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Vidas

Lazos del pasado y nudos en el estómago

El aire en la cafetería de la institución parecía haber recuperado su ligereza, pero para Pedri, las preguntas pesaban más que su bandeja de comida. Después del tenso encuentro en el pasillo y la extraña rendición de Ferran, el canario no podía dejar de pensar en la escena entre su mejor amigo y Dani Olmo. Había algo ahí, una chispa de familiaridad que no encajaba con el supuesto desprecio entre las secciones A y F.

—Gavi —dijo Pedri, dejando la cuchara a un lado y mirando fijamente a su amigo, que estaba extrañamente callado mientras pinchaba una ensalada—, ya no puedes seguir ocultándolo. ¿Qué fue eso con Dani? ¿Y por qué parecía que te iba a dar un infarto cuando te tomó del brazo?

Gavi suspiró, soltando el tenedor con un ruido metálico. Miró a su alrededor, asegurándose de que nadie de la "élite" de la sección A estuviera escuchando, aunque Ferran y Dani solían sentarse en el extremo opuesto del campus.

—Está bien, te lo diré porque ya no aguanto más el secreto y porque me siento mal por no habértelo contado antes —susurró Gavi, inclinándose sobre la mesa—. Dani y yo... somos novios, Pedri. Desde hace unos meses.

Pedri se quedó con la boca abierta, literalmente. Sus ojos se abrieron tanto que Gavi temió que se le salieran de las órbitas. El silencio se prolongó durante varios segundos, solo interrumpido por el murmullo lejano de otros estudiantes.

—¿Novios? —exclamó Pedri, bajando el volumen rápidamente cuando Gavi le lanzó una mirada asesina—. ¿Meses? Gavi, ¡somos mejores amigos! Me has visto llorar por Ferran durante semanas y tú... ¿tú estabas saliendo con su mejor amigo en secreto?

—Lo siento, de verdad —dijo Gavi, con una mezcla de arrepentimiento y alivio—. Dani tenía miedo por su reputación en la A, ya sabes cómo son de estirados. Y yo no quería exponerte a ti si las cosas salían mal. Pero después de ver cómo Ferran te trató el otro día, Dani casi se muere. Me dijo que Ferran no es malo, solo es un idiota que no sabe gestionar sus emociones.

Pedri sintió una punzada de decepción. Le dolía que Gavi no hubiera confiado en él, pero al mismo tiempo, la calidez de su corazón no le permitía estar enfadado por mucho tiempo.

—Me duele que no me lo dijeras —admitió Pedri, suavizando la mirada—, pero me alegro por ti. Dani parece un buen chico, a pesar de las compañías que frecuenta.

—Lo es —sonrió Gavi, y por primera vez en el día, su expresión era de pura felicidad—. Deberíamos salir un día los cuatro. Quizás así el "Tiburón" aprende a ser un ser humano y deja de mirarte como si fueras un examen de física que no sabe resolver.

Pedri se sonrojó ante la mención de Ferran. La idea de una cita doble era aterradora y emocionante a partes iguales.

Los meses pasaron volando, transformando la tensión inicial en una rutina curiosa. Aunque Ferran y Pedri no eran oficialmente nada, la dinámica entre ellos había cambiado. Ferran ya no lo ignoraba; al contrario, sus ojos buscaban a Pedri constantemente a través del patio. Se habían quedado en una especie de "amistad" tensa, donde los celos de Ferran eran evidentes cada vez que alguien se acercaba demasiado a Pedri, y la timidez de este último se evaporaba en discusiones intelectuales o bromas compartidas.

Faltaban solo tres meses para terminar sus estudios básicos cuando el equilibrio se rompió.

Era una mañana soleada y el grupo —Gavi, Dani, Pedri y un Ferran que seguía fingiendo que no le importaba estar allí— se encontraba sentado en el césped del campus principal. Pedri estaba contando una anécdota sobre su perro, moviendo las manos con entusiasmo, mientras Ferran lo observaba apoyado en un codo, con una pequeña sonrisa que solo aparecía cuando creía que nadie lo veía.

De repente, Pedri se quedó mudo. Su mirada se fijó en un chico que caminaba por el sendero principal, cargando una mochila nueva y mirando un mapa de la institución con confusión.

—¿Luis? —susurró Pedri, levantándose tan rápido que casi tropieza con las piernas de Ferran.

