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Yo como Blanc

El Susurro de la Nieve y el Tintineo de la Redención

París siempre había sido una ciudad de contrastes, pero nunca tanto como esa tarde. El cielo, teñido de un naranja violento, parecía arder sobre los tejados de pizarra mientras un estruendo sacudía los cimientos del distrito 21. Un nuevo akumatizado, una amalgama de frustración y metal llamada "Aislador", estaba levantando muros de magnetismo puro, separando a las personas y aplastando los vehículos como si fueran simples latas de refresco.

En el balcón de la panadería, Blanc observaba la escena con los puños apretados. Sus orejas blancas estaban totalmente erguidas, captando el eco de las explosiones y los gritos civiles que el viento traía consigo. Sentía una vibración incómoda en su cascabel, un eco de la energía oscura de Hawk Moth que, aunque ya no lo controlaba, seguía reconociendo como una frecuencia familiar y odiada.

— Marinette ya se ha transformado —susurró para sí mismo, sus ojos azul helado fijos en una mancha roja que saltaba entre los edificios a lo lejos—. Está en problemas. Ese campo magnético está anulando el metal de su yo-yo.

Blanc dio un paso hacia el borde de la barandilla. Su mente de Yasel, el joven que conocía cada debilidad de los villanos por haber visto la serie mil veces, le gritaba que debía intervenir. Sabía que Ladybug y Cat Noir tendrían dificultades para romper la polaridad de Aislador sin una fuerza bruta que desintegrara la estructura desde su núcleo.

— Bunnix dijo que debía ser discreto —se recordó, su cola de cinturón agitándose con nerviosismo—. Pero Bunnix no está aquí viendo cómo ella se arriesga.

Sin pensarlo más, Blanc se impulsó. No fue un salto humano; fue un estallido de energía blanca que lo lanzó por los aires como un cometa de nieve. Se movía con una gracia que superaba por mucho a la del Cat Noir original, pues su cuerpo de paradoja no conocía los límites de la fatiga o la gravedad terrestre.

En el fragor de la batalla, Ladybug rodaba por el suelo, esquivando una viga de acero que volaba hacia ella atraída por un imán gigante. Cat Noir intentaba golpear el núcleo del villano con su bastón, pero el metal se desviaba antes de hacer contacto.

— ¡Es inútil, My Lady! —gritó Cat Noir, retrocediendo—. ¡Mi bastón no puede acercarse! ¡Necesitamos el Amuleto Encantado ya!

— ¡Lo intento, pero no me da respiro! —respondió Ladybug, jadeando.

De repente, una ráfaga de frío polar barrió la calle. Una figura blanca descendió del cielo, aterrizando con un impacto silencioso que, sin embargo, hizo crujir el pavimento. Blanc se interpuso entre Ladybug y el villano, extendiendo una mano pálida.

— Atrás, pequeña mariquita —dijo Blanc con una voz que destilaba una calma gélida—. El magnetismo no tiene poder sobre la nada.

— ¿Blanc? —exclamó Ladybug, con los ojos muy abiertos—. ¡Te dije que te quedaras en casa!

— Los gatos somos criaturas territoriales, Marinette —respondió él sin girarse, usando su nombre real en un susurro que solo ella captó—. Y alguien está ensuciando mi ciudad.

Aislador rugió, lanzando una lluvia de escombros metálicos hacia el intruso. Blanc ni siquiera se inmutó. Con un movimiento fluido de su dedo índice, trazó un círculo en el aire. Una pequeña esfera de energía blanca brotó de su uña.

— Megacataclismo —susurró.

No fue la explosión apocalíptica que destruyó la Luna en otra línea temporal. Fue una versión controlada, una caricia de destrucción pura que desintegró los proyectiles metálicos antes de que tocaran el suelo, convirtiéndolos en ceniza blanca que flotó como nieve sobre París.

Cat Noir se quedó petrificado, con el bastón a medio camino.

— ¿Qué... qué es eso? ¿Otro yo? —preguntó el héroe de negro, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.

Blanc aprovechó la confusión del villano para saltar sobre él. No usó sus garras para herir, sino que tocó el pecho de la armadura magnética con la palma de la mano. La estructura se deshizo como papel quemado, revelando el objeto akumatizado: un viejo imán de oficina.

— ¡Ahora, Ladybug! —gritó Blanc, retrocediendo de un salto para dejarle el espacio a ella.

Ladybug, saliendo de su asombro, lanzó su yo-yo, que esta vez encontró su camino sin interferencias.

— ¡No más maldades para ti, pequeño akuma! —exclamó, realizando el ritual de purificación con la maestría de siempre—. ¡Prodigiosa Ladybug!

