Xylos-4
Cristales de Hielo y Abrazos Involuntarios
El cielo de Xylos-4 no era azul, sino de un tono violeta eléctrico que, en días de tormenta, se tornaba de un gris plomizo y amenazante. En la base del Sector 4, el Club de Jardinería —un grupo que Kasuto consideraba su santuario personal hasta que Akairo decidió que el yeso de su pie no era impedimento para la aventura— se preparaba para una misión de campo.
—¡Una expedición científica en condiciones extremas! —gritó Akairo, alzando un puño al aire con tal ímpetu que casi pierde el equilibrio sobre su pie sano. Su nuevo yeso naranja neón brillaba con una intensidad casi ofensiva bajo las luces del hangar.
Kasuto, que estaba terminando de ajustar las correas de la mochila térmica de Kazuke, lo miró de reojo con una expresión de absoluto hastío.
—Akairo, solo vamos a revisar tres plantas de cultivo exterior cerca de las montañas —dijo Kasuto, su voz destilando el sarcasmo habitual—. Son especímenes de *Flora Glacialis*. Su ciclo de vida requiere una medición manual antes de que el permafrost se asiente. No vamos a conquistar una galaxia.
—¡Una expedición científica en condiciones extremadamente aburridas! —corrigió Akairo sin perder ni un ápice de su entusiasmo, soltando una carcajada que hizo que sus largas antenas rojas vibraran—. Vamos, Kasuto, ¡un poco de espíritu! ¡Nieve, peligro, ciencia! ¿Qué más quieres?
Kaede, envuelta en tantas capas de ropa que parecía una pequeña bola de lana rojiza, soltó una risita suave mientras ayudaba a Kazuke a subirse la bufanda.
—Mi hermano solo quiere una excusa para usar sus botas de nieve nuevas —susurró Kaede, mirando a Kazuke.
—Bueno, mientras no intente perseguir mariposas espaciales en medio de la ventisca, estaremos bien —respondió Kazuke. Su voz sonaba amortiguada por la tela, y sus ojos, ocultos tras el flequillo verde menta, buscaban la seguridad de Kasuto.
El grupo salió del domo protector y el frío los golpeó como un muro físico. Xylos-4 no perdonaba. A pesar de que los Arken tenían una resistencia natural a las bajas temperaturas, el viento de las montañas cortaba como cuchillas de cristal.
Al principio, la caminata fue manejable. Akairo avanzaba a la cabeza, usando un bastón tecnológico para apoyarse y compensar el yeso, mientras tarareaba una canción de marcha que irritaba profundamente a Kasuto. Kasuto, por su parte, caminaba pegado a Kazuke, quien ya empezaba a mostrar los primeros signos de congelación social.
—No siento los dedos —murmuró Kazuke, agarrándose con fuerza al brazo de Kasuto.
—Los estás usando para agarrarte a mi brazo, Kazuke —respondió Kasuto, aunque su tono era tierno—. Así que técnicamente funcionan.
—Entonces no siento mi brazo —insistió el chico de pelo menta, hundiendo la cabeza entre los hombros.
Kasuto suspiró y lo atrajo más hacia sí, cubriéndolo parcialmente con su propio cuerpo atlético. Sus antenas estaban rígidas, captando las vibraciones de la presión atmosférica que caía en picado.
—Algo no va bien —dijo Kasuto, deteniéndose en seco—. El pronóstico decía que la tormenta llegaría en dos horas.
—¡EL VIENTO ESTÁ EMPEZANDO A CANTAR! —gritó Akairo, girándose con una sonrisa que se borró al instante cuando una ráfaga de nieve le dio de lleno en la cara.
En cuestión de segundos, la visibilidad se redujo a menos de tres metros. El aire se llenó de un polvo blanco y espeso que cegaba y ensordecía. El mundo se volvió un rugido constante.
—¡Tenemos que volver al invernadero! —gritó Kaede, tratando de mantenerse en pie.
—¡NO PUEDO ESCUCHARTE POR EL VIENTO! —respondió Akairo, agitando los brazos como un molino fuera de control.
—¡DIJE QUE...! —Kaede fue interrumpida por una ráfaga tan violenta que la obligó a agacharse.
—¡Todos juntos! —ordenó Kasuto, tratando de mantener la calma—. ¡No se suelten!
