Y
El Elixir de la Obsesión y el Velo de la Eternidad
El tiempo en la Mansión Riddle no se medía en horas, sino en la frecuencia de los latidos del corazón de Rabastan, que subían y bajaban según la proximidad de su amo. Habían pasado tres días desde que el círculo interno lo vio caer de rodillas en el salón, y desde entonces, el mundo exterior había dejado de existir. La habitación principal se había convertido en un universo de seda, sombras y el siseo constante de Nagini, que vigilaba la puerta como un centinela silencioso.
Rabastan estaba sentado a los pies de la cama, vestido únicamente con un pantalón de seda fina. Sus ojos estaban fijos en el ventanal, donde la lluvia golpeaba con fuerza el cristal, pero su mente estaba en otra parte. Las runas en su brazo, aquellas que Voldemort había grabado con fuego y sangre, pulsaban con un brillo violeta tenue. No era solo dolor; era una presencia constante, un hilo invisible que lo ataba a la voluntad del Señor Oscuro incluso cuando este no estaba en la habitación.
La puerta se abrió sin un solo ruido. Rabastan no necesitó mirar para saber quién era. El aire se volvió más pesado, cargado de esa electricidad estática que siempre precedía a Lord Voldemort.
—Sigues mirando hacia afuera, Rabastan —dijo la voz aterciopelada, rompiendo el silencio—. ¿Acaso buscas un rastro del mundo que dejaste atrás? ¿O esperas ver a tu hermano viniendo a rescatarte de un destino que tú mismo elegiste al cruzar mi umbral?
Rabastan se puso en pie rápidamente, haciendo una reverencia profunda. Sus músculos protestaron, todavía resentidos por la intensidad de las noches anteriores.
—No busco nada, mi Lord —respondió con la voz baja—. El mundo no tiene interés para mí si no es bajo su sombra.
Voldemort se acercó, sus pasos elegantes apenas rozando la alfombra. Llevaba una túnica de un gris tan oscuro que parecía hecho de humo. Se detuvo frente al joven y, con un movimiento fluido, levantó la mano para acariciar las runas en el brazo de Rabastan. El contacto hizo que el mortífago soltara un suspiro entrecortado; la magia de Voldemort fluía a través de las marcas como un veneno que también era medicina.
—Mientes con tanta facilidad —murmuró Voldemort, entrecerrando sus ojos cenicientos—. Puedo oler tu miedo, pero también tu fascinación. Eres como una polilla que ha descubierto que el fuego no solo quema, sino que purifica.
—Usted me ha purificado, mi Lord —dijo Rabastan, levantando la vista. La devoción en su mirada era real, una mezcla de síndrome de Estocolmo y la atracción fatal que Voldemort ejercía sobre todos los que eran lo suficientemente fuertes como para sobrevivir a su presencia.
Voldemort sonrió, una expresión que no contenía calidez, sino una satisfacción puramente intelectual. Se dirigió hacia una pequeña mesa de obsidiana donde descansaba un frasco de cristal tallado. Contenía un líquido plateado que parecía moverse con vida propia.
—Bebe esto —ordenó el Señor Oscuro, ofreciéndole el frasco.
Rabastan dudó solo un segundo antes de tomarlo.
—¿Es otro recordatorio, mi Lord? —preguntó, recordando el cáliz del banquete.
—Es una invitación —respondió Voldemort, rodeándolo como un depredador que admira su trofeo—. Es un elixir de mi propia invención. Amplificará tus sentidos. Quiero que sientas cada gramo de mi magia, cada susurro de mi mente. Quiero que hoy, cuando te reclame, no quede un solo rincón de tu consciencia que no esté saturado de mí.
