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Una Familia Improvisada

El Sabor Amargo de la Calma

El silencio en el ala médica de la Academia de Jujutsu era una entidad propia. Una quietud densa, estéril, rota únicamente por el pitido rítmico y monocorde de un monitor de constantes vitales. Era el sonido de una vida suspendida, un metrónomo que marcaba un tiempo que no avanzaba.

Shoko Ieiri ajustó el goteo intravenoso con la precisión de un autómata. Sus movimientos eran económicos, sus dedos firmes, su rostro una máscara de profesionalismo impasible. Cualquiera que la viera pensaría que estaba atendiendo a un paciente más. Pero cuando su mirada se posó en el rostro dormido sobre la almohada, la máscara se agrietó, revelando un dolor tan profundo y silencioso como la habitación misma.

Tsumiki Fushiguro parecía un ángel de porcelana. A sus quince años, la vitalidad que la había caracterizado siempre, esa luz compasiva que era el verdadero corazón de su hogar, se había replegado en su interior, atrapada. Su respiración era suave, su expresión serena. Dormía. Pero era el sueño sin retorno de una maldición, un último regalo envenenado de los restos del ejército de Geto, activado meses después de su derrota. Una trampa diseñada no para matar, sino para robar. Era una crueldad exquisita, personal.

Shoko le apartó un mechón de pelo oscuro de la frente. No veía a una adolescente. Veía a la niña de ocho años que había ayudado a criar, la que le enseñó a hacer galletas quemadas, la que la dibujaba en sus retratos familiares con una sonrisa y sin un cigarrillo. Veía a su hija. Y la impotencia era un veneno frío que se extendía por sus venas, un mal que ninguna de sus técnicas de curación podía tocar.

No sintió su llegada, pero supo que estaba allí. El aire a su alrededor cambió, la presión infinitesimal del Infinito de Satoru cediendo para permitirle entrar en ese espacio sagrado y roto.

Satoru Gojo se detuvo junto a la cama, al otro lado de Shoko. No llevaba sus gafas de sol. Sus ojos azules, normalmente un torbellino de energía y arrogancia, estaban apagados, como el mar en un día sin sol. Miraba a Tsumiki, y en su mirada Shoko vio el mismo fantasma que la atormentaba a ella: la imagen de una niña pequeña y valiente que le había preguntado si él era más fuerte que su padre.

—¿Algún cambio? —preguntó él, su voz era un murmullo para no perturbar una paz que ya era irrompible.

Shoko negó con la cabeza.

—Está estable. La maldición es como una telaraña de acero alrededor de su alma. No puedo cortarla sin destrozarla a ella.

Satoru extendió una mano y, por una fracción de segundo, el espacio a su alrededor se combó. Sus dedos rozaron la mano de Tsumiki, que descansaba sobre la sábana. Estaba cálida. Viva. Y ausente.

—La sacaremos de ahí —dijo él. No era una promesa arrogante. Era un juramento, pronunciado con la voz cansada de un dios que había visto demasiadas guerras.

La puerta de la enfermería se abrió, y fue Ijichi, con su perpetua expresión de pánico contenido.

—Gojo-san, Ieiri-san… disculpen la interrupción.

—Habla, Ijichi —ordenó Satoru, su tono volviéndose cortante, el del líder, no el del padre afligido.

—Una llamada de Sendai. Un objeto maldito de grado especial. En la Preparatoria Sugisawa.

Satoru y Shoko intercambiaron una mirada. Un dedo de Sukuna. Los rumores eran ciertos.

—Fushiguro-kun fue enviado a recuperarlo —continuó Ijichi, tragando saliva—. Pero… llegó tarde. El objeto ha sido ingerido.

El aire se volvió pesado. Otro recipiente. Otra bomba de tiempo.

—¿El estado del recipiente? —preguntó Shoko, su voz ya la de la doctora.

