Yo como Blanc
El Murmullo de las Sombras y el Latido de Cristal
La habitación de Marinette estaba sumida en esa penumbra acogedora que solo el final de la madrugada puede ofrecer. El suave tictac del reloj de pared compitía con el ronroneo rítmico y profundo que emanaba de la figura blanca acurrucada en el diván. Blanc dormía, pero su cola —ese cinturón cargado de energía que desafiaba la lógica— se movía de vez en cuando, golpeando rítmicamente el borde del mueble.
Para Marinette, observar a Blanc en su estado de vulnerabilidad era un recordatorio constante de la fragilidad del equilibrio que habían alcanzado. No era solo un chico con un traje de gato; era un depósito de energía destructiva infinita habitado por el alma de alguien que, en otra realidad, solo quería ser feliz.
— Duermes como si el mundo no dependiera de tu estabilidad —susurró Marinette para sí misma, sentada en su escritorio mientras terminaba de organizar sus bocetos para la escuela.
Blanc abrió un ojo, un destello de azul helado que brilló en la oscuridad. El ronroneo se detuvo por un segundo antes de reanudarse con más fuerza.
— El mundo ya se acabó una vez para mí, Marinette —dijo él, su voz arrastrada por el sueño pero cargada de esa madurez extraña que Yasel aportaba al cuerpo de Adrien—. Ahora, mi mundo eres tú. Y tú pareces estar bajo control, aunque tus ojeras digan lo contrario.
— No puedo evitarlo —admitió ella, girándose en su silla para enfrentarlo—. Sigo pensando en lo que pasó anoche. Esa sombra... Bunnix dijo que el universo intentaría corregirse. ¿Crees que vendrán más?
Blanc se incorporó con una lentitud felina, estirando los brazos por encima de su cabeza. Sus orejas blancas se agitaron.
— El universo es un editor muy persistente, y yo soy una errata que se niega a ser borrada —comentó con una sonrisa triste—. Pero no te preocupes. Como Yasel, leí suficientes historias para saber que los finales felices se ganan a pulso. Y como Blanc... bueno, tengo suficiente Cataclismo para borrar cualquier sombra que intente tocarte.
— Eso es lo que me asusta —dijo Marinette, acercándose a él—. Tu poder. No quiero que tengas que destruir nada para existir, Blanc.
Él tomó la mano de Marinette. Su piel estaba fría, casi como el mármol, pero su toque era increíblemente delicado.
— No lo haré si no es necesario. Pero hablemos de algo más importante. Hoy tienes ese examen de historia, ¿verdad? El de la Revolución Francesa.
Marinette parpadeó, sorprendida.
— ¿Cómo lo sabes? No recuerdo habértelo dicho.
Blanc soltó una risita traviesa, sus pupilas dilatándose un poco.
— Olvidas que vengo de un mundo donde tu vida era un libro abierto para mí. Sé que odias memorizar fechas, pero te encantan las historias de los héroes anónimos. Si quieres, puedo ayudarte. Recuerdo bastante bien los detalles... aunque algunos son un poco diferentes en esta línea temporal.
— ¿Un gato mágico dándome tutoría de historia? —Marinette soltó una carcajada auténtica—. Eso sí que es una "gato-strofe" educativa.
— ¡Oye! Mis juegos de palabras están mejorando —protestó él, fingiendo indignación—. Además, soy un excelente oyente. Puedes recitarme los tratados mientras yo... no sé, persigo ese hilo suelto de tu chaqueta.
La mañana transcurrió entre risas contenidas y susurros. Blanc demostró ser un tutor excepcionalmente inteligente; su perspectiva como Yasel le permitía analizar los eventos históricos con una ironía que hacía que Marinette memorizara todo sin esfuerzo. Sin embargo, la calma se rompió cuando un estruendo resonó desde la planta baja, seguido por el grito de Tom Dupain.
Blanc se puso en pie al instante, sus garras asomando instintivamente por las puntas de sus dedos enguantados.
— ¡Quédate aquí! —ordenó Marinette, buscando sus aretes.
— Marinette, ese no es un ruido normal de panadería —dijo Blanc, su tono volviéndose gélido—. Huelo a metal quemado y... a algo que no debería estar aquí.
Marinette no esperó. Bajó por la trampilla seguida de cerca por Blanc, quien se movía por las sombras del techo con una agilidad que lo hacía invisible para cualquiera que no supiera dónde mirar. Al llegar a la sala, se encontraron con una escena caótica.
No era un akuma. En medio de la estancia, una pequeña grieta dimensional, similar a las que abría Bunnix pero de un color violeta errático, estaba succionando los muebles. Tom y Sabine estaban arrinconados tras el mostrador, protegiéndose de los objetos que volaban por el aire.
— ¡Mamá! ¡Papá! —gritó Marinette.
— ¡Marinette, no te acerques! —exclamó Tom—. ¡No sabemos qué es esa cosa!
