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Veneno Congelado

El Abrazo del Hielo y la Luz

El sol de la Sociedad de Almas se filtraba a través de las hojas de los árboles del jardín del Escuadrón 2, pintando el suelo con patrones cambiantes de luz y sombra. Pero para Soi Fon, el mundo era un constante gris. Había pasado un tiempo desde la batalla en la ciudad de Karakura, desde que el traidor Aizen había sido finalmente derrotado. La paz había regresado, pero no sin un costo. La capitana de la Segunda División, Soi Fon, había perdido su brazo izquierdo en el fragor de la lucha contra Barragan Luisenbarn, uno de los Espada de Aizen.

Ahora, lejos de los campos de batalla, su propia mente se había convertido en un nuevo campo de lucha. Soi Fon se movía con una intensidad brutal, el sudor perlaba su frente mientras golpeaba con su único puño un poste de entrenamiento, una y otra vez. Cada golpe era un intento de exorcizar la frustración, la rabia y la humillación que sentía. Su cuerpo, antes un instrumento de perfecta precisión, ahora se sentía incompleto, limitado. La cicatriz de la amputación, aunque curada, ardía como una herida abierta en su espíritu.

Omaeda Marechiyo, su teniente, observaba desde la distancia, su rostro inusualmente serio. A su lado, su hermana pequeña, Mareka, se aferraba a su pantalón, sus grandes ojos asustados fijos en la figura furiosa de la capitana.

– Hermano, ¿está bien la capitana Soi Fon? – preguntó Mareka, su voz un susurro preocupado.

Omaeda suspiró, rascándose la nuca.

– No lo sé, Mareka. Ha estado así desde que regresamos. Entrena sin parar, apenas duerme.

– Parece tan triste – dijo la niña, sus ojos brillando con lágrimas. – Y enfadada.

Omaeda asintió. La capitana Soi Fon era una mujer de hierro, pero la pérdida de su brazo la había golpeado de una manera que nadie esperaba. Su orgullo, su identidad como asesina, se había visto gravemente afectado.

De repente, una figura familiar apareció al borde del jardín, su cabello blanco como la nieve y sus ojos azules destacando contra el verde follaje. Kora Hitsugaya. Había permanecido en la Sociedad de Almas después de la guerra, una presencia incómoda para muchos, pero una fuerza innegable.

Omaeda, al verla, sintió una punzada de esperanza. Kora era la única persona que parecía tener algún tipo de influencia sobre Soi Fon, aunque esa influencia solía manifestarse en forma de discusiones acaloradas y peleas.

– ¡Hitsugaya-san! – Omaeda la llamó en voz baja, haciendo un gesto para que se acercara.

Kora lo miró, una ceja levantada en pregunta.

– ¿Qué pasa, Omaeda? – preguntó Kora, su voz tranquila.

– Es la capitana Soi Fon – dijo Omaeda, su mirada volviendo a la figura de la capitana. – No está bien. Necesita... necesita a alguien.

Mareka, al escuchar, salió de detrás de su hermano y se acercó a Kora, sus pequeños ojos azules llenos de súplica.

– Por favor, Hitsugaya-san – dijo Mareka, su voz temblorosa. – Ayude a la capitana. Está muy sola.

Kora miró a la niña, luego a Soi Fon, que seguía golpeando el poste con una ferocidad casi autodestructiva. Un suspiro escapó de sus labios. La había observado desde la distancia durante días, sintiendo el dolor y la frustración de Soi Fon como si fueran propios. Había querido acercarse, pero sabía que Soi Fon la rechazaría. Sin embargo, la súplica de la pequeña Mareka era difícil de ignorar.

– Está bien, Mareka – dijo Kora, su voz suave. – Iré a hablar con ella.

Kora se acercó lentamente, sus pasos apenas audibles. Soi Fon no la oyó, o no quiso oírla, sumida en su propia agonía. El aire a su alrededor vibraba con su reiatsu, una mezcla de dolor y rabia contenida.

– Soi Fon – dijo Kora, su voz baja, pero firme.

Soi Fon se detuvo en seco, su puño suspendido en el aire. Se giró bruscamente, sus ojos dorados ardiendo al ver a Kora.

– ¿Qué quieres, Hitsugaya? – espetó Soi Fon, su voz áspera, cargada de veneno. – ¿Vienes a burlarte de mi debilidad?

– No – respondió Kora, su mirada inquebrantable. – Vengo a ver cómo estás.

– ¡Estoy perfectamente! – Soi Fon mintió, su voz llena de desafío. – ¡No necesito tu lástima, Visored!

– No es lástima, Soi Fon – Kora dio un paso adelante. – Es preocupación.

– ¡No necesito tu preocupación! – Soi Fon se lanzó hacia Kora, su puño derecho volando hacia su rostro. Era un ataque torpe, sin la precisión habitual de Soi Fon, pero lleno de una furia desesperada.

