenzó a sonar. Era una balada lenta, cargada de violines y un piano que lloraba notas de arrepentimiento. Satoru tomó el micrófono con una confianza ciega, leyendo la letra que aparecía en la pantalla.

—"Bajo la lluvia de tu adiós, mi alma busca tu calor..." —Satoru empezó a cantar, o más bien, a recitar con una entonación exageradamente dramática—. ¡Vaya, Suguru! ¿Qué es este ambiente de funeral? Shoko, ¡esta parte es para ti! ¡Venga, haz los coros!

Shoko suspiró, pero cuando el micrófono llegó a sus manos, su voz salió sorprendentemente afinada, aunque cargada de una desgana que le daba un aire de estrella de rock cansada del mundo.

—"No me digas que es el final, si aún queda ceniza en el hogar..." —cantó ella, mirando de reojo a Satoru.

El chico de cabello blanco se quedó en silencio un segundo, observándola. Por un instante, la arrogancia de Gojo pareció flaquear ante la sencillez de la voz de Shoko. Suguru, desde su rincón, se relamió mentalmente. "Esto es", pensó. "La tensión está ahí, solo necesito que la música haga el resto".

Sin embargo, subestimar el ego de Satoru Gojo era el error más común que cometían tanto maldiciones como amigos.

—¡Demasiado lento! —exclamó Satoru de repente, rompiendo el momento mágico—. ¡Esto necesita más ritmo! ¡Suguru, pasa a la siguiente!

Geto apretó los dientes pero obedeció. La siguiente canción era un dueto famoso sobre dos amantes separados por el destino. Una pieza diseñada para que los cantantes se miraran a los ojos con anhelo.

—"Tú eres mi cielo..." —comenzó a cantar Satoru, pero esta vez decidió que la mejor forma de interpretar la canción era subiéndose a la mesa de centro—. "¡Y yo soy tu avión! ¡Vuelo hacia ti con mi motor de pasión!"

—Esa no es la letra, idiota —le espetó Shoko, aunque no pudo evitar que una pequeña risa escapara de sus labios al ver a Satoru haciendo poses de superhéroe sobre la mesa.

—¡Es mi versión! ¡La versión del más fuerte! —Satoru saltó de la mesa, aterrizando justo al lado de Shoko, invadiendo su espacio personal con esa naturalidad que solo él poseía—. ¡Vamos, Shoko! ¡Canta el estribillo conmigo! "¡Oh, amor prohibido!"

—No voy a decir eso.

—"¡Oh, amor prohibido!" —insistió Satoru, pegando su micrófono al de ella, obligándola a compartir el aire.

Shoko puso los ojos en blanco, pero terminó cediendo.

—"Oh, amor prohibido..." —murmuró ella, y por un breve segundo, sus hombros se rozaron.

Satoru no se apartó. De hecho, pareció inclinarse un poco más hacia ella, su altura obligándola a mirar hacia arriba. A través de las gafas oscuras, los Seis Ojos brillaban con una intensidad diferente. Ya no era solo el brillo de la diversión; había una chispa de algo más cálido, algo que Satoru no sabía cómo expresar sin recurrir a una broma o a un desplante de poder.

Suguru, viendo que el ambiente se volvía peligrosamente tierno, decidió que era hora de la estocada final. Seleccionó la canción más romántica del catálogo japonés, una que todo el mundo conocía y que requería que los intérpretes estuvieran prácticamente pegados.

Pero entonces, Satoru arrebató el control remoto de las manos de Suguru.

—Ya basta de canciones tristes —dijo Gojo con una sonrisa traviesa—. Es mi turno de elegir.

Suguru sintió un escalofrío.

—Satoru, no...

—¡Satoru, sí!

De repente, la sala se llenó de un ritmo frenético de J-Pop electrónico, con sintetizadores chillones y una letra que hablaba sobre gatos espaciales y dulces mágicos. Era la pesadilla de cualquier persona con un gusto musical mínimamente refinado.

—¡Esta es la mía! —gritó Satoru, empezando a bailar de una forma ridículamente coordinada para alguien tan alto—. ¡Shoko, baila! ¡Es una orden de tu superior!

—Somos del mismo año, no eres mi superior —replicó ella, pero aun así empezó a mover la pandereta al ritmo de la música estridente.

Suguru se hundió en el sofá, cubriéndose la cara con una mano. Su plan de "atmósfera romántica" se había desintegrado ante el caos natural de Gojo. Sin embargo, al mirar a través de sus dedos, notó algo.

Satoru estaba haciendo el ridículo, sí. Estaba saltando y cantando fuera de tono a propósito para hacer reír a Shoko. Y Shoko... Shoko no estaba mirando la pantalla. Estaba mirando a Satoru con una expresión que Suguru rara vez veía en ella. No era indiferencia, ni cansancio. Era una ternura genuina, una forma de mirar que decía que, a pesar de lo irritante que podía ser el chico de los Seis Ojos, ella no querría estar en ningún otro lugar.

