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La Marca del Pánico y el Banquete de la Crueldad
El silencio en la Mansión Lestrange era denso, casi sólido. Rabastan se encontraba en su estudio privado, con las cortinas echadas y las manos aferradas a un vaso de whisky de fuego que temblaba rítmicamente. Cada vez que cerraba los ojos, la sensación de los dedos de Voldemort —fríos, largos y posesivos— recorriendo su columna volvía a manifestarse con una claridad aterradora. No era solo el recuerdo del acto físico; era la impronta de una magia superior que parecía haber reclamado su alma.
—¿Rabastan? —La voz de Rodolphus, su hermano mayor, resonó tras la puerta antes de que esta se abriera sin permiso—. Llevas horas encerrado. Bellatrix dice que pareces un elfo doméstico castigado. ¿Qué demonios ocurrió anoche?
Rabastan se tensó, ocultando su cuello con el cuello alto de su túnica. No podía decírselo. ¿Cómo explicar que había buscado refugio en el lecho del Señor Oscuro? ¿Cómo admitir que había huido como un cobarde de la presencia del hombre al que todos temían?
—Nada, Rodolphus —respondió con voz ronca, forzando una calma que no sentía—. Solo una mala mezcla en Knockturn. Necesito descansar.
Rodolphus lo observó con una mezcla de sospecha y desdén.
—Más te vale recuperarte pronto. Ha llegado una convocatoria. El Señor Oscuro ha regresado de su viaje —dijo, y el corazón de Rabastan dio un vuelco violento—. Quiere a todo el círculo interno en la Mansión Riddle esta noche. Dice que tiene un anuncio especial... y mencionó específicamente que quería verte a ti, hermano.
El vaso de cristal se resbaló de los dedos de Rabastan, estrellándose contra el suelo de madera. El líquido ámbar se extendió como una mancha de sangre.
—¿Me... me mencionó? —susurró Rabastan, sintiendo que el aire se escapaba de sus pulmones.
—Dijo que tu lealtad anoche fue... "iluminadora" —Rodolphus frunció el ceño, intrigado—. No sabía que habías estado con él. Bellatrix está furiosa por no haber sido informada. Prepárate. Partimos en una hora.
Cuando su hermano salió de la habitación, Rabastan se dejó caer de rodillas. El pánico era ahora un incendio forestal. Voldemort no solo estaba despierto; estaba jugando con él. Aquella mención no era un honor, era una sentencia. El Señor Oscuro, en su infinita y retorcida inteligencia, estaba disfrutando de su miedo antes de siquiera tenerlo frente a frente.
***
La Mansión Riddle lucía más imponente que nunca bajo la luz de la luna llena. El ambiente en el gran salón era gélido. Los mortífagos, ataviados con sus túnicas negras y máscaras de plata, formaban un semicírculo perfecto. Rabastan se encontraba en su lugar habitual, al lado de Bellatrix, quien no dejaba de lanzarle miradas inquisitivas.
—Estás pálido, cuñadito —siseó ella por lo bajo—. Casi parece que vas a desmayarte. ¿Acaso el Señor Oscuro te dio una tarea demasiado pesada para tus débiles hombros?
Rabastan no respondió. Tenía los ojos fijos en el trono de madera oscura al final del salón. Estaba vacío, pero la presencia de Voldemort saturaba el aire, una presión estática que hacía que el vello de sus brazos se erizara.
De pronto, las puertas dobles se abrieron de par en par. No hubo sonido de pasos, solo el siseo rítmico de Nagini deslizándose sobre el mármol y el roce de la seda contra el suelo. Lord Voldemort entró en la estancia.
No vestía su armadura de batalla ni sus túnicas de viaje. Llevaba una túnica de gala, negra como el abismo, que acentuaba su figura alta y aristocrática. Su rostro, de una belleza pálida y cruel, no mostraba ninguna emoción humana, salvo por el brillo depredador en sus ojos oscuros, que ahora parecían retener un matiz rojizo más intenso.
—Mis fieles amigos —comenzó Voldemort, su voz fluyendo como veneno dulce por la habitación—. El mundo mágico cree que descanso, que mis planes se han ralentizado. Se equivocan. Durante mi breve ausencia, he descubierto que la lealtad se manifiesta de formas... inesperadas.
