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Veneno Congelado

La Danza de las Sombras y el Hielo

El bosque, testigo mudo del encuentro, había recuperado su silencio, pero el aire seguía cargado con la electricidad residual de la confrontación. Soi Fon, de pie y respirando con dificultad, sentía el pulso martilleando en sus sienes. Sus ojos dorados, aún empañados por la furia y la confusión, se negaban a apartarse de Kora, quien, con una calma exasperante, sonreía con esa insolencia que Soi Fon recordaba tan bien.

– ¡No me mires así! – espetó Soi Fon, el filo de Suzumebachi temblando en su mano. – ¡No creas que porque me hayas... me hayas besado, todo ha cambiado!

Kora se limitó a levantar una ceja, esa misma ceja que había provocado incontables discusiones entre ellas en el pasado.

– ¿Y qué crees que ha cambiado, Soi Fon? – preguntó Kora, su voz suave, pero con un matiz de burla que hizo que la capitana apretara los dientes. – Tus labios respondieron, tu cuerpo tembló... ¿Acaso eso no es un cambio?

El rubor de indignación de Soi Fon se intensificó.

– ¡Eso fue un error! ¡Una debilidad momentánea! – replicó Soi Fon, dando un paso adelante. – ¡Y te juro por el alma de Yoruichi-sama que no volverá a ocurrir!

Kora soltó una risa baja y ronca, un sonido que resonó en el pecho de Soi Fon de una manera inesperada, despertando ecos de recuerdos que había intentado enterrar.

– Vaya, vaya, Soi Fon – dijo Kora, sus ojos azules brillando con diversión. – Tan orgullosa como siempre. Tan terca.

– ¡Y tú tan arrogante! ¡Tan... tan tú! – Soi Fon no pudo encontrar las palabras adecuadas, la rabia ahogándola.

De repente, Kora dejó de sonreír. Su expresión se volvió seria, sus ojos clavados en los de Soi Fon con una intensidad que la hizo estremecerse.

– Tu ira es un velo, Soi Fon – comenzó Kora, dando un paso lento hacia ella. – Un velo que te impide ver lo que es real.

– ¡No necesito que tú me digas lo que es real! – Soi Fon se sintió acorralada, no por las palabras de Kora, sino por la verdad que estas contenían. – ¡Lo real es que eres una traidora! ¡Una Visored! ¡Una enemiga de la Sociedad de Almas!

– ¿Y eso es todo lo que soy para ti? – Kora se detuvo a un par de pasos de Soi Fon, su mirada inquebrantable. – ¿Después de todo lo que compartimos? ¿Después de todo lo que fuimos?

La mención de su pasado compartido, de la intimidad que habían tenido, golpeó a Soi Fon como un puñetazo en el estómago. Un dolor agudo se extendió por su pecho, mezclado con la rabia y la vergüenza.

– ¡No fuimos nada! – mintió Soi Fon, la voz en un hilo apenas audible. – ¡Fuiste mi compañera de entrenamiento, mi rival, y luego... luego me abandonaste!

Kora cerró los ojos por un instante, un suspiro escapó de sus labios.

– Sé que te hice daño, Soi Fon – dijo Kora, su voz teñida de una sinceridad que desarmó a la capitana. – Y lo lamento. Pero no fue por elección.

– ¡No mientas! – Soi Fon no quería escuchar sus excusas, no quería comprender. Quería aferrarse a su ira, a la comodidad del resentimiento. – ¡Elegiste tu poder! ¡Elegiste irte!

– No fue así – Kora abrió los ojos, en ellos había una tristeza profunda. – Fui expulsada. Y no hubo nada que pudiera hacer.

Soi Fon se quedó en silencio, procesando las palabras de Kora. Siempre había asumido que Kora se había ido por voluntad propia, buscando más poder, abandonándola a ella y a Yoruichi sin remordimientos. La idea de que Kora había sido expulsada, obligada a irse, abría una fisura en la fortaleza de su ira.

– ¿Expulsada? – preguntó Soi Fon, su voz apenas un susurro. – ¿Por qué?

Kora dudó, su mirada se desvió por un momento.

– No es el momento de hablar de eso – dijo Kora, su tono volviendo a ser evasivo. – Ahora mismo, lo importante es que Aizen está traicionando a la Sociedad de Almas. Y eso nos afecta a ambas.