Rabastan destapó el frasco y bebió. El líquido era frío, tan frío que le dolió la garganta, pero al llegar a su estómago, estalló en una calidez abrasadora que se extendió por sus venas. De repente, el mundo cambió. Podía oír el roce de las escamas de Nagini contra el suelo en el pasillo; podía ver las partículas de polvo flotando en el aire como si fueran diamantes; y, sobre todo, podía sentir la magia de Voldemort. Era una marea negra, vasta y antigua, que lo envolvía por completo.
—Oh, Merlín... —gimió Rabastan, cayendo de rodillas. Sus sentidos estaban tan agudizados que el simple roce del aire contra su piel desnuda se sentía como una caricia erótica.
Voldemort se inclinó sobre él, atrapando su rostro entre sus manos frías.
—Mírame, Rabastan. No a través de los ojos de un sirviente, sino a través de los ojos de alguien que ha sido marcado por la eternidad.
El Señor Oscuro entró en su mente sin ninguna resistencia. Esta vez no hubo violencia, solo una inmersión total. Rabastan vio visiones de imperios cayendo, de estrellas apagándose y de un trono de huesos que se alzaba sobre las cenizas del mundo mágico. Y en el centro de todo, estaba Voldemort, eterno e inalcanzable.
—Eres mío —susurró la voz de Voldemort, tanto en su mente como en su oído—. Cada pensamiento, cada deseo, cada gota de sangre.
—Soy suyo —repitió Rabastan, su voz apenas un hilo de sonido—. Consúmame, mi Lord. No quiero ser nada más que lo que usted desea que sea.
Voldemort lo levantó con una fuerza sobrenatural y lo lanzó sobre la cama. El contraste entre la seda fría y el calor que quemaba el cuerpo de Rabastan lo hizo arquearse, buscando el contacto del hombre que lo dominaba. Voldemort se despojó de su túnica, revelando un cuerpo pálido, esculpido con una perfección que desafiaba la naturaleza. No había ni una sola imperfección, solo la piel blanca como el mármol y los ojos que brillaban con una sed insaciable.
—Dijiste que te sentías indigno —dijo Voldemort, posicionándose sobre él, sus rodillas presionando los costados de Rabastan—. Hoy te haré sentir tan lleno de mi poder que olvidarás incluso tu propio nombre. Solo recordarás el mío.
La noche que siguió fue un descenso a los infiernos de la pasión y la posesión. Bajo el efecto del elixir, cada toque de Voldemort se multiplicaba por mil. Cuando los labios del Señor Oscuro se posaron en su cuello, Rabastan sintió que su alma era succionada fuera de su cuerpo. Cuando las manos de Voldemort lo sujetaron con una fuerza que amenazaba con romper sus huesos, Rabastan solo sintió una gratitud desesperada.
No hubo espacio para la delicadeza. Voldemort era un dios cruel que exigía sacrificios, y Rabastan era el altar. El Señor Oscuro usó su cuerpo para explorar los límites del placer y el dolor, manipulando sus nervios con la precisión de un maestro de pociones. Cada vez que Rabastan estaba a punto de desmayarse por la sobrecarga sensorial, Voldemort usaba un susurro de magia para devolverlo a la consciencia, obligándolo a presenciar su propia entrega.
—Dilo —ordenó Voldemort, su voz resonando en la habitación como un trueno bajo—. Di a quién perteneces.
—A usted... Tom... —El nombre prohibido escapó de los labios de Rabastan en un momento de delirio.
El aire en la habitación pareció congelarse. Voldemort se detuvo, sus ojos rojos brillando con una furia peligrosa. Rabastan se dio cuenta de su error de inmediato, el miedo regresando a pesar del elixir.
—¿Cómo te atreves a usar ese nombre? —siseó Voldemort, su mano cerrándose alrededor de la garganta de Rabastan.
—Lo siento... mi Lord... por favor... —jadeó Rabastan, sus manos intentando inútilmente apartar los dedos de hierro.
Voldemort lo miró fijamente, y por un momento, Rabastan pensó que su vida terminaría allí mismo. Pero la furia en los ojos del Señor Oscuro se transformó en algo más oscuro, una curiosidad malsana.