Caminó lentamente frente a la fila de seguidores. Rabastan mantuvo la cabeza agachada, rezando a cualquier deidad antigua para pasar desapercibido, aunque sabía que era inútil. Voldemort se detuvo justo frente a él. El aroma a sándalo y magia oscura lo golpeó como un mazo físico.
—Rabastan —murmuró el Señor Oscuro. El nombre sonó como una caricia y una amenaza al mismo tiempo.
—Mi Lord —logró articular el joven, hincando una rodilla en el suelo con una reverencia temblorosa.
—Levántate —ordenó Voldemort, extendiendo una mano pálida. Sus dedos rozaron la barbilla de Rabastan, obligándolo a levantar la vista.
Los ojos de Voldemort se clavaron en los de su sirviente. En ese contacto visual, Rabastan sintió un asalto de Legeremancia tan brutal como sutil. Vio destellos de la noche anterior: su propio cuerpo arqueándose bajo el de Voldemort, el calor de la chimenea, el momento exacto en que huyó por el pasillo.
Voldemort sonrió, una expresión que heló la sangre de todos los presentes.
—Anoche, Rabastan me demostró que está dispuesto a entregarlo todo por su Señor —dijo Voldemort, elevando la voz para que todo el salón lo escuchara—. Su devoción fue tan absoluta que, al despertar, me encontré solo... como si mi presencia fuera demasiado para su frágil cordura.
Un murmullo de confusión recorrió a los mortífagos. Bellatrix apretó los dientes, su mano volando hacia su varita por puro instinto de celos.
—Dime, Rabastan —continuó Voldemort, acercándose tanto que su aliento rozó la oreja del joven—, ¿por qué huiste? ¿Acaso no disfrutaste de la hospitalidad de tu amo? ¿O es que pensaste que podrías esconderte de lo que ahora eres?
—Yo... yo no quería molestar su descanso, mi Lord —mintió Rabastan, con la voz quebrada—. Me sentí indigno de estar en su presencia al amanecer.
Voldemort soltó una carcajada baja y seca que resonó en las vigas del techo.
—Indigno. Una palabra interesante. Pero la mentira es un pecado que no tolero en mis posesiones más preciadas —Voldemort se alejó un paso, pero su mirada no se apartó de él—. Huiste porque tienes miedo. Miedo de que te haya visto débil. Miedo de que ahora sepas que no tienes voluntad propia frente a mí.
El Señor Oscuro hizo un gesto con la mano y, de la nada, una silla ornamentada apareció en el centro del círculo, justo frente a su trono.
—Siéntate —ordenó.
Rabastan obedeció, sintiéndose como un animal conducido al matadero. Voldemort se sentó en su trono, observándolo con la paciencia de un gato que juega con un ratón herido.
—He decidido que Rabastan necesita una lección sobre la etiqueta de un invitado —anunció Voldemort a la audiencia—. No se abandona la cama de un Rey sin su permiso. Lucius, trae el cáliz.
Lucius Malfoy se adelantó, entregando un cáliz de plata labrada lleno de un líquido oscuro. Voldemort lo tomó y vertió unas gotas de una poción violácea en su interior.
—Bebe —le dijo a Rabastan.
—¿Qué es, mi Lord? —preguntó Rabastan, mirando el líquido con horror.
—Es el recordatorio de tu lugar —sentenció Voldemort, sus ojos brillando con una intensidad sanguinaria—. Bebe, o tendré que obligarte, y te aseguro que mi método manual es mucho menos agradable.
Rabastan tomó el cáliz con manos temblorosas y bebió el contenido. Sabía a ceniza y a hierro. Casi de inmediato, sintió que su Marca Tenebrosa en el brazo izquierdo comenzaba a arder, no con el dolor habitual de una convocatoria, sino con una agonía punzante, como si mil agujas al rojo vivo estuvieran cosiendo su piel.
Lanzó un grito de dolor y cayó de la silla, agarrándose el brazo. La túnica se rasgó en la zona del antebrazo, revelando la Marca. Pero ya no era solo la calavera y la serpiente. Alrededor del tatuaje original, comenzaron a formarse intrincadas cadenas de runas negras que se extendían hacia arriba, envolviendo su bíceps y subiendo hacia su hombro, perdiéndose bajo su ropa hacia el pecho.