Kazuke estaba prácticamente fusionado con el costado de Kasuto, temblando de forma violenta. Kasuto intentaba divisar el camino de regreso, pero el terreno se había vuelto una trampa de hielo y sombras. Avanzaron a ciegas, formando una cadena humana improvisada.
De repente, el suelo bajo ellos pareció desaparecer. Una ráfaga gigantesca, un verdadero latigazo de la naturaleza, golpeó el flanco del grupo. Akairo, cuyo equilibrio era precario debido al yeso, sintió que sus pies resbalaban.
—¡CUIDADO! —gritó Akairo.
En un acto de puro instinto de supervivencia —y una falta total de coordinación—, Akairo no buscó una roca o un saliente firme. Sus manos buscaron lo más sólido y cercano que tenía a mano: el hombro de Kasuto.
—¿QUÉ ESTÁS HACIENDO? —rugió Kasuto, sintiendo el peso muerto del Arken arrastrándolo hacia el borde de una pequeña pendiente.
—¡NO ME QUIERO MORIR! —chilló Akairo, aferrándose a la chaqueta ajustada de Kasuto como si fuera un salvavidas.
—¡ENTONCES SUÉLTAME, IDIOTA! ¡NOS VAS A TIRAR A LOS DOS!
—¡ESO NO TIENE SENTIDO! ¡SI TE SUELTO ME CAIGO SOLO!
La física no perdonó. Otra ráfaga los golpeó y, en un despliegue de extremidades verdes y rojas, Kasuto y Akairo cayeron rodando por la pendiente nevada. El mundo se volvió una coctelera de nieve, insultos y el sonido del yeso naranja golpeando contra el hielo.
Kazuke y Kaede llegaron al borde de la pendiente, jadeando, con los ojos muy abiertos. La ventisca les daba un respiro momentáneo, permitiéndoles ver hacia abajo.
En el fondo de la hondonada, el espectáculo era digno de ser analizado en el cuaderno de Kasuto.
Akairo había terminado encima de Kasuto. Pero no de una forma heroica. Estaban enredados de tal manera que era difícil saber dónde terminaba uno y empezaba el otro. Una pierna de Kasuto estaba atrapada entre las de Akairo; el brazo de Kasuto rodeaba instintivamente el cuello del Arken para no golpearse la cabeza, y sus rostros estaban a escasos centímetros de distancia, ambos medio enterrados en la nieve polvo.
Se produjo un silencio sepulcral, solo roto por el silbido lejano del viento.
Akairo abrió los ojos. Kasuto abrió los ojos. Sus antenas se rozaron, vibrando con una mezcla de shock y pura irritación.
Desde arriba, Kazuke y Kaede observaban la escena con una expresión de incredulidad que rápidamente mutó.
—...Esto no es lo que parece —logró decir Akairo, con la voz ahogada por la nieve que tenía en la boca.
—¿QUÉ SE SUPONE QUE PARECE? —estalló Kasuto, su piel verde claro tornándose de un tono oscuro por la furia—. ¡QUÍTATE DE ENCIMA, PARÁSITO ROJIZO!
Kazuke, al ver que ambos estaban físicamente ilesos, no pudo contenerse más. Soltó una carcajada que cortó el aire gélido, una risa limpia que contagió a Kaede de inmediato.
—¡Parecen un pretzel de alien! —logró decir Kazuke entre risas, apoyándose en sus rodillas.
—¡No es gracioso, Kazuke! —gritó Kasuto, forcejeando para soltarse mientras Akairo intentaba, sin éxito, levantarse usando su yeso como palanca—. ¡Voy a diseccionarlo! ¡Juro que lo haré!
Después de varios minutos de lucha digna de una comedia de enredos, lograron ponerse en pie. La tormenta, sin embargo, no tenía intenciones de cesar. A duras penas, guiados por el sensor térmico de Kaede, encontraron la entrada de una pequeña cueva natural en la base de la montaña.
Una vez dentro, el silencio fue ensordecedor. La cueva era pequeña, pero seca.
—Casi me rompes el cuello —dijo Kasuto, sacudiéndose la nieve de los hombros con movimientos bruscos y violentos.
