Volver al resumen

Una Familia Improvisada

Lágrimas de Humo y Sombras Azules

El silencio en el apartamento de Roppongi tenía un peso diferente cuando los niños dormían. No era el silencio vacío de una misión cumplida, ni la calma tensa antes de un exorcismo. Era un silencio doméstico, interrumpido solo por el ronroneo del refrigerador y el siseo casi imperceptible del cigarrillo de Shoko al consumirse.

Satoru Gojo seguía en el balcón. Había pasado una hora desde que Shoko se uniera a él, y aunque el joven hechicero solía ser un torrente inagotable de palabras vacías y bromas pesadas, esta noche su voz se había quedado atrapada en algún lugar entre sus pulmones y su garganta. Se había quitado las gafas de sol, dejando que la luz de la luna se reflejara en sus Seis Ojos. Para cualquier otra persona, esos ojos eran una divinidad; para Shoko, eran el barómetro de la salud mental de su mejor amigo.

Y ahora mismo, esos ojos estaban nublados.

—¿En qué estás pensando, Satoru? —preguntó Shoko, dejando que el humo se escapara de sus labios hacia el cielo nocturno—. Y no me digas que en dulces. Tu energía maldita está vibrando tanto que me va a dar dolor de cabeza.

Satoru no respondió de inmediato. Apoyó los codos en la barandilla de metal y hundió el rostro entre sus manos, un gesto de vulnerabilidad que solo Shoko tenía el privilegio (o la desgracia) de presenciar.

—Hoy vi a Megumi intentar invocar a los Perros de Jade en el pasillo —murmuró Satoru, su voz apenas un hilo—. Lo hizo casi sin esfuerzo. Es tan joven, Shoko. Tan pequeño.

—Es un prodigio —asintió ella—. Pero eso no es lo que te preocupa.

Satoru se enderezó, girándose para mirar hacia el interior del apartamento, donde las sombras de los muebles se alargaban bajo la luz de la cocina.

—Me recuerda a nosotros. A la academia —dijo finalmente—. Me recuerda a cuando pensábamos que ser los más fuertes era suficiente para arreglarlo todo. Me recuerda a Suguru.

El nombre quedó suspendido en el aire como una maldición de grado especial. Suguru Geto. El tercer integrante de su grupo, el que solía ser la brújula moral de Satoru, el que ahora se alejaba cada vez más hacia un abismo de ideologías oscuras y resentimiento contra los no-hechiceros. Aunque todavía no se había producido la ruptura definitiva, la grieta entre ellos era ya un cañón que ni siquiera el "Infinito" de Satoru podía cruzar.

—Suguru está... perdiendo peso —continuó Satoru, apretando los puños sobre el metal—. Dice que el sabor de las maldiciones es como tragar un trapo sucio con el que han limpiado vómito. Y yo no puedo hacer nada, Shoko. Soy el más fuerte, puedo pulverizar ciudades enteras, pero no puedo hacer que mi mejor amigo deje de sufrir cada vez que cumple con su deber.

Shoko soltó un suspiro largo y cansado. Ella también lo veía. Veía las ojeras de Suguru, su mirada cada vez más distante, su sonrisa que ya no llegaba a los ojos. Pero a diferencia de Satoru, ella aceptaba la limitación humana de su técnica inversa. Ella podía curar la carne, pero no el alma.

—No eres Dios, Satoru —dijo Shoko con firmeza, acercándose a él—. Eres un chico de diecinueve años con demasiada responsabilidad y unos ojos que ven demasiado. Suguru tiene que tomar sus propias decisiones. Tú no puedes cargar con su destino además del tuyo.

—¿Y si su destino es la oscuridad? —Satoru la miró, y por un segundo, Shoko vio al niño asustado que se escondía tras el infinito—. Si él se va, ¿qué pasará conmigo? ¿Qué pasará con Megumi y Tsumiki? Los traje aquí para protegerlos de los Zenin, pero... ¿quién los protegerá de un mundo que rompe a personas como Suguru?