—Vivo. Y aquí está lo extraño… Fushiguro-kun está en el lugar. Se opone a la ejecución inmediata. Solicita su presencia, Gojo-san. Insiste en que venga personalmente.

Satoru se quedó en silencio. Megumi. Su chico, el pragmático, el que siempre seguía las reglas del combate, el que entendía la necesidad del sacrificio… pidiendo salvar a un recipiente de Sukuna. Era ilógico. Era suicida.

Y tenía todo el sentido del mundo.

Miró de nuevo a Tsumiki, dormida e inalcanzable. Megumi ya había perdido a su hermana. Estaba desesperado por salvar a alguien, a quien fuera, para demostrarse a sí mismo que no era impotente. Para luchar contra el veneno de la desesperanza que amenazaba con consumirlos a todos.

—Dile que voy para allá —dijo Satoru, su voz firme. Se volvió hacia Shoko—. Ocúpate de todo aquí.

—Siempre —respondió ella.

***

El apartamento de Roppongi se sentía vasto y hueco. Un año de calma amarga lo había convertido en un mausoleo de la vida que habían tenido. La risa de Tsumiki ya no resonaba en los pasillos. Sus zapatillas ya no estaban junto a la puerta. El silencio era un miembro más de la familia.

Satoru se estaba cambiando, poniéndose su uniforme de combate negro. Shoko lo observaba desde el marco de la puerta de su dormitorio, con los brazos cruzados. No había necesidad de palabras. Compartían la misma ansiedad, el mismo agotamiento del alma.

Cuando terminó, caminó hacia ella. La tensión en la habitación era palpable. Otro dedo. Otro desastre en ciernes. El mundo nunca les daba un respiro.

—Voy a ver qué quiere mi chico —dijo él, su voz más suave de lo habitual.

Era su ritual. Antes de cada misión peligrosa, antes de cada enfrentamiento con lo desconocido, había un momento. Un ancla. Se inclinó y apoyó su frente contra la de ella. Era un gesto que había evolucionado desde aquel en el que apoyaba su cabeza en su hombro. Ahora eran iguales, dos pilares sosteniendo el mismo techo que se derrumbaba. Cerró los ojos, inhalando su aroma a café y a desinfectante, el olor a seguridad, a hogar.

—Ten cuidado —susurró ella.

—Siempre —respondió él.

Levantó la cabeza y la besó. El beso no fue suave. Fue hambriento, desesperado. Un intento de absorber la suficiente fuerza de ella para enfrentar lo que viniera. Un recordatorio tangible de por qué luchaba. Sus labios se movieron juntos, una conversación sin palabras sobre el miedo, la pérdida y la feroz determinación de seguir adelante.

Cuando el beso se profundizó, la mano de Satoru descendió por la espalda de ella, un instinto arraigado, un intento de aferrarse a la normalidad, a la pasión que era su refugio. Sus dedos se curvaron sobre su trasero, un gesto juguetón y posesivo, un eco de tiempos más ligeros.

La mano de Shoko fue un rayo. No lo apartó. Simplemente atrapó su muñeca, su agarre firme e inamovible.

—Satoru.

Su nombre fue suficiente. Una sola palabra que lo ancló de nuevo a la realidad. Él se detuvo, abriendo los ojos para encontrar los de ella, serios, pero no enfadados. Había un matiz de tristeza en ellos.

—Primero el deber, luego el placer —dijo ella, y una pequeña sonrisa triste tiró de la comisura de sus labios.

Él suspiró, una bocanada de aire que liberó parte de la tensión. Apoyó su frente en la de ella de nuevo, derrotado no por ella, sino por la verdad de sus palabras.

—Sí, mamá —murmuró, la broma sonando débil incluso para sus propios oídos.

Se enderezó, soltando su muñeca. La máscara del despreocupado Gojo Satoru volvió a su sitio, pero Shoko pudo ver las grietas.

—Vuelve a casa —dijo ella. Su mantra. Su orden.

—Siempre —prometió él.