En un giro de la coreografía improvisada, Satoru tomó la mano de Shoko y la hizo girar. Fue un movimiento rápido, apenas un contacto de segundos, pero cuando ella terminó el giro, acabó chocando contra el pecho de Satoru. El silencio se hizo en la sala, a pesar de que la música de los gatos espaciales seguía sonando a todo volumen.

Satoru no la soltó de inmediato. Su mano seguía sosteniendo la de ella, y la otra se posó con torpeza en el hombro de la chica.

—Vaya —dijo Satoru, su voz apenas un susurro que el micrófono no llegó a captar, pero que Suguru adivinó por el movimiento de sus labios—. Te has quedado sin aliento, Shoko. ¿Es por mi increíble baile o porque estás emocionada de estar tan cerca de mí?

Shoko no se apartó. Se limitó a mirarlo, con las mejillas ligeramente más rosadas de lo habitual, quizás por el esfuerzo, quizás por otra cosa.

—Es por el olor a dulce barato que desprendes, Satoru —respondió ella, aunque su mano se cerró con fuerza sobre la de él—. Me marea.

—Mentirosa —rio Satoru, y por un momento, bajó la cabeza, acortando la distancia entre sus rostros.

Suguru contuvo el aliento. "¡Hazlo, idiota!", gritó en su mente. "¡Olvida el orgullo por una vez!".

Pero justo cuando el momento parecía llegar a su clímax, la pantalla del karaoke mostró un mensaje gigante: "TIEMPO AGOTADO. POR FAVOR, DIRÍJASE A LA SALIDA".

Las luces de la sala se encendieron con una intensidad cegadora, rompiendo el hechizo. Satoru se separó de un salto, ajustándose las gafas y recuperando su máscara de invulnerabilidad en un milisegundo.

—¡Ah! ¡Qué lástima! —exclamó Gojo, estirando los brazos sobre la cabeza—. Justo cuando iba a empezar mi solo de ópera. Suguru, eres un tacaño, deberías haber pagado una hora más.

Suguru suspiró, levantándose y recogiendo sus cosas. El plan no había salido como esperaba, pero tampoco había sido un fracaso total.

—La próxima vez pagaré más, Satoru —dijo Geto, caminando hacia la puerta—. Aunque creo que por hoy ha sido suficiente emoción para todos.

Salieron del edificio y el calor de la noche de Tokio los golpeó como un muro. Mientras caminaban hacia la estación, Satoru y Shoko iban un poco por delante. Suguru observaba sus siluetas bajo las luces de neón. No se daban la mano, ni se decían palabras dulces. Seguían discutiendo sobre si el helado de chocolate era superior al de vainilla, lanzándose puyas y sarcasmos como si nada hubiera pasado en aquella sala oscura.

Sin embargo, Suguru notó que Satoru caminaba más despacio de lo habitual, ajustando su paso largo al de Shoko sin que ella tuviera que esforzarse por seguirlo. Y Shoko, que siempre mantenía una distancia de seguridad con todo el mundo, permitía que el brazo de Satoru rozara el suyo de vez en cuando sin retroceder.

—Oye, Suguru —llamó Shoko, deteniéndose un momento para encender un cigarrillo—. La próxima vez, nada de baladas. Si quieres vernos sufrir, mejor llévanos a un entrenamiento con Yaga.

—Lo tendré en cuenta —mintió Suguru con una sonrisa—. Pero admitan que se divirtieron.

—Fue aceptable —concedió Shoko, exhalando el humo hacia el cielo estrellado.

—¡Fue legendario! —corrigió Satoru, rodeando el cuello de Suguru con un brazo y haciendo lo mismo con Shoko, atrayéndolos a ambos hacia él en un abrazo grupal forzado—. Somos el trío más fuerte, ¿no? ¡Incluso en el karaoke somos imbatibles!

Shoko intentó zafarse, quejándose de que el brazo de Satoru pesaba como una tonelada, pero no luchó con mucha convicción. Suguru, atrapado entre sus dos amigos, sintió una punzada de satisfacción.

Tal vez no necesitaba planes elaborados ni canciones de amor. Tal vez solo necesitaba seguir creando estos espacios donde, entre broma y broma, la verdad pudiera asomarse por las grietas de sus defensas.

—Sí, Satoru —dijo Suguru, mirando a Shoko, que en ese momento le estaba dando un pisotón a Gojo por apretarla demasiado—. Somos los más fuertes.

Mientras se dirigían al internado, Suguru ya estaba pensando en la siguiente fase. "El festival de verano", anotó mentalmente. "Yukatas, fuegos artificiales y manzanas de caramelo. Si eso no funciona, me rindo y los dejo que se casen a los cuarenta por puro agotamiento".

Pero al ver cómo Satoru le robaba el cigarrillo a Shoko solo para que ella lo persiguiera por toda la acera, Suguru supo que no tendría que esperar tanto. El verano de 2006 seguía ardiendo, y él estaba más que dispuesto a avivar las llamas.