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Vidas

Sombras de cristal y el eco de una verdad

El último trimestre de la institución siempre se había caracterizado por un aura de melancolía y expectación, pero ese año, la atmósfera estaba cargada de una electricidad estática que amenazaba con quemar a cualquiera que se acercara demasiado. La inclusión de Luis en el grupo había sido, para Pedri, un bálsamo necesario; para Ferran, en cambio, había sido una prueba de fuego constante para su paciencia y su posesividad.

Luis no era solo un amigo; era el recordatorio viviente de que Pedri tenía un mundo propio, uno donde Ferran no era el centro. Eso volvía loco al "Tiburón". Durante semanas, Ferran se había pegado a Pedri como una sombra, marcando territorio con miradas gélidas hacia Luis y manos posesivas sobre el hombro del canario. Pedri, aunque divertido por los celos, disfrutaba de la atención, sintiéndose por fin valorado por el chico que una vez lo ignoró en el pasillo.

Gavi y Dani, por su parte, vivían en una burbuja de felicidad clandestina que poco a poco empezaba a ser un secreto a voces. Dani ya no se escondía tanto, y Gavi parecía haber encontrado una paz que suavizaba su carácter explosivo. Todo parecía ir encarrilado hacia un final de curso perfecto.

Hasta aquella tarde de mayo, cuando el sol caía con una tonalidad anaranjada sobre el campus y el destino decidió jugar su carta más cruel.

Pedri, Gavi y Luis se habían alejado hacia la biblioteca para devolver unos libros de última hora. Ferran y Dani se quedaron esperándolos en los bancos de mármol cerca de la entrada principal, repasando algunas notas de la graduación. Fue en ese momento cuando aparecieron ellas: dos chicas de la sección A, conocidas por su elitismo y por haber perseguido a los "solteros de oro" de su clase durante años.

—Vaya, pero si son los chicos más brillantes de nuestra sección —dijo una de ellas, acercándose con una sonrisa ensayada—. ¿Están solos o siguen perdiendo el tiempo con la gente de la F?

Ferran ni siquiera levantó la vista de sus apuntes.

—Estamos esperando a alguien. Váyanse.

Pero ellas no estaban dispuestas a aceptar un no por respuesta. En un movimiento coordinado y rápido, aprovechando que los chicos estaban sentados y desprevenidos, se lanzaron sobre ellos. Fue una emboscada en toda regla. Una de ellas rodeó el cuello de Ferran con los brazos, forzando un beso, mientras la otra hacía lo mismo con Dani.

Fue una fracción de segundo. Un instante de confusión donde Ferran y Dani intentaron zafarse, sorprendidos por la audacia del ataque. Pero para quienes venían caminando por el sendero, el tiempo se detuvo en la peor imagen posible.

Pedri sintió que el corazón se le caía a los pies. La bandeja de libros que Gavi sostenía estuvo a punto de chocar contra el suelo. Luis, que caminaba al lado de ellos, se quedó petrificado, viendo cómo Ferran —el chico que juraba estar loco por Pedri— parecía estar fundido en un beso con una chica de su misma clase social.

—No... —susurró Pedri, sintiendo que el aire se volvía ácido en sus pulmones.

Gavi estaba lívido. Su mirada pasó de Dani a Ferran y luego a Pedri, que estaba temblando.

—¡Esos hijos de...! —comenzó Gavi, dando un paso al frente con los puños cerrados.

—No, Gavi. Detente —dijo Luis, poniéndole una mano en el pecho con firmeza—. Míralos. No vale la pena.

Luis vio lo que los otros dos, cegados por el dolor, no pudieron procesar: la lucha de Ferran por apartar a la chica. Pero el daño ya estaba hecho. La imagen mental era una cicatriz instantánea.

—Vámonos —dijo Pedri, con una voz que no parecía la suya. Era una voz rota, despojada de su calidez habitual—. Vámonos antes de que nos vean. No quiero... no quiero hacer un espectáculo.

Los tres se dieron la vuelta y se marcharon en silencio, ocultos tras los setos del jardín. Pedri sentía que la humillación de hace meses era un juego de niños comparada con esto. Esta vez no le dolía el orgullo; le dolía el alma. Había confiado, se había abierto, había creído que la frialdad de Ferran se había derretido, solo para descubrir que, al parecer, los de la sección A siempre volvían a su círculo.

Cuando Ferran finalmente logró empujar a la chica, limpiándose los labios con asco y lanzando una sarta de insultos que la hicieron retroceder, miró hacia el sendero. Estaba vacío.

—¡¿Qué diablos les pasa?! —rugió Ferran, con los ojos inyectados en sangre—. ¡Fuera de aquí ahora mismo!

Dani estaba igual de furioso, temblando de rabia contenida.

—Si vuelven a acercarse, me encargaré personalmente de que las expulsen —siseó Dani.

Las chicas se fueron riendo, convencidas de que habían marcado un punto. Ferran buscó desesperadamente a Pedri con la mirada, pero solo encontró el eco del viento entre los árboles. Un presentimiento horrible se instaló en su pecho.

