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El Trono de Huesos y Escarcha

La nieve caía con una parsimonia insultante sobre el patio de Invernalia, ajena a la tormenta de fuego que Robb Stark acababa de desatar en el salón principal. El aire estaba tan cargado de tensión que parecía que el cristal de las ventanas se rompería en cualquier momento.

Robb caminaba por los pasillos de piedra con una zancada firme, sus botas resonando como tambores de guerra. A su espalda, Viento Gris era una sombra plateada y letal, cuyos ojos amarillos escudriñaban cada rincón, detectando miedos que los humanos aún no sabían que tenían.

—Robb, detente ahora mismo.

La voz de Catelyn Stark era un látigo de angustia. Había seguido a su hijo desde el consejo, ignorando las miradas atónitas de los nobles y la furia contenida de la reina Cersei. Robb se detuvo, pero no se giró de inmediato. Observó un tapiz en la pared, representando la victoria de un antiguo Stark sobre un rey forastero.

—¿Qué has hecho? —susurró Catelyn al alcanzarlo—. ¿Casarte con Jaime Lannister? ¿Amenazar al Rey? ¿Hablar de tronos y de romper hombres? Robb, por el amor de los Siete, ese no eres tú. Mi hijo no es un... un tirano.

Robb se giró lentamente. La frialdad en su rostro hizo que Catelyn retrocediera un paso. No había rastro del niño que ella había amamantado, ni del joven que se sonrojaba ante las damas de la corte.

—Vuestro hijo murió en una mesa de banquete con el cuello rajado mientras vos gritabais por su vida, madre —dijo Robb, su voz era un susurro gélido que cortaba más que el viento del norte—. Solo que vos aún no lo recordáis.

—¿De qué locuras hablas? —Catelyn se llevó una mano a la boca, sus ojos llenos de lágrimas—. Estás enfermo. El estrés de la visita real, la presión de la sucesión...

—Estoy más cuerdo de lo que jamás lo estuve en mi anterior existencia —la interrumpió él, acercándose hasta que sus rostros estuvieron a escasos centímetros—. Escuchadme bien, madre. El honor de mi padre es la soga que nos colgará a todos. La bondad es el veneno que matará a mis hermanos. He visto a Sansa llorar sangre y a Bran caer en un abismo de olvido. No permitiré que este mundo vuelva a girar hacia su propia destrucción. Si para salvar a los Stark debo ser el villano en las canciones de los hombres, que así sea.

—¡Has pedido la mano de un hombre! ¡Un caballero de la Guardia Real! —gritó ella, desesperada—. El reino se reirá de ti antes de marchar para destruirnos.

—Nadie se ríe de un lobo que tiene su mandíbula en la garganta del león —Robb sonrió, una mueca que carecía de calidez—. Jaime Lannister es la única pieza que mantiene a Tywin en su sitio. Y respecto a sus votos... los votos son palabras al viento cuando el acero está lo suficientemente cerca del corazón. Id a vuestros aposentos, madre. Rezad a vuestros dioses del sur si os place, pero no volváis a cuestionar mis órdenes frente a los vasallos.

Catelyn se quedó paralizada. Robb no esperó una respuesta. Siguió su camino hacia la torre donde los Lannister se hospedaban, dejando tras de sí a una madre que ya no reconocía a su primogénito.

En las habitaciones de los Lannister, el ambiente era de puro caos contenido. Jaime estaba de pie junto a la ventana, observando la oscuridad del Bosque de Dioses. Su cuello aún escocía donde la daga de Robb lo había marcado. Detrás de él, Cersei caminaba de un lado a otro como una leona enjaulada, su rostro una máscara de odio puro.

—Debes matarlo, Jaime —siseó ella—. Esta noche. Mientras duerme. Ese cachorro salvaje nos ha insultado frente al Rey, frente a toda la corte. ¡Ha sugerido una abominación!

—No es un cachorro, Cersei —respondió Jaime sin girarse—. He luchado contra hombres en diez batallas, he visto a locos sentados en el Trono de Hierro... pero nunca había visto unos ojos como los suyos. No hay miedo en él. Solo una certeza absoluta que me revuelve el estómago.

—¿Me estás diciendo que tienes miedo de un niño de dieciocho años? —Cersei se acercó y lo agarró del brazo, obligándolo a mirarla—. Eres el Matarreyes. Eres un Lannister.