Desde las vigas del techo, Blanc observaba la grieta con horror. Sabía exactamente qué era. No era un ataque, era una "fuga" de su propia existencia. Su presencia como paradoja estaba empezando a desgarrar el tejido de la realidad local.
— Es por mi culpa —susurró Blanc, sus ojos brillando con una luz blanca cegadora—. Mi energía está reaccionando con este tiempo.
— ¡Blanc, no hagas nada estúpido! —le gritó Marinette, olvidando por un momento que sus padres estaban presentes.
Tom y Sabine miraron hacia arriba, viendo por primera vez a la figura blanca que acechaba en las sombras de su propio hogar.
— ¿Qué es eso? —preguntó Sabine, con la voz temblorosa.
Blanc no respondió. Se lanzó desde el techo, aterrizando suavemente entre la grieta y la familia Dupain-Cheng. Su espalda estaba encorvada, y un aura de destrucción pura empezó a emanar de su cuerpo. El cascabel en su pecho vibraba con un sonido metálico y agónico.
— ¡Aléjate de ellos! —rugió Blanc hacia la nada—. ¡Yo soy el que no pertenece aquí, no ellos!
— ¡Blanc, detente! —Marinette corrió hacia él, agarrándolo del brazo—. Si usas tu poder aquí, destruirás la casa... ¡o algo peor!
— Si no lo hago, esa grieta se los tragará, Marinette —dijo él, mirándola con una desesperación profunda—. Soy una anomalía. El universo me quiere de vuelta en el vacío, y está dispuesto a llevarse todo lo que amo para obligarme a salir.
— No te dejaremos ir —dijo una voz firme desde el aire.
Bunnix apareció, emergiendo de su propia madriguera justo a tiempo para lanzar una sombrilla cargada de energía temporal hacia la grieta, estabilizándola momentáneamente.
— ¡Bunnix! —exclamó Marinette con alivio.
— Llegas tarde, coneja —gruñó Blanc, aunque su aura se suavizó un poco.
— El tiempo es relativo, gatito de nieve —respondió Bunnix, secándose el sudor de la frente—. Escuchen, la paradoja de Blanc es más fuerte de lo que calculé. Su alma de reencarnado es como un imán para las líneas temporales inestables.
— ¿Qué tenemos que hacer? —preguntó Marinette, mientras sus padres observaban la escena con absoluta estupefacción.
— Necesitamos anclarlo —dijo Bunnix—. Blanc no puede seguir siendo un invitado en esta realidad; necesita un contrato de existencia. Marinette, tú eres el pilar de este tiempo. Debes compartir una parte de tu esencia de guardiana con él.
— ¿Cómo? —preguntó ella sin dudarlo.
— Un vínculo —explicó Bunnix—. Blanc ya no será solo un gato callejero. Será tu familiar. Tu poder como Ladybug y su poder como la Destrucción se equilibrarán. Pero eso significa que sus vidas estarán ligadas. Si tú sufres, él sufrirá. Si él pierde el control, tú sentirás su oscuridad.
Blanc miró a Marinette, negando con la cabeza.
— No, Marinette. No te pidas eso. Ya tienes suficiente peso sobre tus hombros siendo Ladybug. No quiero ser otra carga. No quiero que sientas lo que yo siento... el frío, el hambre de destrucción...
Marinette tomó el rostro de Blanc entre sus manos. Sus padres, Tom y Sabine, observaban en silencio, dándose cuenta de que aquel ser extraño y su hija compartían un vínculo que iba más allá de lo comprensible.
— No eres una carga, Blanc —dijo ella con una firmeza que sorprendió incluso a Bunnix—. Eres mi amigo. Y si Yasel cruzó dimensiones para encontrarme, lo mínimo que puedo hacer es darle un lugar donde quedarse para siempre. Hazlo, Bunnix.
Bunnix asintió y extendió su mano. Una luz rosa y una luz blanca empezaron a girar alrededor de Marinette y Blanc. El aire en la panadería se volvió denso, cargado con el olor a flores de primavera y el frío de la nieve de invierno.
— Por el poder del tiempo y la creación —recitó Bunnix—, que lo que estaba roto se una, y lo que estaba solo encuentre su par.
Un estallido de luz envolvió a ambos. Marinette sintió una descarga eléctrica recorrer su columna vertebral, una sensación de vacío infinito que de repente se llenaba con un calor reconfortante. Blanc, por su parte, soltó un grito ahogado mientras el cascabel de su pecho se transformaba. La grieta oscura que lo marcaba desapareció, siendo reemplazada por un grabado de una pequeña mariquita dorada en el centro del metal blanco.
La grieta violeta en la sala se cerró con un suspiro, y el silencio volvió a reinar en la panadería, interrumpido solo por el sonido de algunos cruasanes cayendo al suelo.
Bunnix cerró su portal, guiñándole un ojo a Marinette antes de desaparecer.
— Todo arreglado. Por ahora. Portaos bien, chicos.
Blanc cayó de rodillas, respirando con dificultad. Su traje parecía más sólido, menos etéreo, y sus ojos azul helado tenían ahora un pequeño anillo de color celeste, similar al de Marinette.
