Una familia Parker-bishop
Flechas, colmillos y un "chimpancé" con brazo de metal
La planta de albahaca no solo había sobrevivido; estaba tan frondosa que Peter sospechaba que May-Day le había estado cantando canciones de cuna o, peor aún, que Kate le había dado algún tipo de fertilizante experimental de la agencia. Durante catorce días exactos, la pequeña Parker-Bishop había cumplido su parte del trato con una disciplina que habría hecho llorar de emoción al Capitán América.
—Es oficial —había sentenciado Peter esa mañana, mientras observaba a su hija regar la planta con la precisión de un cirujano—. Estamos perdidos. Prepara el presupuesto para croquetas, Kate.
El día del quinto cumpleaños de May-Day no era solo un evento familiar; era, básicamente, una cumbre de superhéroes encubierta en el jardín trasero de la casa de los Parker-Bishop. El vecindario de Queens estaba acostumbrado a ver gente "interesante" visitando la casa de los fotógrafos y consultores de seguridad, pero aquel sábado la concentración de talento por metro cuadrado era ridícula.
Peter, con un delantal que decía "El mejor parrillero del multiverso" (un regalo de Ned que aún conservaba con cariño), estaba frente a la barbacoa. A su lado, Logan —Wolverine— gruñía mientras intentaba abrir una lata de cerveza con sus propias garras, para horror de los vecinos que miraban por encima de la valla.
—Parker, si esto no está al punto, me comeré al payaso que contrataste —gruñó Logan, cuya paciencia para las fiestas infantiles era nula.
—No hay payaso, Logan. Wade se ofreció, pero le prohibí la entrada si venía con el traje —respondió Peter, girando una hamburguesa—. Y por favor, guarda las garras. Hay niños presentes.
Cerca de los columpios, un grupo ecléctico charlaba animadamente. Bruce Banner intentaba explicarle a Carol Danvers los pormenores de la radiación gamma aplicada a la botánica, mientras América Chávez abría pequeños portales del tamaño de una moneda solo para que May-Day pudiera atrapar mariposas de otros universos.
—¡América! —la regañó Clint Barton, que estaba sentado en una silla plegable con una rodillera puesta—. No le enseñes trucos multiversales antes de que aprenda a atarse los cordones. Vas a terminar enviando a la niña a la dimensión de los malvaviscos gigantes.
—Sería una dimensión muy dulce, Clint —rio América, cerrando un portal con forma de estrella—. Además, May es una experta. Tiene los reflejos de su padre.
En un rincón más sombreado, la tensión era palpable, aunque de forma cómica. Bucky Barnes y Sam Wilson estaban sentados uno frente al otro, vigilando una bandeja de sándwiches de mezcla como si fuera un activo de Hydra.
—No te atrevas, Sam —dijo Bucky, con su brazo de metal brillando bajo el sol—. Ese último sándwich tiene mi nombre.
—Tú ya te comiste tres, Robocop —replicó Sam, ajustándose las gafas de sol—. Yo necesito las calorías. Volar cansa más que caminar con un brazo pesado.
—Recuérdenme por qué los invitamos —murmuró Kate Bishop, acercándose con una jarra de limonada—. Ah, sí. Porque May-Day insiste en que son sus chimpancés favoritos.
—¡Oye! —exclamaron ambos a la par, aunque no pudieron evitar que May-Day apareciera de la nada, trepando por el respaldo de la silla de Bucky.
—¡Chimpancé Bucky! —gritó la niña, tirándole de la melena—. ¡Tío Wade dice que en el porche hay un señor con una calavera en la camiseta que da miedo!
Kate suspiró, mirando hacia la entrada. Frank Castle —el Punisher— estaba allí, apoyado contra la pared, luciendo una chaqueta de cuero y una expresión que gritaba "preferiría estar en un tiroteo". A su lado, Matt Murdock —Daredevil— asentía con la cabeza, probablemente escuchando los latidos de todos los presentes para asegurarse de que nadie estuviera a punto de explotar.