Y con eso, desapareció, dejando solo el eco de su energía y el sabor amargo de la calma rota.

***

Cuando Satoru apareció en la azotea de la Preparatoria Sugisawa, lo hizo sin fanfarria. Un simple parpadeo en la realidad, y allí estaba. El aire olía a energía maldita residual y a miedo adolescente.

La escena era casi patética. Megumi, su chico, su pupilo, estaba apoyado contra la barandilla, magullado y sangrando por la cabeza, pero con una determinación de acero en sus ojos verdes. Y frente a él, un chico con el pelo de un rosa absurdo y un uniforme escolar genérico. El chico parecía más confundido que nada, pero la energía que emanaba de él era inconfundible. Un vórtice de poder oscuro y antiguo, contenido a la fuerza por la voluntad de un adolescente desconcertado.

—Vaya, vaya —dijo Satoru, su voz goteando una falsa jovialidad mientras se acercaba—. Parece que la fiesta se puso buena. ¿Qué tenemos aquí?

Megumi se enderezó, aliviado y tenso al mismo tiempo.

—Gojo-sensei…

—Luego me das el informe, Megumi —lo interrumpió Satoru, su mirada fija en el chico de pelo rosa—. Tú debes ser el invitado de honor.

El chico, Yuji Itadori, lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿Quién… quién eres tú?

—Gojo Satoru. Profesor en la Academia de Jujutsu —dijo, deteniéndose a unos metros de él—. Y tú eres el idiota que se comió un dedo podrido de mil años.

De repente, el rostro de Yuji se crispó. Líneas negras florecieron en su piel como enredaderas venenosas, y un segundo par de ojos se abrió bajo los suyos. Una sonrisa torcida, llena de una malicia ancestral, se dibujó en sus labios.

—¡Ah! —la voz que salió era más profunda, gutural, resonando con el poder de eras olvidadas—. ¡Los hechiceros! Siempre tan molestos. Me estaba divirtiendo.

Satoru sonrió, una sonrisa genuina y peligrosa.

—Hola, Sukuna. Cuánto tiempo sin verte. Bueno, sin ver un trozo de ti. Te ves… apretado ahí dentro.

Sukuna se rió, un sonido que hizo vibrar el aire.

—Dame diez segundos, hechicero. Solo diez segundos. Y te mostraré lo espacioso que puedo volver este mundo.

Satoru se estiró, como si se preparara para un ejercicio ligero.

—Trato hecho. Megumi, quédate atrás.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, Yuji —o más bien, Sukuna— se lanzó hacia delante, su velocidad era antinatural. El suelo de la azotea se resquebrajó bajo sus pies. Apuntó un golpe al rostro de Satoru, un golpe que podría haber pulverizado el hormigón.

Satoru no se movió. El puño se detuvo a un centímetro de su cara, detenido por una barrera invisible. El Infinito.

Sukuna frunció el ceño, confundido.

—¿Qué…?

—Siete segundos —contó Satoru, con las manos todavía en los bolsillos.

Sukuna desató una ráfaga de golpes, cada uno con la fuerza de un misil, desde todas las direcciones. Ninguno conectó. Era como golpear el aire, un aire que se negaba a ser tocado.

—Seis. Cinco.

La frustración de Sukuna se convirtió en furia. Saltó hacia atrás, su energía maldita arremolinándose a su alrededor.

—¡Si no puedo tocarte, entonces tocaré todo lo demás!

Pero antes de que pudiera desatar su poder, Satoru se movió. En un instante, estaba detrás de él, su mano en la nuca del chico.

—Cuatro. Tres. Dos.

El rostro de Sukuna se contorsionó en una mueca de sorpresa y rabia. Y entonces, las marcas negras retrocedieron, desapareciendo en la piel de Yuji como tinta absorbida por el papel. Los ojos extra se cerraron. Yuji parpadeó, desorientado, y se encontró de nuevo en control.