Soi Fon sintió un escalofrío. Kora tenía razón. La amenaza de Aizen era real e inminente. Pero la presencia de Kora, la resurrección de sus sentimientos, complicaba todo de una manera que Soi Fon no estaba preparada para afrontar.

– No te confundas, Hitsugaya – Soi Fon se recompuso, su voz recuperando algo de su habitual frialdad. – Mi lealtad es a la Sociedad de Almas. Y si eso significa enfrentarme a ti, lo haré.

Kora sonrió de nuevo, una sonrisa pequeña y enigmática.

– Lo sé, Soi Fon – dijo Kora. – Y yo no espero menos de ti. Pero también sé que, en el fondo, no quieres hacerme daño.

– ¡No me provoques! – Soi Fon levantó Suzumebachi, la punta de la hoja casi tocando el cuello de Kora. – ¡Un paso en falso, y te arrepentirás!

Kora no se inmutó, sus ojos azules fijos en los de Soi Fon, una chispa de desafío en ellos.

– No lo haré – susurró Kora, su aliento cálido en la piel de Soi Fon. – Porque incluso ahora, Soi Fon, puedo sentirlo. Esa conexión entre nosotras. Esa atracción. Es innegable.

Las palabras de Kora, pronunciadas con tal seguridad, hicieron que el corazón de Soi Fon diera un vuelco. Era cierto. A pesar de todo el dolor, a pesar de la ira, la atracción entre ellas seguía siendo una fuerza poderosa, un hilo invisible que las unía.

Soi Fon bajó la mirada, incapaz de sostener la de Kora. La verdad de sus palabras era demasiado abrumadora. Se sentía expuesta, vulnerable, y eso la enfurecía aún más.

– Eso no significa nada – Soi Fon se alejó bruscamente, guardando su zanpakutō con un chasquido. – Es una reliquia del pasado. Un error.

– ¿Un error? – Kora la siguió con la mirada, su sonrisa teñida de melancolía. – ¿Un error que aún te hace temblar cuando te beso?

– ¡Cállate! – Soi Fon se giró, su rostro encendido. – ¡No te atrevas a hablar de eso!

– ¿Por qué no? – Kora se encogió de hombros, su postura relajada, contrastando con la tensión de Soi Fon. – Es parte de nuestra historia, Soi Fon. Una parte que no puedes borrar.

Soi Fon apretó los puños, su mente un torbellino de emociones contradictorias. Quería gritar, quería pelear, quería hacer que Kora desapareciera de nuevo. Pero al mismo tiempo, una parte de ella anhelaba entender, anhelaba la familiaridad de su presencia, la inexplicable comodidad que sentía a su lado, incluso en medio del caos.

– ¿Qué quieres, Kora? – preguntó Soi Fon, su voz ronca. – ¿Por qué has vuelto?

La expresión de Kora se suavizó, toda la burla y el desafío desaparecieron, dejando solo una profunda seriedad.

– Aizen es peligroso, Soi Fon – dijo Kora, su voz grave. – Mucho más de lo que crees. Y no puedo quedarme de brazos cruzados mientras la Sociedad de Almas se derrumba.

– ¿Y qué te hace pensar que puedes ayudar? – Soi Fon no pudo evitar el sarcasmo. – Eres una Visored. Un paria.

– Soy una combatiente – Kora se enderezó, su mirada firme. – Y conozco los métodos de Aizen. He estado en los mismos círculos que él. Sé cómo piensa.

Soi Fon la miró con escepticismo.

– ¿Y esperas que confíe en ti? – preguntó Soi Fon. – ¿Después de todo?

– No – Kora negó con la cabeza. – No espero que confíes en mí. Pero espero que seas lo suficientemente inteligente como para reconocer un aliado cuando lo veas.

El silencio se cernió sobre ellas, pesado y lleno de significado. Soi Fon sopesó las palabras de Kora. Su orgullo gritaba que la rechazara, que la considerara una enemiga. Pero su mente estratégica, la mente de una capitana del Onmitsukidō, le decía que Kora tenía un punto. La información sobre Aizen era valiosa, y Kora era una fuerza a tener en cuenta.

– Si intentas algo, Kora Hitsugaya – advirtió Soi Fon, su voz baja y amenazante. – Te juro que no dudaré.

Kora sonrió de nuevo, una sonrisa genuina esta vez, sin rastro de burla.