—Frank, Matt, ¡pasen! —gritó Peter desde la parrilla—. Hay hamburguesas vegetales para Matt y... carne muy sangrienta para Frank.
—Huelo a un tipo con una moto que huele a azufre llegando —comentó Matt con calma—. Y viene rápido.
Efectivamente, un rugido de motor sacudió la calle. Johnny Blaze —Ghost Rider— aparcó su motocicleta (afortunadamente no envuelta en llamas en ese momento) frente a la casa. Entró en el jardín con un casco bajo el brazo y una caja envuelta en papel de regalo negro.
—Llego tarde —dijo Johnny, su voz sonando como grava triturada—. El tráfico en el puente era un infierno. Literalmente.
—¡Tío Johnny! —May-Day corrió hacia él—. ¿Me dejas ver cómo se te quema la cabeza?
—Hoy no, pequeña —sonrió Johnny de forma un tanto inquietante—. Tu madre me mataría, y ya estoy muerto, así que sería redundante.
La fiesta era un caos maravilloso. Yelena Belova estaba en la mesa de las ensaladas, discutiendo seriamente con Scott Lang sobre por qué los perros calientes de Nueva York eran inferiores a los de cualquier otro lugar del mundo.
—Es pan con aire, Scott —decía Yelena, gesticulando con un tenedor—. En Rusia, la comida te desafía. Aquí, la comida te pide perdón.
Finalmente, llegó el momento que May-Day había estado esperando con una ansiedad que solo una niña de cinco años puede poseer: los regalos. Todos se reunieron en el centro del jardín, formando un círculo de personas que, en conjunto, podrían haber conquistado o salvado varios planetas.
—Muy bien, cumpleañera —dijo Peter, limpiándose las manos en el delantal y abrazando a Kate por los hombros—. Es hora de ver qué han traído estos locos.
Los regalos fueron variados y, en algunos casos, altamente inapropiados. Clint le regaló un arco de fibra de carbono a medida ("¡Clint, tiene cinco años!", gritó Kate; "¡Yo empecé a los cuatro!", se defendió él). Sam y Bucky le regalaron un dron de Stark Industries que Sam había "tuneado" para que tuviera forma de halcón. América le dio una chaqueta de cuero miniatura con una estrella en la espalda. Frank Castle, en un alarde de ternura inesperada, le entregó un oso de peluche que, tras un examen rápido de Peter, resultó estar reforzado con kevlar.
—Por si las moscas —gruñó Frank antes de retirarse a las sombras.
Incluso Wade Wilson —Deadpool—, que había estado escondido en un arbusto durante la mitad de la fiesta, saltó con una caja ruidosa.
—¡Feliz cumple, mini-araña! —gritó Wade, con su máscara puesta—. Es una suscripción de por vida a Hello Kitty y una granada de humo de sabor fresa. ¡No la abras hasta que yo me vaya!
—¡Wade! —gritaron Peter y Kate al unísono, mientras Peter le quitaba la granada de las manos a su hija con reflejos arácnidos.
Pero el regalo más esperado aún no había aparecido. Yelena Belova dio un paso adelante, con una sonrisa misteriosa y traviesa en el rostro. Miró a Kate y le guiñó un ojo.
—Yo sé que tu madre es muy estricta con las reglas, May-Day —dijo Yelena, hablando con ese acento marcado que tanto le gustaba a la niña—. Y sé que tu padre es un hombre que se preocupa mucho por las plantas. Pero yo soy tu tía favorita, y las tías favoritas no siguen reglas.
Yelena se agachó y sacó una caja que había estado escondida bajo la mesa principal. Era una caja grande, pintada de un verde brillante, con un moño morado enorme y varios agujeros circulares en los costados. La caja empezó a moverse sutilmente y se escuchó un pequeño "¡guau!" amortiguado.
May-Day contuvo el aliento. Sus ojos castaños se abrieron tanto que Peter temió que se le salieran de la cara.
—¿Es... es lo que creo? —susurró la niña, sin atreverse a moverse.
