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El Trono de Invierno y la Jaula de Oro
El Gran Salón de la Fortaleza Roja ya no olía a incienso ni a las flores de verano que tanto amaba Cersei Lannister. Ahora, el aire estaba saturado con el aroma metálico de la sangre seca, el humo de las antorchas y el frío antinatural que parecía emanar del joven que se sentaba en el Trono de Hierro. Las mil espadas de Aegon el Conquistador parecían vibrar bajo su peso, reconociendo finalmente a un amo que no pedía permiso para reinar, sino que lo exigía con el filo de un hacha.
Desembarco del Rey había caído en una sola noche de terror quirúrgico. No hubo un asedio largo, ni negociaciones. Robb Stark había utilizado el caos de la muerte "accidental" de Robert Baratheon para purgar la ciudad. Los Capas Doradas que no se arrodillaron fueron ejecutados en las calles por los hombres del Norte, quienes ahora patrullaban la capital con ojos duros y corazones de hielo. Petyr Baelish había sido colgado de las murallas con sus propias bolsas de oro cosidas a su boca, y Varys había desaparecido en las sombras, huyendo de un lobo que podía oler el miedo a leguas de distancia.
Robb Stark, el Primer Rey de su Nombre, Rey de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres, observaba el salón vacío. Su corona no era de oro, sino de hierro martillado con puntas que recordaban a los colmillos de un huargo. Su rostro, antes juvenil, estaba marcado por una severidad absoluta.
—Traedlo —ordenó Robb. Su voz no necesitó ser alzada para que los guardias en la puerta se pusieran en movimiento de inmediato.
Momentos después, Jaime Lannister fue arrastrado al centro del salón. Sus manos estaban encadenadas, pero su espíritu aún conservaba jirones de esa arrogancia dorada que lo caracterizaba. Su armadura había sido confiscada; vestía solo una túnica de lino sucio y el peso de su propia derrota.
—Majestad —escupió Jaime con sarcasmo, hincando una rodilla solo porque el guardia detrás de él le propinó un golpe en la corva—. Veo que el color carmesí os sienta bien. Combina con la sangre de la mitad de la corte que habéis degollado esta mañana.
Robb se levantó del trono. Bajó los peldaños de espada con una gracia letal, sus ojos zafiro fijos en el hombre que había reclamado como suyo. Se detuvo frente a Jaime y le tomó la barbilla con su mano enguantada, obligándolo a mirarlo.
—Vuestra hermana está encerrada en las celdas negras, Jaime. Vuestro padre ha recibido la cabeza de vuestro primo Lancel y una invitación para rendir Roca Casterly si no quiere que vos seáis el siguiente en perder una extremidad —dijo Robb con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—. El reinado de los leones ha terminado antes de empezar. Ahora comienza el invierno.
—¿Y qué esperáis de mí? —Jaime soltó una risa amarga—. Me habéis despojado de mi honor, de mi capa blanca y de mi familia. ¿Acaso queréis que os agradezca por dejarme vivir en vuestra sombra?
—Quiero vuestra obediencia, Jaime. Y la tendré, ya sea por vuestra voluntad o por el quebranto de vuestro espíritu.
Robb hizo una señal y los guardias se retiraron, cerrando las pesadas puertas de roble. El silencio en el Gran Salón se volvió denso. Viento Gris, apostado junto al trono, emitió un gruñido bajo que hizo que el vello de la nuca de Jaime se erizara.
—Esta noche dormiréis en mis aposentos —declaró Robb, su mirada recorriendo el cuerpo del Lannister con una posesividad que no ocultaba—. No como un prisionero en una celda, sino como mi consorte. El mundo debe ver que el León de Poniente se ha arrodillado ante el Lobo.
—Antes me arrojaría desde la cima de la Fortaleza Roja —siseó Jaime, sus ojos brillando con furia.
—Podéis intentarlo —respondió Robb, acercándose más, hasta que Jaime pudo sentir el frío que emanaba de su ropa—. Pero recordad que cada acto de rebeldía vuestro será pagado por Tyrion en el Muro o por Cersei en las mazmorras. Soy un rey muy distinto al que conocisteis, Jaime. No busco justicia. Busco orden. Y vos sois la pieza central de ese orden.
Esa misma noche, Jaime Lannister intentó lo imposible. A pesar de la vigilancia, a pesar de las cadenas y de la presencia constante del huargo, el instinto de supervivencia del león se impuso. Había logrado ocultar una pequeña ganzúa de hueso durante su captura, y con la destreza de un hombre que ha pasado su vida manejando el acero, logró liberarse de los grilletes mientras Robb atendía a sus generales en la cámara vecina.
Se deslizó por los pasadizos secretos de la Fortaleza Roja, aquellos que Maegor el Cruel había construido y que él conocía bien por sus años en la Guardia Real. El aire de la noche en el exterior le pareció un sueño de libertad. Si lograba llegar a los muelles, si podía robar un bote y salir de la Bahía del Aguasnegras, podría llegar a Roca Casterly y organizar la resistencia con su padre.
Corrió por los callejones de la ciudad, evitando las patrullas de los hombres del Norte que portaban antorchas y hachas manchadas de sangre. El puerto estaba cerca. Podía oler la sal y el alquitrán. Divisó una pequeña embarcación pesquera desatendida.
Pero antes de que sus dedos rozaran la madera, un aullido desgarrador rompió el silencio de la noche.