—¿Eh? ¿Qué ha pasado? —preguntó, su voz de nuevo la de un adolescente normal.

—Se acabó el tiempo —dijo Satoru, su sonrisa desapareciendo.

Miró a Megumi.

—Explícame —ordenó, su tono ahora serio.

Megumi, todavía recuperando el aliento, expuso los hechos con una precisión clínica. El dedo, los amigos de Itadori en peligro, la maldición. Y el final.

—Se lo comió para salvarme. Para salvar a sus amigos —dijo Megumi, su voz era un hilo de acero—. Puede controlar a Sukuna. Lo ha demostrado. No es solo un recipiente, sensei. Es… diferente.

Satoru observó a Yuji, que los miraba con una mezcla de miedo y desafío. Vio la honestidad en sus ojos. La bondad inherente que Sukuna aún no había logrado corromper.

Y pensó en Megumi. En su desesperación. En su ruego silencioso. *Déjame salvar a este. Por favor.*

Los superiores querrían una ejecución inmediata. Era el protocolo. Era lo lógico.

Pero desde cuándo la lógica había dictado su vida.

—Tengo dos opciones —dijo Satoru, dirigiéndose a Yuji—. Puedo ejecutarte aquí y ahora, como dictan las normas. O puedo llevarte a la academia y proponer una suspensión de tu sentencia.

Los ojos de Yuji se abrieron de par en par.

—¿Suspensión?

—Sí. Hay veinte dedos de Sukuna en total. Eres un caso único, un recipiente que puede mantener el control. La idea sería que ingirieras todos los dedos. Una vez que el último dedo esté dentro de ti, te ejecutaremos. De esa forma, Sukuna desaparecerá para siempre.

Era una sentencia de muerte, solo que aplazada. Una vida corta y brutal al servicio de un bien mayor.

—Es una locura —dijo Megumi en voz baja.

—Es mi oferta —dijo Satoru, encogiéndose de hombros—. Mueres ahora sin sentido, o mueres después, habiendo salvado a incontables personas. La elección es tuya.

Yuji Itadori lo miró. Miró a Megumi. Miró sus propias manos, que habían albergado a un demonio. Pensó en su abuelo. En sus últimas palabras. *Ayuda a la gente. Muere rodeado de otros.*

Una determinación tranquila se asentó en su rostro.

—Lo haré —dijo, su voz firme—. No quiero arrepentirme de cómo he vivido.

Satoru sonrió. Una sonrisa de verdad esta vez.

—Bien. Pero antes de empezar tu nueva y emocionante vida…

Con un rápido y preciso golpe en el cuello, Satoru dejó a Yuji inconsciente. El chico se desplomó en sus brazos.

—Era más fácil así. No me apetecía explicarle todo el papeleo —dijo, acomodando al chico sobre su hombro como si fuera un saco de patatas.

Megumi lo miraba, su expresión una mezcla de alivio y aprensión.

—Sensei… ¿está seguro? Los superiores…

—Los superiores pueden besarme el trasero —dijo Satoru con alegría—. Hace mucho que no les daba un buen dolor de cabeza. Además, le hice una promesa a mi alumno estrella, ¿no? Le debo un favor.

Megumi no supo qué decir. Simplemente asintió, el peso de la noche finalmente cayendo sobre él.

Satoru miró el horizonte, donde el sol comenzaba a teñir el cielo de tonos anaranjados. Un año. Habían tenido un año de una paz frágil y amarga. Un año de lamerse las heridas en silencio. Pero la calma se había acabado.

Con el cuerpo inconsciente de Yuji Itadori sobre su hombro y el peso del destino del mundo de la hechicería una vez más sobre los suyos, Satoru Gojo supo que el juego había vuelto a empezar. El pasado, en forma de un rey demonio hambriento, había vuelto a llamar a su puerta.

Y esta vez, había entrado sin pedir permiso. La verdadera tormenta apenas comenzaba.