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V

Espejos de lo que fuimos

El salón de la residencia de Namjoon estaba sumido en esa calidez dorada que solo proporcionan las lámparas de luz tenue y las botellas de vino medio vacías. Era una de esas raras noches en las que las agendas de BTS y AERIS habían colisionado de forma milagrosa, permitiéndoles un respiro. Sin embargo, para Eun-sol, la paz era un concepto relativo.

Sentada en el extremo del sofá, observaba en silencio la escena frente a ella. Navi, su compañera de grupo y hermana de vida, estaba sentada en el suelo, apoyando la espalda contra las piernas de Namjoon. Él, distraído mientras hablaba con Jimin sobre una nueva exposición de arte, acariciaba el cabello de Navi con una parsimonia casi hipnótica. No era un gesto para las cámaras, ni siquiera parecía algo consciente; era el lenguaje corporal de dos personas que se pertenecían sin esfuerzo, sin miedo a las filtraciones o al juicio del mundo.

Eun-sol sintió una punzada en el pecho. No era envidia —amaba a Navi y respetaba a Namjoon profundamente—, sino una nostalgia afilada. Recordó los sótanos de HYBE en 2019, cuando ella era una trainee y Taehyung ya era una estrella. Recordó las veces que él le acariciaba el cabello de la misma forma, escondidos en la última fila de una sala de edición oscura, con el corazón latiendo desbocado no por el éxito, sino por el miedo a ser descubiertos.

—Estás en otro planeta, Sol-ah.

La voz profunda de Taehyung la trajo de vuelta a la realidad. Estaba sentado en un sillón individual frente a ella, sosteniendo una copa de cristal tallado. No necesitaba que ella dijera nada; él siempre había tenido esa capacidad inquietante de leer sus silencios.

—Solo estaba pensando en lo mucho que ha cambiado todo —respondió ella, forzando una sonrisa ligera—. Mira a Navi. Parece que hubiera nacido para estar ahí, en esa calma.

Taehyung desvió la mirada hacia la pareja y luego volvió a clavarla en Eun-sol. Sus ojos oscuros brillaron con una comprensión melancólica.

—Tienen lo que nosotros no pudimos permitirnos —dijo él en voz baja, asegurándose de que el resto del grupo, inmerso en sus propias risas, no los escuchara—. La libertad de no pensar en el mañana.

—Nosotros siempre estábamos calculando el riesgo —admitió Eun-sol, bajando la vista hacia su propia copa—. "Si nos ven aquí", "si alguien nota este gesto", "si los rumores afectan el debut de AERIS". Fuimos expertos en construir muros, Tae.

Taehyung dejó su copa sobre la mesa ratona y se inclinó hacia adelante, rompiendo esa burbuja de distancia profesional que ambos se esforzaban por mantener desde su regreso del servicio militar.

—A veces me pregunto si esos muros nos protegieron o si terminaron por asfixiarnos —comentó él. Su tono era tranquilo, pero cargado de una honestidad que siempre la desarmaba.

En ese momento, Namjoon soltó una carcajada por algo que dijo Navi, y ella se giró para darle un beso rápido en la mejilla. Fue un gesto tan natural, tan cargado de una cotidianidad que Eun-sol y Taehyung nunca llegaron a consolidar del todo, que el silencio entre ellos dos se volvió denso.

—¿Te acuerdas de la terraza del piso 12? —preguntó Taehyung de repente.

Eun-sol sonrió a pesar de sí misma.

—¿Cuando intentamos ver las estrellas en medio de la contaminación de Seúl y terminamos comiendo pollo frito frío porque se nos olvidó el tiempo?

—Esa noche —asintió él—. Fue la primera vez que pensé que, tal vez, ser nosotros dos era más importante que ser SOLA y V. Pero luego amaneció, y tuvimos que volver a ser los ídolos que el mundo necesitaba.

—Éramos muy jóvenes, Tae. Y el éxito de ahora... —Eun-sol hizo un gesto hacia la ventana, señalando simbólicamente la inmensidad de su fama actual—. Ahora somos marcas globales. Si entonces era difícil, ahora sería un campo de minas.

Taehyung guardó silencio un momento. Se levantó para servirse un poco más de agua, pero al pasar junto a ella, se detuvo. Sin pensarlo, como si el tiempo no hubiera pasado, como si el contrato de su ruptura nunca se hubiera firmado, extendió la mano y acomodó un mechón de cabello que caía sobre el rostro de Eun-sol.

Sus dedos rozaron su sien con una delicadeza familiar. Fue un gesto automático, una memoria muscular del corazón que los dejó a ambos paralizados durante un segundo eterno.

Eun-sol contuvo el aliento. La calidez de su mano era exactamente como la recordaba: segura y reconfortante. Por un instante, el salón desapareció. No había otros integrantes de BTS, no estaba Navi, no existían las listas de Billboard ni las giras de estadios. Solo estaban ellos dos, en esa zona gris donde el pasado y el presente se fundían.

Taehyung pareció notar la naturalidad del gesto un segundo después de haberlo hecho. No retiró la mano bruscamente; en su lugar, dejó que sus dedos se deslizaran lentamente por su mejilla antes de alejarse.

—Sigue siendo igual de suave —susurró él, con una sonrisa triste que no llegó a sus ojos.

—Taehyung... —empezó ella, pero las palabras se le atascaron en la garganta.

—Lo sé —la interrumpió él suavemente—. No digas nada. Es solo que... a veces mi cuerpo olvida que ya no tengo derecho a hacer eso.

