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Un nuevo mundo

El Retorno del Destello: Hielo, Sangre y el Despertar de la Bestia

—¿Naruto? ¿A dónde vas con tanta prisa? —preguntó Itsuki, deteniéndose en seco en el pasillo.

Naruto no respondió de inmediato. Su cuerpo estaba rígido, su mirada fija en un punto inexistente más allá de las paredes de la academia. El aire a su alrededor comenzó a vibrar, un zumbido sordo que hizo que los cristales de las ventanas tintinearan.

—¡Oye, Uzumaki! Te estoy hablando —dijo Fuutarou, saliendo del salón con un fajo de exámenes—. Si crees que puedes escaparte de la tutoría hoy solo porque...

—Fuutarou —lo interrumpió Naruto, y su voz sonó como el crujido de una montaña—. Llévate a las chicas a casa. Ahora mismo.

—¿De qué estás hablando? —Alya apareció detrás de ellos, frunciendo el ceño—. Estás pálido. *Chto s toboy proiskhodit?*

—¡Váyanse! —rugió Naruto, y una onda de choque invisible empujó a los tres hacia atrás.

En un parpadeo, un destello amarillo cegador envolvió al rubio. Cuando la luz se disipó, Naruto había desaparecido, dejando solo una marca de quemadura en el suelo y un silencio sepulcral.

A miles de kilómetros de distancia, en la desolación blanca de la Antártida, el espacio se rasgó. Naruto apareció en cuclillas sobre la nieve eterna, pero no vestía su uniforme escolar. Su cuerpo estaba envuelto en un aura de llamas doradas, con esferas negras flotando a su espalda. El Modo Sabio de los Seis Caminos estaba activo.

Frente a él, emergiendo de una grieta en un glaciar milenario, una figura pálida y esbelta se sacudía los restos de hielo. Tenía cuernos curvados y ojos que brillaban con un vacío ancestral.

—Así que... el zorro todavía respira en esta era marchita —dijo el Otsutsuki, su voz resonando como mil glaciares rompiéndose a la vez—. Soy Urashiki, y he esperado milenios para reclamar lo que es mío.

—No sé cómo te descongelaste, pedazo de basura —dijo Naruto, apretando los puños mientras el vapor salía de su cuerpo caliente contra el frío extremo—, pero te voy a mandar de vuelta al infierno antes de que arruines mi nueva vida.

—¿Tu vida? —Urashiki rió, extendiendo una mano—. Este planeta es solo un huerto. Y tú eres la maleza.

El choque fue instantáneo. Naruto se lanzó hacia adelante, un rastro dorado cortando la ventisca. Sus puños chocaron contra una barrera de energía roja, provocando una explosión que desintegró kilómetros de hielo a la redonda.

Mientras tanto, en la Academia Itan, el cielo se había vuelto negro.

—¿Qué está pasando? —preguntó Miku, abrazándose a sí misma mientras el suelo temblaba—. Los satélites dicen que hay una tormenta global formándose en el sur.

—Es él —susurró Alya, mirando hacia la ventana—. Naruto está allí. Lo siento... siento ese calor.

—Es imposible —dijo Fuutarou, ajustándose las gafas con manos temblorosas—. Nadie puede viajar a la Antártida en un segundo. Pero... esa energía...

En el campo de batalla, la lucha ya llevaba horas. El paisaje antártico era irreconocible; donde antes había llanuras de nieve, ahora había cráteres de lava y picos de roca arrancados de las profundidades.

—¡Eres persistente, criatura! —gritó Urashiki, lanzando ráfagas de rayos púrpuras.

—¡Ni siquiera has visto la mitad! —respondió Naruto.

Creó seis clones de sombra, cada uno cargando un Rasenshuriken de diferente elemento. El cielo se iluminó con explosiones de lava, vapor y magnetismo. Sin embargo, Urashiki era rápido. En un movimiento casi invisible, el Otsutsuki materializó una hoja de chakra puro.

Un grito desgarrador cortó el viento.

Naruto retrocedió, su respiración agitada. Su brazo derecho, el implante protésico hecho de células de Hashirama, yacía en la nieve, cortado limpiamente desde el hombro.

—¡Naruto! —la voz de Kurama retumbó en su mente—. ¡Concéntrate! ¡No dejes que el dolor te ciegue!

—Lo sé, lo sé... —gruñó Naruto, arrodillado.

Urashiki caminó hacia él con parsimonia.

—Sin tu brazo, tu equilibrio de chakra está roto. Se acabó, Jinchuriki.

Naruto levantó la mirada, y una sonrisa sangrienta apareció en su rostro.

—¿Crees que un brazo me va a detener? He peleado contra dioses con menos que esto.

Con su mano izquierda, Naruto agarró el brazo amputado de la nieve. Con un rugido de voluntad pura, inyectó el chakra de los Seis Caminos en la herida abierta. La carne burbujeó, las fibras de madera y células vivas se retorcieron y, con un crujido asqueroso, el brazo se soldó de nuevo a su lugar, envuelto en llamas doradas.

