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Xylos-4

El aroma del Cacao Espacial y la Canela de Arken

El trayecto desde el invernadero hasta el comedor del Sector 4 fue, por decir lo menos, una exhibición pública de la caótica dinámica que acababa de nacer. Akairo lideraba la marcha con un entusiasmo que desafiaba las leyes de la física, considerando que llevaba un yeso en el pie izquierdo. Avanzaba a base de saltitos y apoyos estratégicos con su bota, mientras Kaede caminaba a su lado con la paciencia de quien ha pasado toda su vida cuidando de un huracán con patas.

Unos pasos más atrás, Kasuto y Kazuke formaban un contraste absoluto. Kasuto mantenía su brazo firmemente anclado alrededor de los hombros de Kazuke, no solo por afecto, sino como una declaración territorial que cualquier forma de vida inteligente podría leer a kilómetros de distancia. Kazuke, por su parte, se dejaba guiar, hundiendo la nariz en el cuello de su sudadera *oversize*, disfrutando del calor que emanaba del cuerpo atlético de su novio.

—¿Crees que se caiga antes de llegar a la puerta? —susurró Kasuto, observando cómo Akairo casi pierde el equilibrio al intentar saludar a un oficial de seguridad.

—Sé amable, Kasuto —respondió Kazuke con voz suave, aunque sus ojos brillaban con diversión tras el flequillo verde menta—. Al menos tiene energía. A veces me vendría bien un poco de eso cuando tengo que leer tres tomos de botánica seguidos.

—Tú tienes mi energía —replicó Kasuto con un tono sarcástico pero posesivo—. Y la mía es mucho más eficiente y menos... ruidosa. Además, él no tiene un cuaderno de análisis. Probablemente no sepa ni cómo deletrear "fotosíntesis".

—¡Los estoy oyendo! —gritó Akairo sin girarse, agitando una mano en el aire—. Y para tu información, Kasuto, sé perfectamente lo que es la fotosíntesis. Es cuando las plantas comen sol para no tener que ir al supermercado. ¡Es básico!

Kasuto puso los ojos en blanco con tanta fuerza que sus antenas vibraron.

—Punto probado —murmuró, sacando su cuaderno por un segundo para anotar algo rápido mientras caminaba.

Al entrar en el comedor, el cambio de temperatura fue instantáneo. Para Kazuke, fue como entrar en un paraíso. El sistema de calefacción del Sector 4 estaba configurado al máximo debido a la proximidad de los generadores térmicos, y el aire olía a una mezcla reconfortante de especias y metal caliente.

—¡Mesa para cuatro! —anunció Akairo, señalando una cabina circular cerca de los ventanales que daban a la pista de aterrizaje—. Kaede, ve a pedir las bebidas. ¡Cuatro de las especiales, con mucha espuma!

—Yo te ayudo, Kaede —dijo Kazuke, intentando zafarse suavemente del agarre de Kasuto—. Necesito quitarme esta sudadera antes de que me derrita.

Kasuto lo soltó a regañadientes, lanzándole una mirada de advertencia a Akairo, quien ya se estaba sentando pesadamente en el banco, dejando su pie con yeso ocupando una cantidad irrazonable de espacio.

—Siéntate, Kasuto —dijo Akairo, dándole una palmada al asiento frente a él—. No te voy a morder. A menos que seas una fruta exótica, claro.

Kasuto se sentó con elegancia, cruzando una pierna sobre la otra y observando a Akairo con la mirada de un entomólogo diseccionando un espécimen particularmente extraño.

—Dime una cosa, Arken —empezó Kasuto, apoyando los codos en la mesa—. ¿Cómo es posible que no te dieras cuenta? Llevamos juntos meses. Literalmente almorzamos en esta misma mesa casi todos los días.

Akairo se encogió de hombros, luciendo genuinamente pensativo por primera vez en el día. Sus antenas largas se curvaron hacia abajo en un gesto de autocrítica.

—Bueno... siempre pensé que eras su guardaespaldas o algo así. Ya sabes, el tipo serio que protege al genio. Como en esas holonovelas de acción. Además, Kazuke es tan... no sé, tan él. Pensé que si tuviera novio, sería alguien más...

—¿Más como tú? —interrumpió Kasuto con una sonrisa cínica.

—¡Exacto! Alguien divertido, con una piel rojiza envidiable y un sentido del humor legendario —respondió Akairo con una carcajada—. Pero oye, te respeto. Tienes buen gusto. Kazuke es como un cactus raro: por fuera parece que te va a pinchar si te acercas, pero por dentro es todo agua dulce y cosas buenas.

