Un nuevo mundo
El Eco de la Batalla y el Aroma del Miso
La cafetería de la Academia Itan estaba inusualmente silenciosa esa tarde, a pesar de estar repleta de estudiantes. La noticia del "extraño fenómeno meteorológico" y el regreso triunfal, aunque maltrecho, de Naruto Uzumaki se había convertido en una leyenda urbana en menos de veinticuatro horas. Sin embargo, para el grupo sentado en la mesa del rincón, la tensión era mucho más real y palpable.
Naruto estaba sentado entre Alya e Ichika, devorando su quinto tazón de ramen con una voracidad que desafiaba las leyes de la biología. Su brazo derecho estaba completamente vendado, ocultando la piel rugosa que aún se recuperaba del estrés celular, pero su energía parecía haber regresado casi al cien por ciento.
—¿De verdad no vas a decirnos qué pasó? —preguntó Nino, cruzándose de brazos y mirando al rubio con una mezcla de sospecha y preocupación—. Apareces cubierto de sangre, el cielo se vuelve negro y ahora actúas como si solo hubieras tenido una pelea callejera.
Naruto tragó un trozo de narutomaki y sonrió, aunque sus ojos todavía guardaban un rastro de la fatiga del combate.
—Ya les dije, fue un entrenamiento que se salió de control —mintió con una naturalidad asombrosa—. Mi familia tiene métodos muy... intensos. A veces la presión atmosférica cambia cuando chocamos energías. Es física, ¿no, Uesugi?
Fuutarou, que estaba sentado frente a él con una ojera más profunda de lo habitual, suspiró mientras ajustaba sus gafas.
—La física no explica cómo apareciste en un destello de luz ni por qué el centro de investigación de la Antártida reportó una explosión de energía equivalente a diez bombas nucleares —dijo Fuutarou en voz baja—. Pero supongo que si te presiono, me dirás otra tontería sobre "tradiciones rurales".
—¡Exacto! Sabía que lo entenderías —rio Naruto, dándole una palmada en la espalda que casi hace que el tutor se atragante con su té.
Alya, que había estado extrañamente callada, observaba a Naruto de reojo. Sus dedos jugueteaban con el borde de su falda. *On vret, i on vret ochen' plokho* (Miente, y miente muy mal), pensó en ruso.
—Naruto-kun —dijo Alya, captando la atención del rubio—, el consejo estudiantil ha recibido muchas preguntas. Maria está intentando calmar a los profesores, pero Masachika dice que vio algo... algo que no puede explicar.
—¿Kuze-kun? —Naruto se rascó la nuca—. Ah, él es un buen tipo. Seguro que solo vio un reflejo del sol.
En ese momento, Masachika Kuze se acercó a la mesa, luciendo tan despreocupado como siempre, aunque sus ojos buscaban los de Naruto con una intensidad inusual. Detrás de él, las otras quintillizas, Miku, Yotsuba e Itsuki, traían más bandejas de comida.
—Oye, Uzumaki —dijo Masachika, sentándose al lado de Fuutarou—. No soy experto en meteorología, pero los reflejos del sol no suelen dejar cráteres visibles desde el espacio. Por suerte para ti, los registros de las cámaras de seguridad de la escuela tuvieron un "fallo técnico" justo cuando regresaste. De nada.
Naruto le dedicó un pulgar arriba.
—Te debo una, Kuze.
—¡Basta de secretos! —exclamó Yotsuba, dejando una pila de croquetas frente a Naruto—. ¡Lo importante es que Naruto-san está a salvo! ¡Y que mañana es nuestro día de compras y piscina para celebrar que no morimos en el fin del mundo!
—¿Otra vez compras? —se quejó Fuutarou—. Tenemos un examen de recuperación el lunes.
—¡Oh, vamos, Fuutarou-kun! —dijo Ichika con un guiño—. Después de lo que pasamos, un poco de sol y agua nos vendrá bien a todos. Además, Naruto necesita ropa nueva. La suya quedó... bueno, hecha jirones.
