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Xylos-4

El peso del calor ajeno

Tres días habían pasado desde el incidente en el invernadero y la posterior merienda en el comedor, pero para Kasuto, el tiempo parecía haberse estancado en un bucle de autocrítica silenciosa. La vida en el Sector 4 seguía su curso habitual: las plantas crecían bajo los focos ultravioleta, los oficiales patrullaban los pasillos metálicos y Akairo seguía siendo, en esencia, un ruido constante de fondo.

Akairo no había cambiado. De hecho, parecía haber tomado la revelación del noviazgo entre Kasuto y Kazuke como un desafío amistoso para ser aún más molesto. Cada vez que se cruzaban, el Arken soltaba algún comentario jocoso, le daba una palmada en la espalda a Kasuto que casi lo mandaba al suelo o intentaba "enseñarle" trucos para cuidar las crasas de Kazuke, ignorando que Kasuto era, técnicamente, el experto en botánica del grupo.

Pero no eran las bromas lo que mantenía a Kasuto despierto por las noches, mirando el techo oscuro de su litera. Era una frase específica. Una estadística lanzada al aire con la ligereza de quien no sabe que está disparando un proyectil al corazón de alguien.

"Mi piel Arken emite un 15% más de calor que la tuya".

Kasuto, con su mente analítica y su costumbre de desglosar cada interacción humana en su cuaderno, no podía dejar de darle vueltas. Miraba sus propias manos de piel verde claro, hermosas y atléticas, sí, pero siempre frescas al tacto. Luego miraba a Kazuke, quien vivía en un estado de búsqueda constante de refugio térmico, siempre envuelto en capas de ropa, siempre tiritando si la climatización bajaba medio grado.

El pensamiento era una espina clavada: *Él sería mejor para Kazuke*.

Durante esos tres días, Kasuto se volvió una sombra de sí mismo. En el desayuno, apenas respondía a los sarcasmos habituales. En las clases de análisis de ecosistemas, sus notas eran erráticas. Sus antenas, usualmente vibrantes y alertas, colgaban con una languidez que denotaba su agotamiento mental.

—¿Estás bien, Kasuto? —le había preguntado Kaede el segundo día, mientras ayudaba a limpiar unas muestras de tierra—. Tus antenas están... tristes.

—Es solo el cambio de estación en el domo exterior, Kaede —había mentido él, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos marrones oscuros—. El polen me tiene algo aletargado.

Incluso Kazuke lo había notado. Varias veces había intentado buscar su mirada tras el flequillo verde menta, o le había apretado la mano con más fuerza de la habitual, pero Kasuto siempre encontraba una excusa sarcástica para alejarse un poco, temiendo que, si se acercaban demasiado, Kazuke notaría lo "frío" que realmente era en comparación con la energía radiante de un Arken.

El tercer día, Kasuto se refugió en el invernadero principal. Era su lugar seguro, o al menos solía serlo. Se sentó en un taburete alto frente a una mesa de trabajo llena de tubos de ensayo y pequeñas plántulas alienígenas. El aire estaba húmedo y cálido, pero él sentía un frío interno que ninguna calefacción podía mitigar.

Intentó escribir en su cuaderno. Abrió la página donde tenía los apuntes sobre Akairo, pero su mano tembló. El lápiz, apretado con demasiada fuerza entre sus dedos largos, parecía a punto de romperse.

*Sujeto K (Kasuto): Insuficiente*, escribió con trazo tembloroso. *Carece de las propiedades térmicas necesarias para el bienestar del Sujeto Z (Kazuke). El Sujeto A (Akairo) presenta una compatibilidad biológica superior en términos de termorregulación. Recomendación: ...*

No pudo terminar la frase. Un nudo se le formó en la garganta, una presión física que le impedía tragar. Sus ojos, generalmente agudos y observadores, comenzaron a empañarse. Se sentía estúpido. Él, el chico cínico, el analista, el que siempre tenía una respuesta mordaz, estaba a punto de desmoronarse por un comentario de un chico que ni siquiera sabía usar un yeso correctamente.

Apretó el lápiz tanto que los nudillos se le pusieron blancos. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla verde claro, cayendo sobre el papel y emborronando la palabra "Insuficiente".