—Él sabe lo nuestro —soltó Jaime, y Cersei se quedó muda—. No sé cómo, ni quién se lo dijo, pero lo sabe. Me amenazó con cortarme las manos si volvía a tocarte. Y lo decía en serio.

La puerta se abrió de golpe, golpeando la pared con un estruendo. Robb Stark entró sin llamar, seguido por Viento Gris. El lobo huargo soltó un gruñido bajo que hizo vibrar el suelo.

—Fuera —ordenó Robb, mirando fijamente a Cersei.

—¿Cómo te atreves a entrar así en mis aposentos? —estalló la Reina, recuperando su altanería—. ¡Soy vuestra Reina!

—En este castillo, sois una invitada que ha abusado de la paciencia de sus anfitriones —Robb dio un paso hacia ella, y Viento Gris enseñó los colmillos, la saliva goteando sobre la alfombra—. Salid ahora, o dejaré que mi lobo decida qué parte de vuestro vestido le gusta más. Y creedme, no se detendrá en la tela.

Cersei miró a Jaime, buscando protección, pero Jaime solo la miró con una advertencia silenciosa en los ojos. Sabía que Robb no estaba fanfarroneando. Con un bufido de indignación y el rostro rojo de humillación, Cersei salió de la habitación, rozando el hombro de Robb con el suyo en un último gesto de desprecio que él ni siquiera pareció notar.

Una vez solos, Robb cerró la puerta y se apoyó en ella, observando a Jaime con una intensidad depredadora.

—Habéis aceptado mi propuesta frente al Rey —dijo Robb—. Una decisión inteligente. Me ahorra el trabajo de tener que sacaros de aquí encadenado.

—Fue una decisión estratégica, Stark —replicó Jaime, tratando de recuperar su tono burlón—. El Rey estaba lo suficientemente borracho como para encontrarlo divertido. Mañana, cuando esté sobrio, se dará cuenta de que no puede entregar a su mejor guardia a un señor del norte con delirios de grandeza.

—Robert no llegará sobrio a la mañana —sentenció Robb—. He ordenado que su vino sea reforzado. Dormirá un sueño profundo, y cuando despierte, los documentos de vuestra renuncia a la Guardia Real ya estarán firmados y sellados por mi padre como Mano del Rey en funciones.

Jaime frunció el ceño, sintiendo un escalofrío.

—¿Tu padre aceptaría tal deshonor? Ned Stark nunca falsificaría un documento ni obligaría a un hombre a romper sus votos.

—Mi padre hará lo que sea necesario para mantener la paz, aunque yo tenga que guiar su mano —Robb se acercó a Jaime, invadiendo su espacio una vez más—. ¿Realmente creéis que me importa el honor, Jaime? El honor es lo que dejó a mi familia muerta en el suelo. El honor es lo que permitió que los caminantes blancos cruzaran el Muro. Yo no busco ser un buen hombre. Busco ser el hombre que sobreviva.

Jaime sintió una extraña fascinación mezclada con el terror. Había algo en la oscuridad de Robb que lo atraía, una fuerza gravitatoria que no podía ignorar.

—¿Por qué yo? —preguntó Jaime en voz baja—. Podrías haber pedido a Tyrion si querías una garantía contra mi padre. Podrías haber pedido oro, tierras... ¿Por qué humillarme así? ¿Por qué convertirme en tu... "consorte"?

Robb extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, acarició la mejilla de Jaime. Sus dedos estaban helados.

—Porque sois el guerrero más hábil de los siete reinos, y quiero que esa espada me pertenezca —susurró Robb—. Porque vuestro orgullo es tan grande que romperlo será mi mayor placer. Y porque, en el fondo, ambos sabemos que sois un hombre sin hogar, Jaime. Vuestra hermana os usa, vuestro padre os desprecia como heredero, y el mundo os llama traidor. Yo os daré un propósito. Marcharéis a mi lado, dormiréis en mi cama y veréis cómo el mundo arde y renace bajo mi mando.

Jaime intentó apartarse, pero la mirada de Robb lo mantuvo anclado al sitio.

—No soy una mujer para que me tomes como esposa —siseó Jaime.