Kora la atrapó fácilmente, su mano envolviendo la muñeca de Soi Fon.

– Ya basta, Soi Fon – dijo Kora, su voz grave.

– ¡Suéltame! – Soi Fon forcejeó, intentando zafarse. – ¡No te atrevas a tocarme! ¡No tienes derecho!

– Tengo todo el derecho – Kora la jaló hacia ella, el cuerpo de Soi Fon chocando contra el suyo.

Soi Fon se quedó paralizada, su rostro a centímetros del de Kora. La cercanía, el calor del cuerpo de Kora, la familiaridad de su aroma... todo la desarmó por un instante.

– ¡Aléjate de mí! – siseó Soi Fon, intentando empujarla con su hombro.

Pero Kora no la soltó. Por el contrario, sus brazos se deslizaron alrededor de la cintura de Soi Fon, abrazándola por la espalda, atrayéndola aún más cerca. La barbilla de Kora se apoyó suavemente en el hombro de Soi Fon, su aliento cálido en su cuello.

Soi Fon se quedó rígida, el shock de la acción de Kora paralizándola. Esperaba una pelea, una discusión, cualquier cosa menos esto. El abrazo de Kora era protector, envolvente, y, para su sorpresa, increíblemente reconfortante.

– Deja de luchar, Soi Fon – susurró Kora, su voz suave, casi un ruego. – Déjame protegerte, aunque sea por un momento.

Las defensas de Soi Fon, construidas con años de orgullo y dolor, comenzaron a desmoronarse. Las lágrimas, que había contenido con tanta fuerza, comenzaron a brotar, calientes y amargas, rodando por sus mejillas.

– Yo... yo no puedo... – Soi Fon murmuró, su voz ahogada por el llanto. – No puedo hacer esto, Kora. Estoy... incompleta.

Kora la apretó más fuerte.

– No lo estás, mi amor – susurró Kora, su voz llena de ternura. – Eres perfecta. Siempre lo has sido.

Y entonces, Kora giró ligeramente la cabeza, sus labios rozando la mejilla de Soi Fon, absorbiendo sus lágrimas. Y la besó.

No fue un beso salvaje como el de su primer reencuentro. Fue suave, tierno, lleno de una dulzura que Soi Fon no recordaba haber sentido en mucho tiempo. Los labios de Kora se movieron lentamente sobre los suyos, un bálsamo para su alma herida. Soi Fon, sin oponer resistencia, se rindió al beso, sus propios labios respondiendo torpemente, buscando consuelo.

Omaeda y Mareka, que observaban desde la distancia, se quedaron boquiabiertos. Nunca, en toda su vida, habían visto a la capitana Soi Fon tan vulnerable, tan... humana. Y mucho menos besándose con alguien.

Kora se separó ligeramente, sus frentes aún juntas, sus ojos azules fijos en los dorados y llorosos de Soi Fon.

– No estás sola, Soi Fon – dijo Kora, su voz apenas un susurro. – Nunca lo has estado.

Soi Fon no pudo hablar. Solo pudo aferrarse a Kora, sus lágrimas empapando el uniforme de la Visored. El dolor de su brazo perdido no había desaparecido, pero el dolor en su corazón, el más profundo y persistente, comenzaba a aliviarse.

Kora la llevó suavemente hacia un banco cercano, sentándose con Soi Fon todavía en su regazo, abrazándola con fuerza. Las caricias de Kora en su cabello, los suaves besos que depositaba en su frente, en sus mejillas, en sus labios, eran como un bálsamo para su alma.

– Te cuidaré, Soi Fon – susurró Kora, su voz llena de promesas. – Siempre.

Soi Fon, por primera vez en mucho tiempo, se permitió ser cuidada. Se acurrucó contra Kora, sintiendo el calor de su cuerpo, el latido de su corazón. El mundo exterior, con sus batallas y sus pérdidas, se desvaneció, dejando solo la burbuja de intimidad que Kora había creado a su alrededor.

Horas después, cuando el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de naranjas y púrpuras, Kora llevó a Soi Fon a sus aposentos. La capitana, exhausta por la avalancha de emociones, se había quedado dormida en sus brazos. Kora la recostó suavemente en la cama, mirándola con una ternura que rara vez mostraba.

Omaeda, que había seguido a Kora, observaba desde la puerta, aún asombrado. Nunca había visto a Soi Fon tan vulnerable, tan en paz.

– ¿Está bien, Hitsugaya-san? – preguntó Omaeda en voz baja.

Kora asintió, su mirada fija en Soi Fon.

– Lo estará – dijo Kora. – Solo necesita tiempo. Y un poco de... cuidado.