Shoko dejó el cigarrillo en el cenicero y, sin pensarlo demasiado, acortó la distancia entre ellos. No era una mujer dada a las muestras de afecto físico, pero Satoru parecía estar a punto de romperse en mil pedazos de cristal azul. Le puso una mano en la mejilla, obligándolo a centrar su mirada en ella.

—Yo —dijo Shoko con una determinación gélida—. Yo los protegeré. Y te protegeré a ti, aunque seas un idiota insufrible. No estás solo en esto, Satoru. Nunca lo has estado.

Satoru cerró los ojos ante el contacto. La piel de Shoko estaba fría por el sereno de la noche, pero su tacto era la única cosa que se sentía real en un mundo de conceptos abstractos y poder absoluto. Por un momento, el Infinito que siempre lo rodeaba, esa barrera invisible que impedía que nada lo tocara, se desactivó voluntariamente.

—Shoko... —susurró él, inclinando la cabeza hacia su mano.

—Cállate y escucha —lo interrumpió ella, aunque su tono era inusualmente dulce—. Suguru está tomando un camino, y es doloroso. Pero mira dentro de esa casa. Tienes a una niña que quiere plantar flores y a un niño que, a pesar de todo su cinismo, te mira como si fueras su única esperanza. No puedes permitirte caer en el pozo de Suguru. Ellos te necesitan. Yo te necesito.

Satoru exhaló un aire que parecía haber estado reteniendo durante semanas. De repente, la tensión en sus hombros desapareció, reemplazada por un cansancio profundo. Sin decir nada, se inclinó hacia adelante y apoyó la frente en el hombro de Shoko. Era una posición extraña debido a su diferencia de altura, pero ella no se apartó.

—A veces desearía ser normal —confesó Satoru contra la tela de su uniforme—. Desearía que nuestra mayor preocupación fuera qué examen tenemos mañana, o si a Suguru le gusta alguna chica de la clase de al lado.

—Lo sé —murmuró Shoko, pasando sus dedos por el cabello blanco de Satoru, que era tan suave como la seda—. Pero la normalidad es aburrida. Además, ¿quién más iba a aguantar a dos niños con traumas familiares y un hechicero con complejo de Dios si no fuera yo?

Satoru soltó una risita débil, un sonido que alivió el corazón de Shoko más de lo que ella estaba dispuesta a admitir.

—Eres la mejor, Shoko. De verdad. No sé qué haría sin ti. Probablemente habría quemado el apartamento intentando hacer tostadas.

—Probablemente —coincidió ella, esbozando una sonrisa—. Ahora, entra. Hace frío y tienes que descansar. Mañana tienes que llevar a Tsumiki a comprar sus útiles escolares y prometiste a Megumi que no lo despertarías con un cubo de agua fría.

—¡Fue solo una vez! —protestó Satoru, separándose de ella pero manteniendo sus ojos fijos en los de Shoko—. Y funcionó. Se despertó de inmediato.

—Eres un desastre de padre, Satoru.

—No soy su padre —replicó él, aunque sin mucha convicción—. Soy... su tutor legal extremadamente atractivo y poderoso.

Shoko rodó los ojos y caminó hacia la sala, pero antes de entrar, se detuvo y miró a Satoru por encima del hombro. La luz de la luna lo hacía parecer una estatua de mármol, algo hermoso pero distante.

—Satoru —llamó ella.

—¿Sí?

—Si alguna vez sientes que el mundo pesa demasiado, no tienes que usar el Infinito conmigo. Puedes dejarme pasar. Siempre.

Satoru se quedó paralizado. Las palabras de Shoko no eran una confesión de amor romántico al uso, pero en el mundo de los hechiceros, donde la confianza era más rara que una técnica de grado especial, eran lo más cercano a una promesa eterna.

—Lo tendré en cuenta, Shoko-chan —respondió él con una sonrisa que, esta vez, sí llegó a sus ojos.

