Un Cupido Maldito
El Precio de la Victoria y el Arte de ser un Mal Tercer Ruedas
El verano del 2006 agonizaba entre cigarras estridentes y un sol que parecía ensañarse con el asfalto de Tokio, pero para Suguru Geto, el calor ambiental no era nada comparado con el bochorno interno que sentía cada vez que caminaba cinco pasos detrás de sus mejores amigos.
Había logrado lo imposible. Había movido los hilos del destino, manipulado situaciones sociales con la precisión de un cirujano y forzado a los dos seres más tercos de la hechicería moderna a admitir que se querían. La "Operación SatoShoko" había sido un éxito de Grado Especial. El problema, como Suguru estaba descubriendo rápidamente, es que nadie lo había preparado para las secuelas de su propia victoria.
—Satoru, por el amor a Buda, estamos en medio de un informe para el director Yaga —suspiró Suguru, deteniéndose en seco en mitad del pasillo—. ¿Podrías, aunque sea por cinco minutos, dejar de intentar trenzar el pelo de Shoko?
Satoru Gojo, el hechicero más fuerte de su generación y ahora, aparentemente, el novio más empalagoso de la historia de la humanidad, ni siquiera se inmutó. Tenía los dedos enredados en los mechones castaños de Ieiri, moviéndolos con una delicadeza que contrastaba violentamente con su habitual arrogancia.
—Shoko tiene el pelo muy suave hoy, Suguru. Es terapéutico —respondió Satoru con esa sonrisa de suficiencia que hacía que a Geto le diera un tic en el ojo—. Además, ella no se está quejando. ¿Verdad, Shoko-chan?
Shoko, que caminaba con su habitual desgana y un café en la mano, simplemente exhaló una nube de humo de su cigarrillo —el cual estaba prohibido en ese pasillo, pero a nadie parecía importarle ya— y asintió levemente.
—Déjalo, Suguru. Si no juega con mi pelo, empezará a lanzar "Azules" minúsculos a las moscas y terminará rompiendo una ventana —dijo ella, aunque Geto notó, con creciente irritación, cómo se inclinaba sutilmente hacia el toque de Gojo.
Suguru cerró los ojos y contó hasta diez. Ser la "tercera rueda" no era algo nuevo para él; siempre habían sido un trío, pero antes el equilibrio se basaba en el sarcasmo compartido y el desprecio mutuo fingido. Ahora, el equilibrio se había desplazado hacia un magnetismo biológico que lo dejaba a él orbitando como un satélite olvidado.
—Ayer, durante la misión en el edificio abandonado —comenzó Suguru, retomando el tono profesional—, perdimos casi diez minutos porque Satoru decidió que era un buen momento para "comprobar si el pulso de Shoko era estable" mediante un beso que duró lo suficiente como para que la maldición de Grado 2 se aburriera y se fuera por la ventana.
—¡Fue una comprobación médica necesaria! —exclamó Satoru, soltando finalmente el cabello de Shoko solo para rodearle los hombros con un brazo y pegarla a su costado—. Como su novio, mi prioridad es su salud. La maldición podía esperar. Shoko es única, maldiciones hay a patadas.
—Casi nos matan, Satoru —murmuró Shoko, aunque le dio un sorbo a su café con una expresión de absoluta paz interior—. Pero admito que fue un buen beso.
Suguru sintió que su alma abandonaba su cuerpo por unos segundos.
—No necesito los detalles técnicos, gracias —dijo él, acelerando el paso—. Adelante, sigan. Yo iré a entregar el informe solo. Total, solo soy el que hizo que todo esto pasara. El arquitecto de su felicidad, abandonado en la frialdad de la soltería.
—¡No seas dramático, Suguru! —gritó Satoru a sus espaldas—. ¡Te compraremos un dulce de camino a la residencia!
—¡No quiero un dulce, quiero dignidad! —respondió Geto sin mirar atrás.