—¿Qué...? —Urashiki retrocedió un paso—. ¡Eso debería ser imposible!

—En este mundo, yo decido qué es posible —dijo Naruto, poniéndose de pie. Su aura se expandió, creando un tornado de fuego que derretía el hielo a cientos de metros—. ¡Kurama, vamos con todo!

—¡A las órdenes, compañero!

El avatar de Kurama, un zorro gigante de energía dorada, se materializó alrededor de Naruto. Urashiki respondió transformándose en una masa de alas y ojos, una forma monstruosa que oscureció el sol.

La batalla duró tres días con sus noches. Los sismógrafos de todo el mundo se volvieron locos. En Japón, las quintillizas y los demás no se habían movido del salón del consejo estudiantil, observando las noticias que hablaban de "auroras boreales inexplicables" y "cambios climáticos catastróficos".

—No puede morir —decía Nino, caminando de un lado a otro—. Ese idiota rubio prometió que iríamos por ramen el viernes. ¡No se atrevería a romper una promesa!

—Naruto-kun es fuerte —dijo Yotsuba, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas—. Pero esto... esto parece el fin del mundo.

—*Pozhaluysta, vernis'* —susurró Alya en un ruso apenas audible, apretando un amuleto contra su pecho.

En la Antártida, el silencio finalmente regresó.

Naruto estaba de pie sobre el último fragmento de un glaciar flotante. Su ropa estaba hecha jirones, su brazo derecho echaba humo y su rostro tenía cortes profundos, pero sus ojos seguían siendo los de un depredador alfa. A sus pies, Urashiki se desintegraba en polvo cósmico.

—¿Cómo...? —susurró el Otsutsuki con su último aliento—. Eres solo un mortal...

—No —dijo Naruto, respirando con dificultad—. Soy un ninja. Y tengo gente a la que volver.

Con un último esfuerzo, Naruto realizó el sello de transporte.

El destello amarillo apareció de nuevo en el pasillo de la Academia Itan. Los estudiantes gritaron y se apartaron cuando Naruto colapsó en el suelo, rodeado de vapor y olor a ozono.

—¡Naruto! —Fuutarou fue el primero en reaccionar, dejando caer sus libros y corriendo hacia él.

—¡Uzumaki-san! —Itsuki y las demás lo rodearon de inmediato.

Alya se arrodilló a su lado, sosteniendo su cabeza. Naruto abrió los ojos lentamente, enfocando la vista en el rostro preocupado de la chica rusa.

—Hey... —susurró Naruto, tosiendo un poco de sangre—. Te dije que... el clima en el sur estaba un poco frío.

—¡Idiota! ¡Casi nos matas del susto! —gritó Nino, aunque estaba llorando de alivio.

—¿Estás bien? ¿Qué te pasó en el brazo? —preguntó Miku, notando que el brazo derecho de Naruto tenía un color extraño, casi como madera quemada.

—Solo... gajes del oficio —dijo Naruto, tratando de sentarse—. Uesugi... ¿hice la tarea?

Fuutarou soltó una risa nerviosa, limpiándose una lágrima traicionera.

—Si sobrevivir a una tormenta apocalíptica cuenta como educación física, creo que tienes un diez, Naruto.

Alya le dio un golpe suave en el hombro, aunque luego lo abrazó con fuerza, sin importarle que estuviera cubierto de ceniza y sangre.

—*Ty bol'she nikogda tak ne delay* —le recriminó ella—. No vuelvas a irte así.

Naruto sonrió, apoyando su cabeza en el hombro de Alya mientras las quintillizas se amontonaban a su alrededor, formando un escudo de calidez humana contra el frío que aún sentía en sus huesos.

—Lo prometo —dijo Naruto—. Pero ahora, en serio... alguien tiene que pagarme un ramen gigante. Creo que quemé unas cuantas calorías allá abajo.

—¡Yo lo pago! —exclamó Yotsuba—. ¡Y comeremos hasta que no podamos más!

Mientras lo ayudaban a levantarse, Naruto miró por la ventana. El cielo estaba volviendo a su azul normal. Sabía que la amenaza de los Otsutsuki no terminaría aquí, pero mientras tuviera a este grupo de locos a su lado, el héroe de Konoha sabía que ninguna tormenta, por eterna que fuera, podría apagar su fuego.

—Por cierto, Fuutarou —dijo Naruto mientras caminaban hacia la salida—, ese tipo al que vencí... tenía una actitud peor que la tuya cuando intentas explicar trigonometría.

—Cállate y camina, Uzumaki —respondió Fuutarou con una sonrisa—. Mañana tenemos sesión doble de estudio para recuperar el tiempo perdido.

—¡Ay, no! —se quejó Naruto, y por un momento, todo volvió a ser normal.