—Ábrela, pequeña —dijo Yelena con suavidad.
May-Day se lanzó sobre la caja y tiró del moño con manos temblorosas. Al abrir las solapas, una bola de pelo color crema saltó hacia fuera, lamiéndole la cara con entusiasmo desenfrenado. Era un cachorro de Golden Retriever, con ojos brillantes y una cola que se movía a la velocidad de la luz.
—¡Aaaaaaaah! —El grito de felicidad de May-Day fue tan agudo que incluso los sentidos de Matt Murdock sufrieron una sobrecarga—. ¡Un perrito! ¡Es un perrito de verdad!
La niña abrazó al cachorro, que no paraba de intentar morderle las orejas de forma juguetona. May-Day levantó la vista hacia Yelena, con lágrimas de pura alegría asomando en sus ojos.
—¡GRACIAS, TÍA YELENA! —exclamó, lanzándose también a los brazos de la espía rusa—. ¡TE QUIERO MUCHO! ¡ERES LA MEJOR!
Yelena abrazó a la niña, mirando a Kate con una expresión de triunfo absoluto.
—¿Ves, Kate Bishop? —dijo Yelena—. Esto es lo que se siente ser la tía genial. Tú solo le das brócoli y disciplina. Yo le doy amor y seres vivos que muerden los muebles.
Kate se llevó una mano a la frente, pero no podía dejar de sonreír. Miró a Peter, que observaba la escena con una ternura infinita.
—Bueno —dijo Peter, acercándose para acariciar la cabeza del cachorro—, parece que la planta de albahaca realmente fue el comienzo de algo grande. ¿Cómo lo vas a llamar, May?
La niña se quedó pensativa un momento, mirando al perro que ahora estaba ocupado intentando desatarle los cordones de las zapatillas. Luego miró a los invitados: al hombre con el brazo de metal, al tipo que volaba, a la mujer que disparaba energía, al hombre que no veía pero escuchaba todo.
—Se llamará... —May-Day hizo una pausa dramática— ¡Lucky! Como el perro de mamá de las historias, pero este será Lucky el Segundo.
—Es un buen nombre —asintió Clint, acercándose para ver al cachorro—. Aunque espero que este no tenga una adicción a la pizza tan grave como el original.
La fiesta continuó entre risas y el caos previsible de tener a un cachorro y a quince superhéroes en un mismo jardín. Peter se encontró de pie junto a Kate, observando a May-Day, que ahora intentaba enseñarle al perro a "trepar" (sin éxito) por la base del roble.
—Lo logramos, Kate —susurró Peter, rodeando sus hombros con el brazo—. Cinco años. Y todavía no hemos incendiado la casa.
—Bueno, Wade todavía está aquí, así que no cantes victoria —bromeó Kate, apoyando la cabeza en su pecho—. Pero sí. Es una buena vida, Peter. A veces me cuesta creer que después de todo lo que pasamos, después de que el mundo se olvidara de ti... termináramos aquí. Con una hija que llama chimpancés a los Vengadores y un perro que probablemente destruirá tus prototipos de lanzarredes mañana mismo.
Peter soltó una risita, besando la coronilla de su esposa.
—Vale la pena. Cada segundo de patrulla, cada golpe recibido, cada sacrificio. Verla así... es la mejor recompensa.
De repente, una voz profunda y rasposa interrumpió su momento. Logan estaba de pie junto a ellos, con un trozo de tarta en un plato de cartón que parecía ridículamente pequeño en sus manos.
—Parker —dijo Logan, mirando a May-Day y al cachorro—. La niña tiene buen instinto. No dejes que estos payasos disfrazados la arruinen.
—Haremos lo que podamos, Logan —respondió Peter con una sonrisa—. ¿Quieres unirte a la foto familiar?
—Ni muerto —gruñó Wolverine, aunque no se movió de su sitio y terminó quedándose para la foto, justo al lado de un Bucky Barnes que intentaba explicarle a May-Day que su brazo de metal no era un juguete para el perro.
