Una Familia Improvisada
Cicatrices Bajo la Nieve
La victoria olía a metal y a ceniza. Un olor que se le había pegado a Satoru Gojo en la parte posterior de la garganta y se negaba a desaparecer, sin importar cuántos dulces caros se metiera en la boca. Había pasado una semana desde el Desfile Nocturno de los Cien Demonios. Una semana desde que el mundo de la hechicería contuvo el aliento y sobrevivió. Una semana desde que él había mantenido su promesa y había matado a su mejor amigo en un callejón anónimo y mugriento.
Tokio había vuelto a la normalidad con una rapidez casi indecente. Las calles de Shinjuku, ahora limpias de sangre y restos malditos, volvían a bullir de vida. Los «monos» que Suguru tanto había despreciado seguían con sus vidas, ajenos a la guerra que se había librado por sus almas. Ajenos al precio que se había pagado.
Para el mundo, Satoru Gojo era el héroe. El hechicero más fuerte que, una vez más, había salvado el día. En la Academia de Jujutsu, impartía clases con su habitual arrogancia, deslumbrando a los estudiantes con demostraciones de poder que los dejaban boquiabiertos y aterrorizados a partes iguales. En el apartamento de Roppongi, hacía chistes malos durante la cena y se peleaba con Megumi por el último trozo de tarta. Era Satoru Gojo. Imparable. Intocable. Imperturbable.
Era la mentira más grande que había contado en su vida.
Cada noche, cuando el silencio por fin descendía sobre el apartamento, cuando Tsumiki dormía el sueño tranquilo de los justos y Megumi repasaba mentalmente los sellos para su próximo examen, Satoru se escapaba. Subía a la azotea del edificio, un nido de antenas y conductos de ventilación suspendido sobre el océano de luces de la ciudad. Allí, el viento helado de diciembre era un bálsamo para la quemazón que sentía por dentro.
Se sentaba en el borde, con las piernas colgando sobre el abismo, y dejaba que la máscara se hiciera añicos. Dejaba que el vacío lo llenara.
«¿Algunas últimas palabras?».
La voz de Suguru resonaba en su cabeza, no como un eco, sino como si estuviera sentado a su lado, con esa media sonrisa perezosa que solía poner cuando estaba a punto de decir algo profundo o increíblemente estúpido.
«No te odié. Ni por un segundo».
Había sido la verdad. Y había sido su propia sentencia. Porque matar a un enemigo era fácil. Matar a un monstruo era un deber. Pero matar a tu mejor amigo, a la única persona en el mundo que te había entendido de verdad, a tu otra mitad… eso era como amputarse un miembro fantasma. El dolor era sordo, constante, y la herida se negaba a cicatrizar.
La última semana había sido una actuación. Una obra de teatro para un solo espectador: él mismo. Hacía el papel del invencible Satoru Gojo, y lo hacía tan bien que a veces casi se lo creía. Pero por la noche, en la soledad de la azotea, el telón caía. Y solo quedaba Satoru. Un hombre que había salvado el mundo y había perdido su alma en el proceso.
—Otra vez aquí arriba, congelándote.
La voz de Shoko no lo sobresaltó. Su presencia era la única que su Infinito permitía pasar sin previo aviso. Era una constante en su vida, tan fiable como la salida del sol y tan necesaria como el aire que respiraba.
Ella se sentó a su lado, sin miedo al vacío. Llevaba una manta gruesa que le echó por los hombros sin decir una palabra.
—Estaba revisando los informes de la autopsia de los hechiceros caídos en Shinjuku —dijo, su tono era neutro, profesional. Una forma de llenar el silencio—. Nada fuera de lo común. Heridas consistentes con las maldiciones que Suguru liberó.
Él no respondió. Su mirada estaba fija en la Torre de Tokio, una aguja roja y blanca en la distancia.
—Megumi preguntó si el próximo año podría empezar a acompañar a los de primero en misiones de bajo nivel —continuó Shoko—. Está ansioso. Cree que necesita ponerse al día si quiere estar a la altura de Okkotsu-kun.
—Es demasiado joven —dijo Satoru, su voz era un murmullo ronco—. Yuta es un caso especial.
—Lo sé. Y se lo dije. Pero está creciendo, Satoru. Ya no es el niño que recogiste hace seis años. Está mirando hacia el futuro. Todos lo estamos intentando.