—Dani... —dijo Ferran, con la voz quebrada—, dime que no nos han visto.

Pero el silencio de Dani fue la respuesta más dolorosa.

Los tres meses siguientes fueron un infierno de hielo. Pedri y Gavi cortaron toda comunicación. Bloquearon números, cambiaron sus rutas por los pasillos y se refugiaron en la compañía de Luis, quien se convirtió en su escudo humano. Cada vez que Ferran intentaba acercarse a Pedri en la cafetería, Luis se interponía con una mirada que prometía violencia si daba un paso más.

Pedri ya no sonreía. Su alegría, esa que Ferran decía que era "demasiado", se había apagado. Caminaba por la institución con la mirada perdida, cumpliendo con sus deberes como un autómata. Gavi, por su parte, había vuelto a ser el chico agresivo y defensivo de antes, pero con una tristeza profunda en los ojos que Dani no podía soportar ver desde la distancia.

Ferran y Dani intentaron todo. Cartas que terminaban en la basura, mensajes a través de terceros que nunca eran entregados, esperas de horas en la puerta de la sección F que solo terminaban con Pedri pasando de largo como si Ferran fuera un fantasma. La ironía era cruel: ahora era Ferran quien sufría el vacío que él mismo había provocado la primera vez, pero esta vez, el silencio de Pedri no era por timidez, sino por decepción.

Finalmente, llegó el día de la graduación.

El auditorio estaba decorado con los colores de la institución. Los estudiantes de la A y la F compartían el mismo espacio, pero el abismo entre ellos nunca había sido tan grande. Pedri lucía su toga con elegancia, pero su rostro estaba pálido. A su lado, Gavi mantenía una expresión de piedra.

Cuando terminó la ceremonia y los birretes volaron por los aires, el ambiente debería haber sido de celebración, pero para ellos cuatro, era el momento de la verdad definitiva.

Ferran y Dani no esperaron a las fotos familiares. En cuanto los discursos terminaron, se abrieron paso entre la multitud hasta interceptar a Pedri, Gavi y Luis cerca de la salida trasera del campus.

—Pedri, por favor —dijo Ferran, con la voz ronca. Se veía cansado, con ojeras profundas que delataban noches sin dormir—. No puedes irte así. No puedes graduarte pensando que lo que viste fue real.

Pedri se detuvo, pero no lo miró. Sus dedos apretaban el diploma con tanta fuerza que el papel crujía.

—No quiero hablar, Ferran —respondió Pedri en un susurro—. Ya terminó. La escuela terminó, y lo nuestro... lo que fuera que fuera eso, también.

—¡No terminó nada! —saltó Dani, mirando a Gavi con desesperación—. Gavi, mírame. Sabes que yo nunca te haría eso. Fue una trampa, esas chicas lo planearon porque sabían que estábamos allí.

Gavi soltó una risa amarga, desviando la mirada.

—Llegaron muy tarde con las excusas, Olmo. Tuvieron tres meses.

—¡Lo intentamos cada día! —exclamó Ferran, dando un paso hacia Pedri, pero Luis se interpuso de nuevo.

Sin embargo, esta vez Luis no los rechazó de inmediato. Miró a Pedri, que tenía los ojos llenos de lágrimas contenidas, y luego miró a Ferran, viendo la desesperación genuina en el "Tiburón". Luis suspiró.

—Escuchen —dijo Luis, captando la atención de todos—. Pedri, Gavi... no pueden cerrar este capítulo con una mentira o una duda. Se van a arrepentir toda la vida si no escuchan lo que tienen que decir, aunque sea para mandarlos al carajo después.

—Luis, no... —intentó protestar Pedri.

—Háganlo por separado —insistió Luis, con tono firme—. Pedri, ve con Ferran al jardín de los naranjos. Gavi, ve con Dani al gimnasio viejo. Yo me quedaré aquí esperando. Si en diez minutos no vuelven, iré a buscarlos. Pero hablen.

Pedri miró a Luis y luego, lentamente, levantó la vista hacia Ferran. Los ojos del mayor estaban suplicantes, despojados de cualquier rastro de orgullo o arrogancia. Había un amor tan crudo y doloroso en esa mirada que Pedri sintió que su resolución flaqueaba.

—Está bien —accedió Pedri apenas en un hilo de voz—. Diez minutos.

Ferran exhaló un suspiro que pareció sacado desde lo más profundo de sus pulmones. Sin decir una palabra, guio a Pedri hacia el rincón más apartado del jardín, donde el aroma a azahar era casi embriagador.

Se quedaron en silencio un momento, de pie frente a frente, bajo la sombra de un naranjo cargado de frutos.

—No te besé, Pedri —soltó Ferran de golpe, como si las palabras le quemaran—. Ella se lanzó. Me pilló desprevenido. En cuanto procesé lo que estaba pasando, la aparté. Le dije cosas que probablemente me traerán problemas con su familia, pero no me importó. Lo único que me importaba era que tú no estuvieras cerca para verlo.

