Un Cupido Maldito
El Triunfo Amargo del Estratega
Suguru Geto era un hombre de paciencia infinita. Había pasado días, noches y madrugadas enteras trazando esquemas en su libreta de cuero negro, la cual ahora contenía más diagramas de flujo sobre las interacciones sociales de sus amigos que sobre técnicas de manipulación de maldiciones. Tenía mapas de calor de las áreas comunes de la escuela, horarios detallados de las rondas de cigarrillos de Shoko y una lista de los dulces favoritos de Satoru organizados por niveles de dopamina.
Para Suguru, la "oficialización" del SatoShoko era su obra maestra. No bastaba con que se tomaran de la mano en la penumbra de un pasillo o que compartieran miradas cargadas de significado sobre un cadáver en la morgue. No. El mundo —o al menos su pequeño y disfuncional círculo de hechiceros— necesitaba una declaración formal. Un hito que marcara el fin de la tensión y el inicio de una nueva era.
Su plan final, al que llamó "Operación Crisantemo de Cristal", involucraba un despliegue logístico que incluía el uso de una maldición de bajo nivel entrenada para soltar pétalos de flores en el momento justo, una reserva en el restaurante más exclusivo de Roppongi y una serie de "accidentes" que obligarían a Satoru a vestir un traje formal.
—Solo un poco más —susurró Suguru para sí mismo, con ojeras profundas pero una sonrisa de maníaco bajo la luz de su lámpara de escritorio—. Mañana, a las siete de la tarde, el destino quedará sellado.
Sin embargo, el destino, como bien sabía cualquier hechicero, era una entidad caprichosa y, a menudo, bastante molesta.
A la mañana siguiente, Suguru se despertó con el sonido de un mensaje grupal en su teléfono. Era de Shoko.
"Reunión en el salón de entrenamiento 4. Ahora. Es importante. Trae a los de primer año si los ves."
Suguru frunció el ceño. ¿Una misión de emergencia? ¿Un regaño masivo de Yaga-michi? Se vistió a toda prisa, guardando su preciada libreta en el bolsillo interior de su chaqueta. Si era una crisis, tendría que posponer la Operación Crisantemo, lo cual le irritaba profundamente.
Cuando llegó al salón de entrenamiento, se detuvo en seco. El lugar no parecía el escenario de una crisis. Utahime Iori estaba allí, luciendo extrañamente emocionada, junto a una Mei Mei que contaba billetes con su habitual indiferencia profesional. Nanami y Haibara, los de primer año, estaban de pie en un rincón; Haibara saludaba con energía mientras Nanami miraba su reloj con cara de querer estar en cualquier otro lugar del planeta. Incluso el director Yaga estaba presente, con los brazos cruzados y una expresión de severidad que, en él, era lo más parecido a la curiosidad.
En el centro del salón, Satoru Gojo y Shoko Ieiri estaban de pie, uno al lado del otro.
Satoru no llevaba sus gafas de sol habituales, sino unas lentes transparentes que le daban un aire casi intelectual, si no fuera por la sonrisa de suficiencia que iluminaba su rostro. Shoko, por su parte, tenía las manos en los bolsillos de su bata médica, pero su postura era diferente: estaba más erguida, menos cansada.
—¡Suguru! —exclamó Satoru, señalándolo con un dedo—. Llegas tarde. El más fuerte no espera a nadie, ni siquiera a su mejor amigo.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Suguru, sintiendo un extraño presentimiento en la boca del estómago—. ¿Hay una misión de grado especial? ¿Ha despertado Sukuna? ¿Por qué Utahime-senpai está sonriendo sin intentar golpearte, Satoru?
Utahime soltó una risita burlona.
—Hoy es un día de tregua, Geto. Incluso para este idiota.
Shoko dio un paso al frente, sacando una mano del bolsillo para hacer un gesto vago hacia Satoru.
—Queríamos decírselo a todos a la vez para evitar rumores molestos y que Satoru no tuviera que repetirlo cincuenta veces —dijo ella con su voz monótona, aunque había un brillo suave en sus ojos—. Básicamente, hemos decidido que ya no somos solo "compañeros de equipo".
Satoru aprovechó el momento para pasar un brazo sobre los hombros de Shoko, atrayéndola hacia él con una naturalidad que hizo que a Suguru se le cayera el alma a los pies.
—Exacto —anunció Gojo, inflando el pecho—. A partir de hoy, Shoko es oficialmente la única persona en el mundo con permiso para insultarme y curarme al mismo tiempo. Estamos saliendo. De verdad. Con exclusividad y todo ese rollo aburrido que le gusta a la gente normal.
El salón estalló en una mezcla de reacciones. Haibara empezó a aplaudir con entusiasmo, Nanami asintió con un escueto "felicidades", y Utahime finalmente soltó un suspiro de alivio, murmurando algo sobre que "ya era hora de que Shoko tuviera a alguien que la cuidara, aunque fuera este desperdicio de talento".
Suguru Geto, sin embargo, permaneció en silencio. Su rostro era una máscara de absoluta estupefacción que rápidamente se transformó en una mueca de indignación contenida.
—¿Perdona? —logró decir Suguru, su voz subiendo una octava—. ¿"Estamos saliendo"? ¿Así de simple? ¿En un salón de entrenamiento? ¿Entre sudor y pesas de gimnasio?
Satoru arqueó una ceja, confundido por la reacción de su amigo.