Ferran, alarmado por el movimiento brusco, se puso en pie al instante, con los músculos en tensión.

—¿Qué pasa? ¿Quién es ese? —preguntó Ferran, con la voz cargada de una autoridad defensiva.

Pero Pedri no respondió. Simplemente echó a correr.

—¡Luis! ¡Luis, por aquí! —gritó Pedri, con una alegría que Ferran nunca le había visto dedicar a nadie, ni siquiera a él.

El chico nuevo levantó la vista, y en cuanto reconoció a Pedri, su rostro se iluminó con una sonrisa radiante. Pedri se lanzó a sus brazos, rodeándole el cuello con fuerza, mientras el tal Luis lo levantaba del suelo en un abrazo giratorio.

Desde el césped, los otros tres observaban la escena con expresiones muy distintas. Gavi tenía el ceño fruncido, intentando recordar de dónde le sonaba esa cara. Dani miraba a Ferran, cuya mandíbula estaba tan apretada que parecía que se le iba a romper.

—¿Quién diablos es ese tipo? —gruñó Ferran, sus ojos echando chispas—. ¿Y por qué Pedri lo está tocando tanto?

—No tengo idea —respondió Gavi, cruzándose de brazos—, pero desde ya no me agrada. Mira cómo le acaricia el pelo. Eso es... excesivo.

Pedri, ajeno al drama que se cocinaba a sus espaldas, estaba conmocionado. Se separó un poco de Luis para tomarle el rostro con ambas manos, examinándolo como si fuera un milagro.

—¡No puedo creer que estés aquí! —exclamó Pedri, con los ojos empañados—. Dijiste que te quedarías en el norte para siempre.

—Mis padres consiguieron el traslado de vuelta —dijo Luis, riendo y volviendo a abrazarlo—. Te he echado de menos, enano. Nadie me entiende como tú.

Pedri rió, una risa cristalina y pura, y le plantó un beso sonoro en la mejilla, seguido de otro en la frente, mientras Luis le revolvía el cabello con un cariño evidente.

—Ven, tienes que conocer a mis amigos —dijo Pedri, tomándolo de la mano y arrastrándolo hacia el grupo.

Cuando llegaron al círculo en el césped, el ambiente era tan frío que podría haber nevado en pleno agosto. Ferran estaba de pie, con los brazos cruzados y una expresión que habría hecho huir a un león hambriento.

—Chicos, este es Luis —presentó Pedri, radiante, sin soltar la mano del recién llegado—. Es mi ex mejor amigo... bueno, ¡mi mejor amigo de toda la vida! Éramos uña y mugre antes de que tuviera que mudarse. Luis, estos son Gavi, Dani y... Ferran.

Luis saludó con un gesto amable, pero se detuvo al notar la mirada de Ferran.

—Hola a todos —dijo Luis, notando la hostilidad—. Siento interrumpir, es que Pedri y yo tenemos mucho que recuperar.

—Ya veo —soltó Ferran, su voz era puro hielo—. Parece que tienen una relación muy... física.

Pedri notó finalmente el tono de Ferran y se sonrojó, pero no soltó a Luis. Se sentaron todos en el pasto, y Pedri se acomodó justo al lado de Luis, pegando su hombro al suyo y manteniendo sus manos entrelazadas mientras empezaban a hablar.

—Luis es nuevo aquí, está en la sección C —explicó Pedri, mirando a Ferran con una pizca de desafío al ver sus celos evidentes—. Me ayudó a pasar matemáticas en la primaria, ¿te acuerdas, Luis?

—Cómo olvidarlo —rio Luis—, te distraías con cualquier mariposa que pasaba por la ventana. Siempre has sido un soñador, Pedri.

—Y sigue siéndolo —intervino Ferran, forzando una sonrisa que parecía más una mueca—. Aunque últimamente ha estado muy ocupado con otras cosas. Conmigo, por ejemplo.

Luis arqueó una ceja, captando la indirecta instantáneamente. Miró a Pedri y luego a Ferran, con una chispa de diversión en los ojos.

—Ah, entiendo —dijo Luis—. Me alegra que Pedri haya encontrado a alguien que lo cuide. Aunque, Ferran, espero que sepas que si le haces daño, volveré a ser su "uña y mugre" a tiempo completo.

