Un Cupido Maldito
Intervenciones, Celos y Otras Maldiciones del Corazón
El sol de la mañana se filtraba por las persianas de la oficina de la Escuela Técnica de Hechicería, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. Suguru Geto, sentado con las piernas cruzadas y una taza de té humeante entre las manos, meditaba sobre su siguiente movimiento. El plan del karaoke había dejado un buen sabor de boca, pero Suguru era un perfeccionista. Sabía que si seguía siendo él quien proponía las salidas, Satoru —que era un idiota, pero no un ciego— empezaría a sospechar de sus intenciones de casamentero.
Necesitaba un cómplice. Alguien que pudiera arrastrar a Shoko fuera de su zona de confort sin que pareciera una emboscada de Suguru. Y solo había una persona en todo el mundo de la hechicería que tenía la paciencia (o la falta de ella) suficiente para lidiar con el temperamento de Ieiri: Utahime Iori.
—Es una jugada arriesgada —se dijo Suguru a sí mismo, esbozando una sonrisa—. Pero los grandes riesgos traen grandes recompensas.
Minutos después, Suguru se encontraba frente a una Utahime que parecía estar al borde de un colapso nervioso, probablemente causado por algún comentario previo de Satoru. La joven de cabello oscuro y cicatriz en la mejilla lo miró con desconfianza.
—¿Quieres que organice qué? —preguntó Utahime, cruzándose de brazos—. Suguru, sabes que no soporto estar en la misma habitación que Gojo más de cinco minutos. Es ruidoso, maleducado y... ¡es Gojo!
—Lo sé, Utahime-senpai, y lamento pedirte esto —respondió Suguru con su tono más diplomático y melancólico—. Pero Shoko ha estado trabajando demasiado en la morgue. Está pálida, apenas come y creo que necesita un respiro de "chicas". Si yo se lo propongo, dirá que no. Pero si tú la invitas a una tarde de compras y café, no podrá negarse.
Utahime suavizó la expresión. Su debilidad siempre había sido su instinto protector hacia Shoko.
—Bueno, eso es cierto. Shoko necesita alejarse de esos dos... —Hizo una pausa, señalando a Suguru—. Sin ofender.
—Ninguna ofensa —rio él—. El problema es que, como castigo por una misión fallida, Yaga-sensei nos ha ordenado a Satoru y a mí no separarnos de ella hoy para "fomentar el trabajo en equipo". Así que, inevitablemente, nosotros también iremos. Pero tú serás la líder. Tú decides a dónde ir.
Utahime suspiró, dándose por vencida.
—Está bien. Iremos a Harajuku. Pero si Gojo abre la boca para burlarse de mi rango o de mi técnica, no respondo de mis actos.
El plan estaba en marcha. Dos horas después, el grupo se encontraba caminando por las bulliciosas calles de Harajuku. La dinámica era, cuanto menos, peculiar. Utahime caminaba al frente, tratando de mantener una conversación civilizada con Shoko sobre las nuevas técnicas de curación, mientras Satoru caminaba detrás de ellas, quejándose del calor y deteniéndose en cada puesto de dulces.
—¡Utahime! —gritó Satoru, señalando un puesto de crepes—. ¡Cómprame uno! Como eres mi senpai, deberías invitar a tus subordinados más talentosos.
—¡Cómpratelo tú, pedazo de engreído! —le gritó ella, girándose con una vena hinchada en la frente—. ¡Y deja de caminar tan cerca de nosotras, tu energía es molesta!
Shoko, por su parte, caminaba con las manos en los bolsillos, observando la escena con su habitual desgana. Sin embargo, Suguru notó que cada vez que Utahime se reía o le ponía una mano en el hombro a Shoko, Satoru fruncía el ceño imperceptiblemente.
"Interesante", pensó Suguru. "Satoru no solo es territorial, es envidioso".