—Esa es una marca de propiedad absoluta, Rabastan —explicó Voldemort, bajando de su trono para pararse sobre el joven que se retorcía en el suelo—. No solo eres mi mortífago. Ahora, cada vez que intentes alejarte de mí, cada vez que pienses en ocultarte, esas runas te recordarán a quién pertenece tu cuerpo y tu magia. Sentirás mi presencia en tus huesos hasta el fin de tus días.
Voldemort se inclinó y apoyó un pie calzado en seda sobre el pecho de Rabastan, presionando lo justo para dificultarle la respiración.
—¿Lo entiendes ahora? —susurró con una dulzura cruel—. No hay ningún lugar en este mundo, ni en el siguiente, donde puedas esconderte de mí. Eres mi juguete, mi herramienta, mi sombra. Y las sombras no huyen de quien las proyecta.
Rabastan, con el rostro bañado en sudor y lágrimas de puro dolor físico, asintió débilmente.
—Sí... mi Lord... soy suyo...
—Buen chico —dijo Voldemort. Retiró el pie y miró a los demás mortífagos, que observaban la escena con una mezcla de terror y fascinación—. El resto de ustedes puede retirarse. Tengo asuntos privados que discutir con mi nuevo... favorito.
Uno a uno, los seguidores se desaparecieron con estallidos secos, dejando a Rabastan solo con el monstruo. La puerta del salón se cerró mágicamente, y las antorchas bajaron su intensidad hasta dejar la estancia en una penumbra dorada.
Voldemort se agachó y tomó a Rabastan por el cabello, obligándolo a ponerse de rodillas. El rostro del Señor Oscuro estaba a escasos centímetros del suyo. Ya no había rastro de la frialdad distante; ahora había una pasión oscura y posesiva que era mucho más peligrosa.
—¿Pensaste que podrías usarme para calmar tu celo y luego desaparecer? —le preguntó Voldemort, pasando su lengua por el labio inferior en un gesto de una sensualidad aterradora—. Soy un ser de instintos antiguos, Rabastan. Lo que tomo, lo conservo. Lo que me pertenece, lo consumo.
—Por favor... —suplicó Rabastan, aunque ya no sabía si pedía clemencia o más de ese contacto que lo destruía.
—Anoche solo fue el prólogo —dijo Voldemort, levantándolo del suelo con una fuerza física sorprendente—. Me divertiste, es cierto. Tu desesperación bajo mi cuerpo fue... inspiradora. Pero hoy, te enseñaré lo que significa realmente servir a un Señor Oscuro cuando no hay pociones de por medio. Solo tú, yo y el peso de tu traición.
Voldemort lo arrastró hacia la misma habitación de la que Rabastan había huido esa mañana. El joven sabía que no saldría de allí en mucho tiempo. La mansión parecía cobrar vida, las sombras en las paredes se alargaban como dedos que intentaban atraparlo.
—Mañana —continuó Voldemort mientras entraban en el dormitorio—, cuando despiertes, no te irás. Te quedarás aquí, a mi lado, y me agradecerás cada marca que deje en tu piel. Porque eres afortunado, Rabastan. Otros mueren por un roce de mi varita. Tú, en cambio, morirás mil veces de placer y agonía en mis manos.
Rabastan sintió que la puerta se cerraba tras ellos con un clic definitivo. El dolor de las nuevas runas en su brazo comenzó a transformarse en un calor pulsante, una conexión directa con la voluntad de Voldemort. Ya no había miedo a la muerte, sino algo mucho peor: la comprensión de que su existencia ya no era suya.
Voldemort lo empujó contra la cama de seda negra, despojándose de su túnica con una elegancia letal.
—Empecemos de nuevo —siseó el Señor Oscuro, sus ojos brillando en la oscuridad como brasas—. Y esta vez, asegúrate de gritar mi nombre lo suficiente como para que las paredes de esta casa lo recuerden para siempre.
Rabastan cerró los ojos y se entregó al abismo. Sabía que el hombre que lo reclamaba no era humano, era una fuerza de la naturaleza, un depredador inteligente y despiadado que acababa de encontrar su presa favorita. Y en el fondo de su alma quebrada, una parte de él —la parte que siempre había anhelado el poder— se estremeció de una oscura y pecaminosa gratitud.
La cacería había terminado. La servidumbre eterna acababa de comenzar.