—Kasuto... ¿por qué te escondes aquí?

La voz era suave, pequeña y cargada de una preocupación que Kasuto no se sentía capaz de enfrentar en ese momento. Era Kazuke. El sonido de sus botas sobre el suelo de rejilla metálica era lento, cauteloso.

Kasuto no se giró. Se limpió la cara rápidamente con el dorso de la mano, pero su respiración lo traicionó, saliendo en un hipido entrecortado.

—Estoy... analizando la tasa de crecimiento de las orquídeas de cristal, Kazuke —dijo, intentando que su voz sonara normal, pero el tono le salió roto, una octava más agudo de lo habitual—. Ve a descansar. Hace frío fuera de esta sección.

Kazuke no se fue. Al contrario, se acercó hasta quedar justo detrás de él. Podía sentir la presencia del chico de pelo menta, el aroma a tierra húmeda y a ese jabón neutro que siempre usaba.

—Llevas tres días siendo un fantasma, Kasuto —dijo Kazuke, y esta vez su mano se posó suavemente en el hombro de su novio—. No me hablas, no me miras... y ahora estás aquí, solo, con el cuaderno abierto en una página que no tiene dibujos de plantas. ¿Qué pasa?

—No pasa nada —insistió Kasuto, aunque su voz se quebró al final.

—Mírame. Por favor.

Kasuto cerró los ojos con fuerza, luchando contra las ganas de llorar abiertamente. Finalmente, se giró en el taburete. Sus ojos estaban rojos y acuosos, y sus antenas estaban completamente bajas, pegadas a su cabeza en una señal de derrota total.

Kazuke ahogó un pequeño grito de sorpresa. Ver a Kasuto así, al chico fuerte y atlético que siempre parecía tener el control, era como ver una grieta en los cimientos de su mundo.

—Oh, Kasuto... —Kazuke se acercó más, acunando el rostro de su novio entre sus manos pequeñas pero fuertes—. ¿Qué tienes? ¿Es algo que dije? ¿Es por el trabajo?

Kasuto negó con la cabeza, apartando la mirada.

—Es por lo que dijo Akairo —confesó finalmente, las palabras saliendo como un torrente contenido por demasiado tiempo—. Sobre su piel. Sobre el calor.

Kazuke parpadeó, confundido. Sus antenas se agitaron bajo el pelo verde menta.

—¿Sobre el calor? ¿Qué tiene que ver eso?

—Él tiene razón, Kazuke —dijo Kasuto, y esta vez no pudo evitar que las lágrimas fluyeran libremente—. Él es un Arken. Su cuerpo emite calor de forma natural. Él es... él es como una estufa viviente. Y tú... tú odias el frío. Siempre tienes frío. Te veo temblar incluso cuando estás conmigo.

Kasuto soltó un sollozo amargo y se cubrió la cara con las manos.

—Pensé que... si estuvieras con él, no tendrías que usar esas sudaderas gigantes todo el tiempo. No tendrías que buscar lugares calientes porque él sería tu lugar caliente. Yo solo soy... verde. Soy normal. No puedo darte eso. Soy frío, Kazuke. Mi piel es fría. Mi personalidad es fría. Todo en mí es insuficiente para mantenerte a salvo del invierno.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por los sollozos ahogados de Kasuto. Kazuke se quedó allí, con las manos aún en el aire, procesando la confesión de su novio. Nunca se le había ocurrido que Kasuto, con toda su confianza y su sarcasmo, pudiera albergar una inseguridad tan profunda y dolorosa.

Kazuke suspiró, una pequeña sonrisa triste apareciendo en sus labios. Se acercó un paso más, obligando a Kasuto a bajar las manos para mirarlo.

—Kasuto... Akairo puede ser más cálido que tú —dijo Kazuke en voz baja, con una sinceridad que cortó el aire.

Kasuto cerró los ojos, sintiendo como si le hubieran clavado un puñal.

—...Gracias por confirmarlo —susurró, intentando levantarse para irse, para desaparecer.

Pero Kazuke lo sujetó por la cintura, impidiéndole el paso. Lo rodeó con sus brazos, pegando su mejilla al pecho de Kasuto, justo sobre su corazón que latía con fuerza.