El mensaje implícito flotó entre ellos: *¿Y tú?*.
—Alguien tiene que vigilar la ciudad —dijo él, una excusa pobre que ninguno de los dos creyó.
Shoko suspiró, el vaho de su aliento formó una nube blanca en el aire frío.
—No tienes que hacerte el fuerte conmigo, Satoru. Sé que te duele.
Él se tensó. La palabra «dolor» era demasiado simple, demasiado pequeña para describir el abismo que se había abierto en su interior.
—Soy el más fuerte —respondió, como si fuera una respuesta a todo—. Es lo que hay.
Shoko no insistió. Sabía que forzarlo solo haría que levantara muros más altos. Se quedaron en silencio, compartiendo el frío y la vista de la ciudad que él había protegido a un coste tan alto. Finalmente, ella se levantó.
—La temperatura va a bajar de cero esta noche. Si te quedas aquí, ni siquiera tu técnica te salvará de un resfriado. Y como te enfermes, juro que te inyectaré los peores antibióticos que encuentre.
Era su forma de decir «entra, por favor».
Satoru le dedicó una media sonrisa cansada.
—Entendido, doctora.
Cuando se levantó para seguirla, su mirada se desvió hacia el cielo. La primera nieve del año había comenzado a caer. Copos grandes y perezosos que descendían en silencio, cubriendo la ciudad con un manto blanco y limpio. Como si intentaran borrar las cicatrices. Como si fuera posible.
***
Esa noche, el sueño no fue un refugio. Fue una trampa.
Al principio, fue un recuerdo cálido. Un verano que olía a salitre y a protector solar barato. Tenían diecisiete años y el mundo era suyo. Estaban los tres en una playa de Okinawa, después de una misión ridículamente fácil. Shoko estaba bajo una sombrilla, leyendo un libro de medicina con el ceño fruncido. Él y Suguru estaban en la orilla, compitiendo para ver quién podía hacer rebotar una piedra más veces sobre el agua turquesa.
—¡Trece! —gritó el Satoru de su sueño, exultante—. ¡Supera eso, debilucho!
Suguru se rió, su risa era un sonido cálido y profundo que parecía hacer vibrar el aire. Su pelo negro, más corto entonces, estaba mojado y pegado a su frente.
—La fuerza bruta no lo es todo, Satoru. Se trata de la técnica. Observa y aprende.
La piedra de Suguru danzó sobre la superficie del agua, quince, dieciséis, diecisiete veces antes de hundirse con un suave *plop*.
—Ja —dijo Suguru, con una sonrisa triunfante—. Te gané.
—¡Hiciste trampa! ¡Usaste tu energía maldita para estabilizarla! —protestó Satoru, aunque también sonreía.
—Los detalles no importan. Una victoria es una victoria. Me debes un helado.
El sol era cálido en su piel, el sonido de las olas era una canción de cuna, y la sensación de tener a su mejor amigo a su lado, compitiendo por algo tan trivial, era la definición misma de la felicidad. Era perfecto. Era el verano de su juventud, un verano que parecía que nunca iba a terminar.
Y entonces, el cielo se oscureció.
El sol se convirtió en una luna fría y rota. El agua turquesa se tiñó de un rojo oscuro y espeso. El olor a salitre fue reemplazado por el hedor a sangre y a carne quemada.
Satoru se giró, confundido. Suguru seguía a su lado, pero su sonrisa había desaparecido. Sus ojos, antes llenos de una luz divertida, ahora estaban vacíos, opacos. Su ropa de playa había sido reemplazada por las túnicas de monje.
—¿Suguru? —preguntó el Satoru del sueño, una punzada de miedo helado recorriéndolo.
—Estos monos… —dijo Suguru, su voz era la misma, pero el calor se había ido, reemplazado por un desprecio gélido. Señaló la playa, donde ahora había cientos de figuras borrosas, gritando y corriendo—. Son la fuente de todo nuestro sufrimiento. ¿No lo ves, Satoru?
—No… no entiendo.
—Claro que no lo entiendes —la voz de Suguru se volvió afilada, cruel—. Tú eres el más fuerte. El mundo se inclina ante ti. Nunca has tenido que tragar veneno, día tras día, hasta que corrompe tu alma.