Ferran se tensó aún más. La idea de Luis cerca de Pedri de forma permanente le provocaba una náusea de celos que apenas podía controlar. Odiaba cómo Pedri buscaba la aprobación de Luis en cada frase, cómo se reía de sus chistes internos y, sobre todo, cómo no había soltado su mano desde que llegó.

—No te preocupes por eso —respondió Ferran, acercándose un poco más a Pedri en el césped, tratando de marcar territorio—. Pedri sabe perfectamente dónde pertenece.

Pedri sintió un escalofrío. Por un lado, le encantaba ver a Ferran tan afectado; era la prueba de que el Tiburón tenía sentimientos profundos por él. Por otro lado, la presencia de Luis era un bálsamo para su alma.

—Bueno, Luis —dijo Gavi, intentando romper la tensión aunque él mismo seguía mirando al chico nuevo con recelo—, si vas a estar en la C, tendrás que acostumbrarte a que los de la A, como estos dos, se crean los reyes del lugar. Pero no te preocupes, la sección F te respalda.

—Gracias, Gavi —dijo Luis, notando la complicidad entre Gavi y Dani—. Veo que aquí hay muchas historias que no conozco.

Pasaron los minutos y Luis tuvo que despedirse para ir a la oficina de administración a completar sus papeles. Se levantó y, ante la mirada atónita de Ferran, Pedri volvió a abrazarlo con fuerza.

—Te veo en la salida, ¿vale? —dijo Pedri, con una sonrisa dulce.

—Claro que sí, renacuajo —respondió Luis, dándole un último apretón de manos antes de marcharse.

Cuando Luis desapareció de la vista, el silencio en el grupo era sepulcral. Pedri volvió a sentarse, sintiéndose extrañamente ligero, hasta que notó la sombra de Ferran cerniéndose sobre él.

—¿"Renacuajo"? ¿En serio? —soltó Ferran, sin poder contenerse más—. ¿Y por qué tenías que besarlo tanto?

Pedri lo miró, sus ojos marrones brillando con una mezcla de inocencia y picardía.

—Es Luis, Ferran. Es como mi hermano. Crecimos juntos.

—Los hermanos no se toman de la mano así —replicó Ferran, sentándose de nuevo pero esta vez invadiendo completamente el espacio de Pedri—. Me ha dado un dolor de cabeza solo de veros.

—¿Estás celoso, Ferran Torres? —preguntó Pedri en un susurro, acercando su rostro al del mayor.

Dani y Gavi, que estaban a unos metros, fingieron estar muy interesados en una hormiga que caminaba por el suelo para darles privacidad.

—No estoy celoso —mintió Ferran, aunque sus ojos decían todo lo contrario—. Solo digo que... no me gusta que otros te toquen así. Eres demasiado distraído y la gente se aprovecha de tu calidez.

Pedri soltó una risita suave y, por primera vez, fue él quien tomó la iniciativa. Colocó su mano sobre la de Ferran, la misma mano que hace un momento sostenía la de Luis, y entrelazó sus dedos.

—Nadie se aprovecha de mí, Ferran —dijo Pedri con firmeza—. Luis es mi pasado y mi familia. Pero tú... tú eres el que me hace perder el sueño ahora. Aunque seas un idiota celoso.

Ferran sintió que su corazón, ese que siempre intentaba mantener bajo llave tras los muros de la sección A, se derretía por completo. Apretó la mano de Pedri, sintiendo la suavidad de su piel y la firmeza de su promesa.

—Más te vale —gruñó Ferran, aunque esta vez su voz era suave—. Porque no pienso dejar que ningún "mejor amigo" me quite lo que tanto me ha costado admitir que quiero.

Pedri sonrió, apoyando su cabeza en el hombro de Ferran. La llegada de Luis había sido una sorpresa, pero también el catalizador que Ferran necesitaba para dejar de lado su orgullo de tiburón. En el horizonte de los últimos meses de clase, las cosas se complicaban, pero mientras estuvieran así, sentados en el césped y con las manos unidas, Pedri sentía que podía enfrentarse a cualquier sección, a cualquier pasado y a cualquier celo.

—Por cierto —dijo Ferran después de un rato—, si vuelve a llamarte renacuajo, no respondo.

—Eres imposible —rio Pedri, cerrando los ojos y disfrutando, por fin, de la calidez del sol y de la persona que tenía al lado.

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