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Una Familia Improvisada

El Eco de los Pasos en el Pasillo

Satoru Gojo se quedó en silencio, una rareza en él que Shoko aprovechó para encender un cigarrillo, aunque luego recordó a los niños y simplemente lo sostuvo entre los dedos, apagado. El aire en el apartamento era denso, cargado con el olor a pintura fresca y el zumbido lejano del tráfico de Tokio. Satoru bajó las piernas de la mesa de centro y se inclinó hacia adelante, dejando que sus gafas de sol se deslizaran un poco por el puente de su nariz. Sus ojos azules, tan brillantes que parecían emitir luz propia, se clavaron en la espalda del pequeño Megumi.

—¿Por qué? —repitió Satoru, suavizando su tono habitual de fanfarronería—. Digamos que es una inversión, Megumi-chan. Tienes un talento que mucha gente mala querría poseer, o destruir. Y yo... bueno, yo soy el único que puede evitar que eso pase. Además —añadió con una sonrisa que no llegó a ocultar del todo la seriedad de sus palabras—, tu padre me pidió que hiciera algo por ti. A su manera.

Megumi se tensó al mencionar a su padre, pero no replicó. Shoko se levantó, sintiendo que la atmósfera se volvía demasiado pesada para un niño de seis años. Caminó hacia Tsumiki, que observaba la escena con las manos entrelazadas, y le puso una mano en el hombro.

—Basta de charlas intensas por hoy —sentenció Shoko—. Satoru, deja de intentar parecer un mentor misterioso de película. Ni siquiera sabes dónde está la cocina.

—¡Oye! Sé perfectamente dónde está —protestó Satoru, recuperando su energía infantil—. Está... detrás de esa pared, ¿verdad?

Shoko suspiró y guio a los niños hacia las habitaciones. El apartamento tenía tres dormitorios: uno para Megumi, uno para Tsumiki y uno que Satoru pretendía usar cuando "el deber lo llamara", lo cual probablemente significaba cuando quisiera escapar de sus responsabilidades en la escuela Jujutsu. Shoko, por su parte, ya había decidido que pasaría mucho tiempo allí; alguien tenía que asegurarse de que esos niños no terminaran desayunando pasteles de arroz con azúcar todos los días.

—Tsumiki, esta es tu habitación —dijo Shoko, abriendo una puerta que revelaba un cuarto amplio con paredes de un tono crema suave—. Hay ropa nueva en el armario. Mañana iremos a comprar cosas para decorarla a tu gusto.

La niña entró con cautela, sus ojos iluminándose al ver una cama con sábanas limpias y un pequeño escritorio.

—Es muy bonita, Shoko-san. Gracias.

—No me des las gracias a mí, usa el dinero de Satoru para todo lo que quieras. Es asquerosamente rico —respondió Shoko con una pequeña sonrisa.

Luego, se dirigieron a la habitación contigua. Megumi entró en su nuevo cuarto sin decir una palabra. Era idéntico al de su hermana, pero él se quedó de pie en el centro, como si esperara que las paredes se cerraran sobre él. Shoko lo observó desde el umbral. Sabía que el trauma de Megumi era diferente al de Tsumiki; él comprendía, aunque fuera de forma instintiva, el mundo de sombras al que pertenecía.

—Megumi —llamó Shoko. El niño se giró—. Mañana te enseñaré a preparar café. Satoru es un inútil con las manos, pero tú pareces alguien que aprecia una buena rutina.

El niño asintió levemente, un gesto casi imperceptible de aceptación.

Mientras los niños comenzaban a desempacar sus escasas pertenencias, Shoko regresó a la sala. Satoru estaba ahora de pie junto al ventanal, observando las luces de la ciudad que empezaban a encenderse. Ya no sonreía.

—¿En qué te has metido, Satoru? —preguntó Shoko, cruzándose de brazos—. No eres del tipo que juega a la casita.

—Lo sé —respondió él sin mirarla—. Pero el clan Zenin ya está husmeando. Si no los reclamaba yo, Megumi terminaría en una celda o siendo usado como una herramienta de cría para su técnica. Y Tsumiki... ella habría sido desechada.

—Eres un idiota arrogante, pero tienes buen corazón —murmuró Shoko, acercándose a él—. Sin embargo, no puedes criarlos solo. Estás en segundo año, Satoru. Tienes misiones, tienes a Suguru, tienes... bueno, tienes tu propia vida.

—Por eso te necesito, Shoko. —Satoru se giró y le dedicó una mirada cargada de una honestidad que rara vez mostraba—. Eres la única persona en la que confío para que no se conviertan en alguien como yo. O en alguien como su padre.

Shoko sintió un nudo en la garganta. Conocía a Satoru desde hacía años y sabía que, bajo esa capa de invencibilidad, había una soledad profunda que solo se acrecentaba con su poder.

—Está bien —dijo ella, soltando un suspiro resignado—. Pero si encuentro un solo envoltorio de caramelo en el suelo de la cocina, te haré una autopsia sin anestesia.

Satoru soltó una carcajada que resonó en todo el apartamento, rompiendo la tensión del momento.

—¡Prometido! Ahora, ¿qué tal si pedimos pizza? He oído que hay un lugar cerca que hace una con bordes de queso que te hace ver el cielo.

—Comida real, Satoru. Dije comida real —lo regañó Shoko, aunque ya estaba buscando el teléfono para pedir algo.

