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Yo como Blanc

El Reflejo en el Cristal y el Aroma a Canela

La luz de la mañana se filtraba por la claraboya de la habitación de Marinette, dibujando patrones geométricos sobre el suelo de madera. Para cualquier observador externo, aquel era un sábado normal en la panadería más famosa del distrito 21, pero para Marinette, la normalidad había adquirido un matiz blanco como la nieve.

Blanc estaba sentado en el diván, observando con una curiosidad casi infantil cómo Marinette intentaba enhebrar una aguja. Sus orejas de gato, esas proyecciones de su propio cabello que se movían según su estado de ánimo, daban pequeños espasmos de vez en cuando. Sus ojos azul helado no se apartaban de los movimientos de la chica.

— Sabes, Marinette —comenzó él, rompiendo el silencio con esa voz que siempre sonaba como un susurro melódico—, en mi mundo anterior, la gente solía decir que ver a alguien coser era relajante. Pero verte a ti es... "garra-tificante".

Marinette soltó una risita y finalmente logró pasar el hilo por el ojo de la aguja.

— ¿"Garra-tificante"? Blanc, ese es probablemente tu juego de palabras más forzado hasta ahora.

El chico se encogió de hombros, una sonrisa ladeada apareciendo en su rostro pálido. Se levantó con una gracia que desafiaba las leyes de la física y se acercó a ella, agachándose para quedar a su altura. Su traje blanco, que parecía hecho de una materia que no era tela sino energía pura y sólida, no hacía ni un solo ruido al moverse.

— Me esfuerzo por mantener el estándar —dijo él—. Aunque a veces mi mente de Yasel se mezcla con los instintos de gato de este cuerpo y el resultado es... bueno, un desastre con bigotes.

Marinette dejó la costura a un lado y lo miró fijamente. A veces todavía le costaba procesar que el alma dentro de ese cuerpo de destrucción infinita pertenecía a alguien que conocía su mundo como si fuera una ficción.

— ¿Extrañas tu antigua vida, Yasel? —preguntó ella con suavidad, usando su nombre real por primera vez en días.

Blanc se tensó un poco. Su cinturón, que actuaba como una cola inquieta, se enroscó alrededor de su propia pierna. Miró hacia la ventana, donde el cielo de París se veía azul y vibrante, tan diferente al vacío grisáceo que habitó por siglos.

— A veces —admitió con sinceridad—. Extraño la simplicidad de ser nadie. De no tener el poder de borrar una galaxia con un estornudo. Pero luego te miro a ti, o huelo el pan recién horneado de tu padre abajo, y me doy cuenta de que prefiero ser una paradoja aquí que un espectador allá.

Se acercó un poco más, su nariz casi rozando el hombro de Marinette. Inhaló profundamente, cerrando los ojos.

— Hueles a canela hoy. Es mucho mejor que el olor a ozono y ceniza.

Marinette sintió un calor subir por sus mejillas. A pesar de que Blanc se comportaba a menudo como un gatito necesitado de afecto, no podía olvidar que también era un joven con los sentimientos a flor de piel. Su devoción hacia ella era absoluta, casi abrumadora.

— Blanc, tengo que bajar a ayudar a mis padres en la tienda por una hora —dijo ella, tratando de recuperar la compostura—. ¿Prometes quedarte aquí y no... no hacer nada que llame la atención?

— Seré una sombra blanca, mi princesa —prometió él, haciendo una reverencia exagerada—. Aunque si un ratón osa cruzar este suelo, no respondo por mi honor felino.

Marinette rodó los ojos con cariño y bajó por la trampilla. Blanc se quedó solo en la habitación. Durante unos minutos, se dedicó a explorar los estantes de Marinette con la punta de los dedos, tocando con extrema delicadeza las fotos y los bocetos. Tenía miedo de su propia fuerza; sabía que un momento de pérdida de control y su Megacataclismo podría reducir todo a la nada.

Se detuvo frente al espejo de cuerpo entero. Su reflejo le devolvía la imagen de un ángel caído: la piel de porcelana, el antifaz que parecía parte de su rostro y ese cascabel agrietado pero aún presente que recordaba su origen.