Eun-sol sintió que se le humedecían los ojos. Se aclaró la garganta y trató de recuperar su porte de líder, esa máscara de elegancia inquebrantable que la definía ante el público.

—Es extraño, ¿verdad? —dijo ella, tratando de normalizar el ambiente—. Podemos llenar estadios, vender millones de álbumes, pero no podemos controlar un simple impulso de afecto.

—Es que no somos máquinas, Eun-sol. Aunque HYBE a veces lo olvide, y aunque nosotros mismos intentemos convencernos de ello para sobrevivir.

Navi se levantó del suelo en ese momento y se acercó a ellos, con el rostro iluminado por la alegría.

—¡Chicos! Namjoon dice que deberíamos ir a la terraza a ver las luces antes de que se haga más tarde. Dice que la vista hoy es perfecta.

Eun-sol asintió, agradecida por la interrupción.

—Id yendo vosotras —dijo Taehyung, recuperando su tono juguetón—. Yo iré en un momento, solo voy a buscar mi chaqueta. Hace frío ahí fuera.

Navi arrastró a Eun-sol hacia el ventanal, pero antes de salir, Eun-sol miró hacia atrás. Taehyung estaba de pie junto a la mesa, observándola. No había tensión amarga en su mirada, sino una aceptación profunda. Era el tipo de mirada que se le dedica a un libro que amaste mucho pero que ya has terminado de leer; conoces el final, sabes que no puedes cambiarlo, pero atesoras cada página.

Ya en la terraza, el viento de Seúl golpeó sus rostros. Namjoon y Navi se alejaron hacia un extremo, señalando los edificios iluminados y compartiendo susurros. Eun-sol se apoyó en la barandilla de cristal, sintiendo el frío en sus dedos.

Sintió una presencia a su lado. No necesitó mirar para saber quién era. El perfume de Taehyung —ese aroma a sándalo y algo cítrico que ella misma le había ayudado a elegir años atrás— la envolvió.

Él no dijo nada, simplemente se apoyó a su lado. Sus hombros se rozaron ligeramente. Era un contacto mínimo, pero en el silencio de la noche, se sintió como una conversación entera.

—Mira a esos dos —dijo Taehyung, señalando a Namjoon y Navi—. Me pregunto si saben lo afortunados que son.

—Lo saben —afirmó Eun-sol—. Navi me lo dice todo el tiempo. Dice que Namjoon es su ancla. Que sin él, la fama la habría arrastrado mar adentro hace mucho tiempo.

—Tú eras mi ancla, Sol-ah —soltó él, sin previo aviso.

Eun-sol cerró los ojos, sintiendo que el nudo en su garganta se apretaba.

—Y tú la mía, Tae. Pero las anclas también pueden hundir el barco si la tormenta es demasiado fuerte.

Taehyung soltó una risa seca, pequeña.

—Tal vez. Pero a veces prefiero hundirme con alguien que flotar solo en un océano de gente que solo grita mi nombre artístico.

Se giró hacia ella, y esta vez, no hubo máscaras. La luz de la luna se reflejaba en sus ojos, mostrando toda la vulnerabilidad que Kim Taehyung rara vez permitía que el mundo viera.

—¿Crees que algún día podamos ser como ellos? —preguntó él—. ¿Sin el "ssi" al final de nuestros nombres, sin el miedo constante, sin actuar como si nuestro pasado fuera un secreto vergonzoso?

Eun-sol guardó silencio. Miró a Navi, que en ese momento reía apoyada en el pecho de Namjoon, y luego miró a Taehyung. La tensión emocional seguía ahí, vibrando entre ellos como una cuerda de violín a punto de romperse. Pero también había algo nuevo: una madurez que no tenían en 2019.

—No lo sé —confesó ella con sinceridad—. Pero sé que hoy, en este momento, no quiero fingir que no me importa que me hayas acomodado el cabello.

Taehyung sonrió de verdad esta vez, una sonrisa pequeña y privada.

—Es un comienzo.

—Es un comienzo —repitió ella.

Se quedaron allí, bajo el cielo de Seúl, dos de las personas más famosas del planeta, sintiéndose por fin pequeñas y reales. La fama de BTS y AERIS seguía ahí fuera, esperando por ellos al cruzar la puerta, pero en esa terraza, en medio de la nostalgia y las cosas sin resolver, Eun-sol y Taehyung se permitieron, por un instante, simplemente ser.

—Por cierto —dijo él, rompiendo el silencio con un tono más ligero—, todavía usas el perfume que te regalé en París.

Eun-sol se sonrojó, agradecida por la oscuridad.

—Es un buen perfume, Taehyung-ssi. No tiene nada que ver con quién me lo regaló.

—Claro —respondió él, dándole un suave empujón con el hombro—. Y yo guardo tus cartas en mi mesilla de noche solo porque me gusta mucho tu caligrafía.

Eun-sol rió, una risa genuina que resonó en el aire frío.

—Eres imposible.

—Y tú eres persistente. Por eso nos llevamos tan bien, Sol-ah.

Caminaron de regreso hacia el interior para unirse a los demás. La escena de Namjoon y Navi ya no le dolía a Eun-sol; ahora era un recordatorio de que, aunque su camino fuera diferente, el amor y la conexión no tenían por qué ser una tragedia. Podían ser, simplemente, una parte de su historia que seguía escribiéndose, un párrafo a la vez, entre las sombras de HYBE y las luces de los estadios.