—Pero no es con él con quien quiero tener frío —continuó Kazuke, apretando el agarre—. Escúchame bien, idiota analítico.

Kasuto se quedó petrificado, escuchando el latido de Kazuke contra su propio cuerpo.

—Akairo es como una fogata —dijo Kazuke, su voz vibrando contra el pecho de Kasuto—. Es brillante, hace ruido y calienta, sí. Pero las fogatas te queman si te acercas demasiado, o se apagan cuando se acaba la leña. Tú... tú no eres una fogata.

Kazuke levantó la vista, apartando el flequillo de sus ojos para que Kasuto pudiera ver la intensidad en su mirada.

—Tú eres como el sol de invierno, Kasuto. Quizás no calientas la piel a la primera, pero eres la luz que necesito para ver. Prefiero temblar un poco y tener que abrazarte más fuerte para calentarme, que estar cómodo con alguien que no eres tú.

Kasuto sintió que el nudo en su garganta empezaba a disolverse, sustituido por una calidez que no tenía nada que ver con la temperatura corporal.

—Pero... tú odias el frío —murmuró Kasuto, aunque su mano ya estaba acariciando el pelo verde menta de Kazuke.

—Odio el frío del mundo, Kasuto. Pero amo tu frío —respondió Kazuke con una pequeña risa—. Porque tu frío es el que me invita a acercarme. Si fueras una estufa, no tendría excusa para meterme debajo de tu sudadera o para que entrelaces tus dedos con los míos. Tu "insuficiencia" térmica es mi parte favorita de nosotros, porque nos obliga a estar pegados.

Kasuto soltó un largo suspiro, dejando que toda la tensión de los últimos tres días abandonara su cuerpo. Apoyó su frente contra la de Kazuke, cerrando los ojos. Sus antenas finalmente se relajaron, entrelazándose tímidamente con las de su novio.

—Eres un nerd muy cursi, ¿lo sabías? —dijo Kasuto, recuperando un poco de su tono sarcástico, aunque su voz aún temblaba de emoción.

—Y tú eres un dramático que saca conclusiones científicas erróneas sobre los sentimientos —replicó Kazuke, sonriendo—. ¿Vas a borrar esa nota estúpida de tu cuaderno?

Kasuto miró el cuaderno sobre la mesa. La mancha de la lágrima sobre la palabra "Insuficiente" todavía estaba húmeda.

—No la voy a borrar —dijo Kasuto, tomando el lápiz—. Voy a corregirla.

Se separó un poco y escribió rápidamente debajo de la nota anterior:

*Fe de erratas: El Sujeto Z prefiere la regulación térmica manual mediante contacto prolongado con el Sujeto K. El calor del Sujeto A es irrelevante para los parámetros de felicidad del Sujeto Z. Conclusión: El Sujeto K es, de hecho, el único ecosistema habitable para el corazón de Kazuke.*

Kazuke leyó la nota por encima de su hombro y soltó una carcajada sonora que resonó en todo el invernadero.

—Eso es mucho mejor. Aunque un poco técnico para mi gusto.

Kasuto cerró el cuaderno y lo guardó, esta vez con una sonrisa real y amplia. Tomó a Kazuke de las manos y se dio cuenta de que, efectivamente, las manos de su novio estaban un poco frías. Sin pensarlo, las llevó a su boca y sopló aire caliente sobre ellas antes de metérselas debajo de su propia camiseta ajustada, contra su piel.

Kazuke dio un pequeño salto por la sorpresa del contacto, pero luego se pegó más a él, soltando un suspiro de satisfacción.

—¿Ves? —dijo Kasuto, rodeándolo con sus brazos—. Puedo aprender a ser una estufa si es necesario. Solo necesito que me des combustible.

—¿Y cuál es el combustible? —preguntó Kazuke, rodeando el cuello de Kasuto con sus brazos.

—Tú, idiota. Siempre eres tú.

Se quedaron así un largo rato, rodeados por las plantas alienígenas que parecían observar la escena con sus hojas bioluminiscentes brillando con suavidad. Ya no importaba lo que dijera Akairo, ni sus estadísticas, ni su piel rojiza. En ese pequeño rincón del Sector 4, la temperatura era perfecta.

