V
Retratos en el Espejo del Camerino
El bullicio del backstage del Estadio Olímpico de Seúl era una sinfonía de caos controlado que Eun-sol conocía de memoria. El olor a laca para el cabello, el zumbido de los generadores eléctricos y el constante ir y venir de asistentes con auriculares creaban una atmósfera cargada de una energía eléctrica. Era el primer concierto de BTS tras su reunión completa, un evento que había paralizado al país y al mundo entero.
Eun-sol caminaba por los pasillos con la confianza de quien sabe que pertenece a ese lugar, pero sin la rigidez de su papel como líder de AERIS. Hoy no era la estrella global que encabezaba festivales; hoy era simplemente Eun-sol, acompañando a Navi, quien apenas podía ocultar su emoción por ver a Namjoon retomar su trono sobre el escenario.
—¿Crees que estén muy nerviosos? —preguntó Navi, ajustándose la gorra para pasar desapercibida entre el personal—. Namjoon hyung apenas pudo dormir anoche. Me envió mensajes hasta las tres de la mañana repasando las letras.
Eun-sol soltó una risita suave y le dio un apretón cariñoso en el hombro.
—Es el regreso más esperado de la década, Navi. Sería extraño que no estuviera nervioso. Pero conoces a los chicos; en cuanto pisen el escenario, se convertirán en gigantes.
Al llegar a la zona restringida de los camerinos, la seguridad las dejó pasar de inmediato. Dentro, el ambiente era sorprendentemente más relajado de lo que Eun-sol esperaba. Namjoon estaba sentado en un rincón, con un iPad en la mano, murmurando versos mientras una estilista retocaba el brillo de sus labios. Jin y Jungkook reían ruidosamente por algo que veían en un teléfono, y Jimin practicaba un paso de baile frente a un espejo de cuerpo entero.
Navi corrió casi de inmediato hacia Namjoon, quien al verla, dejó caer toda la tensión de sus hombros. La forma en que sus ojos se iluminaron fue una declaración de amor silenciosa que hizo que Eun-sol sonriera con sinceridad. Ya no dolía verlos. El tiempo, ese escultor paciente, había limado las aristas de su propia envidia y la había transformado en una aceptación tranquila.
—Has venido —escuchó Eun-sol.
Se giró lentamente. Taehyung estaba sentado en un sofá de cuero negro al fondo de la sala, con una pierna cruzada sobre la otra. Llevaba el traje de apertura del concierto: una chaqueta de seda bordada que capturaba cada haz de luz. Se veía imponente, una visión de perfección estética, pero su expresión era relajada, casi doméstica.
—No me perdería el evento del siglo —respondió ella, acercándose con paso tranquilo—. Además, Navi me habría arrastrado de todos modos.
Taehyung señaló el espacio a su lado en el sofá.
—Siéntate. Aún faltan dos horas para que empiece el caos de verdad. Ahora mismo solo estamos en la fase de "espera tensa".
Eun-sol se sentó, manteniendo una distancia cómoda que dictaba su nueva y sana amistad. Durante los últimos meses, habían logrado algo que ella creía imposible: la normalidad. Ya no había silencios incómodos cargados de reproches velados, ni miradas que buscaban desesperadamente un pasado que ya no existía. Se habían convertido en confidentes, en dos personas que compartían el peso de la cima.
—¿Cómo llevas el traje? —preguntó ella, señalando los intrincados bordados—. Parece pesado.
—Lo es —admitió Taehyung, estirando el cuello—. Pesa unos cinco kilos, sin contar las joyas. A veces me pregunto si los diseñadores creen que somos atletas olímpicos o maniquíes de museo.
—Un poco de ambos, probablemente —bromeó Eun-sol—. Recuerdo aquel vestido que usé en los MAMA el año pasado. No podía respirar profundamente, así que tuve que cantar todas las notas altas con el aire que me quedaba en la garganta. Fue una tortura.
Taehyung soltó una carcajada genuina, de esas que hacían que sus ojos se entrecerraran.
—Te vi. Estuviste increíble, aunque ahora que lo dices, sí que parecías un poco más pálida de lo habitual en la nota final. Pensé que era el concepto de "reina de hielo".
—Era el concepto de "reina sin oxígeno" —corrigió ella, riendo también.