Mientras las mariquitas mágicas restauraban los daños de la calle, el silencio cayó sobre el grupo. El villano, ahora un hombre confundido sentado en la acera, no era el centro de atención. Todas las miradas estaban puestas en el chico de blanco.

Blanc se sentía pequeño bajo la inspección de Cat Noir. Se cruzó de brazos, ocultando sus manos, y sus orejas se bajaron hasta casi desaparecer entre su cabello albino. Volvía a ser el chico tímido, el reencarnado que temía ser rechazado por el dueño original de ese rostro.

— Ladybug... —comenzó Cat Noir, caminando hacia ellos con cautela—. ¿Me vas a explicar por qué hay un clon mío vestido de novia salvándonos el día? ¿Y por qué parece que tiene más poder que todos nosotros juntos?

Ladybug suspiró, mirando a Blanc. El chico le devolvió una mirada suplicante, como un gatito que espera ser regañado por romper un jarrón.

— Cat Noir, él es... Blanc —dijo ella, tratando de sonar segura—. No es un akuma, ni un enemigo. Es un aliado que está bajo mi supervisión directa. Es una larga historia que involucra a Bunnix y... paradojas temporales.

— ¿Bunnix? —Cat Noir frunció el ceño, acercándose a Blanc—. Oye, tú. Te pareces mucho a mí. Demasiado.

Blanc dio un paso atrás, escondiéndose parcialmente detrás de Ladybug. Su cola se enroscó alrededor de su propia pierna.

— No soy tú —respondió Blanc con voz queda—. Bueno, técnicamente mi cuerpo lo es, pero mi alma... mi alma es otra cosa. Yo solo quiero ayudar. No quiero quitarte tu lugar, Cat Noir. De hecho, preferiría ser invisible si pudiera.

— Es un poco difícil ser invisible cuando brillas como una bombilla de bajo consumo —bromeó Cat Noir, aunque su tono era menos hostil y más curioso—. Pero gracias por la ayuda. Ese tipo era un dolor de cabeza magnético.

— De nada —murmuró Blanc, haciendo una pequeña y torpe reverencia—. Siento haberme entrometido. No quería "gato-stigar" tu patrulla.

Cat Noir parpadeó, procesando el chiste malo.

— Vale, definitivamente es una versión de mí. Los juegos de palabras son igual de terribles.

Ladybug sonrió, sintiendo que la tensión disminuía.

— Cat Noir, ¿podemos hablar? —pidió ella, señalando un tejado cercano—. Blanc, quédate aquí un momento. No te muevas.

— Seré una estatua de mármol —prometió él, sentándose en el borde de una chimenea con las manos sobre las rodillas.

Ladybug y Cat Noir se alejaron unos metros. El héroe de negro no dejaba de mirar de reojo a la figura blanca que esperaba pacientemente.

— My Lady, esto es una locura —susurró Cat Noir—. Ese chico emana una energía que me pone los pelos de punta. Siento como si... como si fuera una versión de mí que ha pasado por un infierno.

— Lo es, Cat Noir —admitió Ladybug, bajando la voz—. Bunnix lo trajo de una línea de tiempo que ya no existe. Estaba solo, consumido por la tristeza y su propio poder. Pero ahora está mejor. Hay alguien más viviendo en su interior, alguien llamado Yasel que lo mantiene cuerdo.

— ¿Yasel? ¿Como un espíritu?

— Algo así. Es complicado de explicar, pero confío en él. Me ha prometido que solo usará su poder para protegerme y que seguirá mis reglas. Es... como un guardián silencioso.

Cat Noir suspiró, rascándose la nuca.

— ¿Y dónde vive? No puede andar por ahí con ese traje. La gente entraría en pánico.

Ladybug dudó un segundo. No podía decirle que vivía en su habitación, pero tampoco quería mentirle descaradamente a su compañero.

— Está en un lugar seguro. Yo me encargo de que no le falte nada. Pero necesitaba que lo supieras. No quiero que pienses que es una amenaza si lo ves saltando por los tejados de noche.

— Me cuesta aceptarlo, pero si tú confías en él, yo también —dijo Cat Noir, mirando de nuevo a Blanc—. Aunque espero que no intente robarme mis frases de ligue. Ya tengo suficiente competencia con los modelos de las revistas.

Ladybug soltó una carcajada y le puso una mano en el hombro.

— No creo que debas preocuparte por eso. Blanc es... bastante más tímido de lo que tú serás jamás.

Regresaron hacia donde estaba el chico blanco. Blanc se puso de pie de un salto en cuanto los vio acercarse. Su cascabel dio un pequeño tintineo metálico, un sonido dulce que contrastaba con el poder de destrucción que albergaba.

— ¿Todo bien? —preguntó Blanc, mirando alternativamente a ambos—. ¿No me van a desintegrar con un borrador temporal?