—¡Yo te salvé! —protestó Akairo, sentándose en el suelo y estirando su pierna naranja—. Si no me hubiera agarrado a ti, habría rodado hasta el valle y ahora sería un polo de Arken.
—¡Tú me empujaste! —replicó Kasuto, señalándolo con un dedo acusador—. Estábamos perfectamente estables hasta que decidiste que yo era tu ancla personal.
—¡La montaña nos empujó! —exclamó Akairo, extendiendo los brazos dramáticamente—. Fue un evento geológico imprevisto.
Kaede, que estaba revisando los suministros de emergencia de la cueva, suspiró sin mirarlos.
—La montaña no se mueve, hermano.
—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Akairo con total seriedad—. Podría ser un gigante dormido. Xylos-4 es un planeta muy raro.
Kaede simplemente guardó silencio, mirando a Kazuke con una expresión que decía: "Por favor, mátame".
—Tiene razón —añadió Kazuke, sentándose en un rincón y abrazándose a sus propias piernas—. La montaña es muy sólida. Lo que no es sólido es tu equilibrio, Akairo.
La temperatura en la cueva empezó a bajar rápidamente. Kazuke comenzó a tiritar. Sus dientes castañeteaban de forma audible. Kasuto, olvidando instantáneamente su pelea con Akairo, se arrodilló al lado de su novio.
—Ven aquí —dijo Kasuto con suavidad. Se quitó su chaqueta térmica exterior y la envolvió alrededor de Kazuke, para luego atraerlo hacia su pecho, frotando sus brazos para generar fricción.
Akairo observaba la escena en silencio. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía un chiste estúpido preparado. Miró a Kasuto, que estaba completamente concentrado en el bienestar de Kazuke, usando su propio cuerpo como escudo contra el frío que se filtraba por la entrada de la cueva.
Vio cómo Kazuke se relajaba bajo el toque de Kasuto, cómo buscaba el calor de su cuello y cómo sus antenas se entrelazaban con una naturalidad que ninguna "superioridad biológica" podría replicar.
Akairo suspiró, recostando la cabeza contra la pared de piedra.
—Supongo que no importa mucho que yo produzca más calor —dijo Akairo en voz baja, casi para sí mismo.
Kasuto levantó una ceja, sin soltar a Kazuke.
—¿Todavía estabas pensando en esa estupidez? —preguntó Kasuto con su tono sarcástico, pero sin el veneno de antes.
—Solo digo que biológicamente sigo siendo superior en termorregulación —insistió Akairo, aunque esta vez sonaba más como una broma interna que como una fanfarronada—. Pero veo que él prefiere tu... "frío eficiente".
—Voy a lanzarte de vuelta a la montaña —amenazó Kasuto, aunque una pequeña sonrisa tiró de la comisura de sus labios.
—Kasuto —lo reprendió Kazuke con suavidad, aunque sonreía contra su pecho.
—Es una hipótesis científica, Kazuke —respondió él—. Quiero ver si el naranja neón atrae a los depredadores de nieve.
Pasaron un par de horas hasta que el rugido del viento disminuyó a un silbido tolerable. La luz violeta de Xylos-4 empezó a filtrarse de nuevo por la entrada, indicando que el ojo de la tormenta había pasado y les daba una ventana para regresar.
Salieron del refugio con cuidado. Akairo y Kasuto iban adelante, discutiendo acaloradamente sobre si las piedras de la cueva eran de origen volcánico o sedimentario, aunque en realidad solo era una excusa para seguir pinchándose el uno al otro.
Kaede caminaba al lado de Kazuke, observando las espaldas de los dos mayores.
—Creo que ahora se llevan mejor —comentó Kaede.
Kazuke miró a Akairo, que estaba intentando explicar una teoría absurda con gestos exagerados, y a Kasuto, que le respondía con insultos técnicos pero sin alejarse de él.
—Sí —coincidió Kazuke—. A su manera, supongo que sí.
En ese momento, Akairo, en su afán por enfatizar un punto, tropezó con una raíz oculta bajo la nieve y empujó accidentalmente a Kasuto. Kasuto, que no se lo esperaba, cayó de espaldas en un banco de nieve fresca con un sonido sordo.
Akairo se quedó congelado un segundo y luego estalló en una carcajada estrepitosa.
—¡Puntos por el aterrizaje, Kasuto! ¡Un sólido 10!