Se quedaron un momento en silencio, observando la escena frente a ellos. Navi estaba ayudando a Namjoon a abrocharse unos gemelos rebeldes, mientras ambos compartían confidencias en voz baja. Era una estampa de apoyo incondicional.
—Me alegra que estemos así, Sol-ah —dijo Taehyung de repente, sin apartar la vista de sus amigos—. Me alegra que hayamos dejado de intentar descifrar el pasado para simplemente disfrutar del presente.
Eun-sol asintió, sintiendo una calidez reconfortante en el pecho.
—Yo también. Me costó entender que ser amigos no era un premio de consolación, sino una victoria diferente. Tenemos algo que muy poca gente en esta industria posee: alguien que conoce la versión real de nosotros, sin los filtros de la fama.
—Exacto —coincidió él—. Cuando estoy contigo, no siento que tenga que ser el "V" que todo el mundo espera. Puedo quejarme de que me duelen los pies o de que tengo hambre de ramen barato, y sé que no me juzgarás.
—Bueno, te juzgaré un poco por el ramen barato, considerando que tienes un chef privado —replicó ella con un guiño.
—Sabes que el de sobre sabe mejor a las tres de la mañana —defendió él con un gesto indignado.
—En eso tienes razón.
La conversación fluyó con una ligereza que habría sido impensable un año atrás. Hablaron de los próximos proyectos de AERIS, de la presión de las redes sociales y de cómo ambos estaban aprendiendo a establecer límites con sus respectivas agencias. No había rastro de la tensión romántica que solía asfixiarlos. Era, simplemente, la convivencia de dos almas viejas que habían decidido dejar de hacerse daño.
—Por cierto —dijo Taehyung, rebuscando en una pequeña bolsa que tenía al lado—, encontré esto el otro día en una tienda de antigüedades en Daegu. Me recordó a ti.
Le tendió una pequeña caja de madera tallada. Al abrirla, Eun-sol encontró un broche de plata en forma de una luna creciente entrelazada con una pequeña estrella de lapislázuli. Era sencillo, elegante y carecía de cualquier marca de lujo.
—Tae... es precioso —susurró ella, pasando la yema del dedo por la piedra—. No tenías que hacerlo.
—No es un regalo de "ex" —aclaró él rápidamente, con una sonrisa amable—. Es un regalo de amigo. Recuerdo que siempre decías que la luna te ayudaba a mantener la calma antes de salir al escenario porque era lo único que no cambiaba, sin importar en qué parte del mundo estuvieras.
Eun-sol sintió que se le humedecían los ojos, pero esta vez no era de tristeza. Era gratitud.
—Lo recordaste.
—Recuerdo las cosas importantes, Sol-ah. Eso no cambia porque ya no estemos juntos.
Ella se prendió el broche en la solapa de su chaqueta informal.
—Lo llevaré hoy. Me servirá de amuleto para desearles suerte. Aunque no la necesitan.
—Cualquier ayuda es bienvenida —dijo él, poniéndose de pie cuando un asistente les hizo una señal de que faltaba poco para el ensayo final de sonido—. El escenario es enorme hoy. A veces, incluso después de tantos años, se siente como si pudiera tragarte.
Eun-sol se levantó también y, por un impulso de pura camaradería, le tomó las manos. Estaban frías, un signo de los nervios que él ocultaba tan bien tras su máscara de indiferencia cool.
—No te tragará —le aseguró ella con firmeza—. Eres Kim Taehyung. El mundo ha esperado dos años para volver a verte. Solo sal ahí y diviértete. Nosotros estaremos en el palco, gritando como locos.
Taehyung la miró fijamente, y por un segundo, Eun-sol vio un destello de la antigua intensidad en sus ojos, pero se disipó rápidamente para dejar paso a una paz profunda. La atrajo hacia sí en un abrazo breve y firme. No fue un abrazo robado, ni uno cargado de anhelo. Fue el abrazo de dos compañeros de batalla que se deseaban lo mejor.
—Gracias, Sol-ah. De verdad.
—¡V! ¡Namjoon! ¡Cinco minutos para la posición inicial! —gritó el mánager de producción desde la puerta.
El camerino se convirtió instantáneamente en un torbellino de actividad final. Namjoon le dio un beso rápido en la frente a Navi antes de ponerse serio y entrar en su "modo líder". Los demás chicos se reunieron en el centro para su grito de guerra habitual.