Jaime se congeló. No era un lobo común. Era el sonido de la muerte misma reclamando lo que era suyo. De las sombras de un almacén, emergió Viento Gris. El animal era enorme, casi del tamaño de un caballo pequeño, y sus ojos amarillos brillaban con una inteligencia malévola. Detrás de la bestia, salió Robb Stark.
No llevaba armadura, solo una túnica de terciopelo oscuro y una capa de piel de lobo. No parecía agitado, ni enfadado. Parecía decepcionado, como un maestro que ve a un alumno cometer el mismo error una y otra vez.
—Os dije que no podíais huir de mí, Jaime —dijo Robb, caminando lentamente hacia él. Los hombres del Norte aparecieron en los tejados y en las esquinas, con las flechas encajadas en sus arcos—. El Norte no olvida, y su Rey tampoco.
—¡Matadme de una vez! —gritó Jaime, desesperado, buscando un arma que no tenía—. ¡Acabad con esto! No seré vuestro trofeo. No seré la mascota de un niño sanguinario que juega a ser dios.
Robb se detuvo a pocos pasos. Su presencia era abrumadora, una mezcla de belleza gélida y una oscuridad que parecía devorar la luz de las antorchas.
—No sois un trofeo, Jaime. Sois mi destino —Robb extendió la mano hacia él—. En la otra vida, me traicionasteis. En esta, seréis el pilar sobre el que construiré un imperio que dure mil años. No permitiré que la Larga Noche nos encuentre divididos. Si tengo que encadenaros a mi lado para salvar al mundo de sí mismo, lo haré sin pestañear.
—Estáis loco —susurró Jaime, sintiendo que sus piernas flaqueaban.
—Quizás —admitió Robb con una sonrisa cruel—. Pero soy un loco con una corona y un ejército de hombres que no temen a la muerte porque ya han visto lo que hay más allá.
Robb hizo un gesto y Viento Gris se abalanzó, no para morder, sino para derribar a Jaime con su inmenso peso. Jaime cayó al suelo de piedra, el aliento escapando de sus pulmones. Antes de que pudiera reaccionar, Robb estaba sobre él, inmovilizándolo con una fuerza física que desafiaba su apariencia.
—Habéis agotado mi paciencia, león —susurró Robb contra su oído, su voz enviando escalofríos de terror y algo más que Jaime se negaba a nombrar por la espalda—. Esta noche aprenderéis que mi cama es la única prisión de la que nunca podréis escapar.
Fue llevado de regreso a la Fortaleza Roja, no a las celdas, sino a los aposentos reales. Las puertas se cerraron con un estrépito final, dejando fuera al mundo, a la guerra y a los dioses.
Dentro, la habitación estaba caldeada por una chimenea que ardía con llamas azules. Robb despojó a Jaime de su túnica con movimientos bruscos y eficientes, ignorando las protestas y los insultos del Lannister. Lo empujó sobre la cama de pieles y seda, cubriendo su cuerpo con el suyo.
—Miradme, Jaime —ordenó Robb, sujetando sus muñecas por encima de su cabeza con una sola mano—. Mirad al hombre que ha quemado vuestro mundo para poseeros.
Jaime lo miró, y lo que vio lo dejó sin aliento. No había odio en los ojos de Robb, sino una obsesión tan profunda que rozaba la devoción religiosa. Era el amor de un monstruo, la adoración de un conquistador que ha decidido que su premio vale más que cualquier corona.
—Os odio —susurró Jaime, aunque su cuerpo empezaba a traicionarlo bajo el toque experto y gélido del joven rey.
—Lo sé —respondió Robb, bajando la cabeza para besar la marca que su daga había dejado en el cuello de Jaime días atrás—. Y ese odio os mantendrá vivo. Me alimentaréis con él hasta que no quede nada más que nosotros dos en este reino de hielo y ceniza.
Esa noche, el león finalmente dejó de luchar. No porque se hubiera rendido, sino porque comprendió que Robb Stark no era un hombre al que se pudiera vencer con espada o ingenio. Era una fuerza de la naturaleza, un invierno que había llegado antes de tiempo para reclamar todo lo que era cálido y dorado.
Mientras la nieve comenzaba a caer sobre Desembarco del Rey por primera vez en siglos, el nuevo Rey del Norte y del Sur tomaba lo que consideraba suyo por derecho de sangre y visión. El reinado de Robb Stark sería recordado como el más sanguinario y oscuro de la historia, pero también como el único que se atrevió a mirar al abismo y exigirle que se arrodillara.
Y en el centro de ese reinado, en una cama que se sentía como un altar de sacrificio, Jaime Lannister descubrió que el abrazo de un lobo era mucho más peligroso que sus colmillos. Porque bajo la crueldad y el mando absoluto, Robb Stark lo amaba con la intensidad de un hombre que ya lo había perdido todo una vez y que no dudaría en destruir el universo entero antes de permitir que volviera a suceder.
—Sois mío, Jaime —susurró Robb en la oscuridad de la habitación, mientras el fuego moría en la chimenea—. Y el mundo entero temblará cuando nos vea caminar juntos sobre sus ruinas.
Jaime cerró los ojos, sintiendo el peso del Rey de Invierno sobre él, aceptando finalmente que su jaula de oro ahora estaba hecha de huesos y escarcha, y que no había rincón en los siete reinos donde el Lobo de Sangre no pudiera encontrarlo. La Larga Noche se acercaba, pero en la Fortaleza Roja, el verdadero invierno ya se había instalado en el trono, y su nombre era Robb Stark.