Naruto miró los restos de su chaqueta favorita en una bolsa a sus pies y asintió con tristeza.
—Es verdad. Era una buena tela.
***
Al día siguiente, el sol brillaba sobre el centro comercial "Grand Itan" con una intensidad renovada, como si el universo intentara compensar la oscuridad de los días anteriores. El grupo era una procesión de personalidades vibrantes: las quintillizas en sus mejores galas veraniegas, Alya luciendo un vestido blanco que la hacía parecer una aparición celestial, y Fuutarou cargando, como siempre, una bolsa con libros de texto "por si acaso".
Naruto caminaba al frente, con una energía que contagiaba a todos. A pesar de los eventos traumáticos en la Antártida, su espíritu parecía inquebrantable.
—¡Miren esa tienda! —gritó Naruto, señalando un escaparate de ropa deportiva—. ¡Tienen chaquetas naranjas!
—¡Ni se te ocurra, Uzumaki! —Nino lo agarró de la oreja y lo arrastró hacia una boutique de moda masculina—. Si vas a salir con nosotras, vas a vestirte como un ser humano del siglo veintiuno, no como un cono de tráfico.
—¡Ay, ay, ay! ¡Está bien, Nino! —exclamó Naruto, aunque se reía.
Dentro de la tienda, comenzó un desfile que atrajo las miradas de todos los clientes. Ichika y Nino se encargaron de elegir conjuntos, mientras Miku e Itsuki opinaban desde los sofás de espera.
—Pruébate esto —dijo Ichika, entregándole una camisa de lino azul claro y unos pantalones chinos color crema.
Naruto entró al probador y salió unos momentos después. La ropa resaltaba su físico atlético y su piel bronceada, dándole un aire de elegancia relajada que dejó al grupo en silencio.
—*Gospodi, on vyglyadit potryasayushche* —susurró Alya, cubriéndose la boca con la mano—. (Dios, se ve impactante).
—¿Qué has dicho, Alya-san? —preguntó Miku, mirándola con curiosidad.
—¡Que... que le queda un poco grande de hombros! —mintió Alya, con la cara ardiendo.
Naruto se miró en el espejo, acomodándose el cuello.
—Me siento... raro. Como si fuera otra persona.
—Te ves bien, Naruto —dijo Fuutarou, sorprendiéndose a sí mismo por el cumplido—. Pareces alguien que realmente podría aprobar un examen de ingreso.
—¡Esa es la idea! —rio Naruto—. Si parezco inteligente, tal vez los libros se asusten y me den las respuestas.
Después de las compras, se dirigieron a la zona de la piscina techada. El ambiente era tropical, con palmeras artificiales y el sonido constante del agua. Para Naruto, el agua siempre había sido un lugar de meditación o de batalla, pero ver a sus amigos riendo y jugando le daba una perspectiva nueva.
Fuutarou se sentó en una reposera, tratando de concentrarse en un libro de historia, pero su atención no dejaba de desviarse hacia el rubio. Naruto estaba en el borde de la piscina profunda, rodeado por Yotsuba e Itsuki, quienes intentaban convencerlo de hacer un concurso de clavados.
—¡Mira esto, Uesugi! —gritó Naruto.
Con un salto fluido, se lanzó al aire. No usó chakra, no hubo destellos dorados, solo la agilidad natural de un cuerpo entrenado hasta el límite. Entró al agua casi sin hacer ruido, emergiendo segundos después con el cabello pegado a la frente.
—¡Diez de diez! —gritó Yotsuba, aplaudiendo.
Alya se acercó al borde, vistiendo un bikini azul oscuro que contrastaba perfectamente con su piel pálida. Se sentó en el borde, dejando que sus pies colgaran en el agua. Naruto nadó hacia ella, apoyando sus brazos en el borde, justo entre sus piernas.
—¿No te vas a meter? —preguntó Naruto, mirando hacia arriba.