Decidido a subir la apuesta, Suguru se acercó a Utahime y le susurró algo al oído mientras señalaba una tienda de ropa cercana. Utahime asintió y tomó a Shoko del brazo.
—¡Shoko, mira ese vestido! Te quedaría genial —dijo Utahime, arrastrándola hacia la entrada—. Vamos a probárnoslo. Ustedes dos, quédense aquí fuera y no causen problemas.
Satoru se detuvo en seco, viendo cómo las dos chicas desaparecían tras las puertas de cristal.
—¿Desde cuándo Utahime y Shoko son tan unidas? —preguntó Gojo, cruzándose de brazos y apoyándose contra una pared con un gesto de fastidio—. Es irritante. Utahime no deja de parlotear.
—Son amigas, Satoru —respondió Suguru con calma, observando su reflejo en un escaparate—. Además, Utahime es muy cariñosa con ella. Shoko parece disfrutar de su atención. Quizás prefiere la compañía de alguien... menos ruidoso que nosotros.
Satoru hizo un ruido de desprecio con la garganta.
—¿Menos ruidoso? Utahime no para de gritar. Es aburrida. Shoko se va a aburrir con ella en cinco minutos, ya lo verás.
Pero pasaron diez minutos, luego quince. A través del cristal, podían ver a Utahime y Shoko riendo mientras se probaban sombreros y accesorios. En un momento dado, Utahime le ajustó el flequillo a Shoko y esta le dedicó una sonrisa genuina, de esas que Satoru consideraba "exclusivas" de sus momentos privados en la azotea de la escuela.
Satoru empezó a juguetear con sus gafas, subiéndolas y bajándolas. Su "Infinito" parecía vibrar con una frecuencia de pura irritación.
—Voy a entrar —sentenció Gojo.
—No puedes, es una tienda de ropa femenina, Satoru. Nos echarán —advirtió Suguru, aunque por dentro estaba saltando de alegría.
—Soy Gojo Satoru. Puedo entrar donde quiera.
Sin esperar respuesta, Satoru entró en la tienda como un torbellino blanco. Suguru lo siguió a una distancia prudencial, lo suficiente para ver el desastre pero no para ser parte de él.
—¡Oigan! —exclamó Satoru, apareciendo detrás de las chicas—. Ese sombrero es horrible, Shoko. Te hace parecer una seta de grado tres.
Shoko se giró, mirándolo a través del espejo con una ceja levantada. Tenía puesto un gorro de lana con orejas de gato que Utahime le había obligado a probarse.
—A mí me gusta —dijo Shoko con voz plana—. Utahime dice que me veo bien.
—¡Porque Utahime no tiene gusto! —replicó Satoru, acercándose demasiado y quitándole el gorro de la cabeza—. Mira, te lo has puesto mal. Si vas a usar algo tan ridículo, al menos hazlo bien.
Satoru empezó a manipular el cabello de Shoko con una delicadeza que contradecía sus palabras bruscas. Utahime, indignada, intentó apartarlo.
—¡Gojo! ¡Déjala en paz! Estábamos teniendo un momento de chicas. ¿Por qué tienes que arruinarlo todo con tu presencia?
—¿Arruinarlo? —Satoru soltó una carcajada arrogante—. Si no fuera por mí, este viaje sería tan divertido como leer un informe de misiones de grado cuatro. Shoko, admite que me extrañabas.
—He estado sin verte exactamente tres minutos, Satoru —respondió Shoko, aunque no hizo ningún movimiento para alejarse de sus manos, que ahora estaban ocupadas intentando peinarle el flequillo—. Han sido los tres minutos más pacíficos de mi semana.
—¡Mentirosa! —Satoru se inclinó, su rostro quedando a escasos centímetros del de ella—. Tus ojos dicen que estabas a punto de llorar por mi ausencia.
Utahime bufó, exasperada.
—¡Eres un narcisista patético! Vámonos, Shoko. Hay una cafetería de gatos a la vuelta de la esquina donde no dejan entrar a tipos molestos.