Kora se sentó al lado de la cama, pasando sus dedos suavemente por el cabello de Soi Fon. Entonces, con un gesto que sorprendió a Omaeda, Kora cerró los ojos y su reiatsu comenzó a fluir, un aura suave y cálida que rodeó a Soi Fon. Era un kido curativo, pero no uno que Omaeda hubiera visto antes. Era más íntimo, más personal.

Omaeda observó cómo el rostro de Soi Fon se relajaba aún más, una expresión de paz reemplazando la tensión que la había dominado durante semanas.

– ¿Qué... qué estás haciendo? – preguntó Omaeda, sin poder evitar la curiosidad.

– Estoy curando su espíritu, Omaeda – respondió Kora, sin abrir los ojos. – Su cuerpo sanará, pero su corazón necesita ser reparado.

Kora continuó con el kido durante un tiempo, su concentración inquebrantable. Cuando finalmente abrió los ojos, un brillo de satisfacción y cansancio se reflejó en ellos.

– Asegúrate de que coma y descanse, Omaeda – dijo Kora, poniéndose de pie. – Vendré a verla mañana.

Omaeda asintió, su mente aún procesando lo que había presenciado. La capitana Soi Fon, la mujer que solía ser tan terca y reacia a cualquier tipo de ayuda, se había permitido ser cuidada, curada y amada por Kora Hitsugaya.

A la mañana siguiente, Soi Fon se despertó sintiéndose diferente. El dolor fantasma en su brazo seguía ahí, pero la pesadez en su corazón había disminuido. Se sentó, mirándose el brazo vendado, y luego su mirada se posó en la silla junto a su cama. Había una bandeja con comida, té humeante y una pequeña nota.

"Come. Te espero en el jardín. K."

Una pequeña sonrisa, algo raro en el rostro de Soi Fon, apareció en sus labios. Se levantó, se vistió y se dirigió al jardín, donde encontró a Kora sentada bajo un árbol, esperándola.

– Buenos días, capitana – dijo Kora, su voz llena de una calidez inusual.

– Buenos días, Hitsugaya – Soi Fon respondió, su tono menos agresivo de lo habitual.

Kora se puso de pie, acercándose a ella.

– ¿Cómo te sientes? – preguntó Kora, sus ojos azules escrutando el rostro de Soi Fon.

Soi Fon dudó por un momento.

– Mejor – admitió Soi Fon, su mirada desviándose. – Gracias.

Kora sonrió, una sonrisa suave que hizo que el corazón de Soi Fon diera un vuelco.

– No hay de qué.

Kora se acercó, sus manos levantándose para acariciar suavemente el rostro de Soi Fon, sus pulgares rozando sus mejillas. Soi Fon no se resistió, permitiéndole el contacto.

– Sé que es difícil, Soi Fon – dijo Kora, su voz baja. – Pero no tienes que pasar por esto sola.

Soi Fon la miró, sus ojos dorados llenos de una mezcla de gratitud y vulnerabilidad.

– No sé qué hacer, Kora – Soi Fon susurró. – Mi brazo... mi vida... todo ha cambiado.

– Y lo hará – Kora la interrumpió, sus ojos fijos en los de Soi Fon. – Pero no tienes que definirte por lo que perdiste. Defínete por lo que eres. Y eres la mujer más fuerte y valiente que conozco.

Kora se inclinó, y sus labios se encontraron de nuevo, esta vez con una dulzura aún mayor. Fue un beso lento, tierno, lleno de una promesa tácita de apoyo y amor. Soi Fon se permitió hundirse en él, sus manos subiendo para rodear el cuello de Kora, profundizando el beso.

Omaeda, que pasaba por el jardín con Mareka, se detuvo en seco al ver la escena. Mareka soltó un pequeño "¡Oh!" de sorpresa.

– Hermano, ¿están... besándose? – preguntó Mareka, sus ojos muy abiertos.

Omaeda se rascó la cabeza, una sonrisa tonta apareciendo en su rostro.

– Parece que sí, Mareka – dijo Omaeda. – Parece que sí.

Soi Fon se separó de Kora, su rostro sonrojado, pero con una expresión de paz que Omaeda no había visto en ella en años.

– No creas que esto significa que te perdono por todo, Hitsugaya – dijo Soi Fon, intentando recuperar su habitual dureza, aunque su voz era suave y sin convicción.

Kora solo sonrió, sus ojos azules brillando con diversión.

– No lo espero, Soi Fon – dijo Kora, acariciando suavemente su mejilla. – Pero sé que lo harás. Con el tiempo.

Soi Fon resopló, pero no se apartó. El camino por delante sería largo, lleno de discusiones y desafíos, pero por primera vez en mucho tiempo, Soi Fon no se sentía sola. Kora, su irritante, provocadora y profundamente amada Kora, estaba a su lado. Y eso, en el nuevo mundo que se abría ante ellas, era suficiente.