— No soy él —susurró para sí mismo—. No soy el Adrien que ella perdió, ni el que ella ama en este tiempo. Soy Yasel. Un intruso en la piel de un dios de la destrucción.

De repente, un ruido en el balcón lo puso en alerta. Sus orejas se erguieron y sus pupilas se dilataron hasta convertirse en enormes orbes negros. Alguien estaba aterrizando en el techo. Antes de que pudiera esconderse, la trampilla del tragaluz se abrió.

Era Cat Noir.

El héroe de París entró en la habitación con su habitual confianza, pero se congeló al instante al ver la figura blanca de pie frente al espejo. Por un momento, el silencio fue tan pesado que el aire pareció vibrar.

— ¿Qué... qué demonios? —exclamó Cat Noir, llevando su mano instintivamente a su bastón—. ¿Quién eres tú? ¿Un akuma?

Blanc sintió un nudo en el estómago. Ver a Adrien —al Adrien de esta línea temporal— era como mirarse en un espejo distorsionado por la luz. Era ver todo lo que él nunca podría volver a ser: humano, amado por el sol, normal.

— No soy un akuma —respondió Blanc, su voz volviéndose fría e insegura por el miedo—. No busco pelea, gato de negro.

— Te pareces a mí... pero estás en blanco —Cat Noir avanzó un paso, sus ojos verdes analizando cada detalle del traje de Blanc—. Y hueles a... ¿destrucción? No, hueles a algo mucho más antiguo. ¿Dónde está Marinette? ¿Qué le has hecho?

— ¡No le he hecho nada! —rugió Blanc, y una chispa de energía blanca saltó de sus dedos, agrietando ligeramente el suelo de madera—. Ella es... ella es mi todo. No te atrevas a sugerir que le haría daño.

La tensión en la habitación subió de nivel. Cat Noir, viendo la energía destructiva, se puso en guardia.

— No sé quién eres, pero si estás aquí acechando a mi amiga, vas a tener que pasar por encima de mí.

Blanc soltó una risa amarga.

— ¿"Tu amiga"? Sé exactamente quién eres, Adrien Agreste. Sé lo que sientes por Ladybug y cómo ignoras lo que tienes justo delante de tus ojos. No tienes ni idea de lo afortunado que eres en este mundo.

Cat Noir se quedó de piedra al escuchar su nombre civil. Antes de que pudiera responder, la trampilla del suelo se abrió de golpe y Marinette subió apresuradamente, habiendo escuchado el estruendo.

— ¡No! ¡Esperad! —gritó ella, poniéndose en medio de los dos gatos.

— ¡Marinette, apártate! —advirtió Cat Noir—. Ese tipo es peligroso, sabe quién soy y...

— ¡Él está conmigo, Cat Noir! —interrumpió Marinette, respirando con dificultad—. Él no es un enemigo. Es... es un invitado. Mi invitado.

Cat Noir bajó el bastón, pero su expresión era de total confusión y una pizca de celos que no pudo ocultar.

— ¿Un invitado? Marinette, parece una versión de pesadilla de mi traje. Y emana una energía que me pone los pelos de punta.

Marinette miró a Blanc. El chico blanco se había encogido sobre sí mismo, sus orejas estaban completamente bajadas y evitaba mirar a Cat Noir a los ojos. Parecía un niño pequeño atrapado en una travesura, no el ser que podía destruir el tiempo.

— Se llama Blanc —dijo Marinette con firmeza, aunque su corazón latía con fuerza—. Bunnix me pidió que lo cuidara. Es una larga historia, una que no puedo explicarte ahora, pero confía en mí. Él no hará daño a nadie mientras esté bajo mi techo.

Cat Noir miró de Marinette a Blanc y luego de vuelta a Marinette. La confianza en los ojos de la chica era absoluta.

— Si tú lo dices... —murmuró Cat Noir, aunque no guardó su bastón—. Pero no me gusta esto. Nada. Si intenta algo, Marinette, solo grita.

— No será necesario —intervino Blanc con voz queda, mirando finalmente a Cat Noir—. Solo soy un gato callejero que ha encontrado un hogar. No busco tu gloria, ni tu máscara, ni tu vida. Solo quiero... paz.