La escena cambió de nuevo. Ahora estaban en el callejón. Llovía. El agua arrastraba la sangre por el asfalto. Suguru estaba apoyado contra la pared, con el brazo destrozado, una herida abierta en el abdomen. Pero sonreía.
—Al final… ¿vienes a matarme tú mismo? —preguntó, su voz era un graznido.
—Suguru…
—No digas mi nombre con esa cara. Me da náuseas.
Las lágrimas caían por las mejillas del Satoru del sueño, mezclándose con la lluvia.
—¿Por qué? ¿Por qué tuvo que ser así?
—Porque tenía que serlo —respondió Suguru, tosiendo sangre—. Este mundo… es una mierda. Y tú eres su rey. Disfruta de tu trono solitario, Satoru.
—No quiero estar solo. Te quiero a ti.
La sonrisa de Suguru se ensanchó, volviéndose monstruosa.
—Demasiado tarde.
Extendió una mano, no para atacar, sino para tocar la mejilla de Satoru. Su tacto era frío como el hielo de una tumba.
—¿Algunas últimas palabras para tu mejor amigo?
El Satoru del sueño no podía hablar. Estaba paralizado por el dolor, por la pérdida, por el amor y el odio que se retorcían en su interior como serpientes.
—Bien —susurró Suguru—. Entonces, déjame decirte las mías.
Se inclinó hacia su oído, su aliento fétido y helado.
—Te odio.
La palabra fue un disparo en la oscuridad. Un veneno que se extendió por sus venas, congelando su corazón.
—No… —susurró Satoru, temblando violentamente—. No… Suguru… no…
***
Shoko se despertó por el sonido. Al principio, fue un murmullo bajo, casi inaudible. Un quejido ahogado. Se incorporó en la cama, con los sentidos alerta al instante. La lámpara de su mesita de noche arrojaba una luz tenue sobre la habitación. A su lado, Satoru se retorcía en sueños.
Su cuerpo, normalmente relajado y lánguido al dormir, estaba tenso como un arco. Sudor frío perlaba su frente, pegándole mechones de pelo blanco a la piel. Sus manos, que podían destruir ciudades, estaban apretadas en las sábanas como si se estuviera ahogando.
—No… por favor… —susurró él, su voz era un hilo roto, lleno de una agonía que Shoko rara vez había presenciado.
Se acercó, poniendo una mano en su hombro. Estaba temblando. No era un temblor ligero. Eran espasmos violentos que sacudían todo su cuerpo.
—Satoru… —dijo ella en voz baja, intentando no asustarlo.
—Suguru… no me dejes…
El nombre la golpeó como un puñetazo en el estómago. Por supuesto. ¿Quién más podría reducir al gran Satoru Gojo a esto?
Una lágrima solitaria se deslizó desde la esquina de su ojo cerrado, trazando un camino por su sien. Luego otra. Y otra. El hombre que había matado a su mejor amigo sin derramar una lágrima visible ahora lloraba en sueños como un niño perdido.
El Infinito, que siempre estaba activo a su alrededor incluso mientras dormía, parpadeó. Por una fracción de segundo, la barrera se debilitó, se volvió porosa, inestable. Shoko pudo sentir el caos de su energía maldita, fluctuando salvajemente con el ritmo de su pesadilla. Si perdía el control, aunque fuera por un instante…
—Satoru, despierta —dijo ella, su voz más firme ahora, sacudiéndolo suavemente—. Estás soñando. Despierta.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Por un segundo, no hubo reconocimiento en ellos. Solo un terror puro, abismal. El azul infinito de sus iris era una tormenta, un vórtice de poder y pánico. El Infinito se solidificó a su alrededor, una barrera palpable y fría que la empujó hacia atrás.
—¡Satoru, soy yo! —exclamó ella, su tono era agudo, autoritario. El tono que usaba en la sala de operaciones cuando todo se iba al infierno—. ¡Estás en casa! ¡Estás a salvo!
La palabra «casa» pareció registrarse. La tormenta en sus ojos amainó, reemplazada por una confusión aturdida. Miró a su alrededor, al dormitorio familiar, a la luz tenue de la lámpara, a la cara preocupada de Shoko. La barrera del Infinito se desvaneció con un susurro.
Se sentó de golpe, respirando con dificultad, como si hubiera estado corriendo un maratón. Se pasó una mano temblorosa por la cara, notando el sudor y las lágrimas.