—Ese hombre murió hace mucho tiempo, pequeño mortífago —dijo Voldemort, aflojando el agarre pero sin soltarlo—. Pero si quieres invocar al fantasma de lo que fui para justificar tu debilidad, adelante. Pero recuerda esto: Tom Riddle era un huérfano que no tenía nada. Lord Voldemort es el dueño de tu alma.
Voldemort lo besó entonces, un beso que sabía a sangre y a poder absoluto. Fue un acto de dominación que borró cualquier rastro de identidad que le quedara a Rabastan. En ese momento, el joven Lestrange comprendió que el castigo de Voldemort no era la muerte, ni siquiera el dolor físico; era la eliminación total de su voluntad. Se estaba convirtiendo en una extensión del Señor Oscuro, en un objeto de placer que Voldemort podía usar y desechar a su antojo.
Horas después, cuando la tormenta exterior había amainado y solo quedaba el sonido de la respiración agitada de Rabastan, Voldemort se incorporó. Se veía impecable, como si la actividad frenética de la noche no lo hubiera afectado en absoluto. Se vistió con parsimonia, observando el cuerpo de su seguidor, cubierto de marcas rojas y violetas, una obra de arte de la crueldad.
—Mañana habrá una reunión con los Malfoy —dijo Voldemort, dándole la espalda—. Vendrás conmigo. Pero no como un mortífago más. Estarás a mi lado, encadenado por tu propia lealtad. Quiero que Lucius vea lo que sucede con aquellos que intentan huir de mis dones.
Rabastan, exhausto y tembloroso, intentó cubrirse con las sábanas.
—¿Encadenado, mi Lord? —preguntó con voz quebrada.
Voldemort se giró, una sonrisa letal jugando en sus labios.
—Metafóricamente, por ahora. Pero si vuelves a mostrar esa mirada de nostalgia por tu libertad, las cadenas serán muy reales, y de plata mágica.
Voldemort salió de la habitación, dejando a Rabastan en la penumbra. El joven se acurrucó en la cama, sintiendo el vacío que dejaba la ausencia del Señor Oscuro. El elixir empezaba a perder su efecto, y con él venía una depresión profunda, una necesidad física de volver a ser tocado por ese monstruo.
Se miró el brazo. Las runas ya no brillaban, pero se sentían pesadas, como si el hierro se hubiera fundido con sus huesos. Rabastan cerró los ojos y, por primera vez, no pensó en escapar. Pensó en cuándo volvería Voldemort a entrar por esa puerta. Pensó en la próxima vez que sentiría ese dolor que lo hacía sentirse vivo.
En el pasillo, Lord Voldemort se detuvo un momento. Podía sentir la desesperación de Rabastan a través del vínculo que acababa de fortalecer. Era una sensación deliciosa. Había convertido a un orgulloso sangre pura en un ser que dependía de él para cada aliento. No era solo lujuria; era el ejercicio supremo del poder. Había doblegado una voluntad, había reclamado una vida.
—Nagini —siseó Voldemort a la serpiente que lo esperaba—. Vigílalo. Que no coma ni beba nada que no venga de mi mano. Quiero que aprenda que soy su única fuente de sustento.
La serpiente siseó en señal de asentimiento y entró en la habitación. Voldemort continuó su camino hacia el estudio, su mente ya trazando los planes para la conquista de Gran Bretaña. Pero ahora, en un rincón de su mente oscura y calculadora, había un espacio reservado para su juguete nuevo. Un juguete que, sabía muy bien, nunca volvería a intentar huir.
Porque no se huye de la propia sombra, y Rabastan Lestrange se había convertido en la sombra más fiel, y más rota, del Señor Oscuro. La lección había sido aprendida, y el precio había sido la libertad eterna. En la Mansión Riddle, el sol nunca terminaba de salir, y para Rabastan, la noche eterna acababa de volverse su único hogar.