Kasuto, con la cara roja de humillación y frío, estiró la mano y agarró el tobillo sano de Akairo. Con un tirón seco, lo derribó. Akairo cayó de bruces, aterrizando encima de Kasuto por segunda vez en el día.
Kazuke y Kaede se detuvieron, mirando el montón de extremidades en la nieve.
—Nunca se van a llevar bien —sentenció Kaede, negando con la cabeza.
—No —dijo Kazuke, aunque sus ojos brillaban de alegría—. Pero creo que ahora son amigos.
—¡KAZUKE, DEJA DE HABLAR COMO SI ESTUVIERA INCONSCIENTE Y QUÍTAME A ESTE ARKEN DE ENCIMA! —gritó Kasuto desde el fondo de la nieve.
Cuando finalmente cruzaron el umbral del Sector 4, el grupo era un desastre. Kasuto tenía nieve hasta en las antenas y su ropa ajustada estaba empapada. Akairo tenía el yeso naranja cubierto de barro y el pelo hecho un nido de pájaros. Kazuke y Kaede, curiosamente, estaban casi impecables.
Un oficial de guardia los miró con asombro en la entrada del hangar.
—¿Qué les ha pasado a ustedes dos? —preguntó, señalando a los chicos.
—¡Sobrevivimos a una tormenta de nivel cinco! —exclamó Akairo, inflando el pecho con orgullo—. ¡Fue una lucha épica contra los elementos!
—Casi me mata —corrigió Kasuto, caminando hacia los vestuarios—. Dos veces.
—¡Nos salvamos mutuamente, admítelo! —gritó Akairo, siguiéndolo a saltitos—. ¡Hubo contacto visual profundo en la nieve! ¡Hubo un vínculo!
—Te voy a denunciar por acoso climático —masculló Kasuto, aunque no aceleró el paso para alejarse.
Kaede, pasando al lado del oficial, añadió con una voz inocente:
—Se abrazaron en la nieve. Mucho rato.
Akairo y Kasuto se detuvieron en seco, girándose hacia ella con los ojos como platos. Kazuke simplemente se dobló por la mitad, riendo a carcajadas mientras se dirigía a las duchas calientes.
Más tarde esa noche, en la tranquilidad de su habitación, Kasuto abrió su cuaderno. Sus antenas aún se sentían un poco entumecidas por el frío, pero su corazón estaba extrañamente ligero. Buscó la página de Akairo y, tras un momento de duda, escribió:
*Sujeto A: Su resistencia física es elevada, al igual que su capacidad para generar situaciones de riesgo innecesarias. Observación final: Su capacidad para mantenerse alejado de mi espacio personal continúa siendo inexistente. Sin embargo, su presencia reduce el estrés ambiental del Sujeto Z en situaciones críticas.*
Sintió un movimiento detrás de él. Akairo, que se había colado en la habitación con la excusa de pedir prestado un "ungüento para antenas", estaba mirando por encima de su hombro.
—¿Eso significa que te caigo bien? —preguntó Akairo con una sonrisa de oreja a oreja.
Kasuto cerró el cuaderno de golpe, guardándolo bajo su almohada.
—Significa que la tormenta te golpeó la cabeza más fuerte de lo que pensaba y estás sufriendo alucinaciones cognitivas —respondió Kasuto, aunque no pudo evitar que su voz sonara menos sarcástica de lo habitual.
—Entonces sí —concluyó Akairo, dándole una palmada en el hombro antes de salir cojeando—. ¡Buenas noches, compañero de pretzel!
—¡NO! —gritó Kasuto hacia la puerta cerrada, aunque luego se desplomó en su cama, sonriendo al techo—. Idiota.
Kazuke, desde la litera de al lado, asomó la cabeza entre las mantas.
—Sabes que tiene razón, ¿verdad?
Kasuto suspiró y apagó la luz.
—Cállate y duerme, Kazuke. Mañana tenemos que analizar por qué las plantas sobrevivieron a la tormenta y nosotros casi no.
—Es por el calor, Kasuto —susurró Kazuke en la oscuridad—. Pero no el de la piel.
Kasuto no respondió, pero en el silencio de la habitación, sus antenas buscaron las de Kazuke, encontrando el calor que realmente importaba en Xylos-4.