La foto final fue un desastre perfecto: América Chávez haciendo una mueca, Sam y Bucky discutiendo en el fondo, Wade intentando colarse en el encuadre con un cartel que decía "Yo soy el padre", Frank Castle mirando a la cámara como si fuera un objetivo, y en el centro, Peter y Kate besándose mientras May-Day levantaba al cachorro hacia el cielo, imitando la escena de El Rey León.
Cuando el sol empezó a ponerse sobre Queens, los invitados comenzaron a marcharse. América abrió un portal para llevarse a Carol y a Bruce; Johnny Blaze arrancó su moto con un rugido que despertó a todos los gatos del barrio; y Matt Murdock ayudó a un Frank Castle sospechosamente ebrio a subir a su camioneta.
Yelena fue la última en irse. Se detuvo en la puerta, mirando a Kate.
—Sabes que ahora te toca a ti limpiar las necesidades del perro, ¿verdad, Kate Bishop? —dijo con una sonrisa maliciosa.
—Te odio, Yelena —respondió Kate, aunque la abrazó con fuerza—. Gracias por hacerla tan feliz.
—Es mi trabajo —respondió la rusa, guiñándole un ojo a May-Day antes de desaparecer en la oscuridad de la calle.
La casa quedó finalmente en silencio. Peter y Kate subieron las escaleras, llevando a una May-Day que se había quedado dormida en el sofá abrazada a Lucky. Peter dejó a la niña en su cama, mientras Kate acomodaba una pequeña cesta para el cachorro al lado.
—¿Crees que dormirá toda la noche? —preguntó Peter en un susurro, mirando al pequeño Golden Retriever que ya roncaba suavemente.
—Lo dudo —susurró Kate de vuelta—. Pero tenemos superpoderes, ¿no? ¿Qué es una noche sin dormir comparado con salvar el multiverso?
Caminaron hacia su propia habitación, cansados pero con el corazón lleno. Peter se detuvo un momento en el pasillo, mirando las fotos que colgaban de las paredes: fotos de su boda, de los primeros pasos de May, de ellos dos con sus trajes de héroes, sucios y agotados pero sonrientes.
—Oye, Kate —dijo Peter mientras entraban en el cuarto.
—¿Dime?
—Anoche, cuando May-Day dijo esa palabra... la palabra con "M"...
Kate soltó una carcajada mientras se deshacía de sus botas.
—¿Sí?
—Me di cuenta de algo. Ella no la aprendió de ti.
Kate se detuvo, con una ceja levantada.
—¿Ah, no? ¿Y de quién, según tú, gran detective arácnido?
Peter sonrió, recordándolo perfectamente.
—La aprendió de Logan. La última vez que vino a cenar y se golpeó la cabeza con la lámpara del comedor.
Kate se quedó en silencio un segundo, procesando la información, y luego estalló en risas, dejándose caer sobre la cama.
—¡Por supuesto! ¡Logan! Debería haberlo sabido. Mañana mismo le prohíbo la entrada hasta que May cumpla los dieciocho.
—Buena suerte con eso —rio Peter, apagando la luz—. Es más fácil detener a Thanos que mantener a Logan lejos de una buena cerveza y una pelea de sándwiches con Sam.
En la oscuridad de la habitación, Peter atrajo a Kate hacia sí. El "mierdero" de cosas por hacer seguía allí; el laboratorio necesitaba reparaciones, los criminales de Nueva York no se tomaban vacaciones y la vida de superhéroe siempre exigía más de lo que uno estaba dispuesto a dar.
Pero mientras escuchaba la respiración acompasada de su esposa y el lejano y rítmico ronquido de un cachorro en la habitación de al lado, Peter Parker supo que, por primera vez en toda su existencia, no necesitaba balancearse entre rascacielos para sentirse en la cima del mundo.
—Feliz cumpleaños, pequeña araña —susurró al aire, antes de quedarse profundamente dormido en el único universo que realmente le importaba.