Cat Noir asintió lentamente, todavía desconfiado.

— Estaré vigilando. París tiene suficiente con un solo gato, especialmente uno que no parece tener control sobre sus chispas.

Con un último vistazo lleno de dudas, Cat Noir saltó de nuevo por el tragaluz y desapareció en los tejados de París.

Marinette suspiró y se dejó caer en su silla, tapándose la cara con las manos. Blanc se acercó a ella con pasos vacilantes. Se arrodilló a sus pies, apoyando la barbilla en sus rodillas, mirándola con esos ojos azules que ahora parecían nublados por la tristeza.

— Lo siento, Marinette —susurró—. He causado problemas. Soy un "gato-stigo" para ti, ¿verdad?

Marinette apartó las manos y lo miró. Le acarició la cabeza, sintiendo cómo el ronroneo de Blanc comenzaba a vibrar de nuevo, aunque de forma débil.

— No eres un castigo, Blanc. Solo es... complicado. Sabíamos que esto pasaría tarde o temprano. París es pequeña para dos gatos.

— Él es tan... brillante —dijo Blanc, cerrando los ojos bajo la caricia de Marinette—. Tiene todo lo que yo perdí. Tiene amigos, tiene a su padre, tiene un futuro. Yo solo tengo este traje blanco y los recuerdos de una vida que ni siquiera era la mía.

— Me tienes a mí —le recordó Marinette con ternura.

Blanc levantó la vista.

— ¿Incluso si soy una paradoja? ¿Incluso si soy Yasel y no el Adrien que conoces?

Marinette sonrió y, por un momento, Blanc sintió que el mundo entero volvía a tener sentido.

— Especialmente porque eres tú. El Adrien de este mundo es mi amigo, sí. Pero tú... tú eres alguien que cruzó el tiempo y el espacio, que resistió la locura por mí. No me importa quién fuiste antes, Blanc. Me importa quién eres ahora.

Blanc se levantó y, llevado por un impulso de valentía que rara vez sentía, tomó las manos de Marinette y las llevó a su pecho, justo encima del cascabel.

— Entonces déjame ser tu guardián. No como Ladybug, sino como Marinette. Deja que este gato blanco cuide de la chica que le dio una razón para no destruir el universo.

— Ya lo estás haciendo, gatito tonto —respondió ella.

Esa noche, cuando las luces de la ciudad se encendieron, Blanc no se quedó en el techo. Se sentó en el balcón con Marinette, observando las estrellas. Ella le contaba historias sobre sus amigos, sobre Alya, sobre sus diseños de moda, y él escuchaba con una atención reverente, haciendo comentarios ocasionales que delataban su conocimiento del "fandom", aunque ella lo interpretara como una intuición asombrosa.

— ¿Sabes? —dijo Blanc, mirando hacia la Torre Eiffel— En las historias que yo conocía, siempre terminabas con él. Con el gato de negro o con el chico de los anuncios.

— Las historias no siempre están escritas en piedra, Blanc —respondió Marinette, apoyando su cabeza en el hombro blanco del chico—. A veces, el destino comete errores y Bunnix tiene que traer a alguien de otro lugar para arreglar las cosas.

— O para darnos algo que no sabíamos que necesitábamos —añadió él.

Blanc se sintió, por primera vez, completamente en casa. Ya no era solo el alma de Yasel atrapada en un cuerpo poderoso, ni era el remanente de un futuro destruido. Era simplemente Blanc, el compañero de Marinette.

De repente, Blanc se puso de pie, sus orejas moviéndose frenéticamente.

— ¿Qué pasa? —preguntó Marinette, alarmada.

— Siento... una perturbación —dijo él, sus ojos brillando con una intensidad eléctrica—. Algo no está bien en la ciudad. No es un akuma normal. Es como si la realidad estuviera... rascándose.

— ¿Crees que sea por tu presencia? ¿La paradoja?

— No lo sé, pero tengo que ir a ver —dijo Blanc, y por primera vez, su voz no era tímida, sino la de un guerrero—. Quédate aquí, Marinette. Si es algo relacionado conmigo, no quiero que te alcance.

— ¡Iré contigo! —exclamó ella, buscando sus aretes en su bolso.