—Sí, bueno, anoche estábamos cenando ramen instantáneo en el tejado y Shoko dijo que estaba harta de que Suguru nos mirara como si fuéramos un experimento de laboratorio. Así que nos preguntamos: "¿Por qué no?". Y aquí estamos. ¿No te alegras?
Suguru metió la mano en su chaqueta y sacó su libreta de planes. La sacudió frente a la cara de Satoru como si fuera un arma prohibida.
—¡He pasado semanas planeando la confirmación! —exclamó Suguru, perdiendo por completo su compostura zen—. ¡Tenía un restaurante! ¡Tenía pétalos de flores! ¡Tenía una maldición ensayando un poema de la era Heian! ¡Ibas a usar un traje, Satoru! ¡Un traje con corbata de seda!
Shoko soltó una carcajada, la primera vez que Suguru la oía reírse tan fuerte frente a tanta gente.
—¿Un poema de la era Heian, Suguru? —preguntó ella, limpiándose una lágrima de la esquina del ojo—. ¿De verdad creías que íbamos a aguantar una cena romántica sin que Satoru tirara el vino o yo me escapara a fumar al baño?
—¡Ese no es el punto! —protestó Geto—. El punto es la estética, el ritmo narrativo, la culminación de mi esfuerzo como casamentero. ¡Se han adelantado! ¡Se han saltado el clímax!
—Bueno —intervino Mei Mei, acercándose a Suguru con una sonrisa depredadora—, si te sirve de consuelo, Geto, yo gané la apuesta que organicé con Utahime y los de primer año sobre cuándo lo harían oficial. Aposté a que lo harían de la forma más anticlimática posible solo para molestarte. Gracias por los fondos, chicos.
Utahime gruñó, entregándole unos billetes a la mujer del cabello plateado.
—No puedo creer que perdiera contra tu cinismo, Mei Mei.
Satoru se acercó a Suguru y le dio una palmada en la espalda que casi lo manda al suelo.
—Vamos, Suguru. No te pongas así. Tu trabajo fue fundamental. Sin tus encerronas en los almacenes y tus misiones falsas a la playa, probablemente seguiríamos peleando por quién se queda con el último palito de Pocky. Eres el mejor ala que un hechicero de grado especial podría pedir.
Suguru miró a su mejor amigo. Satoru se veía genuinamente feliz. No era esa felicidad maníaca que mostraba cuando ganaba una batalla, sino una calma que Suguru rara vez había visto en él. Luego miró a Shoko, que le dedicó un pequeño asentimiento de agradecimiento silencioso.
Geto suspiró, dejando caer los hombros. Guardó su libreta en el bolsillo y se pasó una mano por la cara.
—Son unos idiotas —dijo finalmente, aunque una pequeña sonrisa empezó a asomar en su rostro—. Unos idiotas sin ningún sentido del espectáculo.
—Pero somos tus idiotas —replicó Shoko, acercándose para darle un abrazo rápido—. Y ahora, como castigo por intentar hacernos recitar poemas antiguos, vas a tener que pagar la comida de celebración para todos. Satoru quiere ese postre de edición limitada que mencionaste el otro día.
—¿Qué? ¡Eso es extorsión! —protestó Suguru.
—Es el impuesto por ser el cerebro del grupo —sentenció el director Yaga, poniendo una mano pesada sobre el hombro de Suguru—. Buen trabajo, Geto. Ahora ve a alimentar a tus amigos antes de que Gojo empiece a destruir el mobiliario por falta de azúcar.
El grupo empezó a salir del salón, charlando y riendo. Haibara le preguntaba a Satoru detalles que hacían que Shoko le diera pequeños golpes en el brazo, mientras Nanami explicaba por qué las relaciones en el lugar de trabajo eran una ineficiencia logística.
Suguru se quedó un momento atrás, observando la espalda de Satoru y Shoko. Iban caminando muy juntos, y aunque ya no se escondían, había una complicidad que seguía siendo solo de ellos. Satoru decía algo que hacía que Shoko pusiera los ojos en blanco, pero ella no se alejaba.
—Supongo que el plan funcionó —murmuró Suguru para sí mismo—. Aunque los actores decidieron improvisar el final.
Caminó para alcanzarlos, sintiendo que el peso de las últimas semanas se desvanecía. El verano del 2006 estaba llegando a su fin, y aunque el mundo de la hechicería era un lugar oscuro y lleno de sacrificios, ese momento, bajo el sol de la tarde en Tokio, se sentía perfecto.
—¡Oye, Satoru! —gritó Suguru mientras corría hacia ellos—. ¡Si voy a pagar la comida, yo elijo el sitio! ¡Y nada de dulces hasta que termines tus vegetales!
—¡Eso es abuso de poder, Suguru! —respondió Gojo, riendo—. ¡Shoko, dile algo!
—Tiene razón, Satoru —dijo Shoko, enganchando su brazo con el de Geto mientras caminaban—. Necesitas fibra. Y Suguru necesita recuperar su salud mental después de aguantarnos.
—¡Traidores! ¡Todos son unos traidores!
Las risas del trío más fuerte de la Escuela Técnica de Hechicería resonaron por todo el campus, una melodía de juventud y amistad que desafiaba a las sombras que siempre acechaban en las esquinas. Suguru Geto, el estratega, el casamentero, el amigo, finalmente pudo descansar. Su misión estaba cumplida, y aunque no hubo poemas ni pétalos de cristal, el resultado era mucho más valioso: sus amigos estaban juntos, y por una vez, el futuro parecía brillante.