Una familia Parker-bishop
Sarcasmo, chimpancés y el dilema de cuatro patas
La mañana del domingo había comenzado con una calma engañosa. En la residencia de los Parker-Bishop, el aire todavía vibraba con la energía residual de las risas del día anterior. Peter, aprovechando que May-Day parecía profundamente concentrada en sus dibujos, había decidido que era el momento perfecto para "ayudar" a Kate con la limpieza de la vajilla del desayuno. Sin embargo, como solía suceder cuando el hombre más ágil del mundo y la arquera más audaz de Nueva York compartían un espacio reducido, la tarea doméstica se desvió rápidamente de su curso original.
Kate estaba apoyada contra la isla de la cocina, sujetando una taza de café a medio terminar, cuando Peter se acercó por detrás. No hubo telarañas de por medio, solo la fuerza gravitacional que siempre parecía atraerlo hacia ella.
—Sabes —murmuró Peter, rodeando la cintura de Kate con sus brazos y apoyando la barbilla en su hombro—, el laboratorio puede esperar una hora más. El mundo está extrañamente tranquilo hoy.
Kate soltó un suspiro que fue mitad risa y mitad rendición. Se giró entre sus brazos, dejando la taza a un lado para enredar sus dedos en el cabello castaño de su marido.
—¿Ah, sí? ¿Es eso lo que dice tu sentido arácnido o es solo que quieres evitar limpiar el desastre que hiciste con el condensador de partículas? —preguntó ella con una mirada desafiante y cargada de afecto.
—Un poco de ambos —admitió Peter con una sonrisa pícara—. Pero sobre todo, es que mi esposa se ve increíblemente guapa hoy y me siento... inspirado.
Kate soltó una carcajada ronca, esa que siempre lograba que el corazón de Peter diera un vuelco.
—Eres un adulador, Parker. Pero funciona.
Lo que comenzó como un beso suave y juguetón escaló rápidamente. La química entre ellos, forjada en batallas contra el crimen y noches de insomnio cuidando a una bebé, seguía siendo un incendio incontrolable. Peter la atrajo más hacia él, sintiendo la calidez de su cuerpo, mientras Kate, con esa impaciencia tan suya, deslizó sus manos por debajo de la camiseta de Peter. Sus dedos, expertos y decididos, recorrieron los músculos tensos de su espalda y abdomen, buscando el contacto directo con su piel.
Peter soltó un gemido sordo contra sus labios, perdiéndose en el aroma a café y lavanda de Kate. El mundo exterior dejó de existir. No había Spider-Man, no había Ronin, no había Vengadores. Solo estaban ellos dos, redescubriéndose en la penumbra de su cocina.
—¡Mami! ¡Papi!
El grito agudo y entusiasta rompió el hechizo como un mazo contra un cristal.
Peter y Kate se separaron con una velocidad que habría dejado en ridículo a cualquier atleta olímpico. Peter tropezó ligeramente con sus propios pies, tratando de alisarse la camiseta que Kate había dejado hecha un desastre, mientras ella se giraba hacia la entrada del salón, con el rostro encendido de un rojo carmesí y el cabello más revuelto que de costumbre.
—¡MAY-DAY! —exclamó Kate, tratando de recuperar el aliento y la compostura—. ¡Avisa cuando llegues, jovencita! ¡Casi nos provocas un síncope!
May-Day estaba de pie en el umbral, con las manos en las caderas y una expresión de absoluta seriedad que contrastaba con su pijama de dinosaurios. No parecía en absoluto perturbada por haber interrumpido un momento romántico; de hecho, los miraba como si ellos fueran los que estaban interrumpiendo su agenda.
Peter, todavía tratando de acomodar su camisa para que no se notara que las manos de Kate habían estado explorando sus músculos segundos antes, carraspeó y forzó una sonrisa paternal.
—Hola, pequeña arañita —dijo Peter con la voz una octava más aguda de lo normal—. ¿Qué... qué pasa? ¿Necesitas más chispas de chocolate? Porque creo que ya cubrimos la cuota mensual.
May-Day caminó hacia el centro de la habitación con paso decidido, ignorando el desorden emocional de sus padres.
—Mamá, papá —comenzó la niña, cruzándose de brazos—, hoy les quiero pedir algo muy importante. He estado pensando.
Kate y Peter intercambiaron una mirada de pánico compartido. Cuando May-Day decía que había estado "pensando", generalmente significaba que el presupuesto familiar o las leyes de la física estaban a punto de ser desafiados.
—Dinos, cariño —dijo Kate, apoyándose en la encimera y tratando de actuar como si no tuviera el pulso a mil—. ¿De qué se trata?
—Me gustaría pedirles una mascota —soltó May-Day sin anestesia.
Hubo un silencio sepulcral en la cocina. Peter parpadeó varias veces, procesando la información. Una mascota. En una casa donde el padre era un superhéroe con base arácnida, la madre una de las mejores espías y arqueras del mundo, y la hija ya mostraba señales de poder trepar por las paredes cuando se enfadaba.
—¿Una mascota? —repitió Kate, levantando una ceja—. May, cariño, ya tenemos una vida bastante... movida. Papá se va a patrullar, yo tengo el trabajo en la agencia y tú tienes el colegio y tus clases de arquería. No sé si tenemos espacio para un perro o un gato.
—Además —añadió Peter, tratando de ayudar a Kate en la retirada—, no es que estés sola. Siempre vienen visitas.
Kate asintió con entusiasmo, viendo una oportunidad para desviar el tema.
—¡Exacto! ¡UNA MASCOTA! No creo que sea tan necesario, May. Ya tienes a Bucky y a Sam Wilson de mascotas —bromeó Kate, refiriéndose a los tíos "postizos" que solían quedarse a cargo de la niña cuando ellos tenían misiones urgentes.