— No —dijo Blanc, poniéndole una mano en el hombro—. Deja que el gato blanco se encargue de la basura esta vez. Prometo no romper nada... importante.

Con un salto prodigioso, Blanc se lanzó al vacío, transformándose en un rayo de luz blanca que cruzó el cielo nocturno. Marinette se quedó en el balcón, con el corazón en un puño. Sabía que Blanc era fuerte, pero también sabía que su mayor debilidad era su propio miedo a sí mismo.

Mientras tanto, en una callejón oscuro cerca del Louvre, una grieta de color púrpura y negro se abría en el aire. No era obra de Shadow Moth, sino algo mucho más antiguo, algo que respondía a la presencia de un ser que no debería existir en esa línea temporal.

Blanc aterrizó en medio de la calle, su capa improvisada (su cinturón) ondeando al viento. Frente a él, una sombra sin forma definida empezó a materializarse, imitando su propia silueta.

— Así que el universo intenta corregirse a sí mismo —susurró Blanc, preparando una esfera de energía destructiva en su mano derecha—. Pues dile al universo que este gato tiene siete vidas, y que pienso usarlas todas para quedarme al lado de Marinette.

La sombra se lanzó hacia él, y el primer choque de energías iluminó París con un resplandor que hizo que incluso los ciudadanos en sus casas se detuvieran a mirar. Blanc luchaba con una ferocidad que nunca supo que poseía. Cada golpe que lanzaba no era solo para defenderse, sino para proteger la habitación cálida, el aroma a canela y la sonrisa de la chica que lo había aceptado.

— ¡Megacataclismo! —gritó, pero no lanzó la energía hacia afuera. La contuvo en su puño, usándola como un guantelete de destrucción pura, y golpeó el centro de la sombra.

La entidad se deshizo en partículas de luz negra, lanzando un alarido que solo Blanc pudo escuchar en su mente. Cuando el silencio regresó, el chico blanco cayó de rodillas, jadeando. Su traje brillaba con menos intensidad y se sentía exhausto.

— Eso fue... intenso —se dijo a sí mismo, intentando recuperar el aliento.

— Lo fue —dijo una voz detrás de él.

Blanc se giró rápidamente para ver a Bunnix, que lo observaba con una mezcla de admiración y preocupación desde su portal.

— Has pasado la primera prueba, Yasel —dijo la guardiana del tiempo—. El universo no te aceptará fácilmente, pero mientras tu voluntad sea proteger y no destruir, tendrás un lugar aquí.

— No lo hago por el universo —respondió Blanc, poniéndose de pie con dificultad—. Lo hago por ella.

Bunnix sonrió y le lanzó una pequeña esfera de luz azul.

— Esto ayudará a estabilizar tu energía. Úsala bien. Y Blanc... no le digas a Marinette que esto volverá a pasar. Deja que disfrute de su noche tranquila.

Blanc asintió y guardó la esfera en su cascabel. Regresó a la panadería justo cuando Marinette estaba a punto de transformarse para ir a buscarlo. Al verlo entrar por el balcón, cansado pero ileso, ella corrió a abrazarlo.

— ¿Estás bien? ¿Qué era eso? —preguntó ella, revisando su traje en busca de heridas.

— Solo un error en el sistema, princesa —mintió Blanc con una sonrisa tierna, ronroneando con fuerza para ocultar su cansancio—. Nada que un gato con suerte no pueda manejar.

Se sentaron juntos de nuevo, y mientras Marinette se quedaba dormida apoyada en él, Blanc juró que no importaba cuántas sombras enviara el tiempo, él siempre sería el muro blanco que las mantendría a raya. Porque en ese mundo de colores y vida, él finalmente había dejado de ser un fantasma para convertirse en alguien real.

— Buenas noches, Marinette —susurró, besando la coronilla de su cabeza—. Gracias por dejarme ser tu gato.

El silencio de la noche parisina los envolvió, y por primera vez en toda su existencia, tanto en su vida pasada como en la presente, Yasel durmió sin tener pesadillas sobre el fin del mundo. Solo soñó con hilos rosas, croissants calientes y unos ojos celestes que lo miraban con amor.