Kasuto sintió una punzada de molestia al escuchar a Akairo describir a su novio con tanta precisión, pero antes de que pudiera responder con un comentario mordaz, los otros dos regresaron.

Kaede traía una bandeja con cuatro tazas humeantes de cerámica oscura. Kazuke, ahora solo con una camiseta de manga larga que aún le quedaba grande, se sentó rápidamente al lado de Kasuto, buscando el contacto de su pierna bajo la mesa.

—Aquí tienen —dijo Kaede, repartiendo las bebidas con cuidado—. La tuya no tiene tanta canela, Kasuto, porque supuse que no te gusta lo demasiado dulce.

—Gracias, Kaede. Eres mucho más observadora que tu hermano —comentó Kasuto, tomando la taza y sintiendo el calor reconfortante en sus manos.

Kazuke tomó la suya con ambas manos, cerrando los ojos mientras inhalaba el vapor. Sus antenas se relajaron completamente, cayendo hacia atrás sobre su pelo verde menta.

—Esto es... perfecto —susurró Kazuke.

—¿Ves? Te lo dije —exclamó Akairo, dando un gran sorbo a su bebida y terminando con un bigote de espuma marrón sobre el labio superior—. ¡El chocolate de Arken cura hasta el corazón más roto! No es que el mío esté roto, claro. Solo está... un poco confundido.

—Akairo, casi te pones a llorar cuando Kazuke dijo que eran novios —dijo Kaede con una voz monótona, ganándose una mirada de traición por parte de su hermano.

—¡Mentira! ¡Era alergia al polen del invernadero! —se defendió Akairo, aunque sus mejillas rojizas se oscurecieron un poco más—. De todos modos, ahora que todo está claro, podemos ser amigos, ¿no? Un grupo de cuatro. El deportista herido, la niña prodigio, el científico antisocial y el... bueno, Kasuto.

—¿"El bueno, Kasuto"? —Kasuto alzó una ceja—. Soy el que tiene el cuaderno donde estoy decidiendo si te dejo vivir o te borro de la existencia social del sector.

—Oh, vamos, saca ese cuaderno —lo retó Akairo con entusiasmo—. Quiero saber qué has escrito sobre mí. Apuesto a que dice algo como "increíblemente guapo" o "poseedor de una energía magnética".

Kasuto, incapaz de resistirse al desafío, sacó el cuaderno de cuero desgastado. Lo abrió por una página reciente y, con una voz monótona y cargada de sarcasmo, empezó a leer.

—"Sujeto A. Observaciones iniciales: Carece de filtro verbal. Su capacidad para invadir el espacio personal es comparable a la de un parásito de la Luna de Júpiter. Nota adicional: El yeso parece ser su único rasgo de personalidad estable este mes. Conclusión: Peligro potencial para la paz mental de Kazuke, pero útil como distracción térmica".

Kazuke soltó una risita ahogada contra su taza. Kaede simplemente asintió, como si estuviera leyendo un informe técnico muy preciso.

—¡Oye! ¡Lo de la distracción térmica es un cumplido! —dijo Akairo, señalando a Kasuto con el dedo—. ¡Ves! En el fondo me aprecias. Sabes que soy caliente. Literalmente. Mi piel Arken emite un 15% más de calor que la tuya.

—Es por eso que Kazuke no te ha echado a patadas todavía —admitió Kasuto, mirando de reojo a su novio—. Eres básicamente una estufa con patas y mal sentido del humor.

—Y tú eres un bloque de hielo con un complejo de superioridad —respondió Akairo sin perder la sonrisa—. Hacemos un gran equipo.

La conversación fluyó de una manera extraña pero sorprendentemente cómoda. A pesar de los celos iniciales de Kasuto y el despiste monumental de Akairo, había una honestidad brutal en su interacción que evitaba que las cosas se pusieran demasiado tensas. Kazuke, que normalmente odiaba las reuniones sociales, se encontraba relajado, disfrutando del calor del comedor y de la seguridad de tener a Kasuto a su lado.

—Entonces —dijo Kazuke, rompiendo un breve silencio mientras jugaba con una espina de cactus que llevaba en el bolsillo—, ¿cómo te rompiste el pie, Akairo? Nunca nos contaste la historia real.

Akairo se puso serio de repente, enderezando la espalda.