Alya lo miró intensamente. La cercanía hacía que el corazón le diera vuelcos.
—Estaba esperando a que el agua se calmara —respondió ella—. *Ty vsegda takoy energichnyy. Kak ty eto delayesh'?* (Siempre eres tan enérgico. ¿Cómo lo haces?).
Naruto sonrió, una sonrisa suave que Alya rara vez veía.
—Tengo muchas razones para estar feliz, Alya. Estar aquí, con ustedes... es como un sueño que no quiero que termine.
Alya sintió que sus defensas se desmoronaban. Se inclinó un poco hacia él, sus rostros a pocos centímetros de distancia.
—Naruto... si alguna vez vuelves a irte a un lugar peligroso sin decir nada... —empezó ella, con la voz temblorosa.
—No lo haré —la interrumpió él, tomando su mano—. A menos que vengas conmigo.
—¡Oigan, tortolitos! —la voz de Nino rompió el momento—. ¡La comida está lista! ¡Yotsuba encontró un puesto de helados gigantes!
Alya se apartó rápidamente, roja de pies a cabeza, mientras Naruto soltaba una carcajada y salía de la piscina de un solo salto.
El grupo se reunió en una mesa cerca del bar de la piscina. Había helados, refrescos y una montaña de papas fritas. Fuutarou, finalmente, dejó de lado sus libros y se unió a la conversación.
—Estaba pensando —dijo Fuutarou, mirando a Naruto—, que después del examen del lunes, podríamos organizar una cena en casa de las Nakano. Naruto, podrías cocinar algo de tu "región".
—¡Ramen para todos! —exclamó Naruto—. ¡Les enseñaré el verdadero sabor del Ichiraku! Bueno... mi versión del Ichiraku.
—¡Me apunto! —dijo Itsuki, cuyos ojos brillaban ante la mención de comida—. Pero solo si hay postre.
—Yo puedo ayudar con los dulces —se ofreció Miku, mirando a Naruto con una pequeña sonrisa.
Mientras el sol comenzaba a filtrarse por los ventanales del techo, creando patrones de luz en el agua, Naruto sintió una paz profunda. Sabía que en algún lugar, las sombras seguían acechando, que su brazo derecho aún le recordaba el precio de su poder y que su origen seguiría siendo un misterio para la mayoría. Pero al mirar a su alrededor —a las cinco hermanas que lo habían aceptado, al tutor que se había convertido en su rival y amigo, y a la chica rusa que desafiaba su corazón— supo que este era su lugar.
—¿En qué piensas, Naruto-kun? —preguntó Ichika, apoyando su cabeza en su hombro.
Naruto miró al grupo y luego al cielo.
—Pienso que, por primera vez en mucho tiempo, no tengo prisa por llegar a ninguna parte —respondió él—. Estoy exactamente donde quiero estar.
—*Ya tozhe* —susurró Alya, tan bajo que solo el viento pudo escucharla—. Yo también.
La tarde terminó con risas y juegos en el agua, borrando las cicatrices de la batalla reciente. Fuutarou, aunque seguía quejándose de la falta de estudio, no pudo evitar sonreír al ver a Naruto compitiendo contra las cinco hermanas en una carrera de natación que claramente estaba perdiendo a propósito para hacerlas reír.
El héroe de la guerra, el Jinchuriki del zorro de nueve colas, el séptimo Hokage... todos esos títulos se sentían lejanos. En ese momento, en esa piscina, bajo el cielo de una ciudad que nunca antes había visto, él era simplemente Naruto Uzumaki, el chico que amaba el ramen y que había encontrado una nueva familia en el lugar más inesperado del mundo.
Y mientras caminaban hacia la salida, con el cansancio feliz de un día bien aprovechado, Naruto supo que, pasara lo que pasara el lunes, o cualquier otro día, ya no tendría que luchar solo. Porque el eco de la batalla había sido reemplazado por algo mucho más poderoso: el sonido de la risa de sus amigos.