La vida diaria en la escuela se había transformado en un campo minado de afecto espontáneo. Suguru intentaba leer en la biblioteca, solo para encontrar a Satoru usando el regazo de Shoko como almohada mientras ella leía informes de autopsias, ocasionalmente dejando caer ceniza de cigarrillo peligrosamente cerca de las pestañas blancas de Gojo. Intentaba almorzar en el comedor, y tenía que presenciar cómo Satoru intentaba alimentar a Shoko con trozos de pastel que ella rechazaba con un insulto, solo para terminar aceptándolos con una sonrisa pequeña que solo reservaba para él.
Incluso las misiones individuales de Suguru se habían visto afectadas.
Una tarde, mientras Geto estaba en las afueras de Sendai, lidiando con una infestación de maldiciones en un túnel ferroviario, su teléfono no dejó de vibrar en su bolsillo. Pensando que era una emergencia de la escuela, se apresuró a terminar el exorcismo y revisó los mensajes.
No era Yaga. No era una alerta de Grado Especial.
Era un hilo de mensajes de Shoko.
"Satoru se ha quedado dormido en mi oficina. Parece un gato grande y estúpido. Adjunto foto."
Seguido de:
"Se ha despertado. Me ha robado el mechero. Suguru, ¿crees que si lo disecciono un poco se le quitará lo idiota?"
Y finalmente, una foto de Satoru haciendo una mueca ridícula a la cámara mientras abrazaba a Shoko por detrás, con el texto:
"Dice que te echa de menos porque no tiene a quién molestar. Vuelve pronto, la comida aquí es terrible sin alguien que pague por nosotros."
Suguru guardó el teléfono, mirando los restos de la maldición que acababa de consumir. El sabor amargo de la energía maldita en su garganta parecía encajar perfectamente con su sentimiento de exclusión cósmica.
—Son insoportables —murmuró para las paredes del túnel frío—. Simplemente insoportables.
Al regresar a la escuela esa noche, Suguru decidió que necesitaba un respiro. Se dirigió a la azotea, esperando encontrar un poco de soledad y el aire fresco de la noche. Sin embargo, al abrir la puerta, se encontró con una escena que lo hizo querer dar media vuelta y lanzarse por el borde del edificio.
Satoru y Shoko estaban sentados en el borde, con las piernas colgando hacia el vacío. No estaban hablando. El silencio era cómodo, roto solo por el chisporroteo ocasional del cigarrillo de Shoko. Satoru tenía su cabeza apoyada en el hombro de ella, y sus dedos estaban entrelazados con una fuerza que sugería que, a pesar de todo su poder, ese pequeño contacto era su ancla más importante.
Suguru se quedó en la sombra de la puerta, observándolos. Por un momento, su irritación se disipó. Recordó por qué había empezado todo esto. Recordó la mirada de soledad que Satoru solía tener cuando pensaba que nadie lo veía, y la frialdad distante en los ojos de Shoko cuando el peso de los muertos en su mesa de autopsias se volvía demasiado grande.
Ahora, esa soledad parecía haberse mitigado. Se tenían el uno al otro. Eran un frente unido contra la oscuridad del mundo de la hechicería.
—Sé que estás ahí, Suguru —dijo Shoko sin girarse—. Tu energía maldita apesta a resentimiento y fideos instantáneos.
Satoru levantó la cabeza y le dedicó una sonrisa radiante a través de la penumbra.
—¡Ven aquí, Suguru! Estábamos hablando de ti. Shoko dice que si te buscamos una novia, quizá dejes de ponernos esa cara de "he abandonado toda esperanza en la humanidad".
Geto suspiró y se acercó, sentándose a un par de metros de ellos, manteniendo la distancia de seguridad necesaria para su salud mental.
—No necesito una novia, Satoru. Necesito que dejen de usar el chat grupal de misiones para enviarse poemas de amor mal escritos —replicó Suguru, aunque se sentó con ellos.