— Por ahora estás a salvo, copo de nieve —dijo Cat Noir, extendiendo su mano hacia él—. Bienvenido al equipo, supongo. Pero recuerda: yo soy el gato principal. Tú eres... el gato de repuesto.

Blanc miró la mano de Cat Noir con asombro. Lentamente, extendió la suya y la estrechó. El contacto entre el guante negro y el blanco creó una pequeña chispa estática que hizo que ambos dieran un respingo.

— Acepto el título de "gato de repuesto" —dijo Blanc con una sonrisa tímida que iluminó su rostro pálido—. Es mucho mejor que ser el "gato del apocalipsis".

— Bueno —intervino Ladybug—, es tarde y todos necesitamos descansar. Blanc, es hora de volver.

— Sí, mi princesa... digo, Ladybug —se corrigió Blanc, sonrojándose violentamente ante el error frente a Cat Noir.

Cat Noir arqueó una ceja, pero no dijo nada. Se despidió con un saludo militar y desapareció entre las sombras de los edificios, dejando a los otros dos solos bajo la luz de la luna.

Blanc se dejó caer en el tejado, soltando un largo suspiro de alivio. Sus orejas finalmente se relajaron y su cola dejó de agitarse.

— Eso fue... intenso —dijo él—. Pensé que me atacaría en cuanto me viera. Ver a Adrien tan cerca... es extraño, Marinette. Es como ver una foto de mi infancia que ha cobrado vida y tiene un sentido del humor cuestionable.

— Lo hiciste muy bien, Blanc —dijo Ladybug, destransformándose en un destello rosado—. Pero me diste un susto de muerte. Te dije que te quedaras en casa para protegerte. Si el universo detecta tu presencia de forma muy agresiva, Bunnix tendrá problemas para mantenerte aquí.

— No podía dejar que te hiciera daño —respondió él, levantándose para quedar frente a ella—. Yasel recuerda ese episodio en la serie. Sabía que el magnetismo era tu debilidad. Mi instinto de fan y mi instinto de gato se mezclaron y... bueno, mis pies se movieron solos.

Marinette lo miró con ternura. A pesar de su apariencia de semidiós de la destrucción, Blanc seguía teniendo el corazón de un chico que simplemente quería que su heroína favorita estuviera a salvo.

— Gracias, Blanc. De verdad. Tu ayuda fue vital —admitió ella, acariciando suavemente una de sus orejas blancas. Blanc cerró los ojos y soltó un ronroneo tan fuerte que vibró en el pecho de Marinette—. Pero ahora, volvamos a la panadería. Papá ha hecho croissants de queso y creo que te has ganado un par.

— ¡Croissants! —Los ojos de Blanc brillaron con una alegría casi infantil—. Eso es mucho mejor que comer cenizas en el fin del mundo.

Caminaron juntos por los tejados, una mancha rosa y una blanca fusionándose con las sombras de la noche parisina. Blanc se movía con una ligereza que sugería que finalmente estaba empezando a soltar el lastre de su pasado. Ya no era el fantasma de una línea de tiempo muerta; era un habitante de la luz, un guardián que, aunque marcado por la nieve, había encontrado el calor en el corazón de una chica de ojos celestes.

— ¿Marinette? —preguntó él mientras saltaban hacia el balcón de la panadería.

— ¿Dime?

— ¿Crees que Cat Noir sospeche lo de Yasel?

— No lo creo. Cat Noir es muchas cosas, pero no es un experto en metafísica de reencarnaciones —rio ella—. Para él, solo eres un "tú" de otra dimensión que tiene un gusto excelente por el blanco.

— Mejor así —susurró Blanc, aterrizando en el balcón con la suavidad de un pétalo—. Algunos secretos son más bonitos cuando se guardan entre dos.

Entraron en la habitación, y mientras Marinette se cambiaba y Blanc se acurrucaba en su alfombra favorita, el silencio de la habitación se llenó con el sonido de la paz recuperada. El gato blanco había luchado su primera batalla en este nuevo mundo y, por primera vez, no había destruido nada que no pudiera ser reparado. Había salvado el día, había hecho un amigo y, lo más importante, había regresado a casa.

— Buenas noches, mi valiente gatito —susurró Marinette desde su cama.

— Buenas noches, mi luz —respondió Blanc, cerrando los ojos con una sonrisa—. Gracias por dejarme ser parte de tu historia.

Y en la oscuridad, el cascabel de Blanc emitió un último y tenue brillo dorado, sellando una promesa que ni el tiempo ni el espacio podrían romper: la promesa de un amor que, habiendo sobrevivido al fin del mundo, ahora solo buscaba florecer en la sencillez de un nuevo amanecer.