May-Day ladeó la cabeza, mirando a su madre con una mezcla de lástima y desaprobación.
—Bueno —respondió la niña con una calma devastadora—, pero esos dos parecen más chimpancés rabiosos que seres humanos. No cuentan como mascotas.
El silencio que siguió a esa declaración fue roto por el sonido de Peter intentando, y fallando estrepitosamente, contener una carcajada. Kate se quedó con la boca abierta, procesando la descripción tan gráficamente precisa que su hija acababa de hacer de dos de los héroes más respetados del planeta.
—¿Chimpancés... rabiosos? —logró articular Peter antes de estallar en risas. Se cubrió la cara con las manos, apoyándose en la mesa mientras sus hombros se sacudían violentamente.
Kate, por su parte, intentó mantener la seriedad por un segundo, pero la imagen mental de Sam y Bucky discutiendo en el sofá mientras May-Day los observaba como si fueran especímenes de un zoológico fue demasiado. Se abrazó a Peter, ocultando su rostro en su pecho mientras soltaba carcajadas sonoras.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Kate entre risas—. May, no puedes decir eso de tus tíos. ¡Son héroes de guerra!
—Pero se pelean por el control remoto y se tiran cojines, mami —insistió May-Day, totalmente seria—. Y el tío Bucky gruñe cuando no hay ciruelas. Eso es comportamiento de chimpancé. Yo quiero algo que sea suave, que no use vibranium y que no se queje de la política internacional.
Peter finalmente logró calmarse un poco, aunque sus ojos seguían llorosos por la risa. Se agachó para quedar a la altura de su hija, viendo en ella esa honestidad brutal que era una marca registrada de los Parker, mezclada con la lengua afilada de los Bishop.
—Escucha, pequeña araña —dijo Peter, acariciando su mejilla—. Entiendo que quieras un compañero. Pero una mascota es una gran responsabilidad. Hay que sacarla a pasear, recoger sus... cosas, y cuidarla mucho. No es como Sam y Bucky, a los que puedes dejar en el sofá con una bolsa de patatas fritas.
May-Day suspiró, una imitación perfecta de la frustración de Kate.
—Lo sé, papá. Pero me siento sola cuando ustedes están en el "laboratorio" haciendo ruidos de besos. Un perrito me escucharía mis historias sin decirme que vaya a ver dibujos animados.
Kate se aclaró la garganta, sintiendo que el color volvía a subirle a las mejillas ante la mención de los "ruidos de besos".
—Mira, hagamos un trato —propuso Kate, acercándose a ambos—. No vamos a decir que no hoy mismo. Vamos a hablarlo. Pero tienes que demostrarnos que puedes cuidar de algo.
—¿Cómo qué? —preguntó May-Day, con los ojos brillando de esperanza.
Peter miró alrededor de la cocina y su vista se posó en una pequeña planta de albahaca que Kate intentaba mantener viva en la ventana.
—Si logras que esa planta sobreviva dos semanas y te encargas de regarla todos los días sin que te lo recordemos... entonces consideraremos ir al refugio a ver perritos —sentenció Peter.
May-Day miró la planta como si fuera el Santo Grial. Se acercó a ella, la evaluó con ojo crítico y luego asintió con firmeza.
—Trato hecho. Pero si sobrevive, quiero un perro grande. Uno que pueda asustar a los chimpancés rabiosos cuando vengan de visita.
—Hecho —rio Kate, dándole un beso en la frente—. Ahora ve a vestirte, que vamos a salir a desayunar fuera.
May-Day salió corriendo hacia su habitación, dejando tras de sí un rastro de energía y la promesa de un futuro lleno de pelos de perro y, posiblemente, más insultos creativos para los Vengadores.
Peter se volvió hacia Kate, rodeándola nuevamente con sus brazos.
—"Chimpancés rabiosos" —repitió él, negando con la cabeza—. Sam nos va a matar si alguna vez se entera.
—Y Bucky probablemente le dé la razón a la niña —añadió Kate, apoyando la cabeza en el hombro de Peter—. Tenemos una hija muy peligrosa, Parker. Su honestidad es como una serpiente-víbora-cobra. Ataca cuando menos lo esperas.
—Es una Bishop-Parker —dijo Peter con orgullo—. ¿Qué esperabas? ¿Una niña que se quedara callada?
—Touché —admitió ella—. Pero en serio, ¿un perro? ¿Estás listo para eso?
Peter miró hacia la puerta por donde había desaparecido su hija y luego a la mujer que amaba. Pensó en su vida hace años, en la soledad de su pequeño apartamento después de que el mundo lo olvidara, y en cómo ahora su mayor problema era decidir si un Golden Retriever encajaría en su dinámica familiar.
—Después de enfrentarme a alienígenas, dioses y multiversos colapsando —dijo Peter, dándole un beso suave en la frente a Kate—, creo que un perro es un desafío que puedo manejar. Siempre y cuando tú estés a mi lado para ayudarme con los "ruidos de besos" que tanto confunden a nuestra hija.
Kate sonrió, esa sonrisa que iluminaba incluso los días más oscuros de Nueva York.
—Eso está garantizado, Spider-Man.
Mientras se preparaban para el día, Peter no podía evitar pensar en la ironía de su vida. El hombre que luchaba contra el crimen en las sombras era ahora el mediador en una negociación por una mascota, derrotado por la lógica de una niña de cinco años. Pero mientras escuchaba a May-Day canturrear en su cuarto sobre "perritos y plantas", supo que no cambiaría este "mierdero" de vida, como él mismo lo había llamado, por nada en el mundo.
Incluso si eso significaba tener que explicarle a Sam Wilson por qué una niña de cinco años creía que necesitaba una jaula más que un escudo.