—Pero estaba cerca, Ferran —dijo Pedri, y una lágrima finalmente rodó por su mejilla—. Estaba allí. Y dolió. Dolió porque durante mucho tiempo pensé que yo no era suficiente para ti, que alguien de tu clase, alguien "perfecto", encajaría mejor en tu mundo. Ver eso fue como confirmar mis peores miedos.

Ferran se acercó, esta vez sin que nadie lo detuviera. Tomó las manos de Pedri entre las suyas; estaban frías, pero temblaban.

—Tú eres mi mundo, Pedri —dijo Ferran con una intensidad que hizo vibrar el aire—. Me importa una mierda la sección A, la reputación o lo que piensen los demás. Estos tres meses sin tu sonrisa han sido los peores de mi vida. He sido un idiota arrogante en el pasado, lo sé, pero nunca, jamás, jugaría con lo que siento por ti.

Pedri lo miró a los ojos, buscando cualquier rastro de mentira. Solo encontró una verdad desnuda.

—¿Por qué no viniste a mi casa? ¿Por qué no gritaste desde la calle? —preguntó Pedri, con un resto de reproche.

—Fui tres veces —confesó Ferran, bajando la cabeza—. Pero Luis me dijo que si te veía, te pondrías peor. Que necesitabas tiempo. Respeté eso porque te amo, Pedri. Y el amor no es presionar, es esperar. Aunque la espera me estuviera matando.

Pedri sintió que el nudo en su estómago comenzaba a deshacerse. La palabra "amor" pronunciada por Ferran no sonaba a distracción, como una vez dijo, sino a redención.

—Prométeme que no habrá más secretos —dijo Pedri, acercándose al pecho de Ferran—. Ni chicas de la A, ni orgullo estúpido.

—Te lo prometo por mi vida —susurró Ferran, rodeando la cintura de Pedri y atrayéndolo hacia sí—. Te amo, mi canario distraído.

Mientras tanto, en el gimnasio viejo, la conversación había sido mucho más explosiva. Gavi le había gritado a Dani durante cinco minutos seguidos, soltando toda la rabia acumulada, mientras Dani escuchaba en silencio, aceptando cada palabra hasta que Gavi se quedó sin aliento.

—¿Ya terminaste? —preguntó Dani suavemente.

—¡No! ¡Bueno, sí! —Gavi se cruzó de brazos, con los ojos rojos—. Eres un imbécil por dejar que esa tipa se te acercara tanto.

—Lo sé. Fui lento —admitió Dani, dando un paso hacia él—. Pero Gavi, desde que te conocí, no he tenido ojos para nadie más. Ni de la A, ni de la Z. Eres tú. Siempre has sido tú. Ese beso no significó nada porque mi corazón ya te pertenece.

Gavi intentó mantener su postura de tipo duro, pero cuando Dani lo tomó por la nuca y lo besó con una desesperación que mezclaba perdón y anhelo, todas sus defensas se derrumbaron.

—Si vuelves a hacerme esto, te mato —murmuró Gavi contra los labios de Dani.

—Lo sé, fiera. Lo sé.

Quince minutos después, Luis seguía apoyado contra la pared de la salida, mirando su reloj. Justo cuando iba a empezar a preocuparse, vio aparecer dos siluetas desde el jardín y otras dos desde el pasillo del gimnasio.

Pedri y Ferran caminaban despacio, con las manos firmemente entrelazadas. Pedri tenía una sonrisa suave, la primera en meses, y Ferran lo miraba como si fuera el tesoro más valioso del universo. A su vez, Gavi y Dani venían casi abrazados, con Gavi todavía refunfuñando algo, pero con una expresión de alivio innegable.

Luis sonrió para sí mismo. Su plan había funcionado.

—Vaya —dijo Luis cuando las dos parejas se reunieron frente a él—, parece que el aire está más limpio por aquí.

—Gracias, Luis —dijo Pedri, soltando un momento a Ferran para darle un abrazo rápido a su amigo—. Gracias por no dejar que nos rindiéramos.

Ferran miró a Luis y, por primera vez, no hubo celos en su mirada, sino un respeto profundo. Extendió la mano hacia el chico de la sección C.

—Gracias —dijo Ferran con sinceridad—. Y... perdón por haber sido un imbécil contigo.

Luis estrechó la mano de Ferran con firmeza, asintiendo.

—Cuídalo, Torres. O ya sabes lo que pasará.

—Lo haré —aseguró Ferran, volviendo a atraer a Pedri hacia su costado.

Los cinco caminaron juntos hacia la salida del campus, dejando atrás los edificios que habían sido testigos de sus humillaciones, sus secretos y su crecimiento. El sol se ponía, marcando el fin de una etapa y el comienzo de otra.

—¿Y ahora qué? —preguntó Gavi, mirando hacia el futuro con Dani a su lado.

—Ahora —dijo Ferran, mirando a Pedri con una promesa en los ojos—, vamos a vivir sin secciones. Solo nosotros.

Pedri rió, y esta vez su risa llenó el aire con la calidez de mil veranos. El Tiburón y el chico de la sonrisa boba habían encontrado, por fin, el mismo latido.

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