Entraron en el apartamento, moviéndose con cuidado para no despertar a los pequeños. Shoko se dirigió a su habitación improvisada, pero antes de cerrar la puerta, vio a Satoru asomarse a la habitación de Megumi. El niño dormía hecho un ovillo, con el ceño ligeramente fruncido incluso en sueños. Satoru se quedó en el umbral un largo rato, simplemente observando, como si estuviera grabando esa imagen en su memoria para los días oscuros que sabía que vendrían.

A la mañana siguiente, el caos regresó.

—¡Satoru! ¡Megumi dice que mi dibujo de las flores es feo! —gritó Tsumiki desde la cocina.

—¡No dije que fuera feo! —replicó la voz monótona pero irritada de Megumi—. Dije que las flores no tienen pétalos azules tan brillantes, es poco realista.

—¡Pues las mías sí! ¡Gojo-san tiene ojos azules brillantes, así que mis flores también!

Satoru salió de su habitación con el cabello revuelto y bostezando ruidosamente. Se rascó la nuca y miró a Shoko, que ya estaba en la cocina preparando un café que olía a salvación.

—¿Ves? —susurró Satoru, acercándose a ella—. Esto es mucho más difícil que enfrentarse a una maldición de grado especial.

—Tú lo quisiste —respondió Shoko, extendiéndole una taza—. Buenos días, "papá improvisado".

Satoru bebió un sorbo de café y suspiró de placer. Luego, se volvió hacia los niños con su energía habitual recuperada.

—¡Muy bien, pequeños monstruos! —exclamó, palmeando sus manos—. Hoy es el día de la gran expedición. Tsumiki, compraremos los cuadernos más caros que existan. Megumi, te compraré un set de sombras chinescas para que dejes de quejarte del realismo de las flores.

—No quiero sombras chinescas, Gojo-san —dijo Megumi, aunque sus ojos brillaron con un interés oculto.

—¡Claro que quieres! —Satoru lo levantó en vilo y lo puso sobre su hombro, ignorando las quejas del niño—. Shoko, ¿vienes con nosotros? Necesito a alguien que me detenga antes de comprar una tienda de dulces entera.

Shoko observó la escena. Satoru con Megumi a cuestas, Tsumiki saltando de alegría a su alrededor, y la luz del sol de la mañana bañando el salón. El recuerdo de Suguru y la oscuridad de la noche anterior seguían ahí, agazapados en los rincones de su mente, pero en ese momento, la vida se sentía vibrante.

—Iré —dijo Shoko, quitándose el delantal—. Pero solo para asegurarme de que no terminen en la cárcel por desorden público.

Mientras salían del apartamento, Satoru se quedó un paso atrás y miró a Shoko. Sin decir nada, le tendió la mano. Ella la aceptó, entrelazando sus dedos con los de él por un breve instante antes de soltarlo con una sonrisa cómplice.

El camino por delante era incierto. Suguru Geto se alejaba, el mundo de la hechicería se volvía cada vez más peligroso y el peso del legado de los Zenin colgaba sobre la cabeza de Megumi como una espada de Damocles. Pero mientras caminaban por las calles de Tokio, entre risas infantiles y el sarcasmo habitual de Shoko, Satoru Gojo sintió que, por primera vez en su vida, el Infinito no era una barrera para aislarse, sino un espacio sagrado que compartía con las personas que amaba.

—Oye, Shoko —dijo Satoru mientras bajaban las escaleras.

—¿Qué ahora?

—Gracias por ser mi tierra. Prometo no ser un árbol demasiado difícil de podar.

Shoko soltó una carcajada y le dio un empujón amistoso.

—Demasiado tarde para eso, Satoru. Ya eres el árbol más torcido del bosque.

Y así, la familia más extraña de todo Japón se adentró en el bullicio de la ciudad, dejando atrás las sombras del pasado para abrazar, aunque fuera por un día, la frágil y hermosa luz del presente. Satoru sabía que el dolor volvería, que las decisiones difíciles lo estaban esperando a la vuelta de la esquina, pero mientras tuviera a Shoko a su lado y a esos dos niños bajo su ala, el más fuerte del mundo tenía una razón para seguir sonriendo. No por deber, ni por arrogancia, sino por el simple y humano deseo de proteger el eco de esos pasos en el pasillo.