—Seréis lo que yo decida que seáis —Robb agarró a Jaime por la nuca, tirando de él hacia abajo—. Mañana partiremos hacia el sur. Mi padre irá a Desembarco del Rey para ser la Mano, pero yo no me quedaré en Invernalia como un castellano obediente. Marcharé con cinco mil hombres "como escolta" para el Rey. Para cuando lleguemos a la capital, el Trono de Hierro ya tendrá un nuevo dueño en mente.

—¿Vas a dar un golpe de estado? —Jaime soltó una carcajada incrédula—. ¿Con cinco mil hombres contra la Guardia de la Ciudad y el ejército de mi padre?

—No necesito un ejército para matar a un ciervo herido, Jaime. Solo necesito el momento adecuado. Y vos estaréis allí para verlo. Seréis mi testigo... y mi cómplice.

Robb soltó a Jaime y se dirigió a la puerta, pero antes de salir, se detuvo.

—Ah, y Jaime... —dijo sin mirar atrás—. He enviado a un grupo de mis hombres más leales a seguir a vuestro hermano Tyrion hacia el Muro. Si algo le sucede a mi hermano Bran... si cae de alguna torre o sufre un "accidente", la cabeza del Gnomo rodará antes de que pueda decir una palabra.

Jaime sintió que el aire se escapaba de sus pulmones.

—¿Cómo sabías...?

—Lo sé todo —dijo Robb, y esta vez, cuando se giró, su sonrisa era verdaderamente aterradora—. He visto el futuro, Matarreyes. Y en ese futuro, vos me amabais tanto como me temíais. Empecemos por el miedo. Es una base más sólida.

Robb salió de la habitación, dejando a Jaime temblando en la penumbra.

A la mañana siguiente, Invernalia era un hervidero de actividad. Los estandartes del lobo huargo ondeaban con una furia renovada bajo el cielo gris. Ned Stark, con el rostro demacrado por una noche sin dormir, observaba cómo su hijo organizaba a los hombres con una eficiencia militar que rozaba lo sobrenatural.

—Robb —dijo Ned, acercándose a él en el patio—. He hablado con el Rey. Ha aceptado tus términos... aunque no entiendo por qué. Dice que le divierte la idea de ver a un Stark y a un Lannister "unidos".

—Robert siempre ha tenido un sentido del humor peculiar, padre —respondió Robb, ajustándose los guantes de cuero—. ¿Estáis listo para partir?

—No me gusta esto, hijo. Siento que estoy caminando hacia una trampa. Y tú... actúas como si ya hubieras tendido la tuya.

Robb miró a su padre. Por un breve segundo, la máscara de frialdad flaqueó, dejando ver una pizca de la antigua tristeza.

—La diferencia entre una trampa y una oportunidad es quién tiene el cuchillo, padre. Esta vez, el cuchillo es nuestro.

En ese momento, Jaime Lannister bajó las escaleras del castillo. Ya no vestía su armadura dorada de la Guardia Real; en su lugar, llevaba una capa de viaje gris y roja, despojada de sus insignias. Su rostro estaba pálido, y su mirada evitaba a todos los presentes, excepto a Robb.

Robb caminó hacia él y, frente a su padre, frente al Rey que salía en ese momento, y frente a la mirada asesina de Cersei, tomó a Jaime por el brazo con posesividad.

—Vuestro lugar es junto a mi caballo, Ser Jaime —dijo Robb en voz alta—. Desde hoy, vuestra vida me pertenece.

Jaime apretó los dientes, pero asintió con la cabeza. El silencio que cayó sobre el patio de Invernalia fue absoluto. Era el sonido de una era terminando y otra, mucho más sangrienta, comenzando.

—¡A caballo! —rugió Robb, y el grito fue coreado por sus hombres, quienes parecían contagiados por su oscura determinación.

Mientras la comitiva cruzaba las puertas de Invernalia, Robb Stark no miró hacia atrás. Sabía que el hogar que dejaba ya no existía. Sabía que el camino hacia el sur estaba pavimentado con los cadáveres de sus enemigos. Pero sobre todo, sabía que el Rey de la Noche esperaba en las sombras, y que para vencer a la muerte, él mismo tenía que convertirse en algo mucho peor.

El Lobo de Sangre había comenzado su cacería, y el Trono de Hierro era solo el primer plato de un festín que prometía no dejar nada más que cenizas y gloria. En el centro de todo, un león encadenado seguía sus pasos, sin saber que, en el retorcido corazón de Robb Stark, su destino ya estaba escrito en letras de fuego y sangre.