—¡No eran poemas! —protestó Satoru—. Eran letras de canciones de idols que describen perfectamente mi estado emocional actual.
—Es lo mismo —sentenció Shoko, dándole un codazo cariñoso a Gojo—. Suguru tiene razón. Estamos siendo un poco... intensos.
Satoru hizo un puchero, pero luego se echó a reír, una risa limpia que llenó el aire de la noche.
—Es que es divertido, ¿sabes? —dijo Satoru, mirando hacia las luces de Tokio—. Durante mucho tiempo pensé que ser el más fuerte significaba estar solo arriba. Pero con Shoko... y contigo, Suguru... se siente como si el suelo fuera un poco más sólido.
Shoko no dijo nada, pero apretó la mano de Satoru. Suguru miró hacia el horizonte, sintiendo una extraña mezcla de orgullo y melancolía. Su plan había funcionado demasiado bien. Había creado un vínculo que, aunque lo dejaba a él como un observador externo en los momentos íntimos, garantizaba que sus dos personas favoritas en el mundo no tuvieran que enfrentar el horror de su destino en soledad.
—Solo... intenten no besarse frente a los de primer año —pidió Suguru—. Nanami ya tiene suficientes traumas con el entrenamiento de Satoru como para añadirle el trauma de ver a su superior perdiendo la dignidad por una chica.
—No prometo nada —rio Satoru, levantándose y arrastrando a Shoko con él—. ¡Tengo hambre! Suguru, como eres el padrino intelectual de esta relación, te toca pagar la pizza.
—¿Otra vez? —Geto se levantó, sacudiéndose el polvo de los pantalones—. Esto no es una relación, es un esquema de pirámide donde yo soy el único que pierde dinero.
—¡Exacto! —exclamó Satoru, empezando a correr hacia la puerta—. ¡El último en llegar a la cocina paga los extras de queso!
Shoko salió disparada detrás de él, soltando una risa que Suguru guardó en su memoria como un tesoro. Geto se quedó solo un segundo más en la azotea, mirando la luna.
—Misión de Grado Especial: Unir a dos idiotas —se dijo a sí mismo con una sonrisa cansada—. Estado: Éxito absoluto. Consecuencias: Pobreza extrema y pérdida de la paz mental.
Echó a correr tras ellos, sus pasos resonando en el hormigón. Sí, ser el "tercer ruedas" era molesto, irritante y a veces francamente asqueroso cuando Satoru se ponía demasiado cariñoso, pero al verlos discutir por el sabor de la pizza unos minutos después, Suguru supo que lo volvería a hacer mil veces.
Porque en el verano de 2006, mientras el mundo de la hechicería se preparaba para los días más oscuros que estaban por venir, Suguru Geto había logrado lo más difícil de todo: que sus amigos fueran felices. Y eso, aunque le costara todos sus ahorros en cenas y su paciencia en besos inoportunos, era una victoria que ningún Grado Especial podría arrebatarle jamás.
—¡Satoru, deja de ponerle piña a la mitad de Shoko, te va a matar! —gritó Suguru al entrar en la cocina.
—¡Que lo intente! —respondió Gojo, esquivando un manotazo de Shoko con una risa triunfal—. ¡El amor es ciego a los crímenes gastronómicos!
—Pero yo no soy ciego, idiota —murmuró Suguru, sentándose a la mesa y aceptando una porción de pizza que Shoko le extendió en silencio—. Gracias, Shoko.
Ella le guiñó un ojo, un gesto rápido de gratitud que valía más que cualquier palabra. Suguru mordió su pizza, sintiendo el calor del queso y la compañía. Quizás ser la tercera rueda no era tan malo después de todo, siempre y cuando la rueda principal fuera lo suficientemente fuerte como para sostenerlos a todos.
Y con Satoru y Shoko, Suguru sabía que, por ahora, el viaje valía la pena.