— Yo... puedo sentirte —susurró Blanc, mirando sus manos—. Siento tu corazón, Marinette. Late tan rápido...
— Es la adrenalina —dijo ella, ayudándolo a levantarse—. ¿Estás bien?
— Me siento... real —admitió él, y por primera vez, una lágrima de felicidad resbaló por su mejilla pálida—. Ya no soy una errata. Soy parte de tu historia.
— ¡Ejem! —La voz de Tom Dupain rompió el momento.
Marinette y Blanc se giraron lentamente hacia los padres de ella. Tom tenía los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre la preocupación extrema y la curiosidad paternal. Sabine, por otro lado, se acercó lentamente, observando a Blanc con ojos analíticos.
— Marinette —dijo Sabine con suavidad—, ¿crees que podrías presentarnos a tu... amigo?
Marinette se puso roja como un tomate, rascándose la nuca con nerviosismo.
— Ah... sí. Mamá, Papá... él es Blanc. Es un... un pariente lejano de Cat Noir. Muy lejano. De otra ciudad. De otra... realidad, básicamente. Y va a quedarse con nosotros un tiempo.
Blanc, recuperando su timidez habitual, hizo una reverencia tan profunda que sus orejas de gato casi tocaron el suelo.
— Es un honor conocer a los maestros que crearon a la criatura más maravillosa de este mundo —dijo Blanc, recurriendo a su lado más romántico y dramático—. Prometo que no como mucho y que soy muy bueno cazando... eh, problemas.
Tom miró a Sabine, quien simplemente se encogió de hombros con una sonrisa amable.
— Bueno —dijo Tom, suspirando—, si ha salvado nuestra sala de esa cosa morada, supongo que es bienvenido. Pero nada de usar cataclismos dentro de casa, ¿entendido? Y nada de dormir en el tejado si llueve, te vas a resfriar.
Blanc parpadeó, sorprendido por la aceptación inmediata. Su cola se agitó con entusiasmo.
— ¡Entendido, señor Dupain! Prometo ser el gato más educado de París. Aunque no garantizo que no haga algunos juegos de palabras "gato-males" durante la cena.
— Oh, no —gimió Marinette, tapándose la cara—. Ya lo han aceptado. Mi vida va a ser un caos constante.
Más tarde esa noche, después de una cena en la que Blanc maravilló a Tom con sus conocimientos sobre la historia del pan (cortesía de la memoria de Yasel), los dos regresaron a la habitación de Marinette.
Blanc se sentó en el balcón, mirando la luna. Se sentía diferente. El peso constante de la destrucción que solía oprimir su pecho se había transformado en un ronroneo constante de energía equilibrada.
— ¿En qué piensas, Yasel? —preguntó Marinette, apoyándose en la barandilla a su lado.
— En que si alguien me hubiera dicho en mi otra vida que terminaría cenando sopa de cebolla con los padres de Marinette Dupain-Cheng después de casi desgarrar la realidad, habría pedido que me encerraran en un manicomio —respondió él con una sonrisa genuina.
— El destino es raro —coincidió ella.
— Lo es. Pero Marinette... gracias. Por el vínculo. Sé que ahora puedes sentir mis inseguridades y mis miedos. Lo siento por eso.
— También puedo sentir tu felicidad —dijo ella, tomando su mano—. Y ahora mismo, brilla más que cualquier estrella en el cielo. Eso hace que todo valga la pena.
Blanc se acercó y, con una ternura que hizo que el corazón de Marinette diera un vuelco, frotó su frente contra la de ella. Era un gesto puramente felino, una marca de afecto y propiedad que los gatos usan con aquellos que consideran su familia.
— Te protegeré, Marinette —susurró—. No porque sea mi deber como tu familiar, sino porque eres la única persona que vio al chico detrás del monstruo blanco.
— Y tú eres el único que sabe que Marinette es tan importante como Ladybug —respondió ella.
En la distancia, un gato negro saltaba por los tejados, ajeno a la presencia de su contraparte blanca. Pero en la habitación de la panadería, el equilibrio se había restablecido. Blanc ya no era una sombra del pasado ni una amenaza del futuro; era un presente vibrante, un guardián de nieve que había encontrado su hogar en el corazón de la creación.
Y mientras la ciudad de las luces dormía, el chico que una vez fue Yasel y el héroe que una vez fue destrucción, cerraron los ojos sabiendo que, por primera vez, el mañana no era una promesa de vacío, sino una página en blanco lista para ser escrita.
— Mañana —dijo Blanc antes de quedarse dormido—, tienes que enseñarme a usar esa máquina de coser. Tengo una idea para un diseño... algo que combine el rosa y el blanco.
— Duerme ya, gatito tonto —rio Marinette, cubriéndolo con una manta.
El ronroneo de Blanc fue su única respuesta, un sonido que prometía que, pasara lo que pasara, el mundo estaría a salvo mientras ellos estuvieran juntos.