Utahime agarró a Shoko de la mano y tiró de ella hacia la salida. Pero Satoru, en un movimiento rápido, agarró la otra mano de Shoko.
—Ella no va a ninguna parte con una hechicera de grado dos que no sabe ni elegir un sombrero —dijo Satoru, y esta vez su voz no sonaba tan burlona. Había un matiz de posesividad que hizo que incluso las dependientas de la tienda se detuvieran a mirar.
Shoko se encontró en medio de un tira y afloja humano. Miró a Utahime, que estaba roja de furia, y luego a Satoru, que la miraba con una intensidad feroz detrás de sus lentes azules.
—Suelten —dijo Shoko con una calma gélida—. Ahora mismo.
Ambos la soltaron como si se hubieran quemado. Shoko se ajustó la chaqueta y caminó hacia la salida sin mirar atrás.
—Me voy a fumar —anunció—. Ustedes decidan quién tiene el ego más grande. Suguru, acompáñame.
Suguru, que había estado disfrutando del espectáculo desde la sección de bufandas, asintió y siguió a Shoko, dejando a Satoru y Utahime discutiendo en medio de la tienda.
Una vez fuera, en un callejón lateral donde el ruido de Harajuku se amortiguaba, Shoko encendió un cigarrillo y exhaló un largo suspiro de alivio.
—Tu plan ha sido un desastre, Suguru —dijo ella, sin mirarlo.
Suguru se tensó. ¿Lo había descubierto tan pronto?
—¿Mi plan? No sé de qué hablas, Shoko. Solo quería que pasaras un buen rato con Utahime-senpai.
—No me mientas —replicó ella, mirándolo de reojo con esos ojos cansados que veían a través de cualquier fachada—. Sé que quieres que Satoru y yo... lo que sea que creas que tenemos que hacer. Usar a Utahime para ponerlo celoso ha sido muy bajo, incluso para ti.
Suguru suspiró, rindiéndose. Con Shoko no servían de nada las manipulaciones sutiles.
—Lo admito. Pero tienes que reconocer que ha funcionado. Casi destruye la tienda porque Utahime te tomó de la mano.
Shoko guardó silencio durante un momento, observando cómo la ceniza de su cigarrillo caía al suelo.
—Es un idiota —murmuró—. Pero es un idiota que no sabe cómo manejar lo que siente. Y tú, empujándolo así, solo vas a lograr que explote.
—Prefiero que explote a que sigan en este limbo eterno —respondió Suguru con seriedad—. Shoko, Satoru te mira como si fueras lo único real en un mundo de simulaciones. Y tú... tú lo miras como si fuera el único que puede entender tu silencio. ¿Por qué perder el tiempo?
Shoko dio una última calada y apagó el cigarrillo contra la pared.
—Porque somos hechiceros, Suguru. Hoy estamos aquí, y mañana... mañana podríamos ser solo una mancha en el asfalto o un cuerpo en mi mesa de autopsias. Satoru lo sabe. Yo lo sé. Es más fácil ser amigos y pelear por sombreros que admitir que nos moriríamos si el otro no regresa de una misión.
Suguru sintió un nudo en la garganta. La lógica de Shoko era aplastante y triste, imbuida de la realidad brutal de su profesión. Pero antes de que pudiera replicar, un grito familiar rompió el momento.
—¡SHOKOOO! ¡Suguru me ha abandonado con la mujer histérica! ¡Sálvame!
Satoru apareció al final del callejón, corriendo como si su vida dependiera de ello, con Utahime persiguiéndolo a pocos metros de distancia con un zapato en la mano.
—¡Vuelve aquí, Gojo! ¡Te voy a enseñar quién tiene un rango bajo! —gritaba Utahime, fuera de sí.
Satoru llegó hasta donde estaban ellos y se escondió detrás de Shoko, usando sus hombros como escudo.
—¡Shoko, dile que me perdone! ¡Solo dije que su técnica de canto suena como un gato siendo atropellado! ¡Fue una crítica constructiva!