De repente, el sonido rítmico de un yeso contra el metal rompió la magia.

—¡Eh, chicos! ¡Adivinen quién consiguió el yeso naranja neón! —la voz de Akairo retumbó desde la entrada del invernadero—. ¡Es tan brillante que Kaede dice que parezco una señal de tráfico! ¡Kasuto, ven a verlo, seguro que quieres analizar la refracción de la luz en mi pie!

Kasuto puso los ojos en blanco, pero esta vez no había amargura en su gesto, solo la irritación habitual.

—Si no fuera porque Kaede está con él, cerraría la puerta del invernadero con llave —masculló Kasuto.

Kazuke se rió, dándole un beso rápido en la nariz antes de separarse.

—Déjalo entrar. Ahora que sé que no le tienes envidia a su termostato interno, puedo reírme de sus chistes malos sin sentirme culpable.

—No le tengo envidia —mintió Kasuto, recuperando su postura atlética y su mirada de superioridad—. Solo siento lástima por la mariposa que tenga que ver ese naranja neón.

Akairo entró cojeando, seguido de una Kaede que parecía querer esconderse dentro de su bufanda de la vergüenza. El pie de Akairo era, efectivamente, de un color naranja tan estridente que parecía brillar por sí mismo.

—¡Miren esto! —exclamó Akairo, levantando la pierna con dificultad—. ¡Soy una obra de arte! Kazuke, ¿no es genial? ¡Combina con el rojo de mis ojos!

Kazuke se acercó a mirar, riendo.

—Es... llamativo, Akairo. Definitivamente no te perderás en la oscuridad.

—¡Exacto! —Akairo se giró hacia Kasuto, que estaba apoyado en la mesa de trabajo con los brazos cruzados—. ¿Qué dices, Kasuto? ¿Alguna observación ácida para mi cuaderno de bitácora?

Kasuto lo miró de arriba abajo, deteniéndose en el yeso naranja y luego en la sonrisa radiante del Arken. Suspiró y, por primera vez, no respondió con un ataque.

—Es un color eficiente para evitar colisiones, Akairo —dijo Kasuto con un tono casi neutral—. Pero ten cuidado, podrías atraer a los insectos polinizadores del sector 5. Son grandes y muy pegajosos.

Akairo parpadeó, procesando la información, y luego soltó una carcajada que hizo vibrar las hojas de las plantas cercanas.

—¡Jajaja! ¡Insectos gigantes! ¡Sería una batalla épica! ¡Gracias por el aviso, amigo verde!

Kaede se acercó a Kasuto y le dio un pequeño tirón de la manga.

—Estás mejor hoy —susurró la niña con una sonrisa sabia—. Tus antenas ya no están tristes.

Kasuto miró a la pequeña Arken y luego a Kazuke, que le guiñó un ojo desde detrás de Akairo.

—Sí, Kaede —admitió Kasuto, revolviéndole el pelo con suavidad—. He descubierto que mi cuaderno tenía algunos errores de cálculo. Pero ya están corregidos.

Esa noche, mientras caminaban de regreso a sus habitaciones, el aire del pasillo estaba especialmente fresco debido a un mantenimiento en los conductos. Kazuke empezó a tiritar levemente, encogiéndose dentro de su sudadera.

Kasuto no esperó a que se lo pidiera. Se quitó su propia chaqueta ligera y la puso sobre los hombros de Kazuke, antes de atraerlo hacia su costado, envolviéndolo con su brazo firme y protector.

—¿Tienes frío? —preguntó Kasuto.

Kazuke se pegó a él, sintiendo el calor del cuerpo atlético de su novio, un calor que quizás no era el de un volcán, pero que era constante, seguro y profundamente suyo.

—Un poco —admitió Kazuke con una sonrisa—. Pero es el tipo de frío que me gusta.

Kasuto sonrió, besando la coronilla de pelo verde menta de su novio. En su bolsillo, el cuaderno guardaba la verdad definitiva: no importaba cuántos grados de diferencia hubiera entre las especies, el amor siempre encontraba la manera de mantener la temperatura perfecta.

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