Navi se acercó a Eun-sol, con las mejillas ligeramente sonrosadas.
—¿Estás lista, unnie? Nos han dicho que el palco ya está despejado para nosotras.
—Estoy lista —respondió Eun-sol, mirando por última vez a Taehyung, quien ya estaba bromeando con Jungkook mientras se colocaban los auriculares internos.
Mientras caminaban hacia la zona de invitados, Navi la miró de reojo, observando el broche en su chaqueta.
—Es nuevo, ¿verdad? Es muy bonito.
—Un regalo de un buen amigo —dijo Eun-sol con una sonrisa tranquila.
—Me alegra mucho verlos así —confesó Navi mientras subían las escaleras—. Al principio tenía miedo de que estas reuniones fueran incómodas para ustedes, pero parecen... no sé, parecen haber encontrado una paz que mucha gente nunca alcanza.
—Es que la encontramos, Navi. Nos tomó tiempo entender que nuestro amor no se destruyó, simplemente se transformó en algo que podemos cargar sin que nos pese.
Al llegar al palco, el estadio ya estaba casi lleno. Una marea de luces de colores parpadeaba en la oscuridad, y el rugido de miles de personas coreando los nombres de los integrantes de BTS creaba una vibración que se sentía en los huesos.
Eun-sol se apoyó en la barandilla, mirando hacia el escenario aún oscuro. Recordó el 2019, las prácticas a escondidas, los miedos de ser descubiertos y la dolorosa decisión de separarse antes de que el mundo los rompiera. Todo aquello se sentía como una película que había visto hace mucho tiempo.
De repente, las luces del estadio se apagaron por completo. El silencio que siguió fue sepulcral, cargado de una expectativa casi religiosa. Entonces, una explosión de fuegos artificiales iluminó el cielo y los primeros acordes de la música resonaron con una potencia ensordecedora.
Siete figuras aparecieron en el centro del escenario, rodeadas de fuego y luz. Eun-sol buscó inmediatamente la figura de Taehyung. Lo vio moverse con esa gracia felina que lo caracterizaba, proyectando una confianza que llenaba cada rincón del estadio. Cuando llegó su turno de cantar, su voz profunda y aterciopelada envolvió a la multitud.
Eun-sol se llevó la mano al broche de plata en su solapa.
En ese momento, se dio cuenta de que lo que tenían ahora era, en muchos sentidos, más valioso que lo que tuvieron antes. Antes, su relación era un secreto que debían proteger del mundo; ahora, su amistad era un refugio que compartían con el mundo de forma indirecta, a través del apoyo mutuo y el respeto profesional.
—¡Mira a Namjoon! —gritó Navi, saltando de emoción al lado de ella.
Eun-sol rió y empezó a saltar también, dejando que la música la invadiera. Ya no era la líder analítica ni la ex novia melancólica. Era una fan, una amiga y una mujer que finalmente estaba en paz con su propia historia.
A mitad del concierto, durante una de las pausas para hablar con el público, Taehyung recorrió el escenario con la mirada. Por un breve instante, sus ojos se dirigieron hacia el palco VIP. Eun-sol no sabía si realmente podía verla entre las sombras, pero levantó la mano y saludó.
Taehyung sonrió de esa manera cuadrada y única, y antes de seguir con el siguiente tema, se tocó el pecho, justo en el lugar donde ella llevaba el broche.
Fue un gesto fugaz, invisible para los miles de fans que gritaban su nombre, pero para Eun-sol fue un mensaje claro. "Estamos bien".
Y mientras la música continuaba y el éxito de ambos seguía escalando hacia alturas inimaginables, Eun-sol supo que no importaba cuántos récords rompieran o cuántos estadios llenaran. Al final del día, lo que realmente importaba era que, en medio de la tormenta de la fama global, habían logrado salvar lo más importante: el cariño genuino de dos personas que se conocieron cuando no eran nada, y que ahora que lo eran todo, seguían eligiendo estar en la vida del otro.
La noche continuó, llena de luces y canciones, pero para Eun-sol, el momento más brillante no fue el espectáculo visual, sino la certeza de que el capítulo de los "puntos suspensivos" finalmente había encontrado su propia y hermosa forma de continuar. No como una historia de amor de película, sino como una historia de vida real. Una historia de Eun-sol y Taehyung.