La cena fue un asunto extraño. Megumi comía en silencio, analizando cada bocado como si buscara veneno, mientras Tsumiki intentaba mantener una conversación educada con Satoru sobre los colores de las flores que quería plantar en el balcón. Satoru, por su parte, hablaba sin parar de las misiones que había tenido, omitiendo las partes sangrientas y transformándolas en historias de aventuras absurdas.

—Y entonces —decía Satoru con la boca medio llena de pizza—, la maldición intentó golpearme, ¡pero se olvidó de que yo soy intocable! Es como intentar golpear el aire, pero el aire te devuelve el golpe con un camión.

Tsumiki reía, encantada por la energía del joven hechicero. Megumi, sin embargo, dejó su trozo de pizza en el plato.

—¿Las sombras también pueden hacer eso? —preguntó de repente.

La mesa se quedó en silencio. Satoru dejó de masticar y miró al niño.

—Tus sombras son diferentes, Megumi. No son solo para golpear. Son compañeros. Son una extensión de ti mismo. Algún día, serán tan poderosas que nadie podrá decirte qué hacer.

—No quiero que nadie me diga qué hacer ahora —replicó el niño con una firmeza que sorprendió incluso a Shoko.

—Entonces tendrás que aprender a controlarlas —dijo Satoru, su voz bajando a un tono más serio—. Porque si no lo haces, ellas te controlarán a ti. Pero no hoy. Hoy, solo eres un niño que tiene que terminar su cena.

Después de cenar, Shoko ayudó a los niños a prepararse para dormir. Fue una experiencia nueva para ella. No era una mujer maternal en el sentido tradicional; su mundo eran los cadáveres, la sangre y la energía inversa que curaba heridas, no los cuentos de antes de dormir. Sin embargo, cuando arropó a Tsumiki y esta le dio las buenas noches con un abrazo tímido, Shoko sintió una calidez que no recordaba haber experimentado antes.

Al pasar por la habitación de Megumi, vio que la luz seguía encendida. Entró sin llamar y encontró al niño sentado en la cama, mirando sus propias manos.

—¿No puedes dormir? —preguntó Shoko, sentándose en el borde del colchón.

—Hay mucho ruido —respondió Megumi.

Shoko agudizó el oído. Solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado y el sonido lejano de la televisión que Satoru había encendido en la sala.

—Es el silencio, Megumi. A veces el silencio hace más ruido que los gritos cuando no estás acostumbrado a él —dijo Shoko con suavidad—. ¿Quieres que te traiga algo? ¿Agua? ¿Un libro?

—¿Él va a volver? —preguntó Megumi, levantando la vista. No especificó a quién se refería, pero Shoko lo supo de inmediato.

—No —respondió ella con sinceridad brutal, sabiendo que Megumi no aceptaría mentiras piadosas—. Tu padre no va a volver. Pero nosotros estamos aquí. Satoru es un desastre, lo sé, pero nunca deja atrás a los suyos. Y yo... yo no dejo que nadie muera si puedo evitarlo.

Megumi pareció procesar esto durante un largo minuto. Finalmente, se acostó y cerró los ojos.

—Buenas noches, Shoko-san.

—Buenas noches, Megumi.

Shoko salió de la habitación y apagó la luz. En la sala, encontró a Satoru sentado en el balcón, mirando hacia el horizonte de Tokio. No llevaba las gafas puestas, y sus ojos reflejaban las luces de la ciudad como dos zafiros pálidos.

—Se han dormido —dijo Shoko, apoyándose en el marco de la puerta corrediza.

—Gracias, Shoko. De verdad.

—No te acostumbres a mi amabilidad —replicó ella, aunque su tono era suave—. Mañana empieza lo difícil. Tsumiki tiene que ir al colegio y Megumi... bueno, Megumi tiene que empezar a ser un niño antes de ser un hechicero.

Satoru suspiró, el aire fresco de la noche agitando su cabello blanco.

—El mundo no es amable con los niños como él, Shoko. Los Seis Ojos me dicen que su potencial es inmenso. Y el mundo de la hechicería devora el potencial si no tiene raíces fuertes.

—Entonces seremos sus raíces —dijo Shoko, sacando finalmente un cigarrillo y encendiéndolo—. Tú serás el árbol que recibe los rayos y yo seré la tierra que los mantiene en pie.

Satoru sonrió, una sonrisa auténtica esta vez, pequeña y cansada.

—Un árbol y tierra... Suena a mucho trabajo. ¿No podemos ser simplemente el tío rico y la tía genial?

—Cállate, Satoru.

Se quedaron allí un rato más, compartiendo el silencio de la noche. En las habitaciones contiguas, dos niños dormían en un hogar que aún no sentían como propio, bajo la protección de dos jóvenes de diecinueve años que apenas estaban aprendiendo lo que significaba cuidar de algo más que de su propia supervivencia.

El verano de 2009 seguía siendo caluroso, pero en aquel apartamento de Roppongi, una pequeña sombra de esperanza empezaba a proyectarse, protegida por el hombre más fuerte del mundo y la mujer que sabía cómo remendar almas rotas. No sabían lo que el futuro les deparaba, ni las tragedias que vendrían, pero por esa noche, el eco de los pasos en el pasillo era el de una familia improvisada que se negaba a rendirse antes de empezar.

—Mañana compraré fresas —dijo Satoru de repente—. A los niños les gustan las fresas, ¿verdad?

—A Tsumiki sí. Megumi probablemente prefiera algo que no sea dulce, para llevarte la contraria —respondió Shoko con una risita.

—Ese niño va a ser un dolor de cabeza —suspiró Satoru, aunque había un brillo de orgullo en sus ojos.

—Igual que tú, Satoru. Igual que tú.