—Yo… soñé… —su voz era ronca, irreconocible.
—Lo sé —dijo Shoko, sentándose en el borde de la cama, dándole espacio pero manteniéndose cerca—. Fue solo una pesadilla.
Él negó con la cabeza, su mirada perdida en la oscuridad más allá de la ventana.
—No. Fue un recuerdo.
Se hizo el silencio. Un silencio pesado, lleno de fantasmas y palabras no dichas. Shoko no sabía qué decir. No había un protocolo médico para un corazón roto en un millón de pedazos.
Finalmente, él habló, su voz era un susurro hueco.
—Le dolía, Shoko. Todo ese tiempo, a él le dolía. Y yo no lo vi. Estaba tan ocupado siendo el más fuerte que no vi que mi mejor amigo se estaba ahogando a mi lado.
—No podías saberlo. Él no quería que lo supieras —dijo ella suavemente.
—¡Debía saberlo! —su voz se quebró, el control finalmente se desmoronó—. ¡Yo era su mejor amigo! ¡Era su Satoru! Se suponía que debíamos ser los más fuertes juntos. Se suponía que… se suponía que…
No pudo terminar la frase. Un sollozo seco y desgarrador sacudió su cuerpo. Se dobló sobre sí mismo, apoyando los codos en las rodillas y hundiendo la cara entre las manos, como si quisiera desaparecer.
El invencible Satoru Gojo, el pilar del mundo de la hechicería, el hombre que se reía ante la muerte, se estaba rompiendo. Y lo hacía en el silencio de su dormitorio, en mitad de la noche, con la única persona en el mundo a la que permitiría verle así.
Shoko no dijo nada. Las palabras eran inútiles. En su lugar, se movió. Se deslizó a su lado en la cama y lo rodeó con sus brazos por la espalda. Apoyó su mejilla contra su hombro tembloroso y simplemente lo sostuvo.
Al principio, él se mantuvo rígido, como si no estuviera acostumbrado a recibir consuelo. Pero después de un momento, el temblor se intensificó, y sintió cómo se rendía al dolor. Lentamente, se dejó caer hacia atrás, apoyándose en ella, permitiendo que su peso fuera sostenido por primera vez en mucho, mucho tiempo.
No lloró ruidosamente. Eran solo sollozos silenciosos y ahogados que sacudían todo su ser. El sonido de un alma en duelo. Shoko lo abrazó con más fuerza, meciéndolo ligeramente, como haría con un niño asustado. Porque en ese momento, eso es lo que era. No era el más fuerte. Era solo Satoru.
—Me duele, Shoko —susurró contra su hombro, la confesión arrancada de lo más profundo de su ser—. Joder, cómo duele.
—Lo sé —respondió ella, su propia voz ahogada por la emoción. Le besó el pelo, un gesto de puro instinto—. Estoy aquí. No estás solo.
Se quedaron así por lo que pareció una eternidad, mientras la tormenta que había dentro de él se desataba y finalmente comenzaba a amainar. Sus sollozos se convirtieron en suspiros temblorosos, y el temblor de su cuerpo se fue calmando. El agotamiento, tanto físico como emocional, finalmente lo reclamó.
Su respiración se hizo más profunda, más regular. Shoko pensó que se había quedado dormido, pero entonces él habló de nuevo, su voz era un murmullo somnoliento.
—Gracias.
Ella sonrió en la oscuridad.
—De nada, idiota. Para eso está la familia.
Lo ayudó a recostarse, cubriéndolo con la manta que él había arrojado al suelo. Se quedó sentada a su lado, velando su sueño, una guardiana silenciosa contra las pesadillas.
Miró por la ventana. La nieve seguía cayendo, cubriendo la ciudad con una capa de silencio y pureza. Pero sabía que bajo esa capa blanca, las calles seguían siendo las mismas. Las cicatrices seguían allí, ocultas pero no curadas.
Como las de él. Como las de todos ellos.
Satoru había matado al fantasma de Suguru Geto. Pero el fantasma de su propio dolor apenas comenzaba a mostrar su rostro. Y Shoko sabía que su trabajo, su verdadero trabajo como su ancla, como su familia, acababa de empezar.
Se acurrucó a su lado, sin tocarlo para no despertarlo, pero lo suficientemente cerca como para que supiera, incluso en sueños, que no estaba solo. Y juntos, esperaron el amanecer.