– Lo sé, Soi Fon – dijo Kora. – Y eso es lo que me gusta de ti.

Soi Fon sintió un escalofrío recorrer su espalda. Esa sonrisa, esa mirada, le recordaban demasiado al pasado, a los momentos en que Kora lograba desarmarla con una sola frase.

– No me gustas – replicó Soi Fon, la mentira saliendo de sus labios con una facilidad pasmosa.

– Oh, ¿en serio? – Kora dio un paso más, acortando la distancia entre ellas. – Porque el beso que me diste hace un momento decía lo contrario.

Soi Fon se sonrojó de nuevo, su ira volviendo con fuerza.

– ¡Eso no fue un beso! – exclamó Soi Fon. – ¡Fue una... una...!

– ¿Una confesión? – Kora terminó la frase por ella, sus ojos azules brillando con picardía.

– ¡Fue un error! – Soi Fon se dio la vuelta, dándole la espalda a Kora. – ¡Y no vamos a hablar de ello otra vez!

Kora soltó una risa suave, un sonido melodioso que hizo que Soi Fon apretara los puños.

– Como quieras, capitana – dijo Kora, aunque el tono de su voz indicaba que no se lo creía ni por un segundo. – Pero no puedes huir de lo que sientes.

Soi Fon ignoró el comentario, su mente ya trabajando en las implicaciones de la presencia de Kora. La Sociedad de Almas estaba en peligro, y Kora, por muy irritante y frustrante que fuera, podría ser una pieza clave en la lucha contra Aizen. La idea la enfermaba, pero no podía negarlo.

– Si vas a quedarte – dijo Soi Fon, sin girarse. – Mantente fuera de mi camino. Y no intentes ninguna de tus... tus provocaciones.

– No puedo prometerte eso, Soi Fon – Kora se acercó a ella, su voz ahora muy cerca de su oído. – La provocación es parte de mi encanto.

Soi Fon se giró bruscamente, sus ojos dorados chocando con los azules de Kora, que estaban peligrosamente cerca. El aliento de Kora rozó sus labios, y Soi Fon sintió un calor familiar extenderse por su cuerpo.

– ¡No te atrevas! – siseó Soi Fon, su voz un murmullo.

Kora sonrió, sus ojos fijos en los labios de Soi Fon.

– ¿Atreverme a qué, Soi Fon? – preguntó Kora, su voz ronca y seductora.

Soi Fon se quedó paralizada, su mente gritando que se alejara, pero su cuerpo negándose a obedecer. La tensión entre ellas era palpable, un campo de fuerza invisible que las unía.

De repente, Kora se echó hacia atrás, rompiendo el contacto visual, pero manteniendo la sonrisa.

– Nos vemos en el campo de batalla, capitana – dijo Kora, su voz volviendo a su tono habitual. – Y recuerda, no importa cuánto lo intentes, no puedes odiarme.

Con esas palabras, Kora se desvaneció en un blur de Shunpo, dejando a Soi Fon sola en el bosque, su corazón latiendo salvajemente en su pecho.

Soi Fon se llevó una mano a los labios, donde aún sentía el eco del beso de Kora. La rabia y el resentimiento se mezclaban con una punzada de anhelo y una confusión abrumadora. Kora había regresado, y con ella, había traído el caos a la vida ordenada y controlada de Soi Fon.

La capitana apretó los puños. No podía odiarla, había dicho Kora. ¡Por supuesto que podía! La odiaba por su insolencia, por su abandono, por el dolor que había causado. Pero mientras el pensamiento pasaba por su mente, una imagen fugaz del beso, de la desesperación y la pasión de Kora, se coló en sus pensamientos, haciendo que su resolución flaqueara.

Soi Fon respiró hondo, intentando calmar el torbellino de emociones. La traición de Aizen era la prioridad. Pero sabía, con una certeza que la aterraba, que su verdadera batalla no sería solo contra el traidor, sino contra la mujer de cabello blanco y ojos azules que había reaparecido en su vida, reavivando una llama que creía extinta.

La danza de las sombras y el hielo apenas había comenzado, y Soi Fon sabía que, sin importar cuánto se resistiera, Kora Hitsugaya ya había ganado la primera ronda. Y, para su horror, una parte de ella no podía evitar sentir un escalofrío de anticipación ante lo que vendría después.