Shoko suspiró, pero una pequeña sonrisa, casi invisible, apareció en su rostro. Se giró y puso una mano en el pecho de Satoru para detener su agitación.
—Cállate, Satoru —dijo ella suavemente.
Milagrosamente, Gojo se calló. La tensión se evaporó instantáneamente cuando Utahime se detuvo, jadeando, y Suguru intervino para calmarla.
—Vamos a comer algo —propuso Suguru—. Yo invito. Utahime-senpai, hay un restaurante de sushi excelente cerca de aquí.
—Más vale que sea caro —gruñó Utahime, poniéndose el zapato—. Porque este idiota me ha arruinado el día.
Caminaron hacia el restaurante, y esta vez Suguru se aseguró de quedarse atrás con Utahime, dándoles espacio. Vio cómo Satoru, aún un poco nervioso por el incidente anterior, intentaba recuperar la atención de Shoko.
—Oye, Shoko —dijo Satoru, rascándose la nuca—. El gorro de gato... no era tan feo. Si quieres, volvemos luego y te lo compro.
Shoko lo miró, sorprendida por la oferta de paz.
—No hace falta, Satoru.
—No, en serio. Te veías... —Satoru se detuvo, buscando la palabra adecuada en su vasto vocabulario de insultos y alardes, pero no la encontró—. Te veías bien. Como alguien que no quiere diseccionarme mientras duermo.
Shoko soltó una carcajada corta y seca.
—Ese es el mejor cumplido que me has dado en tres años. Eres patético.
—¡Lo sé! ¡Soy el más fuerte en ser patético! —exclamó él, recuperando su energía habitual.
Satoru estiró la mano y, con un movimiento que pretendía ser casual, enganchó su dedo meñique con el de Shoko mientras caminaban. Ella no lo apartó. Simplemente entrelazó su meñique con el de él, manteniendo el contacto oculto entre sus mangas largas.
Suguru, observando desde atrás, sintió que su trabajo estaba dando frutos, aunque no fueran los que él había planeado en su libreta. No hubo una confesión dramática, ni fuegos artificiales, ni celos que terminaran en un beso apasionado. Pero había algo mejor: una aceptación silenciosa.
—¿Estás bien, Suguru? —preguntó Utahime, notando su sonrisa—. Tienes esa cara de estar planeando algo malvado.
—¿Yo? No, senpai —respondió Geto, mirando al cielo de Harajuku—. Solo estoy disfrutando del verano. Es una estación llena de posibilidades, ¿no crees?
Utahime lo miró como si estuviera loco, pero no dijo nada más.
Al final del día, mientras regresaban a la escuela en el tren, el cansancio se apoderó de todos. Utahime se había quedado dormida apoyada en la ventana. Suguru leía un libro en silencio. Y en el asiento de enfrente, Shoko tenía la cabeza apoyada en el hombro de Satoru, con los ojos cerrados. Satoru, por su parte, no se movía, manteniendo una postura rígida para no despertarla, aunque su rostro reflejaba una paz que solo los Seis Ojos podían apreciar en toda su magnitud.
Satoru miró a Suguru y, por primera vez en mucho tiempo, no hubo burla en su mirada. Solo un asentimiento de cabeza, un reconocimiento silencioso de que, a pesar de las manipulaciones y los planes absurdos, Suguru había logrado darle algo que Satoru no sabía que necesitaba: un momento de humanidad compartida.
Suguru cerró su libro y sonrió para sí mismo. El verano del 2006 aún tenía mucho que ofrecer, y él todavía tenía un par de ideas para el festival de fuegos artificiales. Pero por ahora, ver a sus dos mejores amigos encontrando consuelo el uno en el otro era suficiente.
Después de todo, incluso los más fuertes necesitaban un lugar donde bajar la guardia. Y Suguru se aseguraría de que ese lugar siempre fuera el uno al lado del otro.