—Fue una hazaña heroica, Kazuke. Estaba rescatando una *Flor de Cristal* de un estante que se derrumbaba durante un simulacro de sismo...

—Se tropezó con su propia bota mientras intentaba perseguir a una mariposa espacial que entró por el conducto de ventilación —intervino Kaede, sin levantar la vista de su propia bebida.

Kasuto estalló en una carcajada corta y seca.

—Por supuesto que fue eso.

—¡Era una mariposa muy rápida, Kaede! —protestó Akairo—. ¡Y la flor estaba en peligro! Bueno, técnicamente era una maceta de plástico, pero el sentimiento es lo que cuenta.

—Eres un desastre, Akairo —dijo Kazuke, sonriendo con ternura—. Pero gracias por intentar ser amable conmigo hoy. Aunque Kasuto casi te muerde la yugular.

Kasuto no dijo nada, simplemente apretó un poco más el hombro de Kazuke y le dio un sorbo a su bebida. En su mente, ya estaba reclasificando a Akairo. Ya no era una amenaza romántica —porque, seamos sinceros, Kazuke nunca cambiaría a alguien que entiende su amor por los cactus por alguien que persigue mariposas—, sino que ahora era una molestia necesaria. Una especie de mascota ruidosa que venía con una hermana pequeña muy inteligente.

—Bueno —dijo Kasuto, cerrando su cuaderno con un golpe seco—, se está haciendo tarde y todavía tenemos que terminar el informe de las plantas bioluminiscentes.

—¿Ya se van? —preguntó Akairo, fingiendo tristeza—. Estaba a punto de contarles cómo casi gano el torneo de lucha libre del sector el año pasado.

—Déjame adivinar —dijo Kasuto mientras se levantaba y ayudaba a Kazuke a ponerse su sudadera gigante—, ¿perdiste porque te distrajiste con un brillo en la pared?

Akairo se quedó boquiabierto.

—¿Cómo lo supiste? ¡Fue un reflejo muy sospechoso!

Kaede se levantó también, suspirando.

—Vámonos, hermano. Tienes que cambiarte el yeso en diez minutos.

—¡Cierto! ¡El médico dice que si me porto bien, me pondrán uno de color naranja neón! —Akairo se despidió con la mano mientras empezaba su peculiar danza de saltitos hacia la salida—. ¡Nos vemos mañana, chicos! ¡Kasuto, cuida bien a mi cactus favorito! ¡Y tú, Kazuke, no dejes que el gruñón te aburra demasiado!

Cuando los hermanos Arken desaparecieron por la puerta automática, el silencio volvió a reinar entre Kasuto y Kazuke. El comedor estaba casi vacío ahora, y la luz del atardecer espacial teñía todo de un color púrpura profundo.

—¿Estás bien? —preguntó Kazuke, mirando a Kasuto.

El chico de pelo castaño suspiró, relajando los hombros. Sus antenas se movieron con suavidad, rozando las de Kazuke por un instante.

—Es un idiota. Un idiota ruidoso, rojo y molesto.

—Pero te cae un poco mejor, ¿verdad? —insistió Kazuke con una sonrisa traviesa.

Kasuto guardó silencio por un momento, fingiendo analizar la estructura del techo.

—Digamos que ha subido de "amenaza biológica" a "error del sistema tolerable". Pero solo porque a ti te hace gracia.

Kazuke se rió y se puso de puntillas para darle un rápido beso en la mejilla a Kasuto. La piel verde claro de Kasuto se tornó de un tono ligeramente más oscuro, un signo inequívoco de su timidez oculta.

—Vamos a casa —dijo Kasuto, tomando la mano de Kazuke—. Tengo que escribir una nueva sección en mi cuaderno.

—¿Sobre qué?

—Sobre cómo mi novio es demasiado amable con los extraños que intentan ligar con él. Necesito documentar los síntomas para futuras referencias.

—Eres imposible, Kasuto.

—Y tú tienes frío. Camina más rápido.

Salieron del comedor tomados de la mano, dos figuras verdes recortadas contra el horizonte de metal y estrellas. A lo lejos, todavía se podía escuchar el eco de la risa de Akairo y el sonido rítmico de su yeso golpeando el suelo, un recordatorio de que, en el Sector 4, la vida nunca era tan predecible como Kasuto intentaba anotar en sus cuadernos. Pero mientras tuviera a Kazuke a su lado, y un poco de chocolate caliente en el sistema, Kasuto podía tolerar incluso al Arken más despistado de la galaxia.

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